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Agustín de Iturbide. ¿Cual fue su delito?

Publicado por El hijo del Ahuizote en julio 27th 2019

Dizque lo reconocieron por su manera de ca­balgar. La verdad es que tampoco deseaba pa­sar inadvertido, no al menos mucho tiempo. Desembarcó en Soto la Marina el 15 de julio. Al parecer lo reconoció un comerciante de Durango, quien lo había visto en alguna ocasión en la Ciudad de México. De Durango también era aquel diputado, Santiago Baca Ortiz, que había difundido por cada pueblo la Memoria Político Instructiva de fray Servando Teresa de Mier. Promotores de la República en un pue­blo que durante trescientos años había vivido bajo el cetro de una monarquía. No eran mu­chos, pero ahora estaban en el poder y, para colmo, los grupos poderosos de las provincias terminaron apoyando una forma republicana de gobierno con tal de que se apellidara fede­ral. ¿República, federación? Si el propio fray Servando había gritado en el Congreso que se dejaría cortar el pescuezo si alguien en las galerías podía explicarle qué casta de animal era la República federada. No podía ser que a poco más de un año de la caída del imperio todos fueran republicanos. De seguro había muchos partidarios, no sólo de la monarquía sino del libertador, dispuestos a establecer un orden de cosas más conocido. El problema es que en Soto la Marina, aquel verano de 1824, el comandante se llamaba Felipe de la Garza, un viejo amigo de republicanos y revoltosos, como el propio Mier, como el chato Ramos Arizpe. Eso no era tan grave. Los políticos un día se afilian a una causa y al día siguiente a otra. El problema más grave era que De la Garza se pronunció en dos ocasiones en con­tra del Imperio y en ambas fracasó. Si no fue fusilado como traidor se debió a la gracia del emperador. Algún ingenuo pensaría que, pre­cisamente por eso, debía tener gratitud ante el hombre que lo perdonó; pero la humillación no se perdona.

 

Agustín de Iturbide se entrevistó con Fe­lipe de la Garza el 16 de julio. Le expuso los motivos que tuvo para regresar a México, aun­que quizá no todos. Le dijo que sabía de los planes de la Santa Alianza, de la intención de Fernando VII para armar una expedición con­tra México. Venía dispuesto a ponerse a las órdenes de la Patria. Entonces, fue notificado acerca del decreto de 23 de abril, expedido por el Congreso Constituyente, en el que se le de­claraba traidor si ponía un pie en México y lo condenaba, en ese caso, a la muerte. Iturbide insistió en que su delito era defender al país que él mismo puso en el concierto de las na­ciones civilizadas. De la Garza titubeó. Tenía frente a sí al autor del Plan de Iguala, no a cual­quier político ambicioso. El 18 de julio decidió enviarlo a Padilla, en donde estaba sesionando la Asamblea Constituyente estatal, para dejar en sus manos la difícil decisión de cumplir o no el decreto del Congreso Federal. Lo envió rodeado de tropas, pero no como preso, pues ordenó a sus hombres que obedecieran a tan distinguido mexicano.

Iturbide debió haber supuesto que las co­sas mejoraban. Había demostrado que su pres­tigio era enorme. Incluso, pidió que su mujer y los dos hijos que lo acompañaban bajaran del bergantín en el que habían llegado. Ana Huarte estaba preñada, a la espera de su décimo hijo, quien recibiría el mismo nombre que su padre, Agustín Cosme. Pertenecía a una de las familias más destacadas de Valladolid y su padre, Isidro Huarte, había sido el hombre más poderoso, por su riqueza e influencias, de la vieja intendencia de Michoacán. Agustín la desposó el 27 de fe­brero de 1805. Nacido en septiembre de 1783, pertenecía también a una distinguida familia de Valladolid, propietaria de algunas fincas ur­banas y rurales. Desde joven se inclinó por la carrera de las armas. Ingresó como alférez en el regimiento de infantería de Valladolid, al mando del conde de Rui. Carismático, estable­ció relaciones que después le serían de enorme • utilidad. Por supuesto, aprovechó los vínculos que su suegro tenía en la administración de la intendencia de Michoacán y el ayuntamiento de Valladolid. Si bien había participado en las maniobras militares que se hicieron en Xalapa frente al virrey José de Iturrigaray (y en las que estuvieron otros americanos como Ignacio Allende), Iturbide no mostró oposición a la vio­lenta destitución del virrey en septiembre de 1808, aunque se le vinculaba con las reuniones clandestinas que fueron descubiertas en Valladolid a finales de 1809, favorables a Iturrigaray y al proyecto de establecer una Junta Guberna­tiva en el reino.

