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¿EL LLAMADO “PENACHO DE MOCTEZUMA” PERTENECE A AUSTRIA O A MÉXICO?

Publicado por El hijo del Ahuizote en febrero 7th 2020

 

Esta pieza que se encuentra en el Museo Etnológico de Viena, Austria, formada por plumas de aves y adornos de oro, ha creado una situación especial entre México y Austria. Deseo expresar mi posición ante el tema, en virtud de que nuestro país ha iniciado una serie de trámites tendientes al préstamo, por parte de Austria, de la pieza en cuestión. Los términos del préstamo harían que el penacho viniera a México y después regresara a Viena. Sobre el particular manifiesto lo siguiente: la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos, vigente desde 1972, en el capítulo III que trata “De los monumentos arqueológicos, artísticos e históricos”, señala lo siguiente:

Penacho de Moctezuma, actualmente en Austria

Penacho de Moctezuma, actualmente en Austria

Artículo 27. Son propiedad de la Nación, inalienables e imprescriptibles, los monumentos arqueológicos muebles e inmuebles.

Artículo 28. Son monumentos arqueológicos los bienes muebles e inmuebles, producto de culturas anteriores al establecimiento de la hispánica en el territorio nacional, así como los restos humanos, de la flora y de la fauna, relacionados con estas culturas.

Con base en estos artículos no cabe duda que el penacho es de propiedad nacional. Por lo tanto, no importa si fue un regalo de Moctezuma a Cortés en 1519 o si se trata de una pieza robada, vendida o que saliera del país por cualquier otro medio. Lo importante es que al salir al extranjero no pierde su carácter de ser propiedad de la nación, como lo indica la ley vigente.

Actualmente el INAH y la Secretaría de Relaciones Exteriores han promovido una serie de acciones tendientes a que Austria “preste” a México en forma temporal el “penacho de Moctezuma” para regresárselo posteriormente. Se ha presentado a la Cámara de Senadores un documento en el que, según notas en
la prensa, no se contempla la propiedad del bien, sino únicamente
la ida y vuelta del mismo, entre
otras cosas. Lo anterior, de ser aceptado por el Parlamento austriaco y llevarse a cabo la acción de “préstamo”, crearía un precedente negativo, ya que los países que han estado solicitando el regreso de sus bienes arqueológicos extraídos de su territorio se verían expuestos a que los museos europeos y norteamericanos, principales poseedores de esos bienes, ya por la acción colonialista, especialmente durante el siglo XIX, ya por saqueos ilícitos en tiempos más recientes, vean la salida fácil de “prestar” a esos países temporalmente sus bienes con la condición de que sean regresados. México sería el país que abrió esa puerta que en última instancia reconoce implícitamente la propiedad de esos museos sobre los bienes en cuestión. Cabe agregar que la UNESCO ha apoyado la posición de los países que pugnan por que sus bienes arqueológicos sean restituidos a los mismos.

En México tenemos precedentes de bienes arqueológicos que han sido regresados al país. Recordemos que uno de los primeros casos ocurrió, paradójicamente, cuando Maximiliano de Habsburgo llega a México y regresa una pieza prehispánica (un chimalli o escudo) como acto de buena fe. Según me informa el Dr. Aurelio de los Reyes, en el House, Hof und Staatsarchive de Viena, bajo el apartado de “Max von Mexiko”, existe una carta fechada alrededor de 1865 en la que el archiduque Francisco José autoriza la devolución de varios objetos, y entre ellos se encuentra una carta de Cortés y el penacho en cuestión, lo que nunca ocurre en el caso de este último. Ya en el siglo XX tenemos varios actos del mismo tipo: en 1982 un individuo roba de la Biblioteca Nacional de Francia el códice Tonalámatl de Aubin, motivo por el cual surge una tensa situación entre ambos países y México sostiene que el documento es parte del patrimonio mexicano. De otro carácter es la entrega que hace el papa Juan Pablo II del Códice de la Cruz-Badiano, que si bien se trata de un documento de herbolaria colonial depositado en la Biblioteca Apostólica Vaticana, vuelve a su lugar de origen por un acto de buena fe. En los años noventa y más recientemente, se han presentado diversos casos de los que sería interesante conocer el contenido de los acuerdos que hicieron posible el retorno de esos materiales al país.

Finalmente, cabe agregar que los monumentos arqueológicos son parte fundamental de nuestra historia. Por medio de ellos conocemos lo que fueron las sociedades que nos antecedieron en el proceso de desarrollo de lo que hoy es México, de ahí que se les considere como propiedad de la Nación, carácter que no pierden por ser “inalienables e imprescriptibles”, como bien lo señala la ley.

 

 

Eduardo Matos Moctezuma. Maestro en ciencias antropológicas, especializado en arqueología. Fue director del Museo del Templo Mayor, INAH. Miembro de El Colegio Nacional. Profesor emérito del INAH.

