Historias de la Historia

Anécdotas y Curiosidades del pasado

Archivo para enero, 2020

LA MASACRE DE CHINOS EN TORREÓN

Publicado por El hijo del Ahuizote en enero 28th 2020

 

 

 

RACISMO Y XENOFOBIA EN EL MÉXICO DE 1911

Pedro Salmerón

 

Torreón se convirtió en el Porfiriato en una de las ciudades más prósperas del país, en buena parte gracias a la llegada del ferrocarril. Los chinos tenían varios negocios en el norte de México y el sur de Estados Unidos, desde bancos hasta lavanderías. Su presencia era notable e incluso incomodaba a algunos locales que consideraban que eran un obstáculo para su progreso.

FOTOGRAFÍA ANÓNIMA, CHINOS ASESINADOS EN TORREÓN, MAYO/1911. BIBLIOTECA DEGOLYER, UNIVERSIDAD METODISTA DEL SUR, EUA

FOTOGRAFÍA ANÓNIMA, CHINOS ASESINADOS EN TORREÓN, MAYO/1911. BIBLIOTECA DEGOLYER, UNIVERSIDAD METODISTA DEL SUR, EUA

 

 

La Comarca Lagunera de Coahuila y Durango fue un escaparate de la modernización porfirista: ninguna región del país creció a ritmos tan acelerados durante la dictadura, ninguna tampoco mostró de manera tan evidente los desequilibrios del modelo modernizador, y a la vez, en muy pocas (de hecho, solo el occidente de Chihuahua) respondieron con tal entusiasmo al llamado a las armas hecho en 1910 por Francisco I. Madero, quien, no en vano, se formó como empresario y político, y escribió La sucesión presidencial, en esa región.

Torreón, ciudad de migrantes surgida prácticamente de la nada con la llegada del ferrocarril, atrajo no solo a mexicanos procedentes de estados como Zacatecas o Guanajuato, también una relativamente importante población extranjera. Entre esas colonias destacaba la china, una de las más numerosas y prósperas del país. Los chinos constituían quizá el cuatro por ciento de la ciudad lagunera y eran visibles por su vestimenta, su religión y por ser una minoría con éxito en los negocios restauranteros, tiendas, planchadurías y hortalizas.

Esa colonia, aislada y casi totalmente masculina, se involucraba lo menos posible en la política mexicana y, de una u otra manera, era víctima de discriminación xenofóbica: el país vivió fuertes y recurrentes campañas antichinas entre 1905 y 1931, por lo menos. Pero ninguna de las comunidades chinas sufrió lo que la de Torreón. Porque no obstante su aislamiento, los hombres más prominentes de dicha comunidad en esa ciudad hicieron público su respaldo al gobierno de Porfirio Díaz durante la rebelión maderista y algunas de sus acciones dieron pretexto o justificación a quienes perpetraron el crimen del 15 de mayo de 1911.

 

El jefe revolucionario Benjamín Argumedo, uno de los que encabezaron la toma de Torreón en mayo de 1911, fue llevado a juicio por la matanza de chinos, aunque al final fue exculpado.

El jefe revolucionario Benjamín Argumedo, uno de los que encabezaron la toma de Torreón en mayo de 1911, fue llevado a juicio por la matanza de chinos, aunque al final fue exculpado.

 

 

REVOLUCIÓN EN LA LAGUNA

A principios de mayo de 1911, los rebeldes maderistas de La Laguna: peones de campo, rancheros, mineros, empleados urbanos, obreros, artesanos, habían tomado todas las poblaciones de la región y pusieron cerco a las tres ciudades vecinas que constituían la segunda concentración urbana e industrial del norte del país: Torreón, Lerdo y Gómez Palacio.

Desde el oriente llegaron unos 2,000 jinetes mandados por Benjamín Argumedo y Enrique Adame Macías, que habían tomado y defendido Parras y Matamoros en cruentos combates; de las montañas de Mapimí bajó Jesús Agustín Castro con 1,200 soldados; de la zona de Tlahualilo llegó Orestes Pereyra con un nutrido contingente. Un par de semanas antes había llegado a la región Emilio Madero González, hermano de don Pancho, con el nombramiento de jefe de la revolución en Coahuila y Durango. Castro, Pereyra y Sixto Ugalde –otro de los líderes– reconocieron rápidamente su autoridad. Había que aceptar un mando único y acabar pronto con la revuelta porque se acercaba una fecha fatal para los laguneros: si no empezaba a prepararse la siembra, se perdería la cosecha de algodón.

