Historias de la Historia

Anécdotas y Curiosidades del pasado

Kohima, la agónica batalla que impidió a los japoneses invadir la India

Publicado por El hijo del Ahuizote en 12th octubre 2019

«Caminante, ve y dile a Esparta que sus hijos yacen aquí por cumplir sus leyes». Esa espléndida frase de Simónides que, en sus múltiples traducciones, constituye el epígrafe del monumento a Leónidas en las Termópilas, es demasiado jugosa como para no aprovecharla en otros memoriales bélicos con los cambios correspondientes. Es lo que pasa, por ejemplo, con el que figura como epitafio en honor de los 1.420 caídos de la 2ª División Británica cuyos restos descansan en un cementerio de guerra de la India y que reza así: «Cuando regreses a casa, cuenta de nuestra parte que por su mañana dimos nuestro hoy». Recuerda la dura Batalla de Kohima.

En la primavera de 1944 Japón, al igual que Alemania, estaba perdiendo terreno continuamente ante el implacable avance Aliado. Desde las contundentes derrotas en el Mar del Coral y Midway, auténtico punto de inflexión, perdió el control del mar y del aire. En tierra, la infantería aún era capaz de batirse por su extraordinario espíritu combativo y por eso mantendría su presencia en el sudeste asiático hasta septiembre de 1945.

Memorial de Kohima en Nagaland/Imagen: Isaxar en Wikimedia Commons

Sin embargo, los británicos estaban empeñados en recuperar Birmania y lanzaron una ofensiva desde dos puntos: el norte, con ayuda de la X-Force china, y el sur. Los japoneses se resistieron denodadamente y contaron con la ayuda del monzón pero era cuestión de tiempo que terminaran perdiendo lo ganado, así que diseñaron un ambicioso plan que no sólo debería frenar al enemigo sino desviarlo de su objetivo. Se llamó Operación U-Go y consistía en invadir la India para mantener ocupado al IV Cuerpo Británico y, paralelamente, animar al Azad Hind Fauj (Ejército Nacional Indio) a iniciar una insurrección independentista.

El INA, como también se lo conocía, se había fundado durante la invasión nipona de Birmania y se consideraba el brazo armado del Arzi Hukumat-e-Azad Hind, es decir, el Gobierno Provisional de la India Libre. Lo lideraba el nacionalista Subhas Chandra Bose, de quien ya hablamos aquí en el artículo dedicado a Saraswathi Rajamani, la espía más joven de la Historia, y estaba formado por unos 12.000 prisioneros de guerra indios caídos en manos de los japoneses y equipados por éstos; no muy bien y por eso nunca pasaron de practicar acciones guerrilleras menores.

Subhas Chandra Bose con Gandhi en los años 30/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La Operación U-Go se basaba en atacar Imfal y Kohima, capitales de los estados de Manipur y Nagaland respectivamente. La captura de esas dos urbes, puntos estratégicos clave en las comunicaciones entre la India y Birmania, interrumpiría de paso el abastecimiento estadounidense a Chiang Kai Sek. El encargado de ponerla en práctica fue el teniente general Renya Mutaguchi, comandante del 15º Ejército y veterano de la guerra contra el Ejército Rojo en Siberia que además había sido agregado militar en Francia y gobernador militar de Pekín, antes de tomar parte en la invasión de Malasia, Filipinas y Birmania.

Pero Mutaguchi amplió el plan a una posible invasión de la India que animase a los nacionalistas locales a levantarse en armas. Aunque la idea no gustó a todo el Estado Mayor, finalmente fue aprobada a principios de 1944, destinándose a ella la 31ª División (formada por los regimientos 58º, 124º, 38º y 31º de Artillería de Montaña) que mandaba el teniente general Kotoku Sato. Este militar, que también había combatido a los soviéticos, no sólo no estaba contento con el papel que había tenido hasta entonces en la guerra sino que se hallaba enfrentado a su superior y consideraba que la Operación U-Go tenía todos los números para acabar en fracaso.

Renya Mutaguchi (segundo por la izquierda) con varios oficiales/Imagen: Amazon

De todas formas, obedeció las órdenes. Su misión era tomar Kohima, empujando a los británicos hacia el norte, a Dimapur. Así, el 15 de marzo la 31ª División cruzó el río Chindwin y avanzó a través de la selva durante casi un centenar de kilómetros para luego desplegarse en tres alas. La izquierda, que estaba a cargo del general Shigesaburo Miyazaki, se encontró con la 50ª Brigada Paracaidista india del brigadier Maxwell Hope-Thompson, entablando batalla durante seis días y forzando su retirada con cientos de bajas por ambas partes. Pese a la victoria, aquello supuso un retraso de una semana hacia su objetivo, que era Kohima.

 

Los británicos estaban enterados de los planes japoneses por unos documentos capturados pero pensaban que, dada la frondosidad selvática, el enemigo sólo enviaría un regimiento, cuando, como hemos visto, se trataba de toda una división. Ése fue el desagradable descubrimiento que hizo sobre el terreno el teniente general William Slim, que apenas contaba con un batallón, un regimiento y varios pelotones sueltos de paramilitares. Apresuradamente, pidió refuerzos para proteger Imfal; únicamente recibió parte de la 5ª División de Infantería India, pues la 161ª Brigada y el 24ª de Artillería de Montaña se atrincheraron en Dimapur, ciudad considerada más importante.

Kotoku Sato y Shigesaburo Miyazaki/Imagen: 1-Nippon News – 2-Forum Valka

De hecho, consideraban que el ataque a Kohima sólo se trataba de una diversión y que el principal objetivo era Dimapur, por lo que Slim sólo tendría que enfrentarse a un destacamento menor. Sin embargo, Sato puso sitio a Kohima el 6 de abril desoyendo la orden de Mutaguchi de continuar hacia Dimapur y Slim, que había enviado a buena parte de sus hombres de refuerzo a Imfal y se encontró en manifiesta inferioridad numérica. Los intentos de enviar ayuda fracasaron al dominar los nipones las alturas del entorno y Slim tuvo que afrontar la situación con apenas 2.500 efectivos, de los que un millar ni siquiera eran soldados.

William Slim en Birmania, 1945/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La artillería japonesa machacó con dureza la posición y la infantería capturó los depósitos de agua, por lo que los defensores sólo podían aprovisionarse por la noche, en un manantial cercano. Los combates fueron brutales, con las trincheras tan cerca unas de otras que se podían arrojar bombas de mano directamente en ellas, obligando a los nipones a ganar cada metro a un alto coste, a veces en lucha cuerpo a cuerpo; por ejemplo, la Batalla de Tennis Court se llamó así porque ambos bandos estaban separados sólo por una cancha de tenis. No extraña que a Kohima se la conociera luego como el Stalingrado de Oriente.