El abrazo de Acatempan el 10 de febrero de 1821, selló la alianza entre acérrimos rivales para aprovechar la crisis del Imperio español a favor de la Independencia.
Oleo sobre tela de Román Sagredo 1870.

 

El proyecto más claro a favor de la inde­pendencia se manifestó en 1810 con la in­surrección de Miguel Hidalgo. Pese a que el párroco de Dolores ofreció al joven militar Agustín de Iturbide que se uniera a la insur- gencia o, al menos, no la combatiera, Iturbide no estaba dispuesto a aceptar la feroz violencia que amenazaba con destruir la riqueza de Nueva España. Como bien dijo a finales de 1821 a aquel abogado de Oaxaca, Carlos María de Bustamante, su respaldo a la emancipación no transigía con la insurrección popular: com­batió a los insurgentes y lo volvería a hacer si fuera necesario. El problema en 1824 era que en el poder había muchos hombres, como el propio Bustamante, que habían participado en aquella insurrección. En el ejecutivo se halla­ban los antiguos rebeldes Guadalupe Victoria y Nicolás Bravo, y hasta Vicente Guerrero era suplente. Por cierto, en Tamaulipas pasaba algo parecido: el nuevo gobernador era Bernar­do Gutiérrez de Lara, quien había simpatizado con Hidalgo y Morelos, y encabezó fuerzas in­surgentes en Texas, compuestas en buena me­dida por filibusteros y aventureros.

 

En verdad, Iturbide debía temer a aquellos republicanos. El 18 de julio, el Congreso Cons­tituyente de Tamaulipas ordenó a Gutiérrez de Lara que cumpliera con el decreto federal. Quienes habían sido insurgentes no podían olvidar con facilidad la fama adquirida por el joven comandante realista michoacano, tan comprometido con el orden virreinal, tan te­naz en su persecución de rebeldes. Iturbide pa­gaba con sus propios recursos incentivos para las tropas, construyó una eficiente red de co­rreos y de espías que le permitieron diseñar es­trategias contrainsurgentes. Durante la guerra se acostumbró a la vida difícil de la campaña. Pasó hambres, enfermó. Obligó a sus soldados a marchar largas jornadas. Sus esfuerzos no fueron vanos. Derrotó a Ramón Rayón, muy cerca de Salvatierra. Consiguió engañar al tai­mado Albino García, a quien fusiló y descuar­tizó como escarmiento.

 

La frágil unidad nacional en tomo al Plan de Iguala, estalló en pedazos apenas instalado el Congreso constituyente. Óleo sobre tela, anónimo, «Solemne y pacifica entrada del exercito de las Tres Garantías en la capital de México el día 27 de setiembre de 1821». Museo Nacional de Historia, INAH

Junto con Ciríaco del Llano, Iturbide impi­dió que José María Morelos ocupara Valladolid. Poco después, capturó a Mariano Matamoros, a quien fusiló en febrero de 1814. Por supues­to, la fama de ser un decidido soldado del rey era difícil de olvidar; pero siendo comandante del Bajío llegó a ser reconocido por otras dos características que hubiera preferido evitar: ser sanguinario y corrupto.

Respecto a lo primero, Agustín de Iturbide no era extraordinario. Numerosos jefes rea­listas e insurgentes ordenaban fusilamientos sin contemplaciones. El propio cura Morelos lo hacía, cuando no eran capaces de frenarlo Matamoros y los Bravo. Después de todo, la insurrección iniciada en 1810 se convirtió en una guerra civil, atroz como todas, destructiva y terrible. La novedad en el caso de Iturbide, y lo que parecía más inmoral en aquella época, fue la aplicación de tácticas contrainsurgentes muy adecuadas para quitar apoyo a las guerri­llas del Bajío. En vez de atacar a esos grupos de frente, Iturbide empleó un sistema de espías para emboscarlos. Actuaba de la misma mane­ra que lo hacía la guerrilla, pero iba más lejos. Si los insurgentes ponían su atención en cortar las líneas de abastecimiento del ejército, Itur- bide haría algo parecido: destruir lo que hoy llamaríamos las «bases sociales de la guerrilla». Destruyó pueblos y villas, acusándolas de pro­porcionar víveres a los rebeldes. Hizo prisio­neras a numerosas mujeres que no tenían más delito que apoyar a sus maridos e hijos que se habían ido a campaña a pelear por la libertad.