El 4 de mayo Gómez Palacio cayó en manos de los rebeldes: los federales evacuaron la plaza para concentrarse en Torreón, que quedó sitiada el día 12. Luego de tres días de recios combates, los defensores, menos de mil, evacuaron la plaza silenciosamente en la madrugada del 15 de mayo. Emilio Madero, Jesús Agustín Castro, Orestes Pereyra, Sixto Ugalde y Gregorio García habían pasado la noche en Gómez Palacio; acampados frente a Torreón, con sus hombres, solo estaban algunos jefes secundarios.

 

FOTOGRAFÍA DE CHARLES B. WHITE, ENTRONQUE FERROVIARIO EN TORREÓN, CA. 1910. BIBLIOTECA DEGOLYER, UNIVERSIDAD METODISTA DEL SUR, EUA

FOTOGRAFÍA DE CHARLES B. WHITE, ENTRONQUE FERROVIARIO EN TORREÓN, CA. 1910. BIBLIOTECA DEGOLYER, UNIVERSIDAD METODISTA DEL SUR, EUA

 

LA MATANZA

Tan pronto como los rebeldes notaron la ausencia de los federales, algunos grupos empezaron a entrar a la plaza y, unidos a los habitantes más pobres de Torreón, notoriamente bebidos unos y otros, saquearon los principales comercios y perpetraron una terrible matanza de chinos. El único jefe de cierta significación que estuvo presente fue Benjamín Argumedo, a quien después quiso usarse como chivo expiatorio, pero que terminó exonerado por los jueces de la causa. Aunque tarde para los chinos, Orestes Pereyra y Emilio Madero lograron poner fin a los desmanes.

La más detallada narración de la matanza de chinos, escrita por Juan Puig, resulta extremadamente confusa, porque confusa es la realidad que relata. Los que no son confusos son el horror y la xenofobia: “Al tiempo que saqueaban, buscaban a los chinos y los mataban a tiros en sus escondites –y a algunos también, según parece, a machetazos: entre los cadáveres llegó a verse muchos mutilados– o los sacaban a la calle a empellones para abatirlos allí […] Los cadáveres de los tenderos y empleados chinos eran arrastrados afuera o arrojados por encima de las bardas, y se les dejaba tendidos en la calle. Un testigo de la matanza declaró haber visto incluso cómo unos niños pequeños, mexicanos, venían a patear en la cabeza dos de esos cadáveres”.

Al llegar los desordenados rebeldes al centro de la ciudad, la matanza se volvió ordenada: “Con la orden de matar a los chinos y con el pueblo que clamaba por ello, los soldados de Argumedo irrumpieron en el edificio Wah Yick. Ninguno de sus ocupantes quedó con vida. El crimen se perpetró en las mismas habitaciones donde se habían querido refugiar. Los cadáveres, veinticuatro cadáveres, quedaron amontonados en la calle y la gente corrió a descalzarlos; hubo jinetes de la fuerza revolucionaria que lazaron algunos de ellos –entre los que no faltaban mutilados– por los pies, y se los llevaron arrastrando al galope a muchas cuadras de ahí […] A través de una de las ventanas del edificio, alguien arrojó a la calle una cabeza humana: la cabeza de un chino”. También “vejaron horriblemente” a las que quizá eran las dos únicas mujeres de una inmigración de varones.

Otras escenas, tan dantescas como estas, ocurrieron en diversos puntos de la ciudad. En lugar de abundar vale la pena insertar un contraste: en la mayor lavandería china de la ciudad fueron asesinados a tiros el gerente Wong Nong Jum y cuatro de sus dependientes, pero otros lavanderos y planchadores, así como otros chinos que se habían refugiado ahí, saltaron la barda que dividía ese negocio de la fábrica de muebles La Vizcaína, cuyo dueño, don José Cadena, y un mozo mexicano llamado Clemente escondieron a los chinos, con riesgo de perder su propia vida, durante catorce horas y media. Otros vecinos de Torreón también se opusieron al crimen colectivo, como el ranchero Francisco Almaraz, “un señor Escobar, dependiente del licenciado Joaquín Garza Farías” y “un vecino de mi quinta”, declaró el doctor Lim, que salvó la vida.