También se comparó la batalla con la de Rorke’s Drift de 1879 ante los zulúes, por la feroz y tenaz defensa entre cadáveres en descomposición, de la que buena muestra podría ser la actuación heroica del cabo John Harman: pese a tener sólo diecinueve años, liberó sin ayuda los hornos -punto estratégico vital para evitar la caída de la posición- y acabó con 44 atacantes antes de ser también alcanzado y perder la vida, recibiendo la Cruz Victoria póstumamente. Todos cumplieron abnegadamente la orden de su comandante en jefe de no rendirse, conscientes de que la derrota significaba una puerta abierta a la invasión de la India.

 

Tennis Court arrasado por los combates/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Estuvo cerca. Por suerte, el 11 de abril llegaron refuerzos para Slim que igualaron las fuerzas y permitieron no sólo aliviar la presión enemiga y relevar a los defensores sino también lanzar un contraataque. La noche del 26 de abril se recuperó la importante posición de Garrison Hill y a continuación la ayuda de la RAF fue determinante, tanto para bombardear al enemigo como para avituallar a los suyos y meter efectivos (hasta 12.000 hombres). Miyazaki construyó búnkeres y tuvo a su favor que la selva y el barro (había empezado el monzón) obligaban a los tanques del adversario a moverse con lentitud, pero ya había perdido la iniciativa.

Los papeles se invirtieron y ahora fueron los británicos los que tuvieron que recuperar terreno a precio de sangre. No obstante, a lo largo de una semana fueron cayendo una tras otra las crestas que ocupaban los japoneses. De nuevo la cancha de tenis se convirtió en la tierra de nadie que, ante el fracaso de su conquista al asalto, tuvo que ser arrasada a cañonazos por un tanque, desalojando a sus defensores el 13 de mayo. Los testigos contaron que el espectáculo era dantesco, con cadáveres destrozados, pasto de ratas y moscas, más un suelo quemado y lleno de socavones que recordaba a un paisaje de la Primera Guerra Mundial.

La Batalla de Koshima (Terence Tenison Cuneo)/Imagen: Art UK

Y siguieron llegando refuerzos para apuntalar la contraofensiva mientras los japoneses se atrincheraban en Naga Village y Aradura Spur. Allí resistieron hasta finales de mayo, cuando la carencia de provisiones resultó decisiva: se suponía que debía ser una campaña relámpago, por lo que a Sato únicamente se le entregaron víveres para tres semanas, debiendo completarlos con lo arrebatado a los británicos; pero éstos, percatándose de la jugada, bombardearon sus propios almacenes cuando cayeron en manos niponas.

Los convoyes de abastecimiento enviados por Mutaguchi sólo llevaron municiones y Sato consideró que sus superiores no eran conscientes de la dramática situación por la que pasaban, así que considerando que les habían dejado abandonados a su suerte, desobedeció la orden -para él absurda- de incorporarse a las fuerzas que atacaban Imfal y optó por la retirada el 1 de junio. Eso dejaba al descubierto a Miyazaki, que también tuvo que retroceder penosamente, volando puentes tras de sí.

Las defensas británicas en Kohima/Imagen: Warfare History Network

A medida que, perseguidos por los indo-británicos, volvían sobre sus pasos esperando encontrar las líneas de suministros organizadas previamente, se toparon con una terrible realidad: las unidades habían consumido todo lo disponible, tanto en comida como en medicinas. Así, las bajas japonesas ascendieron a 5.764 hombres sólo en combate, sin contar los heridos muchos de ellos rematados por sus compañeros ante la imposibilidad de darles tratamiento médico, en cumplimiento del bushido– y enfermos que murieron después de malaria y beriberi. El enemigo registró una cantidad importante también: un total de 4.064 soldados. La toma de Kohima había fracasado y el cerco de Imfal se rompió el 22 de junio; el resultado de la Operación U-Go fue un desastre, tal como había pronosticado Sato.

Éste fue depuesto por Mutaguchi, que le acusó de traición premeditada y le entregó inequívocamente un revólver y una banda blanca. Sato, indignado, se negó a suicidarse, aduciendo que había salvado a sus hombres de «una aniquilación sin sentido» y exigiendo un consejo de guerra en el que esperaba justificarse y denunciar la torpeza de los mandos. No pudo porque el teniente general de la 31ª División, Masakazu Kawabe, ordenó que le declarasen incapacitado por colapso mental a principios de julio. Le devolvieron al servicio activo meses después y, al acabar la guerra, se dedicó a ayudar a los hombres que tuvo a sus órdenes. Miyazaki, en cambio, fue ascendido y puesto al frente de la 54º División.

Eaquema de la operación U-Go/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En cuanto a Mutaguchi, las enormes pérdidas de la Operación U-Go, tanto humanas como materiales (no pudo salvar un solo tanque ni un cañón) provocaron el efecto contrario al esperado y precipitaron la caída de Birmania en 1945. La derrota, considerada la mayor de la historia de Japón (incluso provocó la dimisión del primer ministro Tojo), llevó a su destitución, siendo obligado a un retiro forzoso en diciembre de 1944, si bien luego se le puso al frente de una academia militar. Al término de la contienda le extraditaron a Singapur para ser juzgado por crímenes de guerra; cumplió tres años de prisión, saliendo libre en 1948. Falleció en 1966.

Finalmente, cabe reseñar que Slim, muy apreciado por sus soldados, logró que los indios se mantuvieran leales y obtuvo una victoria brillante que él atribuía en parte a la falta de entusiasmo de Sato (incluso contaba con sorna que prohibió bombardear su puesto de mando para que siguiera vivo). Participó en la reconquista de Birmania, fue ascendido a general y luego nombrado Jefe de Estado Mayor, colmándosele de honores, entre ellos el ser Caballero de la Gran Cruz del Imperio Británico y Caballero de la Orden del Baño. Se retiró de la vida militar en 1952 pero aún sería gobernador de Australia (con una oscura denuncia de abusos sexuales a niños) hasta su jubilación definitiva. Murió en 1970.

 

Fuentes: La tormenta de la guerra (Andrew Roberts)/Kohima (Arthur Swinson)/The Burma Campaign. Disaster into triumph, 1942-45 (Frank McLynn)/Burma victory. Imphal, Kohima and the Chindits March 1944 to May 1945 (David Rooney)/Fighting through to Kohima. A memoir of war in India and Burma (Michael Lowry)/The trees are all young on Garrison Hill (Gordon Graham)/Not ordinary men. The story of the Battle of Kohima (John Colvin)/Wikipedia

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Así se vivía a bordo de un submarino alemán en la II Guerra Mundial

Publicado por El hijo del Ahuizote en 6th octubre 2019

 