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¿Cómo se despertaban los ingleses antes de que tuvieran reloj?

Publicado por El hijo del Ahuizote en diciembre 6th 2019

Un método original pero eficaz para no llegar tarde al trabajo

Imagen de un golpeador o Knocker-up ejerciendo su trabajo

¿Qué haríamos ahora sin ningún aparato que nos permitiera medir el tiempo? Seguro que la vida sería un caos, pero gracias a los avances tecnológicos contamos con un sinfín de dispositivos que nos hacen la vida más fácil como son: los relojessmartphonespulseras de actividad, etc. Éstos nos ayudan a contabilizar los minutos que nos quedan antes de llegar al trabajo e incluso nos comunican mediante alarmas, vibraciones, etc. que la hora se acerca.

 

Pero, ¿qué hacían los ingleses e irlandeses cuando querían llegar a tiempo al trabajo? A raíz de la Revolución Industrial apareció la figura del golpeador o ‘knocker-up’. Su trabajo consistía en despertar a la gente que solicitaba sus servicios a cambio de una paga semanal. Los golpeadores se encargaban de despertar a sus clientes golpeando en la ventana de sus dormitorios con un palo o una vara larga ya que la gente todavía no se fiaba de los relojes que se comercializaban por aquellos entonces ni tampoco eran demasiado asequibles.

Los golpeadores tenían un ciclo de sueño diferente al del resto de las personas, ellos vivían de noche y dormían de día para asegurar que los trabajadores llegaran a tiempo a sus puestos de trabajo.

Los golpeadores no sólo golpeaban las ventanas de sus clientes con un palo para despertarlos si no que esperaban en la puerta de sus viviendas hasta que éstos estuvieran completamente despiertos para asegurarse de que no se volvieran a quedar dormidos.

La herramienta más usada por los golpeadores era el palo o la vara larga pero también, había otros, que se decantaron por el uso del tirachinas o de una cerbatana cargada con guisantes.

Esta curiosa profesión fue extendiéndose por todo el país pero sobre todo en las ciudades industriales donde vivía la gente con menos recursos y con turnos complicados.

Finalmente, el papel de los golpeadores desapareció en los años 20, cuando los relojes se hicieron más precisos y económicos. No obstante, esta tradición perduró en otras zonas de la ciudad londinense donde los trabajadores seguían con turnos irregulares y complejos.

¿Te imaginas que no existiera un aparato que midiera el tiempo?, ¿Cómo lo harías?

Autora| Rosa Mª Huertas Franco

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Muere Joachim Ronneberg, jefe del comando que saboteó la bomba atómica nazi

Publicado por El hijo del Ahuizote en octubre 31st 2018

Ya no quedan héroes de Telemark, y el mundo está más vacío de valor y de aventura. El legendario Joachim Ronnenberg, el último de los miembros del famoso grupo de comandos que saboteó las instalaciones de fabricación de agua pesada de Vermok, en Rjukan, en la región de Telemark (Noruega), fundamentales para el proyecto de bomba atómica nazi, ha fallecido el pasado día 21 en su localidad natal noruega de Aalesund a los 99 años. Ronnenberg, entonces con 23 años y teniente, era el jefe de la pequeña fuerza de valientes que asaltó la planta hidroeléctrica de la empresa Norsk Hydro el 27 de febrero de 1943 y voló con explosivos su equipo para fabricar agua pesada, alejando los sueños de Hitler de conseguir un arma nuclear, a Dios gracias.

Eran nueve, llegaron en una helada noche de invierno vistiendo ropa blanca de camuflaje, enterrados en nieve hasta la cintura, armados con metralletas Thompson, pistolas y granadas, cargados con los explosivos y portando cada uno una ampolla con cianuro just in case —como les dijeron los instructores ingleses—, por si acababan en manos de los alemanes, previsiblemente poco comprensivos con los saboteadores aunque llevaran debajo uniforme militar británico.

La osada operación en la Noruega ocupada, una de las más famosas y exitosas de comandos en la Segunda Guerra Mundial y una verdadera lección de supervivencia en condiciones drásticas, fue recreada de manera bastante libre —demasiado, según el propio Ronneberg— en la famosa película Los héroes de Telemark (1965), de Anthony Mann, con Kirk Douglas y Richard Harris. La reciente serie noruega La guerra del agua pesada (2015), explica los hechos de manera mucho más ajustada a la realidad histórica. No hubo disparos y los comandos no sufrieron bajas ni tuvieron que matar a nadie.

Joachim Ronneberg, en la época de la operación contra la fábrica de agua pesada en Telemark.
Joachim Ronneberg, en la época de la operación contra la fábrica de agua pesada en Telemark.