Respecto a los cargos de corrupción, Iturbide, como otros jefes militares realistas e in­surgentes, encontró que podía «dar protección” a terratenientes, comerciantes y mineros, a cambio de dinero «para la causa”. En el caso de Iturbide, parece que en efecto disponía de ma­nera ilegal de caudales que no le pertenecían y, como otros, vigilaba las conductas de plata a cambio de pago, pero no por ambición vul­gar sino para ocupar ese dinero en sus tropas. Recuérdese que había dispuesto su no escasa fortuna personal para el mismo destino, aun­que eso no lo eximiera de un comportamiento criminal. Cuando en 1816 fue acusado de esos y otros cargos, ni siquiera los poderosos ami­gos que tenía en la Audiencia impidieron que se le quitara el mando de tropas. Si Iturbide se había ganado enemigos y hecho de mala fama entre los que entonces eran defensores del rey, qué podía esperar de quienes habían sido in­surgentes.

En efecto, el 19 de julio de 1824, muy de mañana, Gutiérrez de Lara actuó como era de esperarse: rechazó cualquier argumento de Iturbide, lo hizo prisionero y lo presentó ante el Congreso tamaulipeco. Los constituyentes ordenaron la comparecencia de Felipe de la Garza, para pedir explicaciones acerca de por qué no había ejecutado el decreto federal y para ordenarle que lo cumpliera sin tardan­za. Iturbide expuso de nuevo sus argumentos, acerca del peligro que representaban las mo­narquías de la Santa Alianza y de las intencio­nes españolas de organizar una expedición de reconquista; pero no convenció a nadie. Recu­rrió también a su prestigio. Era su última car­ta. Recordó sus trabajos por la Independencia, algo que nadie podía escatimar, y en especial sus exitosos esfuerzos para unir voluntades, para conciliar extremos.

En 1820, cuando vivía en la Ciudad de México y se codeaba con los principales políticos, pensadores y gente de influencia de la capital virreinal, Iturbide conoció las noticias del restablecimiento de la Constitución de 1812 en todos los dominios que le quedaban a la monarquía española. La primera vez que se aplicó, ese documento constitucional había ocasionado muchos dolores de cabeza a los defensores del orden colonial, pues la libertad de prensa y los procesos elec­torales dieron protagonismo a muchos partidarios de los in­surgentes. En 1814, Fernando VII declaró abolida la Consti­tución, pero la bancarrota de la monarquía y las conjuras liberales consiguieron que fuera restablecida. Las condi­ciones de Nueva España pare­cían diferentes a las que había tenido el virreinato la primera vez que se aplicó. Los insur­gentes estaban reducidos a unos cuantos grupos guerri­lleros que controlaban el sur de la intendencia de México o permanecían atrincherados en fortificaciones en las islas de lagos y ríos o en la cúspide de montañas de difícil acceso. El reino no estaba en paz, como anunciaba el virrey Juan Ruiz de Apodaca, pero el orden establecido no corría peligro por los rebeldes. Las divisiones estaban en otros lados.

 

Coronación de Iturbide en la Catedral de México el día 21 de julio de 1822. A pesar de las reticencias y forcejeos, el Congreso aceptó la monarquía constitucional. Museo Nacional de Historia INAH

Durante sus años en la Ciudad de México, Iturbide había convivido con partidarios del orden constitucional, como los que se reunían en casa de Ignacia Rodríguez de Velasco, la Güera, pero también con destacados serviles, como ellos mismos aceptaron llamarse, como los que se reunían en los ejercicios espiritua­les del Oratorio de San Felipe Neri. Sabía que muchas personas repudiarían la Constitución, por considerarla contraria a la religión, mien­tras que otras la apoyarían. Habría quienes creyeran que el régimen constitucional debía ser más radical, hasta eliminar la figura del monarca. Muchos estaban descontentos por­que la igualdad prometida por los españoles a los americanos no se cumplía. Sabía que esas tensiones podían ocasionar en cualquier mo­mento una insurrección tan desastrosa como la que él combatió. Las noticias que su protegi­do José López le enviaba de España, respecto a la existencia de numerosas facciones (comu­neros, exaltados, absolutistas, doceañistas) que se enfrentaban y conspiraban, le hicieron temer que el nuevo orden constitucional no dura­ría y que ocasionaría más con­flictos. Por supuesto, Iturbide no estaba solo. Numerosos mi­litares, propietarios, liberales y serviles, estaban pensando lo mismo: más valía desatar los lazos que unían al virreinato con la metrópoli, como había propuesto el abad Dominique de Pradt. Iturbide había plati­cado ya sobre estos temas con muchos amigos, entre quienes había destacados defensores de los intereses americanos, como su compadre Juan Gó­mez de Navarrete, y militares con quien tenía una enorme confianza, como Manuel Gó­mez Pedraza.