La propaganda nazi ensalzó al U-Boot (abreviatura de Unterseeboot, «submarino») como ejemplo de arma invencible, los tripulantes de los submarinos alemanes estaban rodeados de un halo de prestigio y romanticismo. Se les consideraba héroes; una mezcla de soldados y aventureros, que vivían peligros combatiendo en alta mar dentro de un sofisticado buque, y eran recibidos con honores a su llegada a puerto. Es cierto que dormían y comían caliente todos los días, recibían buenas pagas y disponían de bastante tiempo libre, sobre todo en comparación con sus camaradas de infantería. Sin embargo, todos esos privilegios tenían un precio.
Las condiciones en las que vivían los tripulantes de un U-Boot distaban mucho de ser bucólicas. El medio centenar de hombres que servían en un submarino, la mayoría jóvenes voluntarios con un cierto nivel de preparación (de marineros a especialistas como maquinistas, torpedistas o radiofonistas), convivían apiñados en un espacio angosto y atestado de maquinaria, provisiones y armamento. Las primeras semanas, hasta que entraban en combate, los buques iban tan llenos de torpedos que ni siquiera había espacio para desplegar todas las hamacas y literas que llevaban, obligando a algunos marineros a dormir encima de los proyectiles. Normalmente, en los submarinos solo había una cama para cada dos hombres, por lo que se turnaban para ocuparla.
La sensación de claustrofobia provocada por la falta de espacio se incrementaba por el ambiente enrarecido que se formaba en el interior. Una mezcla de hedor a humedad, gasolina, comida, sudor (los hombres apenas podían lavarse ni cambiarse de ropa durante las travesías), letrina (había únicamente dos, aunque la de cubierta apenas se usaba) y una colonia de limón llamada Kolibri que se utilizaba para eliminar el salitre del cuerpo y disimular el olor corporal. A todo ello hay que añadir la falta de luz natural, la ausencia de privacidad, el ruido constante de la maquinaria y el asfixiante calor que desprendían los motores, que podía llegar hasta casi los cincuenta grados.

 

 

Para amenizar las largas jornadas de monotonía y relajar las tensiones provocadas por los combates y la estrecha convivencia, se organizaban competiciones (de ajedrez, damas, cartas), se ponía a determinadas horas música en un tocadiscos o se cantaban canciones acompañadas de instrumentos, normalmente un acordeón. En fechas señaladas o cuando se hundía algún barco, se organizaban pequeñas celebraciones en las que toda la tripulación se vestía para la ocasión, se repartían exquisiteces como fruta fresca o chocolate y se permitían las bebidas alcohólicas.
Los tripulantes de un submarino estaban expuestos a una enorme tensión psicológica. Cuando un buque enemigo los encontraba, se sumergían a muchos metros para evitar ser alcanzados por las cargas de profundidad de aquél. El problema es que esos ataques podían durar días. Los marineros pasaban largas horas en silencio para no ser detectados por los sonares, atentos a su característico sonido y al ruido de las explosiones de las cargas, y muchas veces a oscuras por efecto de la onda expansiva. Algunos no lo soportaban. La tensión continuada, la falta de oxígeno y el miedo a ser hundidos y quedar atrapados en el buque les provocaba lo que llamaban Blechkoller, o «síndrome de lata de conservas», un tipo de neurosis caracterizada por violentos ataques de histeria.
Al final de la guerra, el mito se resquebrajó y la realidad se impuso: los submarinos alemanes fueron, proporcionalmente, los que más bajas sufrieron de toda la Wehrmacht. Tres de cada cuatro hombres que sirvieron en los aproximadamente novecientos submarinos que se botaron durante la contienda no vieron el final de la guerra. A menudo morían de forma lenta. Cuando los submarinos se hundían, si la presión rompía el casco, los marinos morían ahogados. Si no, si la profundidad no era suficiente, permanecían atrapados en el buque hasta quedarse sin aire.

Fuente:
* Carlos Joric, «Vivir bajo el agua». Revista Historia y Vida Nº 611, pág. 12-13

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Antes de ejecutar a diez polacos, un masaje

Publicado por El hijo del Ahuizote en 29th septiembre 2019

Heinrich Himmler en primer plano y Adolf Hitler en una imagen de archivo.

Ven la luz nuevos fragmentos de los diarios personales del jefe de la SS Heinrich Himmler

 

Unos documentos que revelan nuevos detalles escalofriantes de la barbarie nazi han salido a la luz en Rusia. Los diarios de Heinrich Himmler, jefe de la SS nazi y mano derecha de Adolf Hitler, fueron descubiertos en un archivo de la ciudad de Podolsk. El monstruo del nazismo, que orquestó el Holocausto y comandó el aparato del terror alemán, apuntó en estos cuadernos fechas, lugares, reuniones, así como detalles sobre la decisión de enviar a millones de personas a la muerte.

El líder de las SS nazi resaltó, por ejemplo, la «efectividad» de los motores diésel utilizados para gasear prisioneros en el campo de exterminio de Sobibor, donde fueron asesinadas unas 250.000 personas, la mayoría de ellas pocas horas después de su llegada. En otra anotación, Himmler apremia a sus colegas de las SS a emplear perros «capaces de desgarrar a todo el mundo menos a sus adiestradores» en el campo de concentración de Auschwitz.

Especialmente crueles son las notas de la vida cotidiana que rodeaba la masacre nazi. Por ejemplo, describe cómo su terapeuta Felix Kersten le dio un masaje justo antes de ordenar la ejecución de 10 polacos, o lo sabroso del tentempié que se tomó en el casino de las SS en el campo de concentración de Buchenwald. Otra nota revela que Himmler, que al parecer era muy aprensivo ante la visión de la sangre, casi se desmaya cuando un trozo de sesos de una mujer judía le salpicó la capa. La mujer fue una de las víctimas de las ejecuciones masivas a las afueras de la ciudad de Minsk, en lo que hoy es Bielorrusia.

Desde ayer, el diario alemán Bild publica pasajes de los diarios de Himmler, que se componen de cerca de 1.000 páginas correspondientes a los años 1938, 1943 y 1944. Los documentos desaparecieron al final de la Segunda Guerra Mundial y salen ahora a la luz, 71 años después.

El director del Instituto Histórico Alemán en Moscú (DHI), el profesor Nikolaus Katzer, lo describió como «un documento histórico estremecedor y de excepcional importancia», recoge el diario alemán Die Welt. Esta institución prepara para el próximo año la publicación de un libro con los documentos en una edición científica con notas de los historiadores. El diario está además salpicado de referencias a Puppi, apodo con el que se refería a su hija Gudrun, así como a Margarethe Sieghroth, la madre de ésta, con la que se casó en 1928. También menciona a su hijo adoptivo Gerhard. Estas notas revelan además que Heinrich Himmler ocultó a su esposa y a su amante el programa de exterminio judío en masa que él dirigía por temor a que les molestara.

Heinrich Himmler fue capturado por las tropas británicas tras la caída de Alemania cuando caminaba por el norte del país vestido de soldado raso y con documentación falsa. Fue identificado tras ser sometido a un interrogatorio, pero se suicidó con una cápsula de cianuro antes de que pudiera ser juzgado. El capo de la SS fue el responsable de todo el aparato de terror y seguridad nazi, que abarcaba desde el servicio secreto de la Gestapo hasta la administración de las plantas de exterminio y los campos de concentración.