El ataque de Ronnenberg y su grupo, la denominada Operación Gunnerside, montada por las fuerzas especiales británicas del SOE (Special Operations Executive) y la resistencia noruega, era en realidad la culminación de una serie de frenéticos y desesperados intentos para acabar con la amenaza que suponía el agua pesada —óxido de deuterio, moderador de la reacción en cadena para fabricar una bomba de plutonio— que se obtenía, antes de la guerra, al producir fertilizante, en la pequeña localidad del centro de Noruega. En el curso de un intento anterior, la Operación Freshmann, habían muerto, al estrellarse los dos planeadores Horsa que los transportaban para infiltrarlos en la Noruega ocupada o fusilados tras capturarlos los nazis, una treintena de paracaidistas británicos.

La introducción del comando noruego —formado por exiliados en Gran Bretaña— en una de las regiones más salvajes y frías del país escandinavo requirió a sus miembros enormes dosis de coraje y aguante. Un primer grupo de tres (Swallow) se adelantó para preparar una pequeña base en una cabaña aislada. Ronnenberg llegó en paracaídas en el segundo grupo de seis. Tardaron cinco días en encontrarse. Esquiaron (no en balde eran noruegos) hasta el objetivo. A la fábrica (hoy visitable como museo) solo se podía acceder por un vertiginoso puente sobre el río Mana muy vigilado por los alemanes. Los comandos descendieron por uno de los lados de la garganta, cruzaron la corriente por un puente de hielo y treparon esforzadamente por el otro lado. Mientras los demás los cubrían, Ronneberg y Fredrik Kayser, a los que se unieron después otros dos miembros del equipo de demolición, entraron en la factoría, pusieron las cargas y salieron pitando. Una operación limpia. Quien firma estas líneas tuvo el privilegio de revivir la acción durante el rodaje in situ en febrero de 2014 de la serie noruega.Durante unos segundos, en un descanso, en medio de la nieve en el barranco, incluso pude sostenerle la metralleta al actor Tobias Santelmann, que encarnaba a Ronneberg, mientras se comía un bocadillo.

Mientras los demás los cubrían, Ronneberg y Fredrik Kayser, a los que se unieron después otros dos miembros del equipo de demolición, entraron en la factoría, pusieron las cargas y salieron pitando. Una operación limpia.

Ronneberg, un hombre alto y en su madurez con aspecto de Clint Eastwood, decía que solo había entendido la importancia de lo que sus comandos y él hicieron después del lanzamiento de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Pensó que, de haber fallado ellos, Londres podía haber quedado como las ciudades japonesas. Sabían que era una misión casi suicida. “A menudo pensábamos que era un viaje solo de ida”. También señalaba que la huida de 320 kilómetros a Suecia tras el sabotaje, con millares de alemanes enfurecidos persiguiéndolos a través de la Noruega cubierta de nieve, había sido “el mejor fin de semana de esquí de mi vida”. Así hablan los valientes. Se salvaron todos, alguno, como Knut Haugland, para luego formar parte de la expedición de la Kon-Tiki, nada menos. Ronneberg, que había escapado a Escocia en un bote tras la invasión alemana en 1940 y se había alistado para regresar a luchar, realizó otras misiones durante la guerra. Recibió numerosa condecoraciones, entre ellas la Cruz de Guerra con espadas noruega y la DSO (Orden de Servicios Distinguidos) británica (sin duda todo el equipo mereció la Cruz Victoria). Tras la guerra trabajó en la radio pública de su país. Siempre se mostró reservado y modesto sobre su papel en la operación en Telemark y advirtió a los jóvenes que hay que estar dispuestos en todo momento a luchar por la paz y la libertad.

La primera ministra de Noruega, Erna Solberg manifestó al conocer la noticia de la muerte de Ronneberg: “Era uno de nuestros grandes héroes. La última de las grandes figuras de la Resistencia”. En 2014 se le había dedicado una estatua (que lo mostraba de manera muy realista y ataviado de comando) en su ciudad.

El esfuerzo de los héroes de Telemark sirvió para detener la producción de agua pesada varios meses, seguramente decisivos para que Hitler no tuviera su bomba. Pero luego, por si acaso, los aliados decidieron bombardear la planta (algo que se había descartado para evitar la muerte de civiles). El ataque masivo de 160 bombarderos estadounidenses en noviembre de 1943 causó la muerte de 22 noruegos. Posteriormente, en febrero de 1944, la resistencia hundió en el vecino lago Tinn el transbordador que partía para llevar a Alemania las últimas existencias de agua pesada. Murieron otros 14 civiles noruegos. Todo lo cual hace más notable la gesta incruenta de Ronneberg y los suyos, esos hombres valientes, inolvidables.

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La lámpara que salvó a miles de mineros

Publicado por El hijo del Ahuizote en julio 1st 2018

El químico Humphry Davy ideó«lámpara de seguridad» para que los mineros pudieran trabajar sin riesgo de que la llama

provocara una explosión del temido gris

 

 

finales del siglo XVIII, cuando la Revolución Industrial había ya arrancado en Inglaterra, la minería de carbón era una industria masiva en la que trabajaban decenas de miles de personas. Los salarios y las condiciones de trabajo eran pésimos, pero aún más grave era el riesgo que corrían los mineros de morir por una explosión de grisú. Con una concentración de entre un 5 y un 15 por ciento de grisú en el aire, basta una chispa o una llama para que este gas se incendie y se produzca una explosión capaz de extenderse por túneles y pozos en cuestión de segundos.