Cuando el viejo coronel Gabriel de Armijo solicitó retirarse del sur, en donde combatía a Vicente Guerrero, apareció la oportunidad para Iturbide. Designado comandante en la región, de inmediato se puso en contacto con su enemigo. Los diputados que salían rumbo a España fueron informados por Gómez de Navarrete y Gómez Pedraza de las intenciones de Iturbide para proclamar un Plan de Inde­pendencia. No pudieron esperarlo, pero en Madrid trabajaron para establecer una monar­quía en México, encabezada por un miembro de la casa reinante española y bajo un orden constitucional. En Iguala, Iturbide se pronun­ció por lo mismo, con el apoyo de Guerrero, en febrero de 1821. Si bien en un principio tuvo más reveses que triunfos, poco a poco fue ga­nando voluntades. Negoció, ofreció, dijo que sí a casi todos. La bandera de religión, inde­pendencia y unión fue enarbolada en todas las plazas. Los más fervorosos serviles quedaron satisfechos con la separación de una metrópoli que estaba tomando medidas en contra de los privilegios de las corporaciones eclesiásticas; los liberales aceptaron la propuesta de man­tener la vigencia de la Constitución de r8i2 en lo que una asamblea representativa redac­tara una propia; los defensores del rey no vie­ron problema alguno en pedir que la corona del imperio mexicano quedara en manos de Fernando VII o alguien de su familia; algunos insurgentes aceptaron la independencia bajo estas condiciones.

¿Qué otros méritos podían exigir a Iturbi- de los señores diputados del Congreso de Tamaulipas? La independencia se consiguió ape­nas siete meses después del pronunciamiento de Iguala. Juan O’Donojú, último capitán ge­neral de Nueva España, firmó con Iturbide el Tratado de Córdoba en agosto. Iturbide cum­plió su promesa: reunió una Junta Gubernati­va que declaró solemnemente el nacimiento de México y convocó elecciones para un Con­greso Constituyente. Los republicanos podían acusarlo de ambicioso, por haberse coronado, pero debía decirse a su favor que cuando Es­paña rechazó el Tratado de Córdoba, había un enorme respaldo para que quien ocupara el trono fuera el autor de la Independencia.

Es muy difícil hacer un balance del pri­mer gobierno que tuvo México como estado independiente. Iturbide encabezó un imperio, primero como regente y luego como empera­dor, en el que no había recursos para pagar tropas ni sueldos de los empleados públicos. Muchos productores lo apoyaron por la promesa de reducir o eliminar impuestos y car­gas tributarias que después le hicieron falta como gobernante. La delincuencia azotaba a la población y no había un sistema de admi­nistración de justicia que le permitiera actuar; de ahí que solicitara al Congreso el estableci­miento de tribunales militares, medida que fue rechazada por los constituyentes. Se debe señalar que los republicanos en la época del Imperio eran muy pocos y que el respaldo a la monarquía constitucional como forma de gobierno era casi unánime, pero Iturbide tuvo problemas con los parti­darios de la República desde un principio. En noviembre de 1821 descubrió una pri­mera conspiración, en la que participaban Josefa Ortiz de Domínguez y Guadalupe Vic­toria. Poco después, Servando Teresa de Mier, Vicente Ro- cafuerte y el enviado colom­biano, aunque veracruzano, Miguel Santa María, promo­vieron la caída del imperio. En agosto de 1822, Iturbide envió a la cárcel a los diputa­dos conspiradores y pidió la salida de Santa María. La medida fue respaldada por numero­sas representaciones de villas, pueblos y ciuda­des. Sólo unos cuantos se opusieron, como el propio Felipe de la Garza.

Pese a todos estos problemas, Iturbide trabajó por el engrandecimiento de su patria. Desde un comienzo puso sus miras en la in­corporación al Imperio de territorios que no formaban parte del núcleo central de Nueva España. Por ello, promovió que las Provincias Internas se adhirieran al Plan de Iguala (el propio Humboldt calculaba que el virreinato llegaba por el norte al paralelo 31), lo mismo que Centroamérica. Incluso, llegó a conside­rar la pertinencia de que el imperio incluyera al Caribe español, para integrar así a toda la América Septentrional. Estas ambiciones segu­ramente fueron vistas por Simón Bolívar, por

lo que trabajó con Santa María en la caída del emperador. Por el contrario, y pese a la opinión de numerosos autores, Joel Poinsett, quien visi­tó México en 1822, no participó en las conjuras contra Iturbide.