Con la excepción de Joseph Goebbels, jefe del aparato de propaganda nazi que tomó notas durante más de 20 años, no hay ningún general nazi tan prolífico en sus diarios personales como Himmler. El descubrimiento de los diarios se produce dos años después de que se descubrieran en Israel cartas a su esposa e hija, fotos e incluso un libro de recetas. Anteriormente se descubrieron los diarios de los años 1940, 1941 y 1942, por lo que los documentos que salen ahora a luz vienen a completar sus documentos personales en los años clave de la II Guerra Mundial y el Holocausto.

Los historiadores pasaron tres años estudiando los documentos, que estaban en manos de un judío, antes de llegar a la conclusión de que era auténtico.

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Agustín de Iturbide. ¿Cual fue su delito?

Publicado por El hijo del Ahuizote en 27th julio 2019

Dizque lo reconocieron por su manera de ca­balgar. La verdad es que tampoco deseaba pa­sar inadvertido, no al menos mucho tiempo. Desembarcó en Soto la Marina el 15 de julio. Al parecer lo reconoció un comerciante de Durango, quien lo había visto en alguna ocasión en la Ciudad de México. De Durango también era aquel diputado, Santiago Baca Ortiz, que había difundido por cada pueblo la Memoria Político Instructiva de fray Servando Teresa de Mier. Promotores de la República en un pue­blo que durante trescientos años había vivido bajo el cetro de una monarquía. No eran mu­chos, pero ahora estaban en el poder y, para colmo, los grupos poderosos de las provincias terminaron apoyando una forma republicana de gobierno con tal de que se apellidara fede­ral. ¿República, federación? Si el propio fray Servando había gritado en el Congreso que se dejaría cortar el pescuezo si alguien en las galerías podía explicarle qué casta de animal era la República federada. No podía ser que a poco más de un año de la caída del imperio todos fueran republicanos. De seguro había muchos partidarios, no sólo de la monarquía sino del libertador, dispuestos a establecer un orden de cosas más conocido. El problema es que en Soto la Marina, aquel verano de 1824, el comandante se llamaba Felipe de la Garza, un viejo amigo de republicanos y revoltosos, como el propio Mier, como el chato Ramos Arizpe. Eso no era tan grave. Los políticos un día se afilian a una causa y al día siguiente a otra. El problema más grave era que De la Garza se pronunció en dos ocasiones en con­tra del Imperio y en ambas fracasó. Si no fue fusilado como traidor se debió a la gracia del emperador. Algún ingenuo pensaría que, pre­cisamente por eso, debía tener gratitud ante el hombre que lo perdonó; pero la humillación no se perdona.

 

Agustín de Iturbide se entrevistó con Fe­lipe de la Garza el 16 de julio. Le expuso los motivos que tuvo para regresar a México, aun­que quizá no todos. Le dijo que sabía de los planes de la Santa Alianza, de la intención de Fernando VII para armar una expedición con­tra México. Venía dispuesto a ponerse a las órdenes de la Patria. Entonces, fue notificado acerca del decreto de 23 de abril, expedido por el Congreso Constituyente, en el que se le de­claraba traidor si ponía un pie en México y lo condenaba, en ese caso, a la muerte. Iturbide insistió en que su delito era defender al país que él mismo puso en el concierto de las na­ciones civilizadas. De la Garza titubeó. Tenía frente a sí al autor del Plan de Iguala, no a cual­quier político ambicioso. El 18 de julio decidió enviarlo a Padilla, en donde estaba sesionando la Asamblea Constituyente estatal, para dejar en sus manos la difícil decisión de cumplir o no el decreto del Congreso Federal. Lo envió rodeado de tropas, pero no como preso, pues ordenó a sus hombres que obedecieran a tan distinguido mexicano.

Iturbide debió haber supuesto que las co­sas mejoraban. Había demostrado que su pres­tigio era enorme. Incluso, pidió que su mujer y los dos hijos que lo acompañaban bajaran del bergantín en el que habían llegado. Ana Huarte estaba preñada, a la espera de su décimo hijo, quien recibiría el mismo nombre que su padre, Agustín Cosme. Pertenecía a una de las familias más destacadas de Valladolid y su padre, Isidro Huarte, había sido el hombre más poderoso, por su riqueza e influencias, de la vieja intendencia de Michoacán. Agustín la desposó el 27 de fe­brero de 1805. Nacido en septiembre de 1783, pertenecía también a una distinguida familia de Valladolid, propietaria de algunas fincas ur­banas y rurales. Desde joven se inclinó por la carrera de las armas. Ingresó como alférez en el regimiento de infantería de Valladolid, al mando del conde de Rui. Carismático, estable­ció relaciones que después le serían de enorme • utilidad. Por supuesto, aprovechó los vínculos que su suegro tenía en la administración de la intendencia de Michoacán y el ayuntamiento de Valladolid. Si bien había participado en las maniobras militares que se hicieron en Xalapa frente al virrey José de Iturrigaray (y en las que estuvieron otros americanos como Ignacio Allende), Iturbide no mostró oposición a la vio­lenta destitución del virrey en septiembre de 1808, aunque se le vinculaba con las reuniones clandestinas que fueron descubiertas en Valladolid a finales de 1809, favorables a Iturrigaray y al proyecto de establecer una Junta Guberna­tiva en el reino.

El abrazo de Acatempan el 10 de febrero de 1821, selló la alianza entre acérrimos rivales para aprovechar la crisis del Imperio español a favor de la Independencia.
Oleo sobre tela de Román Sagredo 1870.

 

El proyecto más claro a favor de la inde­pendencia se manifestó en 1810 con la in­surrección de Miguel Hidalgo. Pese a que el párroco de Dolores ofreció al joven militar Agustín de Iturbide que se uniera a la insur- gencia o, al menos, no la combatiera, Iturbide no estaba dispuesto a aceptar la feroz violencia que amenazaba con destruir la riqueza de Nueva España. Como bien dijo a finales de 1821 a aquel abogado de Oaxaca, Carlos María de Bustamante, su respaldo a la emancipación no transigía con la insurrección popular: com­batió a los insurgentes y lo volvería a hacer si fuera necesario. El problema en 1824 era que en el poder había muchos hombres, como el propio Bustamante, que habían participado en aquella insurrección. En el ejecutivo se halla­ban los antiguos rebeldes Guadalupe Victoria y Nicolás Bravo, y hasta Vicente Guerrero era suplente. Por cierto, en Tamaulipas pasaba algo parecido: el nuevo gobernador era Bernar­do Gutiérrez de Lara, quien había simpatizado con Hidalgo y Morelos, y encabezó fuerzas in­surgentes en Texas, compuestas en buena me­dida por filibusteros y aventureros.