 

En 1815, la Sociedad para la Prevención de Accidentes en las Minas de Sunderland, en el noreste de Inglaterra, encargó al químico Humphry Davy que buscase la forma de evitar nuevas catástrofes. Davy se dio cuenta enseguida de que el problema no era simplemente de ventilación, como algunos pretendían. El mayor peligro eran las velas o lámparas de aceite que utilizaban los mineros y que hacían explotar el grisú. Como la iluminación artificial era imprescindible para el trabajo en la mina, había que diseñar una «lámpara de seguridad» que pudiera utilizarse sin riesgo de provocar una catástrofe.

 

Uno de los primeros modelos diseñados por Davy, Royal Institution Londres

Uno de los primeros modelos diseñados por Davy,                   Royal Institution Londres

Davy, uno de los grandes pioneros de la química moderna en esos años, empezó por analizar las propiedades del grisú. Mediante numerosos experimentos que realizó en un laboratorio en Londres averiguó que el grisú era metano y que prendía sólo cuando se encontraba en una determinada concentración respecto al aire. También descubrió que las explosiones únicamente se producían cuando el gas alcanzaba una temperatura crítica muy elevada; por debajo de esas temperaturas el gas ardía, pero no explotaba.

 

Ensayos de laboratorio

Davy comprendió entonces que había que crear una especie de cápsula que mantuviera la temperatura de la lámpara por debajo del nivel crítico. Probó primero con contenedores de cristal, pero éstos estallaban. Finalmente lo consiguió con un tubo estrecho de metal, el cual enfriaba la llama de metano e impedía que ésta se incendiase.

UMPHRY DAVY. MEDALLA DE LA ROYAL SOCIETY CON LA IMAGEN DEL QUíMICO

HUMPHRY DAVY. MEDALLA DE LA ROYAL SOCIETY CON LA IMAGEN  DEL QUíMICO

Davy y sus colaboradores hicieron varios prototipos de lámparas de metal, pero no eran totalmente seguros. Lejos de desfallecer, a finales de 1815 Davy tuvo una idea genial: en vez de un tubo de metal colocó en torno a la llama una malla metálica. Cuando el metano la atravesaba, prendía y ardía, dando a la llama un típico tono  azulado,pero los agujeros de la malla eran demasiado pequeños para que la llama se propagara al exterior. La lámpara de Davy servía además para advertir de la presencia de grisú porque la llama se volvía más intensa y de color azul; si se dejaba en el suelo y se apagaba, era señal de que la concentración de dióxido de carbono estaba volviéndose peligrosa.

El ingenioso aparato de Davy fue mejorado en décadas posteriores, con telas metálicas mucho más densas o incorporando un dispositivo de encendido interno que evitaba tener que abrirla para prender la llama.Sin embargo,no era perfecta.La malla reducía la luz en dos tercios y un golpe de aire o un excesivo calentamiento podían desencadenar el desastre. Las explosiones en las que nadie sobrevivía siguieron produciéndose, entre otras cosas porque la misma lámpara indujo a adentrarse en minas que anteriormente se consideraban demasiado peligrosas.El riesgo sólo empezó a controlarse a mediados del siglo XX, con la introducción de lámparas eléctricas, sistemas de ventilación eficientes y detectores de grisú más fiables que el tradicional canario en una jaula

 

 

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La fosa de los vikingos que invadieron Inglaterra

Publicado por El hijo del Ahuizote en febrero 23rd 2018

Un estudio sugiere que el enterramiento excavado hace casi 40 años contiene restos de la armada nórdica que arrasó la isla en el siglo IX

 

A finales del año 865, un gran ejército vikingo entró en Gran Bretaña y durante más de una década campó a sus anchas, sembrando el terror y la devastación en la isla. Una fosa común hallada cerca de la iglesia de San Wystan, en Repton, sería el testimonio de esta sangrienta invasión, según un estudio de la Universidad de Bristol, que asegura que los restos pertenecen a miembros de esta armada danesa fallecidos a finales de siglo.

La fosa fue excavada en la década de 1980 y en ella se encontraron los restos de 300 personas, armas y artefactos vikingos. Si bien ya se apuntó que se trataba del enterramiento de guerreros nórdicos, al principio se pensó que los restos habían sido depositados durante varios siglos. 