Por supuesto, el emperador también actuó de manera autoritaria. Arbitrariamente, disol­vió el Congreso en octubre de 1822 y reunió una Junta más pequeña. En di­ciembre, otro joven ambicioso, vinculado con conspiradores republicanos, Antonio López de Santa Anna, se pronunció en contra de la monarquía. No consiguió su objetivo, pero al menos fue el responsable de que el emperador enviara tropas a Veracruz y gastara los pocos recursos que le que­daban. Cuando Antonio de Echávarri se percató de que no podría derrotar a los rebel­des y de que podía ser desti­tuido en cualquier momento, se pronunció por una salida que parecía aceptable para todos, mantener el imperio y convocar un nuevo congreso. No hay evidencia de que fuera la masonería del rito escocés la que promovió el Plan de Casa Mata para derrocar a Iturbi- de; pero el resultado fue ése. Un artículo del Plan otorgaba a la diputación de Veracruz fa­cultades de gobierno en tanto se restablecía el orden. Las demás provincias apoyaron el Plan para tener esas mismas facultades. Era el prin­cipio del federalismo. Iturbide, que tan bien apreció las condiciones del país, no pudo ver las demandas de las regiones. El 19 de marzo de 1823, abdicó y aceptó salir del país. Estu­vo en Italia, en donde escribió sus memorias, y luego en Gran Bretaña. En Europa se percató de las intenciones españolas para recuperar su más preciada colonia y el respaldo que varias monarquías le daban. Entonces regresó a Méxi­co. ¿Cuál era su delito?

Iturbide fue fusilado en Padilla, Tamaulipas, el 19 de julio de 1824. Se dice que sus últimas palabras «Mexicanos, ¡Mexicanos, muero con honor por haber venido a ayudaros y gustoso porque muero entre vosotros!». Museo Nacional de Historia INAH.

 

Los constituyentes de Tamaulipas no ce­dieron. A las tres de la tarde, le comunicaron a Iturbide que sería ejecutado. Iturbide pidió un día más, que le fue negado. Confesó y escribió unas notas. Parecía inconcebible que el autor de la Independencia muriera fusilado sin su­mario, sin atender argumentos. Por supuesto, Iturbide no quiso recordar aquella tarde la co­rrespondencia que en los meses recientes ha­bía mantenido con Antonio de Narváez, admi­nistrador de su Hacienda de la Compañía. Nar­váez y Manuel Reyes Veramendi encabezaban un grupo de conspiradores que promovía el regreso de Iturbide, descubierto por el gobier­no en abril. La lista de implicados incluía a nu­merosos militares. Incluso, se asoció al rebelde Vicente Gómez, el capador de gachupines, con el regreso de Iturbide. Luis Quintanar y Anas­tasio Bustamante, defensores de la soberanía de Jalisco, también se hallaban implicados. No es que pretendieran coronar al depuesto emperador, pero sí favorecían que regresara a “ocupar el lugar que la patria quisiera otorgar­le». El problema es que la Patria o, mejor dicho, quienes la representaban en el Congreso, deci­dieron que su lugar era frente al pelotón de fu­silamiento. Cuando los constituyentes fueron enterados por los secretarios de Relaciones y de Guerra, Lucas Alamán y Manuel de Mier y Terán de la existencia de numerosas conspi­raciones en contra del gobierno y a favor de Iturbide, decretaron que si regresaba al país estaría fuera de la ley y sería ejecutado.

El decreto se cumplió el 19 de julio de 1824. Muchos pensaron que la República se había salvado. Para otros, para muchas generaciones más, se trató de un parricidio. “En el acto mis­mo de mi muerte -fueron sus postreras pala­bras- os recomiendo el amor a la patria”, una patria impensable sin Agustín de Iturbide.

 

Autor: Alfredo Avila. UNAM

 

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Coyolxauhqui

Publicado por El hijo del Ahuizote en junio 1st 2019

Relieve de Coyolxauhqui descuartizada por su hermano, encontrado en el Templo Mayor.

 

Coyolxauhqui (en náhuatl: coyolxauhqui, ‘la adornada de cascabeles’‘coyolli, cascabel; xauhqui, que adorna’)?​ es una deidad mexica, quien se considera es la representación de la luna, sin embargo, dado que no presenta ningún signo o glifo lunar, se ha propuesto que representa otro tipo de cuerpo celeste.

En la mitología nahua, Coyolxauhqui era hija de la diosa madre Coatlicue y hermana y líder de los dioses de estrellas Centzon Huitznáhuac. Cuando Coatlicue quedó embarazada de Huitzilopochtli, Coyolxaihqui y sus hermanos planeaban matar a su madre al considerarlo deshonroso, por lo que Huitzilopochtli la descuartizó y arrojó su cabeza al cielo.

El mito sobre el nacimiento de Huitzilopochtli, narra que Coyolxauhqui, furiosa al enterarse de que su madre, Coatlicue, estaba embarazada de un hombre desconocido, guió a sus hermanos (los cuatrocientos surianos) hacia Coatepec, donde se encontraba su progenitora, para matarla, y así redimir la ofensa.