 

En verdad, Iturbide debía temer a aquellos republicanos. El 18 de julio, el Congreso Cons­tituyente de Tamaulipas ordenó a Gutiérrez de Lara que cumpliera con el decreto federal. Quienes habían sido insurgentes no podían olvidar con facilidad la fama adquirida por el joven comandante realista michoacano, tan comprometido con el orden virreinal, tan te­naz en su persecución de rebeldes. Iturbide pa­gaba con sus propios recursos incentivos para las tropas, construyó una eficiente red de co­rreos y de espías que le permitieron diseñar es­trategias contrainsurgentes. Durante la guerra se acostumbró a la vida difícil de la campaña. Pasó hambres, enfermó. Obligó a sus soldados a marchar largas jornadas. Sus esfuerzos no fueron vanos. Derrotó a Ramón Rayón, muy cerca de Salvatierra. Consiguió engañar al tai­mado Albino García, a quien fusiló y descuar­tizó como escarmiento.

 

La frágil unidad nacional en tomo al Plan de Iguala, estalló en pedazos apenas instalado el Congreso constituyente. Óleo sobre tela, anónimo, «Solemne y pacifica entrada del exercito de las Tres Garantías en la capital de México el día 27 de setiembre de 1821». Museo Nacional de Historia, INAH

Junto con Ciríaco del Llano, Iturbide impi­dió que José María Morelos ocupara Valladolid. Poco después, capturó a Mariano Matamoros, a quien fusiló en febrero de 1814. Por supues­to, la fama de ser un decidido soldado del rey era difícil de olvidar; pero siendo comandante del Bajío llegó a ser reconocido por otras dos características que hubiera preferido evitar: ser sanguinario y corrupto.

Respecto a lo primero, Agustín de Iturbide no era extraordinario. Numerosos jefes rea­listas e insurgentes ordenaban fusilamientos sin contemplaciones. El propio cura Morelos lo hacía, cuando no eran capaces de frenarlo Matamoros y los Bravo. Después de todo, la insurrección iniciada en 1810 se convirtió en una guerra civil, atroz como todas, destructiva y terrible. La novedad en el caso de Iturbide, y lo que parecía más inmoral en aquella época, fue la aplicación de tácticas contrainsurgentes muy adecuadas para quitar apoyo a las guerri­llas del Bajío. En vez de atacar a esos grupos de frente, Iturbide empleó un sistema de espías para emboscarlos. Actuaba de la misma mane­ra que lo hacía la guerrilla, pero iba más lejos. Si los insurgentes ponían su atención en cortar las líneas de abastecimiento del ejército, Itur- bide haría algo parecido: destruir lo que hoy llamaríamos las «bases sociales de la guerrilla». Destruyó pueblos y villas, acusándolas de pro­porcionar víveres a los rebeldes. Hizo prisio­neras a numerosas mujeres que no tenían más delito que apoyar a sus maridos e hijos que se habían ido a campaña a pelear por la libertad.

Respecto a los cargos de corrupción, Iturbide, como otros jefes militares realistas e in­surgentes, encontró que podía «dar protección” a terratenientes, comerciantes y mineros, a cambio de dinero «para la causa”. En el caso de Iturbide, parece que en efecto disponía de ma­nera ilegal de caudales que no le pertenecían y, como otros, vigilaba las conductas de plata a cambio de pago, pero no por ambición vul­gar sino para ocupar ese dinero en sus tropas. Recuérdese que había dispuesto su no escasa fortuna personal para el mismo destino, aun­que eso no lo eximiera de un comportamiento criminal. Cuando en 1816 fue acusado de esos y otros cargos, ni siquiera los poderosos ami­gos que tenía en la Audiencia impidieron que se le quitara el mando de tropas. Si Iturbide se había ganado enemigos y hecho de mala fama entre los que entonces eran defensores del rey, qué podía esperar de quienes habían sido in­surgentes.

En efecto, el 19 de julio de 1824, muy de mañana, Gutiérrez de Lara actuó como era de esperarse: rechazó cualquier argumento de Iturbide, lo hizo prisionero y lo presentó ante el Congreso tamaulipeco. Los constituyentes ordenaron la comparecencia de Felipe de la Garza, para pedir explicaciones acerca de por qué no había ejecutado el decreto federal y para ordenarle que lo cumpliera sin tardan­za. Iturbide expuso de nuevo sus argumentos, acerca del peligro que representaban las mo­narquías de la Santa Alianza y de las intencio­nes españolas de organizar una expedición de reconquista; pero no convenció a nadie. Recu­rrió también a su prestigio. Era su última car­ta. Recordó sus trabajos por la Independencia, algo que nadie podía escatimar, y en especial sus exitosos esfuerzos para unir voluntades, para conciliar extremos.

En 1820, cuando vivía en la Ciudad de México y se codeaba con los principales políticos, pensadores y gente de influencia de la capital virreinal, Iturbide conoció las noticias del restablecimiento de la Constitución de 1812 en todos los dominios que le quedaban a la monarquía española. La primera vez que se aplicó, ese documento constitucional había ocasionado muchos dolores de cabeza a los defensores del orden colonial, pues la libertad de prensa y los procesos elec­torales dieron protagonismo a muchos partidarios de los in­surgentes. En 1814, Fernando VII declaró abolida la Consti­tución, pero la bancarrota de la monarquía y las conjuras liberales consiguieron que fuera restablecida. Las condi­ciones de Nueva España pare­cían diferentes a las que había tenido el virreinato la primera vez que se aplicó. Los insur­gentes estaban reducidos a unos cuantos grupos guerri­lleros que controlaban el sur de la intendencia de México o permanecían atrincherados en fortificaciones en las islas de lagos y ríos o en la cúspide de montañas de difícil acceso. El reino no estaba en paz, como anunciaba el virrey Juan Ruiz de Apodaca, pero el orden establecido no corría peligro por los rebeldes. Las divisiones estaban en otros lados.

 

Coronación de Iturbide en la Catedral de México el día 21 de julio de 1822. A pesar de las reticencias y forcejeos, el Congreso aceptó la monarquía constitucional. Museo Nacional de Historia INAH

Durante sus años en la Ciudad de México, Iturbide había convivido con partidarios del orden constitucional, como los que se reunían en casa de Ignacia Rodríguez de Velasco, la Güera, pero también con destacados serviles, como ellos mismos aceptaron llamarse, como los que se reunían en los ejercicios espiritua­les del Oratorio de San Felipe Neri. Sabía que muchas personas repudiarían la Constitución, por considerarla contraria a la religión, mien­tras que otras la apoyarían. Habría quienes creyeran que el régimen constitucional debía ser más radical, hasta eliminar la figura del monarca. Muchos estaban descontentos por­que la igualdad prometida por los españoles a los americanos no se cumplía. Sabía que esas tensiones podían ocasionar en cualquier mo­mento una insurrección tan desastrosa como la que él combatió. Las noticias que su protegi­do José López le enviaba de España, respecto a la existencia de numerosas facciones (comu­neros, exaltados, absolutistas, doceañistas) que se enfrentaban y conspiraban, le hicieron temer que el nuevo orden constitucional no dura­ría y que ocasionaría más con­flictos. Por supuesto, Iturbide no estaba solo. Numerosos mi­litares, propietarios, liberales y serviles, estaban pensando lo mismo: más valía desatar los lazos que unían al virreinato con la metrópoli, como había propuesto el abad Dominique de Pradt. Iturbide había plati­cado ya sobre estos temas con muchos amigos, entre quienes había destacados defensores de los intereses americanos, como su compadre Juan Gó­mez de Navarrete, y militares con quien tenía una enorme confianza, como Manuel Gó­mez Pedraza.