 

 

FOTOGRAFÍA ANÓNIMA, CARRETA CON CUERPOS DE CHINOS, MAYO/1911. FONDO HAROLD H. MILLER, ARCHIVO MUNICIPAL DE TORREÓN

 

VÍCTIMAS Y CULPABLES

Cuando Emilio Madero logró restablecer el orden y deslindar responsabilidades (lo que se hizo solo por encima y de cara a la galería), contó 249 chinos asesinados. Tres meses después, la legación china en México presentó los nombres de 303 víctimas.

Juan Puig comenta que estos terribles hechos resultaron de trasladar y concentrar los agravios de los sectores más humildes de La Laguna en un sector fácilmente identificable y muy vulnerable. Concluye certeramente: “A los chinos de Torreón los mató el pueblo. El pueblo menesteroso: ese fue su verdugo, lo mismo si cayeron bajo las balas de los guerrilleros maderistas que bajo los machetes y cuchillos de obreros y campesinos de La Laguna”. Los asesinos fueron los humildes, los olvidados. Sus iras se volcaron contra los chinos, tan distintos de ellos en apariencia, pero tan iguales a la mayoría que trabajaban doce o catorce horas diarias para apenas vivir.

En 1912 la colonia china de Torreón era un recuerdo: los sobrevivientes habían huido. No quedaba Banco Chino, ni Club Chino, ni lavanderías, almacenes o restaurantes chinos. La gente interrogada por el juez Antonio Ramos Pedrueza señaló a los culpables. Los jefes subalternos, a quienes tan fácilmente se podía acusar, como Benjamín Argumedo y Sabino Flores, culparon a su vez al pueblo de Torreón. Como dice Juan Puig: “Nadie castigó a unos ni a otros: fue una Fuenteovejuna que mató al igual y perdonó al tirano”.

FOTOGRAFÍA DE ANÓNIMA, MADERISTAS, 1911. © (INV. 373823) SECRETARÍADE CULTURA.INAH.SINAFO.FN.MX

FOTOGRAFÍA DE ANÓNIMA, MADERISTAS, 1911. © (INV. 373823) SECRETARÍADE CULTURA.INAH.SINAFO.FN.MX

 

 

 

RACISMO QUE PERSISTE

Este genocidio, porque sin importar su dimensión o el número de muertos fue un genocidio (de acuerdo con la definición de la Real Academia Española: “Exterminio o eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad”), ha sido usado para descalificar la revolución popular. Algunos lo personalizan y culpan a Francisco Villa, que en ese momento estaba a 835 kilómetros de ahí y aún no tenía mando ni presencia en La Laguna.

Sin embargo, esta “Fuenteovejuna” es el momento simbólico y culminante de una enfermedad nacional de la época, una enfermedad que persiste: el racismo. Un racismo y una xenofobia comunes a muchos mexicanos de aquel tiempo, incluidos personajes como Pancho Villa y Plutarco Elías Calles. No encuentro mayor testimonio de la generalización de ese racismo, que su presencia en el Manifiesto del Partido Liberal Mexicano del 1º de julio de 1906, en el que se presenta el magonismo como corriente ideológica y política autónoma. Dice ahí, a la letra:

“La prohibición de la inmigración china es, ante todo, una medida de protección a los trabajadores de otras nacionalidades, principalmente a los mexicanos. El chino, dispuesto por lo general a trabajar por el más bajo salario, sumiso, mezquino en aspiraciones, es un gran obstáculo para la prosperidad de otros trabajadores. Su competencia es funesta y hay que evitarla en México. En general, la inmigración china no produce a México el menor beneficio.