Al llegar los hijos a Coatepec, Coatlicue dio a luz a Huitzilopochtli, quien vestido de guerrero y armado, nació listo para defender a su madre. El dios venció a sus hermanos, decapitó a su hermana, mandó su cabeza al cielo para que su madre pudiera verla cada noche y arrojó su cuerpo montaña abajo, por lo que éste quedó desmembrado.

Así fue como Coyolxauhqui se convirtió en la representación de la Luna y sus hermanos en la de las estrellas.

Fotografía del lugar donde se encontró el relieve. En la imagen, relieve de una escultura más antigua

 

Monolito de Coyolxauhqui

Se trata de un monolito de cantera, de 320 cm de diámetro, con forma de escudo, y se piensa que por la forma redonda de la piedra, similar a la luna llena, ésta encarna a la diosa lunar.

En la gran piedra se observa a la diosa descuartizada, con la cabeza, brazos y piernas separadas alrededor de su cuerpo. En ella se distinguen pequeñas bolas de plumas de águila en el cabello, un símbolo en forma de campana sobre su mejilla, y una pestaña, con el símbolo mexica para año, en su oreja. Como en las imágenes de su madre, se le muestra con unos cráneos atados a su cinturón.

Los estudiosos también opinan que la decapitación y el desmembramiento de Coyolxauhqui se reflejan en el patrón de los sacrificios rituales de los guerreros. Éstos constaban, en primer lugar, en extraer los corazones de los cautivos del pecho. En segunda, en ser decapitados y desmembrados. Finalmente, en que sus cuerpos eran arrojados desde el templo, por las escalinatas de la pirámide, quizás sobre la gran piedra de Coyolxauhqui.

Su ubicación original recrea el mito, pues se situaba en la parte frontal del Templo Mayor, en el edificio dedicado a Huitzilopochtli, de la antigua Tenochtitlan, igual que en el cerro de Coatepec.

 

Coloración del monolito original, determinada a partir de rastros químicos de pigmentos.

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Descentralizar ¿la Conquista?

Publicado por El hijo del Ahuizote en mayo 29th 2019

 

Autor: Pedro Salmerón Sanginés

Las versiones tradicionales de la irrupción española nos cuentan la epopeya de 400 valientes poseedores de una incontestable superioridad tecnológica y de su esforzado capitán, que conquistaron y sometieron a un gran imperio. O la resistencia heroica de los mexicas contra unos invasores genocidas. Desde entonces, se nos cuenta, los mexicas o aztecas y sus descendientes, nosotros los mexicanos, somos conquistados. Hijos de la chingada.

Mientras el cuento que nos cuentan se siga centrando en el enfrentamiento del esforzado (o genocida) capitán y en la tragedia de Tenochtitlán y el heroísmo de Cuauhtémoc, mientras sigamos insertos en la concepción de Estado-nación racista y excluyente centrada en el mestizaje (de español y azteca), seguiremos siendo los hijos de la chingada que el régimen priísta quiso enseñarnos a ser: el mexicano que los sedicentes herederos de Octavio Paz pintan como niño/borrego buscador de mesías.

Urge, pues, rescatar todos los re­latos convertidos en historias secundarias. Tengo en mi mesa de trabajo numerosos documentos que debo ordenar y priorizar. Hablaré de algunos: empiezo con el proyecto museográfico indios conquistadores, de Raquel Güereca y Michel R. Oudjik, con museografía y gestión de Salvador Mirabete y Víctor Iván Gutiérrez, que tiene como objetivo principal mostrar una nueva narrativa de la Conquista, basada en fuentes elaboradas por indígenas que se reivindicaban a sí mismos como indios conquistadores, al tiempo que se cuestiona la visión tradicional de la Conquista construida por la historiografía dominante.

Los documentos y narraciones que mostrarán Güereca y Oudjik, revelan a pueblos nahuas, zapotecos y otomíes, entre otros, que en sus propios escritos de los siglos XVI y XVII se presentan como conquistadores, como vencedores. En esas y otras fuentes encontraremos desde xochimilcas que en la década de 1560 alegan ante el virrey, en defensa de sus tierras, que cuando los tlaxcaltecas se cansaron nosotros llevamos 900 canoas y 10 mil guerreros; hasta los nahuas defensores de la frontera de la Nueva Vizcaya en el siglo XVIII; pasando por zapotecas que conquistan y pueblan Guatemala… y otras historias que no adelanto. Mientras, digamos que es evidente la continuidad de patrones de comportamiento mesoamericanos en la sociedad y el discurso coloniales.