Iglesia de St Wystan (interior)

El carbono 14

 Ahora, los últimos análisis de carbono 14 realizados apuntan a que todos los cadáveres son de finales de siglo IX. Otro dato señalado en el estudio, publicado en la revista Antiquity, es que muchos de los huesos pertenecen a hombres jóvenes que mostraban señales de violencia.
Los arqueólogos de Bristol piensan que la fosa era un espacio donde llevar a cabo los rituales de paso a la otra vida de los vikingos que caían en combate. Los expertos creen que la sepultura se erigió sobre un antiguo templo anglosajón derrumbado por los invasores

         Cripta de la Iglesia 

 

Para conocer mas:

Artículo original en inglés:  https://www.cambridge.org/core/services/aop-cambridge-core/content/view/30DFE4A0D5581DEBC8B43096A37985EE/S0003598X1700196Xa.pdf/viking_great_army_in_england_new_dates_from_the_repton_charnel.pdf

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Gestapo: la inquisición nazi fundada sobre la delación ciudadana

Publicado por El hijo del Ahuizote en septiembre 17th 2016

El historiador británico Frank McDonough se adentra en los orígenes de la policía secreta del dictador para explicar el régimen nazi desde sus inicios

 

 

Peter Holdenberg vivía solo en un tercer piso de Essen (Renania del Norte). Le gustaba la lectura, los juegos de mesa y disfrutar de la compañía de los suyos. Su vida, rutinaria, tranquila, corriente y similar a la de otros muchos, quedó trastocada el 10 de diciembre de 1941. Aquel día varios agentes de la Gestapo lo sacaron a la fuerza de su casa. Su débil cuerpo apenas pudo defenderse de la violencia y la agresividad que mostraron los enviados del Führer, a los que nada o casi nada les importó que fuera discapacitado. Era un posible enemigo. Nada de trato humano. Dictámenes del protocolo ario.

Detenido e interrogado hasta la extenuación por escuchar «emisoras de radio extranjeras» (el delito que le atribuyó la Gestapo), Peter negó todos y cada uno de los hechos de los que fue inculpado. «Todo esto es una conspiración. He tenido problemas con Stuffel, y Pierce siempre se pone de su parte». Stuffel, de nombre Helen, e Irmgard Pierce, eran sus vecinas, pero también las artífices de dicha acusación. «Agitador» «alarmista» y «muy peligroso» fueron algunos de los adjetivos que empleó Stuffel durante la descripción que hizo de él ante la Gestapo. Unas características que desmintieron tres testigos: Katharina Hein, también vecina del edificio, Klara Vogts, su asistente personal y Anton Ronnig, director de banda, cuyas versiones, distintas y contrarias a las vertidas por sus vecinas, de poco le sirvieron para salvarse.

Rumores convertidos en pruebas judiciales

El 12 de diciembre de aquel año Peter decidió ahorcarse en su celda. Sus constantes vitales aguantaron 24 horas. Después, todo se fundió en negro. Su caso, recogido por Frank McDonough en La Gestapo. Mito y realidad de la policía secreta de Hitler (Crítica, 2016), refleja esa histeria colectiva en la que vivía sumida Alemania a partir de los años 40 y en la que un rumor, una simple hipótesis o suposición se convertía automáticamente en prueba judicial.

La acusación de un vecino bastaba para ir a la cárcel. La vida giraba de conspiración en conspiración. De mirilla en mirilla. Todos eran jueces y verdugos al mismo tiempo. «La gente común ayudó a la Gestapo en la localización de los oponentes. Este libro está basado en los archivos originales de la Gestapo, y se ha estimado que la gran mayoría de los casos de la Gestapo comenzaron por una denuncia de un particular. Tan sólo el 15% provino de las actividades de vigilancia de la Gestapo, que fue utilizada por el público para resolver conflictos personales. Se denunciaba a amigos, a colegas del trabajo, a esposos y vecinos. De hecho, el 80% de las denuncias de la Gestapo provenían del sexo masculino, mientras que las mujeres constituyeron el 20%. Muchas personas denunciaron a otras por comentarios anti nazis después de haber estado bebiendo en cervecerías y restaurantes», explica el mismo autor de la obra.

Creada para amedrentar y perseguir a los enemigos y excluidos por el régimen nazi, en un primer momento la función de la Gestapo fue la de «investigar las actividades políticas en todo el estado que constituyan un peligro para el estado, así como recopilar y evaluar los resultados de dichas indagaciones». Así la definió Hermann Göring en la primera Ley de la Gestapo que promulgó él mismo el 26 de abril de 1933. El año en el que la dictadura del terror y los gritos silenciados bajo los sótanos llevaron a Alemania a la peor de sus desgracias. Los sueños de cruz gamada produjeron monstruos.

La venganza en forma de águila

Dos meses antes de que Göring pronunciara estas palabras tuvo lugar el incendio del Reichstag, el parlamento alemán. Aquel 27 de febrero de 1933, el fuego que supuestamente provocó el comunista Marinus Van der Lubbe ante dicha institución hizo resurgir a Hitler y a los suyos como única opción de seguridad y protección para Alemania. «Ya no habrá misericordia. Todo aquel que se interponga en nuestro camino será eliminado», le espetó el dictador a Rudolf Diels en el mismo lugar del incendio.