FOTOGRAFÍA ANÓNIMA, CHINOS PROPIETARIOS DE LAVANDERÍA, 1911. BIBLIOTECA DEGOLYER, UNIVERSIDAD METODISTA DEL SUR, EUA

FOTOGRAFÍA ANÓNIMA, CHINOS PROPIETARIOS DE LAVANDERÍA, 1911. BIBLIOTECA DEGOLYER, UNIVERSIDAD METODISTA DEL SUR, EUA

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Maquizcohuatl, la serpiente de turquesa

Publicado por El hijo del Ahuizote en enero 11th 2020


Las serpientes de dos cabezas, una donde suele estar, la segunda en la cola, no existieron únicamente en Europa. Existen multitud de indicios que prueban que hace muchos siglos habitaron en distintos puntos del planeta. La variedad más famosa de todas ellas, la anfisbena, fue vista en Europa: su figura desconcertante inspiró diversos relatos e interpretaciones. En el continente que hoy llamamos América, la serpiente bicéfala vivió amparada por climas semitropicales. El muy grande emperador Moctezuma tuvo en su zoológico personal un magnífico ejemplar de esta víbora. Solía impresionar a cortesanos y los visitantes, a quienes les mostraba, orgulloso, sus tesoros. Una hermosa escultura de ese reptil es conservada en el British Museum. Permanece en la sala destinada a la cultura azteca y es considerada una de las obras maestras del célebre recinto.
Según la ficha, la pieza, cubierta por pequeñas placas de turquesa, data de 1500 luego de Cristo. Era parte del complejo y poco estudiado rito religioso destinado a Quetzalcóatl. Su origen, precisa el catálogo, es azteca/mixteca. No hay más información, la obra prehispánica se defiende sólo con su notable belleza y aparece tanto en el inventario como en un disco compacto, en cuya portada luce espléndido el extraño reptante.
Está prácticamente intacta: bien conservada; sus cuatro inquietos y luminosos ojos miran la eternidad. Existen múltiples máscaras, vasijas, esculturas y collares de varias culturas prehispánicas en diversos países del mundo. El museo británico de Londres, conserva la escultura de una serpiente de dos cabezas, que ha llegado a convertirse en el emblema del museo, figura muy representativa de los mexicanos. Siendo este un símbolo fundacional: La serpiente, como esta de dos cabezas en turquesa, era un animal mítico para los aztecas. Junto con el mito fundacional de Tenochtitlán, el águila sobre un nopal, el carácter simbólico del reptil resistió los siglos de colonización y pasó a integrar el escudo nacio
nal de México. Sin lugar a dudas una excelsa pieza que muestra la conjunción de tranquilidad y concepción estética de un artesano mixteco que laboro en la corte de Moctezuma II.

 

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HALLAZGO DE UNA LÁPIDA DEL SIGLO XVI EN LA CATEDRAL DE MÉXICO

Publicado por El hijo del Ahuizote en enero 7th 2020

El gobierno de la ciudad de México, a través del Fideicomiso del Centro Histórico, realiza trabajos desde el pasado 22 de febrero para la colocación de luminarias en los costados sur y este de la Catedral Metropolitana.

Fuera del atrio y frente a la fachada principal de la catedral, la empresa Taller de Restauración, S.A de C.V., lleva a cabo la excavación de ocho pozos de 1.60 m por lado y 1.20 m de profundidad, así como algunas zanjas para la colocación de cableado eléctrico.

 

Estos trabajos se hacen a solicitud que hizo el Fideicomiso del Centro Histórico de la Ciudad de México a la Dirección de Salvamento Arqueológico del INAH, petición que fue canalizada al Programa de Arqueología Urbana del Museo del Templo Mayor, por quedar dentro de su ámbito de estudio.

Así, durante los trabajos de rescate arqueológico se han identificado diversos restos arquitectónicos correspondientes a la iglesia mayor, también conocida como primera catedral, construida por encargo del conquistador Hernán Cortés hacia 1524. Además del hallazgo de los restos de una cimentación de piedra unida con argamasa de cal y arena, con una orientación de oriente a poniente –que puede tener relación con el muro almenado construido hacia la segunda mitad del siglo XVII y que servía de límite del atrio de la actual Catedral Metropolitana frente a su fachada principal–, también se recuperaron dos entierros del periodo virreinal, excavados por la P.A. Mariel de Lourdes Mera Cázares en el pozo 2, ubicado a la altura de la esquina exterior suroeste del atrio de la Catedral Metropolitana.

