Historias de la Historia

Anécdotas y Curiosidades del pasado

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1795 El lápiz, una pluma siempre a punto

Publicado por El hijo del Ahuizote en octubre 18th 2020

El descubrimiento del grafito propició la elaboración de los primeros lápices, que tomaron su forma actual a finales de siglo XVIII

EL ÚTIL DE ESCRITURA DESCRITO POR GESNER EN 1565. ABAJO, EJEMPLAR DEL LÁPIZ MÁS ANTIGUO QUE SE CONSERVA, DEL SIGLO XVII.

 

 

En 1564, una tormenta derribó un árbol en la parroquia de Borrowdale, al norte de Inglaterra. Entre sus raíces apareció una sustancia negra, extremadamente dura y tiznante. Los pastores del lugar se dieron cuenta de que ese material era ideal para marcar sus ovejas y comenzaron a usarlo, cortado en barras y envuelto en cuero o cuerda que desenrollaban según se iba gastando la roca.

                                                             MINAS DE GRAFITO EN SIBERIA EN EL SIGLO XIX. 

 

 

El descubrimiento casual del lápiz por unos simples pastores es sin duda una fábula, pero contiene un núcleo de verdad. Se sabe, en efecto, que en algún momento en torno a 1560 se
halló en Borrowdale un yacimiento de grafito excepcionalmente rico. Al principio se creyó que se trataba de alguna clase de plomo y fue llamado plumbago o plomo negro. En latín se lo llamó lapis plumbarius, «piedra plúmbea», de donde procede precisamente el término castellano «lápiz». A finales del siglo XVIII se descubrió la verdadera naturaleza de este material y se acuñó el término «grafito», apartir del griego grafein, «escribir».

Los ingleses pronto se dieron cuenta de que las barritas de grafito constituían un útil ideal para el dibujo y la escritura, y aquel material se difundió rápidamente por toda Europa.
En 1565, el erudito alemán Konrad von Gesner se refería ya a «una especie de plomo que algunos llaman antimonio inglés» y que se usaba para escribir. El plomo negro se difundió rápidamente por toda Europa. Resistente, limpio y manejable, era el material perfecto para escribir sobre papel, porque además permitía correcciones (como «goma de borrar» se usaban migas de pan). A principios del siglo XVII se vendía regularmente en las calles de Londres y era cada vez más demandado en el continente.

                                   Operario de grafito

Carpinteros y Químicos

La revolución del grafito

Hay que distinguir, sin embargo, entre el lápiz como material (esto es, el grafito) y el lápiz como utensilio para escribir o dibujar. Ya en 1565, Gesner había descrito un instrumento compuesto por un mango de madera en cuyo extremo se insertaba una cuña de grafito, pero pronto se empezó a buscar alguna solución que integrara mejor el grafito y el soporte de madera. Los modelos más antiguos que conocemos, datados en el siglo XVII, consistían en una columna cuadrada de madera en la que se había tallado un surco o ranura en el que se encastraba una barra de grafito de sección rectangular. Progresivamente, y en parte para economizar el caro grafito inglés, éste se empleó en finas láminas que se cortaban hasta obtener lo que hoy llamamos minas. La técnica se desarrolló en diversas zonas de Europa por artesanos carpinteros que a mediados del siglo XVII habían creado una incipiente industria. Por ejemplo, en 1662 era ya conocido en Núremberg un «fabricante de lápices» llamado Friedrich Staedtler, antecesor de la marca que aún existe hoy en día.

 

Con todo, lo que permitió la explosión de la industria del lápiz fue el descubrimiento de una alternativa al grafito inglés. En 1795, tras algunos ensayos a mediados del siglo XVII, el químico francés Nicolas-Jacques Conté inventó un procedimiento revolucionario. Se mezclaban grafito en polvo, arcilla y agua, se vertía la pasta húmeda en finos moldes rectangulares y, una vez seca, se cocía en un horno a alta temperatura. El resultado era un material superior incluso al grafito de Borrowdale. Conté descubrió además que variando los porcentajes de arcilla o añadiendo cera se obtenían minas más o menos duras y se compensaba la porosidad de la mezcla. El método de Conté, perfeccionado por el austríaco Hardtmuth y el norteamericano Munroe, es el acta de nacimiento del lápiz tal como hoy seguimos usándolo.