Cuando el viejo coronel Gabriel de Armijo solicitó retirarse del sur, en donde combatía a Vicente Guerrero, apareció la oportunidad para Iturbide. Designado comandante en la región, de inmediato se puso en contacto con su enemigo. Los diputados que salían rumbo a España fueron informados por Gómez de Navarrete y Gómez Pedraza de las intenciones de Iturbide para proclamar un Plan de Inde­pendencia. No pudieron esperarlo, pero en Madrid trabajaron para establecer una monar­quía en México, encabezada por un miembro de la casa reinante española y bajo un orden constitucional. En Iguala, Iturbide se pronun­ció por lo mismo, con el apoyo de Guerrero, en febrero de 1821. Si bien en un principio tuvo más reveses que triunfos, poco a poco fue ga­nando voluntades. Negoció, ofreció, dijo que sí a casi todos. La bandera de religión, inde­pendencia y unión fue enarbolada en todas las plazas. Los más fervorosos serviles quedaron satisfechos con la separación de una metrópoli que estaba tomando medidas en contra de los privilegios de las corporaciones eclesiásticas; los liberales aceptaron la propuesta de man­tener la vigencia de la Constitución de r8i2 en lo que una asamblea representativa redac­tara una propia; los defensores del rey no vie­ron problema alguno en pedir que la corona del imperio mexicano quedara en manos de Fernando VII o alguien de su familia; algunos insurgentes aceptaron la independencia bajo estas condiciones.

¿Qué otros méritos podían exigir a Iturbi- de los señores diputados del Congreso de Tamaulipas? La independencia se consiguió ape­nas siete meses después del pronunciamiento de Iguala. Juan O’Donojú, último capitán ge­neral de Nueva España, firmó con Iturbide el Tratado de Córdoba en agosto. Iturbide cum­plió su promesa: reunió una Junta Gubernati­va que declaró solemnemente el nacimiento de México y convocó elecciones para un Con­greso Constituyente. Los republicanos podían acusarlo de ambicioso, por haberse coronado, pero debía decirse a su favor que cuando Es­paña rechazó el Tratado de Córdoba, había un enorme respaldo para que quien ocupara el trono fuera el autor de la Independencia.

Es muy difícil hacer un balance del pri­mer gobierno que tuvo México como estado independiente. Iturbide encabezó un imperio, primero como regente y luego como empera­dor, en el que no había recursos para pagar tropas ni sueldos de los empleados públicos. Muchos productores lo apoyaron por la promesa de reducir o eliminar impuestos y car­gas tributarias que después le hicieron falta como gobernante. La delincuencia azotaba a la población y no había un sistema de admi­nistración de justicia que le permitiera actuar; de ahí que solicitara al Congreso el estableci­miento de tribunales militares, medida que fue rechazada por los constituyentes. Se debe señalar que los republicanos en la época del Imperio eran muy pocos y que el respaldo a la monarquía constitucional como forma de gobierno era casi unánime, pero Iturbide tuvo problemas con los parti­darios de la República desde un principio. En noviembre de 1821 descubrió una pri­mera conspiración, en la que participaban Josefa Ortiz de Domínguez y Guadalupe Vic­toria. Poco después, Servando Teresa de Mier, Vicente Ro- cafuerte y el enviado colom­biano, aunque veracruzano, Miguel Santa María, promo­vieron la caída del imperio. En agosto de 1822, Iturbide envió a la cárcel a los diputa­dos conspiradores y pidió la salida de Santa María. La medida fue respaldada por numero­sas representaciones de villas, pueblos y ciuda­des. Sólo unos cuantos se opusieron, como el propio Felipe de la Garza.

Pese a todos estos problemas, Iturbide trabajó por el engrandecimiento de su patria. Desde un comienzo puso sus miras en la in­corporación al Imperio de territorios que no formaban parte del núcleo central de Nueva España. Por ello, promovió que las Provincias Internas se adhirieran al Plan de Iguala (el propio Humboldt calculaba que el virreinato llegaba por el norte al paralelo 31), lo mismo que Centroamérica. Incluso, llegó a conside­rar la pertinencia de que el imperio incluyera al Caribe español, para integrar así a toda la América Septentrional. Estas ambiciones segu­ramente fueron vistas por Simón Bolívar, por

lo que trabajó con Santa María en la caída del emperador. Por el contrario, y pese a la opinión de numerosos autores, Joel Poinsett, quien visi­tó México en 1822, no participó en las conjuras contra Iturbide.

Por supuesto, el emperador también actuó de manera autoritaria. Arbitrariamente, disol­vió el Congreso en octubre de 1822 y reunió una Junta más pequeña. En di­ciembre, otro joven ambicioso, vinculado con conspiradores republicanos, Antonio López de Santa Anna, se pronunció en contra de la monarquía. No consiguió su objetivo, pero al menos fue el responsable de que el emperador enviara tropas a Veracruz y gastara los pocos recursos que le que­daban. Cuando Antonio de Echávarri se percató de que no podría derrotar a los rebel­des y de que podía ser desti­tuido en cualquier momento, se pronunció por una salida que parecía aceptable para todos, mantener el imperio y convocar un nuevo congreso. No hay evidencia de que fuera la masonería del rito escocés la que promovió el Plan de Casa Mata para derrocar a Iturbi- de; pero el resultado fue ése. Un artículo del Plan otorgaba a la diputación de Veracruz fa­cultades de gobierno en tanto se restablecía el orden. Las demás provincias apoyaron el Plan para tener esas mismas facultades. Era el prin­cipio del federalismo. Iturbide, que tan bien apreció las condiciones del país, no pudo ver las demandas de las regiones. El 19 de marzo de 1823, abdicó y aceptó salir del país. Estu­vo en Italia, en donde escribió sus memorias, y luego en Gran Bretaña. En Europa se percató de las intenciones españolas para recuperar su más preciada colonia y el respaldo que varias monarquías le daban. Entonces regresó a Méxi­co. ¿Cuál era su delito?

Iturbide fue fusilado en Padilla, Tamaulipas, el 19 de julio de 1824. Se dice que sus últimas palabras «Mexicanos, ¡Mexicanos, muero con honor por haber venido a ayudaros y gustoso porque muero entre vosotros!». Museo Nacional de Historia INAH.