El hallazgo de mayor relevancia ocurrió en el pozo identificado con el núm. 3, donde se localizó –a una profundidad de 1.25 m desde la superficie del nivel de piso actual– una impresionante lápida de toba volcánica comúnmente conocida como piedra chiluca, de color verde, de 1.87 m de longitud, 90 cm de ancho y cerca de 30 cm de espesor, con una orientación de oriente a poniente.

La lápida, localizada el 15 de marzo pasado, presenta en sus márgenes superiores (en sus cuatro lados) un epitafio en castellano antiguo que, hasta donde ha sido posible descifrar dice: “Aquí yace el canónigo Miguel de Palomares, canónigo que + fue de los primeros en esta santa iglesia”. Después se ve el signo alfa, la frase “Natalicio año de…” (fecha en griego), y cierra la leyenda el símbolo omega. El grabado de la lápida está acompañado por un escudo al centro, que enmarca tres flores de lis, similar al que usaba el prelado promotor Alonso de Burgos, obispo de Cuenca (1482-1485). El avance de la lectura es preliminar. Nos encontramos en la etapa de trabajo de campo y proseguiremos con la investigación de gabinete y en su oportunidad acudiremos a especialistas en distintas disciplinas, a quienes solicitaremos su colaboración para profundizar en la vida del canónigo Miguel de Palomares.

 

 

Cabe señalar que la lápida se encontró fragmentada en dos partes. Esto seguramente fue provocado por un orificio de aproximadamente 20 cm de diámetro, que debió haber sido realizado algunos años después para introducir un poste de madera, posiblemente de una cruz. El orificio atravesó también la huella del primer peldaño de toba volcánica (chiluca) de lo que al parecer eran unos escalones tal vez de un altar con vista hacia el poniente.

Dada la importancia del personaje, los posibles restos óseos y la lápida debieron encontrarse en el interior de la nave de la antigua catedral, la cual fue destruida hacia 1552 por órdenes del rey Felipe II de España. Después fue reconstruida de manera provisional y finalmente fue demolida hacia 1626. Durante la excavación nos percatamos que para la colocación de la lápida se hizo una fosa rompiendo un piso del periodo virreinal temprano, que presenta un núcleo de adobes. Después sigue un firme de argamasa al parecer de una superficie de una plataforma mexica, por lo que consideramos que esta antigua catedral fue construida aprovechando como cimiento el límite sur del recinto sagrado de Tenochtitlan.

En días recientes, los dos fragmentos que integran la lápida fueron trasladados al Museo del Templo Mayor, donde la restauradora Diana Medellín y su equipo de colaboradores han iniciado su limpieza y conservación.

Por ahora continuamos con los trabajos de excavación sistemática, con el apoyo de la maestra Ximena Chávez Balderas, con el propósito de identificar los restos óseos del canónigo Miguel de Palomares. Éste ocupó una canonjía en el primer cabildo eclesiástico de la incipiente Diócesis de México, entre 1536 y 1542, fecha en la que ocurre su deceso. Fue el primero de dicho cuerpo capitular en morir en la iglesia mayor o primitiva catedral de México. Al parecer, nuestro personaje arribó a la Nueva España proveniente de la región de Cuenca, y se sabe que estuvo en Veracruz y que oficiaba misa en ese curato hacia 1530. En 1532 se trasladó a la ciudad de México con la instrucción del emperador Carlos I e Isabel de Portugal para que se le nombrase canónigo de la iglesia catedral de México.

De encontrarse los restos de Miguel de Palomares, se tendrá una oportunidad única para la arqueología mexicana de profundizar en la historia de su vida, desde su nacimiento hasta su muerte. De esa manera, con el apoyo de especialistas de la UNAM y de otras instituciones de México y del extranjero, aunado a la investigación que desarrollaremos en archivos históricos, se realizarán a los restos óseos estudios de paleodieta, de isótopos de estroncio para conocer la migración del personaje, aspectos de genética poblacional, además de conocer la edad, la estatura, enfermedades y actividades ocupacionales que desempeñó a lo largo de su vida, primero en Europa y finalmente en la Nueva España.

 

 

Raúl Barrera Rodríguez, José María García Guerrero

Noticia aparecida en Arqueología Mexicana núm. 140 pp. 8-10

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