 

JUAN JOSÉ SÁNCHEZ ARRESEIGOR

HISTORIADOR

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Año 1000: El tenedor llega a Europa occidental

Publicado por El hijo del Ahuizote en octubre 10th 2020

Habitual en las comidas de la corte bizantina, el tenedor se introdujo en Europa en torno al año Mil a través de Venecia y de las demás ciudades italianas

 

 

n un tratado escrito a mediados del siglo XI, el cardenal Pedro Damián se refería a una princesa bizantina que se había casado con el hijo del dogo de Venecia. A sus ojos, esa princesa había traído de Bizancio hábitos demasiado refinados, impropios de la austeridad de un cristiano; tanto que Dios la castigó haciéndola morir de gangrena. Uno de esos hábitos era el modo de comer: «No tocaba la comida con las manos, sino que hacía que los eunucos se la cortaran en trozos muy pequeños. Después, la probaba llevándosela a la boca con cierto instrumento de oro de dos puntas».

 

Este es el primer testimonio del uso en Occidente del tenedor, presente en cambio en el entorno bizantino desde hacía siglos. El utensilio que anteriormente empleaban los romanos, una daga afilada, se transformó primero en un pincho y después en un tenedor para ensartar la comida. Los estrechos contactos que Bizancio mantenía con Venecia explican que el tenedor entrara en Europa a través de la República adriática.

 

Ideal para la pasta

 

Los primeros testimonios gráficos del tenedor en Occidente se encuentran en una miniatura del siglo XI incluida en el manuscrito de la obra De Universo, de Rabano Mauro, que representa a un rey medieval en la mesa llevándose a la boca un bocado con un tenedor. Una escena parecida se encuentra en una miniatura de la Última Cena en un códice del Hortus deliciarum de la abadesa Herrada de Hohenbourg, del siglo XII. En Italia, el uso del tenedor se extendió a través del consumo de la pasta.

En 1376, un cuento de Franco Sacchetti habla de dos amigos que se dedican a «cortar y engullir con tenedores macarrones muy calientes». A finales del siglo XV, los tenedores eran usados habitualmente por las familias nobles de Florencia: los Médicis se enorgullecían de tener 56 en su colección.

El retraso del norte

En el resto de Europa el tenedor era mucho menos frecuente. Lo que se con

 

ocía era el trinchador, usado para sujetar la carne mientras se cortaba con un cuchillo; luego, los trozos se cogían con las manos. Los tenedores propiamente dichos se usaban más para tomar ciertas frutas o dulces. De ahí la sorpresa del comerciante francés Jacques Lesaige cuando, durante un viaje a Italia en 1518, participó en un banquete del dogo de Venecia y vio que «estos señores, cuando quieren comer, toman la comida con un tenedor de plata». Desde 1533, Catalina de Médicis, esposa del rey de Francia Enrique II, intentó introducir el tenedor en la corte francesa, inicialmente sin mucho éxito. En 1609, el señor de Villamont, describiendo con todo lujo de detalles los hábitos alimentarios de los turcos, apuntaba: «Nunca usan tenedores, como hacen los lombardos y los venecianos», reconociendo que ésa era aún una costumbre italiana.

 

El inglés Thomas Coryat también descubrió el tenedor durante una estancia en Italia en 1608. «Observé una costumbre en todas las ciudades y villas italianas por las que pasé que no se usa en ningún otro país de los que he visto en mis viajes. El italiano usa siempre, en sus comidas, una pequeña horca para cortar la carne».

A lo largo del siglo XVII el tenedor fue generalizándose en toda Europa, aunque en una forma ligeramente modificada, pues se añadió un tercer diente (más tarde, un cuarto) y se dio al extremo la característica curvatura que hace más fácil sujetar el bocado.

CORRADO OCCHIPINTI CONFALONIERI

HISTORIADOR

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La historia de la Licuadora

Publicado por El hijo del Ahuizote en julio 18th 2018

La licuadora, que al principio se conoció como «aparato vibrador», fue inventada por S.J. Poplawski, ciudadano norteamericano del estado de Wisconsin, aunque nacido en Polonia. Su invento obedecía a la obsesión personal de este personaje, que desde su infancia había estado absorbido por hallar el medio más rápido para hacerse su bebida favorita, el batido de leche malteada. Tras siete años de experimentos frustrados, Poplawski consiguió su propósito. Era el año 1922, y había dado con la máquina capaz de elaborar rápidamente sus batidos. La patentó con el poco comercial nombre de «aparato mezclador con agitador montado en el fondo de una taza».