La auto anulación individual reformuló los principios de la sociedad y la escala cromática se redujo a dos colores: gris y rojo. Los cristales, las balas y las marchas militares marcaron el paso y el ritmo de los vivos, aunque también el de los muertos. «Los nazis han atragantado a los alemanes con el alcohol de la camaradería, cosa que ellos en parte deseaban, hasta el delirium tremens. Han convertido a todos los alemanes en camaradas y los han aficionado a esa droga desde la edad más temprana: en las Juventudes Hitlerianas, las SA, el ejército del Reich, en miles de campamentos y federaciones, extirpándoles algo irremplazable, algo que no puede ser compensado con la felicidad propia de la camaradería. (…) La camaradería como forma de prostitución con la que los nazis han seducido a los alemanes ha arruinado a este pueblo más que ninguna otra cosa». Así describía ese estado de duermevela Sebastian Haffner en Historia de un alemán. Memorias. (1914-1933), publicado después de su muerte, en 1999.

Entre los nombres destacados que hicieron posible esa militarización de la sociedad y el triunfo de la Gestapo se encuentran Hermann Göring y Rudolf Dielsen en Prusia y Heinrich Himmler y Reinhard Heydrich en Baviera. Estos últimos no sólo fortalecieron dicho cuerpo de seguridad y espionaje, sino que reestructuraron cada uno de los eslabones del sistema policial de la Alemania nazi. De hecho, gran parte de las órdenes de ejecución tenían la firma y sello de ambos.

El respeto y la fortaleza que adquirieron dentro de los distintas instituciones del régimen vino durante la Noche de los Cuchillos Largos (del 30 de junio al 1 de julio de 1934). Una larga noche en la que la mayor parte de la cúpula de las SA y su líder Ernst Röhm (arrestado personalmente por Hitler) fueron detenidos y brutalmente asesinados. Se calcula que durante aquella madrugada fueron arrestadas más de mil personas contrarias al régimen. Las SS (guardia personal de Hitler) y la Gestapo fueron los dos brazos ejecutores de este acto, que a su vez trajo consigo el auge del Partido Nacionalista Obrero Alemán (NSDAP). «Los sujetos indisciplinados y desobedientes y los elementos asociales y enfermos serían inhabilitados», fue la explicación que el propio Führer dio a los suyos sobre lo ocurrido.

Un producto de márketing

Las detenciones arbitrarias, las torturas y las sentencias de muerte comenzaron a hacerse cotidianas, incluso normales, a partir del 27 de septiembre de 1939, fecha en la que la Gestapo, la Orpo, la Kripo y el SD se unificaron en una misma unidad: La Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA), idea de Himmler. El horror ya tenía sede física.

El ensalzamiento y la pompa que se dio a la Gestapo dentro de la propaganda nazi fue clave para la supervivencia de esta organización, cuyos métodos y valía serían cuestionados a posteriori. Publicidad engañosa según McDonough, que no titubea cuando remarca la escasa utilidad de la misma y las carencias que tenía a nivel organizativo. «La Gestapo era una organización muy pequeña . En 1933 tenía 1000 oficiales, que llegaron a 6.700 en 1937 y alcanzaron un máximo de 15.000 durante la Segunda Guerra Mundial. En las principales ciudades había un pequeño número de oficiales. Por ejemplo, en Düsseldorf, con una población de 500.000 habitantes había sólo 126 oficiales de la Gestapo. En Duisburg, con 400.000 habitantes, sólo tenían a 43 oficiales y en Colonia, en la que vivían 750.000 personas sólo había 69 oficiales».

Muchos de sus agentes comunes, divididos en dos categorías: asistente criminal (Kriminalassistent) y secretario criminal (Kriminalskretär), procedían de la clase trabajadora o media baja. «Se estima que un 50% de los antiguos policías de carrera antes de 1933 que se unieron a la Gestapo seguían en su puesto en 1945. En 1939 sólo tres mil agentes tenían un rango adicional a las SS. Durante las investigaciones de la desnazificación tras la guerra, dirigidas por agentes aliados de la ocupación, la gran mayoría de los antiguos dirigentes de la Gestapo fueron clasificados como ‘hombres corrientes’ y ‘desnazificados’ y quedaron exonerados de ser responsables de crímenes contra la humanidad’ «, señala McDonough en las páginas de su libro.