Sigo con los avances de investigación de Edna Sáenz, Aideé Hernández y Andrés Centeno, que inquieren sobre tres antihéroes de los relatos tradicionales: Xicomecóatl, el cacique gordo de Cempoala, primer aliado de Hernán Cortés… o quizá, quien metió a Cortés en la dinámica de la guerra mesoamericana. Xicoténcatl el viejo, el senador de la República de Tlaxcala a quien su propio hijo habría confrontado por su entreguismo… o quizá el catalizador de la conversión de Tlaxacala en una república que se autogobernó hasta 1821, semillero de sedicentes conquistadores del septentrión. Y Acolhua Ixtlilxóchitl, el traidor que convertido en señor de Texcoco que en una fuente que le es proclive, el Códice Ramírez, queda probado que no fueron [los tlaxcaltecas] los que ganaron a México sino don Fernando Ixtlilxuchitl con 200 mil vasallos suyos.

Y si además de llevar el relato más allá del esforzado capitán y del joven abuelo de López Velarde (para hablar de las demás naciones, pueblos y comunidades) lo sacamos de la gran Tenochtitlán y el centro de México (como propone Armando Bartra: https://bit.ly/30MpRjK) quizá, sin oscurecer la catástrofe civilizatoriaque provocó la irrupción española, ni a sus instigadores visibles y no tanto, como la insaciable codicia del gran dinero, quizá podríamos construir otro relato, atendiendo el sur maya y el norte aridoamericano.

Recordemos, pues, que los actuales estados de Guanajuato, Zacatecas, Aguascalientes, San Luis Potosí y regiones aledañas, son México tanto como la capital. Recordemos que su conquista se produjo de 1550 a 1600, de manera apenas epidérmica; que muchos de sus conquistadoreseran indios mesoamericanos (como Conín o Santiago de Tapia, que en gigantesca estatua nos recibe al llegar a Querétaro); y que en realidad, se sometieron más mediante la paz por compra que por la fuerza de las armas (es decir: que los ancestros de los indios que acompañaron al cura Hidalgo no perdieron la guerra en campos de batalla).

Y más al norte de la Gran Chichimeca, los tlaxcaltecas y los mexicas eran señores de a caballo igual que los españoles, lo que hizo decir al obispo Pedro Tamarón y Romeral algo así como ahora resulta que todos los indios son tlaxcaltecas.

Pregunto: ¿por qué los herederos de los nahuas-xochimilcas se presentan hoy como descendientes de los conquistados, los vencidos, cuando en 1560 sus abuelos se llamaban conquistadores? ¿Por qué necesariamente nos identificamos con Cuauhtémoc y no con Xicomecóatl, Ixtlilxóchitl o Conín? ¿O con la Malinche, pero no la de Octavio Paz, sino –por ejemplo– la de Yásnaya Elena?

Sin conquista no hay conquistados, ni conquistadores.

tomado de: https://www.jornada.com.mx/2019/05/28/opinion/014a2pol#

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Hallan el ancla que habría pertenecido a navío de Cortés

Publicado por El hijo del Ahuizote en mayo 1st 2019

El proyecto que fue entregado al INAH plantea la ubicación del posible sitio en el que Hernán Cortés hundió sus naves ante el temor de un motín en su contra en 1519, lugar que anteriormente había sido estudiado por el historiador mexicano Francisco del Paso y Troncoso (1842-1916).

Un ancla con un fragmento de madera que data del siglo XV procedente de España es el principal hallazgo hecho por investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en costas veracruzanas y podría ser un vestigio de los navíos en los que llegó Hernán Cortés al país hace 500 años. Así lo revela en entrevista con Crónica el arqueólogo Roberto Junco Sánchez.

«La primera temporada de exploración terminó en diciembre con excelentes resultados: encontramos un ancla muy antigua. Se dató la parte de madera del ancla y es madera del siglo XV. Pero el proyecto continúa y estamos empecinados a encontrar esos barcos», dijo a este diario.

El año pasado especialistas iniciaron al sur de Actopan, Veracruz, el proyecto «Arqueología subacuática en la Villa Rica. Tras los pasos de Del Paso y Troncoso y los barcos hundidos de Cortés», dirigido por Roberto Junco Sánchez, subdirector de arqueología subacuática del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), y Chris Horrell, investigador del Buró de Seguridad y Cumplimiento Ambiental (BOEM, por sus siglas en inglés), Estados Unidos.