 

Los constituyentes de Tamaulipas no ce­dieron. A las tres de la tarde, le comunicaron a Iturbide que sería ejecutado. Iturbide pidió un día más, que le fue negado. Confesó y escribió unas notas. Parecía inconcebible que el autor de la Independencia muriera fusilado sin su­mario, sin atender argumentos. Por supuesto, Iturbide no quiso recordar aquella tarde la co­rrespondencia que en los meses recientes ha­bía mantenido con Antonio de Narváez, admi­nistrador de su Hacienda de la Compañía. Nar­váez y Manuel Reyes Veramendi encabezaban un grupo de conspiradores que promovía el regreso de Iturbide, descubierto por el gobier­no en abril. La lista de implicados incluía a nu­merosos militares. Incluso, se asoció al rebelde Vicente Gómez, el capador de gachupines, con el regreso de Iturbide. Luis Quintanar y Anas­tasio Bustamante, defensores de la soberanía de Jalisco, también se hallaban implicados. No es que pretendieran coronar al depuesto emperador, pero sí favorecían que regresara a “ocupar el lugar que la patria quisiera otorgar­le». El problema es que la Patria o, mejor dicho, quienes la representaban en el Congreso, deci­dieron que su lugar era frente al pelotón de fu­silamiento. Cuando los constituyentes fueron enterados por los secretarios de Relaciones y de Guerra, Lucas Alamán y Manuel de Mier y Terán de la existencia de numerosas conspi­raciones en contra del gobierno y a favor de Iturbide, decretaron que si regresaba al país estaría fuera de la ley y sería ejecutado.

El decreto se cumplió el 19 de julio de 1824. Muchos pensaron que la República se había salvado. Para otros, para muchas generaciones más, se trató de un parricidio. “En el acto mis­mo de mi muerte -fueron sus postreras pala­bras- os recomiendo el amor a la patria”, una patria impensable sin Agustín de Iturbide.

 

Autor: Alfredo Avila. UNAM

 

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Así obtenían los egipcios los bloques de piedra de las pirámides

Publicado por El hijo del Ahuizote en 22nd junio 2019

Unos restos arqueológicos y unas inscripciones jeroglíficas halladas en una cantera de alabastro cerca del valle del Nilo han permitido a un equipo de arqueólogos descubrir cómo los antiguos egipcios transportaban grandes bloques de roca en la época de la construcción de las pirámides.

 

 

Tras estudiar unas cien inscripciones y haber descubierto restos de instrumentos de madera, los expertos han deducido que los antiguos egipcios empleaban una rampa central con una gran inclinación para extraer los bloques de alabastro de la cantera de Hatnub.

El Ministerio de Antigüedades egipcio anunció esta semana el hallazgo hecho por una misión conjunta del Instituto Francés de Arqueología Oriental (IFAO), con sede en El Cairo, y de la Universidad británica de Liverpool en el sitio arqueológico de Tel al Amarna, ubicado en la provincia de Minia (centro).

El secretario general del Consejo Supremo de Antigüedades, Mustafa Waziri, destacó en un comunicado que esta es la «primera vez que se descubre el sistema de traslado de bloques desde la cantera y cómo se lograba levantar esos bloques de varias toneladas, lo cual cambia completamente la comprensión sobre la construcción de las pirámides» de Guiza.

El director del IFAO, Laurent Bavay, explicó que para sacar las rocas desde el interior de la cantera, que tenía unos diez metros de profundidad, las arrastraban por la rampa y empleaban maderas y cuerdas de origen vegetal para sujetarlas y ayudarse en este proceso.

«Esta es la evidencia arqueológica de que eran capaces de mover grandes piedras por una pendiente de 20 grados, que es muy aguda», agregó Bavay.

El egiptólogo señaló que, en el caso de las pirámides, los expertos aún se preguntan qué inclinación tendrían las rampas que se pudieron emplear para levantar los enormes sillares que las componen.En las pirámides se usó piedra caliza, material un poco más ligero que el alabastro, pero «muy probablemente» se empleó el mismo método para levantar los bloques con los que se construyeron los monumentos más conocidos de Egipto.

El egiptólogo Roland Enmarch, experto en inscripciones de la Universidad de Liverpool, dijo que la cantera de alabastro fue explotada en la misma época en la que fue edificada la Gran Pirámide de Keops, faraón de la IV Dinastía (2550 a.C. a 2527 a.C.).

Sin embargo, «es muy improbable» que las rocas procedentes de la cantera de Hatnub se usaran en la construcción de las pirámides, porque estaban construidas de caliza, principalmente, y mármol en su interior. El alabastro sí se empleó en algunos templos y estatuas ubicadas en la necrópolis de Guiza, según explicó Enmarch.

El egiptólogo detalló que la misión conjunta, que dio comienzo en 2012 y proseguirá estudiando la cantera, halló inscripciones que aportan informaciones sobre los bloques de piedra y la técnica con la que eran llevados hasta el río Nilo, a unos 20 kilómetros de distancia, desde donde eran trasladados en barcos. Asimismo, las inscripciones estudiadas ofrecen información sobre el trabajo en la mina. «Había cientos o miles de personas en las expediciones» que extraían los minerales, aseguró Enmarch.

Según el experto, la de Hatnub era la principal fuente de alabastro en aquella época, cuando este mineral era muy apreciado y se empleaba para estatuas y vasijas en el interior de los templos faraónicos, entre otros usos. Antigüedades aseguró que la misión continuará su trabajo para estudiar los yacimientos que rodean la cantera, donde se encuentran los restos de los alojamientos de los trabajadores, lo cual puede arrojar más luz sobre su labor y el procedimiento de extracción y transporte.

Fuente:
https://www.20minutos.es/noticia/3482026/0/egipto-bloques-piedra-construccion-templos-epoca-faraon-keops

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Coyolxauhqui

Publicado por El hijo del Ahuizote en 1st junio 2019

Relieve de Coyolxauhqui descuartizada por su hermano, encontrado en el Templo Mayor.

 

Coyolxauhqui (en náhuatl: coyolxauhqui, ‘la adornada de cascabeles’‘coyolli, cascabel; xauhqui, que adorna’)?​ es una deidad mexica, quien se considera es la representación de la luna, sin embargo, dado que no presenta ningún signo o glifo lunar, se ha propuesto que representa otro tipo de cuerpo celeste.

En la mitología nahua, Coyolxauhqui era hija de la diosa madre Coatlicue y hermana y líder de los dioses de estrellas Centzon Huitznáhuac. Cuando Coatlicue quedó embarazada de Huitzilopochtli, Coyolxaihqui y sus hermanos planeaban matar a su madre al considerarlo deshonroso, por lo que Huitzilopochtli la descuartizó y arrojó su cabeza al cielo.

El mito sobre el nacimiento de Huitzilopochtli, narra que Coyolxauhqui, furiosa al enterarse de que su madre, Coatlicue, estaba embarazada de un hombre desconocido, guió a sus hermanos (los cuatrocientos surianos) hacia Coatepec, donde se encontraba su progenitora, para matarla, y así redimir la ofensa.

Al llegar los hijos a Coatepec, Coatlicue dio a luz a Huitzilopochtli, quien vestido de guerrero y armado, nació listo para defender a su madre. El dios venció a sus hermanos, decapitó a su hermana, mandó su cabeza al cielo para que su madre pudiera verla cada noche y arrojó su cuerpo montaña abajo, por lo que éste quedó desmembrado.

Así fue como Coyolxauhqui se convirtió en la representación de la Luna y sus hermanos en la de las estrellas.