La máquina no estaba pensada, por su inventor, para licuar frutas ni verduras. La ciudad de Racine, donde Poplawski residía, era la sede principal del estado de Wisconsin para la fabricación de malta en polvo. Así, la máquina del ingenioso polaco se vendió fácilmente entre los muchos adictos que el producto tenía, que podían ahora elaborar sus batidos de forma rápida.
La licuadora se vendía también como mezclador en las expendedurías de bebidas no alcohólicas, que exhibían el nuevo invento en sus mostradores. Por aquella época imperaba, además, la famosa Ley seca, en los Estados Unidos, por lo que los batidos, y alguna bebida más, era lo único que podía venderse en público, o consumirse en bares y restaurantes, de manera legal.
Un día de agosto de 1936, el director de la orquesta The Pennsylvanians, el músico Fred Waring, observó con curiosidad una demostración que un amigo le hacía de la licuadora de Poplawski, y pensó en lo útil que sería aquella máquina para prepararse sus daiquiris, bebida favorita del músico. Entusiasmado ante el aparato, hizo la siguiente observación a su amigo: «No dejes de tener en cuenta que este aparatito podría llegar a ser imprescindible en todos los bares de América…». Aquella observación resultó profética.

Licuadora de Poplawski

           Licuadora de Poplawski

Con el respaldo económico de Fred Waring, se procedió a introducir innovaciones en el diseño de aquella licuadora, y en septiembre de aquel mismo año,1936, fue presentada la nueva máquina en el National Restaurant Show de la Feria del Mueble de la ciudad de Chicago. A la máquina, de aquella manera rediseñada, se le llamó con el apellido del músico: Waring blender; se presentaba como la forma más rápida de preparar bebidas heladas. El éxito fue instantáneo. El público se volcó con la licuadora tras las demostraciones que del aparato hizo una compañía distribuidora de ron. Las palabras proféticas del músico se cumplían, y la licuadora aparecía en todos los bares de Norteamérica poco después. Con ella no sólo se mezclaban bebidas, sino batidos de leche malteada. El pequeño aparato empezaba a ser imprescindible.
En 1950 se intentó vender la licuadora como medio eficaz de elaborar salsas, purés e incluso masa para pasteles. No tuvo éxito. Fue entonces cuando el ingenioso y avispado Fred Waring, apóstol de la licuadora, tomó cartas en el asunto, demostrando personalmente cuán útil era su artilugio para hacer mayonesas y salsas holandesas.

La licuadora de Waring

                                          La licuadora de Waring

En 1955 se introdujo una serie de dispositivos adicionales, como la picadora de hielo; y en 1957, el cabezal para moler café. Se dotó al aparato de un mando que controlaba el tiempo, y las ventas se dispararon. Y también se multiplicaron las firmas y marcas, surgiendo gran variedad de máquinas licuadoras y mezcladoras, dado el éxito del artilugio. La compañía Oster lanzó una campaña publicitaria mostrando la manera de preparar comidas enteras con su aparato. Los grandes almacenes dispusieron espacios exclusivos para este tipo de máquinas, y para la demostración de su uso y ventajas, que funcionaban a modo de «escuelas para la introducción del uso de nuevas técnicas aplicadas a la cocina». Se enviaba por correo a las amas de casa folletos explicativos y recetarios. Así, a finales de la década de los 1950, el auge de la licuadora dio lugar a lo que se llamó «la guerra de los botones».

Mientras la primera licuadora sólo tenía dos velocidades, la de la casa Oster tenía cuatro. La competencia, no queriendo quedarse atrás, añadió hasta ocho botones en 1965. La marca Waring, en 1966, dejó el número de botones en nueve, lo que dos años después era rebasado por una nueva generación de licuadoras que tenían nada menos que quince botones en su cuadro de mandos. El frenesí competitivo, la lucha de los botones, se disparó. Las ventas subieron, en medio de estas batallas. Del cuarto de millón de licuadoras y mezcladoras que se vendieron en Norteamérica en 1948, se pasó en 1970 a la increíble cantidad de ciento veintinueve millones de unidades vendidas, bajando los precios a un tercio del que inicialmente tuvieron. Los fabricantes de la ciudad de Racine, en Wisconsin, estaban asombrados ante la acogida de su pequeño electrodoméstico.

Un fabricante, ante el triunfo de la mezcladora-licuadora, exclamó: We are all mixed up…, se habían vuelto todos locos.

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