Los perseguidos

Judíos, trabajadores extranjeros, gitanos, homosexuales, comunistas, marginados sociales y cristianos fueron los principales objetivos a perseguir. Es en este último grupo donde McDonough centra una parte importante del libro. Según anota él mismo, durante la época nazi un mínimo de «447 curas alemanes pasaron algún tiempo en el campo de concentración de Dachau». Uno de ellos fue Martin Niemöler, uno de los miembros más destacados de la Iglesia Confesante. Sus críticas a la política religiosa nazi y la protección a su comunidad le llevaron a prisión en 1937. Posteriormente volvería a ser detenido y aislado en el campo de concentración de Sachsenhausen o Dachau. Dicho calvario fue descrito por él mismo en una declaración versada. «Primero vinieron por los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista./ Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista./Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío./ Luego vinieron a por mí, pero para entonces ya no quedaba nadie que dijera nada/»

Como él, muchos cristianos alemanes estuvieron perseguidos por el régimen por no asumir ni apoyar la doctrina nazi. Una actitud que desquiciaba al Führer. «A Hitler no le gustaban los católicos porque 20 millones de ellos eran leales a Roma, no a Alemania. Un tercio de los 25.000 sacerdotes católicos fueron acosados por la Gestapo, que elaboró numerosas listas de sacerdotes considerados como ‘ desleales'», enumera el mismo historiador.

También los intelectuales de izquierda fueron perseguidos, maltratados y asesinados por la Gestapo. El escritor Max Jacob, la fotógrafa Gisèle Freund, el poeta Ernst Toller o el filósofo Walter Benjamin, son algunos de los nombres que figuraban en aquellas listas negras.

El pensamiento crítico y el cuestionarse el porqué de las cosas precipitó el final de muchos de ellos. Como sucedió con Benjamin, que murió de una sobredosis de morfina (para unos fue un suicidio ante el acoso de los nazis, para otros un asesinato) dejando huérfana y en silencio a la Escuela de Frankfurt. «Ni los muertos estarán seguros ante el enemigo si éste vence. Y es ese enemigo que no ha cesado de vencer», escribió en una ocasión ante el peso que llevaba a cuestas y que acabó hundiéndole.

Ese enemigo era distinto según qué bandos. Para los intelectuales era el pensamiento único, el instinto frente a la razón, la violencia frente a la argumentación. Para los nazis era la rebeldía y la insumisión. La libertad. La diferencia frente a la homogeneidad. La cultura. Los libros. «Se cargaron la literatura alemana contemporánea de un plumazo. Ya no iba a ser posible leer los libros publicados durante el último invierno que tuviésemos pendientes desde abril. Sólo estaban los clásicos junto con los representantes de una literatura de sangre y suelo de éxito repentino y una calidad espeluznante y vergonzosa. Los bibliófilos vieron cómo su mundo les era usurpado de la noche a la mañana», denunciaba Haffner en sus memorias.

Un pasado que sigue escrito en presente para muchos alemanes. El historiadorMacDonough explica que el relato histórico actual nada tiene que ver con el de antes de la unificación. Ahora, las carencias y errores se proclaman en voz alta para que las nuevas generaciones conozcan y expongan los hechos sin adornos ni subordinadas.

Hecho y consecuencia, ese es el esquema. «Durante el período del gobierno de Alemania Occidental entre 1948 y 1990 hubo una tendencia clara de no hacer frente al pasado nazi. Hasta 1980, el Holocausto ni siquiera se enseñaba en las escuelas alemanas. Esto se debe a que muchos ex nazis tuvieron importantes posiciones en la sociedad alemana occidental, como Werner Best. Él fue el responsable de reclutar a muchos de los principales funcionarios involucrados en el Holocausto y consideró el asesinato de los judíos una necesidad histórica. Creía en el racismo biológico», aunque también matiza que desde la unificación alemana el tratamiento hacia estas personas ha cambiado por completo. «Ha habido un esfuerzo para hacer frente al pasado nazi. El Museo Judío en Berlín, el Memorial del Holocausto en la ciudad y la transformación de campos de concentración en museos son ejemplos de esto». Al fin y al cabo, como diría Benjamin, la historia es el tiempo-ahora.

* Correción: se ha sustituido la foto que erróneamente nombraba a Ernst Röhm y que pertenecía al oficial nazi Wilhem Klube.

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El Hundimiento del Lancastria