Fotografía del lugar donde se encontró el relieve. En la imagen, relieve de una escultura más antigua

 

Monolito de Coyolxauhqui

Se trata de un monolito de cantera, de 320 cm de diámetro, con forma de escudo, y se piensa que por la forma redonda de la piedra, similar a la luna llena, ésta encarna a la diosa lunar.

En la gran piedra se observa a la diosa descuartizada, con la cabeza, brazos y piernas separadas alrededor de su cuerpo. En ella se distinguen pequeñas bolas de plumas de águila en el cabello, un símbolo en forma de campana sobre su mejilla, y una pestaña, con el símbolo mexica para año, en su oreja. Como en las imágenes de su madre, se le muestra con unos cráneos atados a su cinturón.

Los estudiosos también opinan que la decapitación y el desmembramiento de Coyolxauhqui se reflejan en el patrón de los sacrificios rituales de los guerreros. Éstos constaban, en primer lugar, en extraer los corazones de los cautivos del pecho. En segunda, en ser decapitados y desmembrados. Finalmente, en que sus cuerpos eran arrojados desde el templo, por las escalinatas de la pirámide, quizás sobre la gran piedra de Coyolxauhqui.

Su ubicación original recrea el mito, pues se situaba en la parte frontal del Templo Mayor, en el edificio dedicado a Huitzilopochtli, de la antigua Tenochtitlan, igual que en el cerro de Coatepec.

 

Coloración del monolito original, determinada a partir de rastros químicos de pigmentos.

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Descentralizar ¿la Conquista?

Publicado por El hijo del Ahuizote en 29th mayo 2019

 

Autor: Pedro Salmerón Sanginés

Las versiones tradicionales de la irrupción española nos cuentan la epopeya de 400 valientes poseedores de una incontestable superioridad tecnológica y de su esforzado capitán, que conquistaron y sometieron a un gran imperio. O la resistencia heroica de los mexicas contra unos invasores genocidas. Desde entonces, se nos cuenta, los mexicas o aztecas y sus descendientes, nosotros los mexicanos, somos conquistados. Hijos de la chingada.

Mientras el cuento que nos cuentan se siga centrando en el enfrentamiento del esforzado (o genocida) capitán y en la tragedia de Tenochtitlán y el heroísmo de Cuauhtémoc, mientras sigamos insertos en la concepción de Estado-nación racista y excluyente centrada en el mestizaje (de español y azteca), seguiremos siendo los hijos de la chingada que el régimen priísta quiso enseñarnos a ser: el mexicano que los sedicentes herederos de Octavio Paz pintan como niño/borrego buscador de mesías.

Urge, pues, rescatar todos los re­latos convertidos en historias secundarias. Tengo en mi mesa de trabajo numerosos documentos que debo ordenar y priorizar. Hablaré de algunos: empiezo con el proyecto museográfico indios conquistadores, de Raquel Güereca y Michel R. Oudjik, con museografía y gestión de Salvador Mirabete y Víctor Iván Gutiérrez, que tiene como objetivo principal mostrar una nueva narrativa de la Conquista, basada en fuentes elaboradas por indígenas que se reivindicaban a sí mismos como indios conquistadores, al tiempo que se cuestiona la visión tradicional de la Conquista construida por la historiografía dominante.

Los documentos y narraciones que mostrarán Güereca y Oudjik, revelan a pueblos nahuas, zapotecos y otomíes, entre otros, que en sus propios escritos de los siglos XVI y XVII se presentan como conquistadores, como vencedores. En esas y otras fuentes encontraremos desde xochimilcas que en la década de 1560 alegan ante el virrey, en defensa de sus tierras, que cuando los tlaxcaltecas se cansaron nosotros llevamos 900 canoas y 10 mil guerreros; hasta los nahuas defensores de la frontera de la Nueva Vizcaya en el siglo XVIII; pasando por zapotecas que conquistan y pueblan Guatemala… y otras historias que no adelanto. Mientras, digamos que es evidente la continuidad de patrones de comportamiento mesoamericanos en la sociedad y el discurso coloniales.

Sigo con los avances de investigación de Edna Sáenz, Aideé Hernández y Andrés Centeno, que inquieren sobre tres antihéroes de los relatos tradicionales: Xicomecóatl, el cacique gordo de Cempoala, primer aliado de Hernán Cortés… o quizá, quien metió a Cortés en la dinámica de la guerra mesoamericana. Xicoténcatl el viejo, el senador de la República de Tlaxcala a quien su propio hijo habría confrontado por su entreguismo… o quizá el catalizador de la conversión de Tlaxacala en una república que se autogobernó hasta 1821, semillero de sedicentes conquistadores del septentrión. Y Acolhua Ixtlilxóchitl, el traidor que convertido en señor de Texcoco que en una fuente que le es proclive, el Códice Ramírez, queda probado que no fueron [los tlaxcaltecas] los que ganaron a México sino don Fernando Ixtlilxuchitl con 200 mil vasallos suyos.

Y si además de llevar el relato más allá del esforzado capitán y del joven abuelo de López Velarde (para hablar de las demás naciones, pueblos y comunidades) lo sacamos de la gran Tenochtitlán y el centro de México (como propone Armando Bartra: https://bit.ly/30MpRjK) quizá, sin oscurecer la catástrofe civilizatoriaque provocó la irrupción española, ni a sus instigadores visibles y no tanto, como la insaciable codicia del gran dinero, quizá podríamos construir otro relato, atendiendo el sur maya y el norte aridoamericano.

Recordemos, pues, que los actuales estados de Guanajuato, Zacatecas, Aguascalientes, San Luis Potosí y regiones aledañas, son México tanto como la capital. Recordemos que su conquista se produjo de 1550 a 1600, de manera apenas epidérmica; que muchos de sus conquistadoreseran indios mesoamericanos (como Conín o Santiago de Tapia, que en gigantesca estatua nos recibe al llegar a Querétaro); y que en realidad, se sometieron más mediante la paz por compra que por la fuerza de las armas (es decir: que los ancestros de los indios que acompañaron al cura Hidalgo no perdieron la guerra en campos de batalla).

Y más al norte de la Gran Chichimeca, los tlaxcaltecas y los mexicas eran señores de a caballo igual que los españoles, lo que hizo decir al obispo Pedro Tamarón y Romeral algo así como ahora resulta que todos los indios son tlaxcaltecas.

Pregunto: ¿por qué los herederos de los nahuas-xochimilcas se presentan hoy como descendientes de los conquistados, los vencidos, cuando en 1560 sus abuelos se llamaban conquistadores? ¿Por qué necesariamente nos identificamos con Cuauhtémoc y no con Xicomecóatl, Ixtlilxóchitl o Conín? ¿O con la Malinche, pero no la de Octavio Paz, sino –por ejemplo– la de Yásnaya Elena?

Sin conquista no hay conquistados, ni conquistadores.

tomado de: https://www.jornada.com.mx/2019/05/28/opinion/014a2pol#

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