Publicado por El hijo del Ahuizote en noviembre 14th 2015

La evacuación de las tropas de la Fuerza Expedicionaria Británica(BEF: British Expeditionary Force) en Francia, no terminó con «el bendito milagro de Dunkerque». Dos semanas después de iniciada la Operación Dynamo, todavía se seguían evacuando los restos de la BEF, fuerzas polacas, checoslovacas y francesas en el marco de la Operación Ariel.
El 17 de junio de 1940, el trasatlántico británico RMS Lancastria (en la foto superior), barco de pasajeros de la Línea Cunard de 16.243 toneladas, que para entonces era usado como transporte de tropas, había rescatado a más de 6.000 soldados y civiles de las playas francesas. En esos momentos la RAF estaba prácticamente fuera de combate y la superioridad aérea de laLuftwaffe era casi insultante.
Mientras el Lancastria esperaba frente a las costas francesas de Saint Nazarie la llegada de más efectivos para evacuar, a las 15:48 horas, fue bombardeado por la aviación alemana. Un sólo bombardero Junkers 88lanzó cuatro bombas: una entró en la escotilla de carga #2, otra bomba probablemente se coló por la chimenea hasta las entrañas del buque, una tercera cayó en la escotilla #3 destrozando los tanques de petróleo y la cuarta bomba hizo explosión en el agua pero abrió un enorme boquete en el costado. El pánico y la confusión en la nave fue indescriptible, y muchos de arrojaron al mar en busca de la salvación, mientras las llamas de apoderaban del barco. Los tres impactos directos fueron suficientes para que el buque comenzara a escorarse y finalmente se fuera a pique en tan solo 20 minutos.
Los destructores británicos HMS Highlander y HMS Havelock, que se utilizaban como ferry para evacuar las tropas rescatadas en Saint Nazarie y transbordarlas al Lancastria anclado mar adentro, debido a que por su calado no podía acercarse a la playa, fueron los únicos testigos del desastre. No es posible saber con exactitud cuántas personas murieron – aunque cabe la posibilidad de que hubieran subido a bordo del transatlántico hasta 9.000 personas o más – y menos aún conocer su identidad. En cualquier caso, de las más de 6.000 personas a bordo del RMS Lancastria en el momento del ataque, lograron salvar la vida 2.477.
La noticia se supo varios días después de la tragedia, el 26 de julio de 1940. El periódico New York Times mostró las fotografías que fueron tomadas por un fotógrafo aficionado llamado Frank Clements que se encontraba a bordo del HMS Highlander como rescatista voluntario. Días después la prensa londinense reproducía el artículo del New York Times. Por orden expresa del Almirantazgo Británico, el personal naval no podía llevar consigo cámaras fotográficas, pero Clements, como civil, se las arregló para portar una que escapó a la inspección. Una vez en Inglaterra le dio las fotos a una persona que luego las vendió a la prensa estadounidense. De no haber sido por esas fotografías, lo ocurrido con el RMS Lancastria quizás no se hubiera hecho público nunca.
No se sabe, por qué el Capitán Rudolph Sharp – comandante del navío, que se salvó de morir en el naufragio – un hombre con amplia experiencia aceptó la orden de cargar el mayor número de rescatados que fuera posible, contraviniendo las normas de la marina mercante (su barco no podía exceder los 3.000). Tampoco se sabe, quién le dio la orden, ni por qué no zarpó antes, por qué no recibió cobertura de uno de los destructores o protección aérea cuando triplicaba la capacidad de personas embarcadas, ni tampoco por qué el Lancastria se hundió tan rápidamente. El hecho es que ese día miles de personas murieron y la catástrofe fue mantenida en secreto por el Almirantazgo Británico, siguiendo una orden expresa de Winston Churchill de no mencionar nada sobre la catástrofe «para no mellar la moral británica». Dos años después, el Gabinete de Guerra británicoordenó archivar toda la documentación sobre el RMS Lancastriaprohibiendo que se hicieran públicos los pormenores de la tragedia hasta el año 2042.
El Capitán Sharp (en la foto de aquí arriba) fue interrogado sobre los hechos en el cuartel general londinense del Almirantazgo, pero nunca se supo qué es lo que declaró ni cuáles fueron las circunstancias de la tragedia. Al comandante del buque le ordenaron no mencionar absolutamente nada sobre el hundimiento del transatlántico y continuó siendo apto para el servicio. De hecho, la naviera Cunard le dio el mando de otra nave, el RMS Antonia y posteriormente fue transferido a otro buque de la misma compañía, el RMS Laconia. El 12 de septiembre de 1942, el RMS Laconia fue torpedeado por el submarino alemán U-156 y el CapitánSharp, murió hundiéndose con su barco.

 

 

En el libro “Forgotten Voices of the Second World War”, publicado en el 2004 por el Imperial War Museum, hay varios testimonios de supervivientes como Dick Copperhead que dijo que “recibieron órdenes de cargar tantas personas como fuera posible.” Donald Draycott por su parte dijo: “Fuimos los últimos en embarcar en el Lancastria. En esos momentos ya habían unas 6000 tropas del ejército, más personal de la RAF a bordo”. Otro superviviente, Peter Vinicombe manifestó que ”el barco se inclinó a un lado, entonces desde el puente nos ordenaron movernos hacia la otra banda y se enderezó, pero luego se volvió a inclinar hacia el otro lado, por el peso de todos los que ibamos de un lado a otro. Los vehículos y demás material se deslizaban en la cubierta y arrastraban con ellos gente al mar. Por último recuerdo ver el mastil del barco paralelo al agua”. Frank Brogden recordaba que “Había miles de miles de personas en el agua cubierta de petróleo y estuvimos flotando durante cinco horas.”
Artículo tomado de la web: http://blitzkrieg2gm.blogspot.mx/2011/12/el-hundimiento-del-lancastria.html

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