El proyecto que fue entregado al INAH, y del que Crónica posee una copia, plantea la ubicación del posible sitio en el que Hernán Cortés hundió sus naves ante el temor de un motín en su contra en 1519, lugar que anteriormente había sido estudiado por el historiador mexicano Francisco del Paso y Troncoso (1842-1916).
La investigación que concluyó su primera etapa en diciembre de 2018, registró un ancla muy antigua que fue puesta al interior de un barco. «Es un ancla de metal, pero el cepo, una de las partes altas, es de madera y de ésa tomamos una pequeña muestra que data de cerca de alrededor del 1400», señaló Junco Sánchez.
El arqueólogo destacó que la madera procede de un roble español y que probablemente es un ancla hecha en el país vasco. «Es un roble característico del norte de España y su hallazgo es una excelente noticia como objeto, independientemente que tenga que ver con Cortés o no. Es un gran hallazgo encontrar estás anclas antiguas en gran estado de conservación», comentó.
Dicha ancla, agregó, es del siglo XV debido a que su parte metálica coincide a una tipología antigua.

—¿Se puede saber qué tipo de barco llevaba esta ancla?

—No era un barco tan grande pero además, los barcos no traían una sola ancla traían cinco o seis. El tamaño del ancla hallada es de 2.50 metros.
Otros objetos que el equipo de expertos localizó fueron elementos cerámicos prehispánicos y barcos del siglo XIX.

“Vamos a seguir trabajando ahí en julio de este año con nuevas herramientas de trabajo como un perfilador de fondo y continuaremos con los buceos identificando las anomalías. Hay bastantes cosas interesantes por descubrir en la zona incluyendo barcos más recientes del siglo XIX”, dijo.

—¿Quiénes participaron en la datación de la madera?

—Es un proyecto del INAH con colaboración internacional. Básicamente es el INAH quien hace esto. En la datación nos ayudaron la UNAM y un laboratorio en Estados Unidos, pero la identificación de maderas se hizo en el INAH y colegas españoles también nos están ayudando con unas muestras.

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Publicado en Historia de Mexico, Noticias de la historia | Comentarios desactivados en Hallan el ancla que habría pertenecido a navío de Cortés

Recrean en 3D la ciudad de Tenochtitlan, a la que llegó Hernán Cortés hace 500 años

Publicado por El hijo del Ahuizote en abril 22nd 2019

Los datos que la arqueología ha logrado arrancar al pasado de la capital mexicana están siendo por primera vez utilizados para crear un modelo tridimensional de Tenochtitlan, la grandiosa capital azteca a la que llegó hace ahora 500 años Hernán Cortés. El proyecto pondrá a disposición de usuarios de todo el mundo -a través de una app para dispositivos móviles- las dimensiones exactas del recinto de los templos aztecas, en la ciudad construida sobre el lago Texcoco. La mayor parte de los templos y vestigios están hoy a varios metros por debajo de la capital mexicana.

En la primera versión divulgada, ya se puede uno hacer idea de las dimensiones de aquellas grandes estructuras, del tzompantzi o altar donde se exponían las cabezas de las víctimas sacrificadas, así como un primer atisbo de los canales y accesos a la urbe. El proyecto se titula «Aplicación de Realidad Aumentada para la visualización del Recinto Sagrado de México-Tenochtitlan» y está a cargo del equipo científico dirigido por Erick Huitrón Ramírez, en la Unidad Profesional Interdisciplinaria en Ingeniería y Tecnologías Avanzadas (UPIITA) del Instituto Politécnico Nacional de México (IPN).

Los restos de la ciudad de México – Tenochtitlan, primer antecedente de la actual Ciudad de México, se encuentran ocultos como cimientos de las construcciones modernas. Después de 1978, se lograron intervenciones y exploraciones en el primer cuadro del Centro Histórico, que tuvieron como resultado la exhibición permanente de vestigios en la zona arqueológica del Templo Mayor y las ventanas arqueológicas que la rodean.

Es muy distinto excavar en una zona rural que tratar de levantar la piel de una gran urbe como México. La tecnología disponible permite reunir datos hasta ahora parciales de observaciones a traves de los distintos edificios de la zona en la que ahora se levanta el centro de México, con construcciones centenarias bajo las cuales siguen los vestigios de aquel tiempo que acabó con la llegada de Henán Cortes y sus huestes, hace ahora 500 años.

Para superar la dispersión de visualizaciones parciales medidas hasta ahora y la multiplicidad de contextos que obstaculizan la observación de relaciones espaciales y arquitectónicas se ha sumado en este proyecto todo el conocimiento recabado durante décadas para realizar una recreación virtual de todo el conjunto, con la exactitud de las mediciones arqueológicas y el fabuloso poder de la realidad virtual para recrear entornos completos y navegables.

Como explica Erik Huitrón esta reconstrucción hipotética «servirá como un apoyo visual para la arqueología». Y sin duda tiene capacidades divulgativas casi infinitas. «Estas técnicas permiten de forma virtual, la restitución dimensional de los vestigios arqueológicos y en muchos casos sus detalles arquitectónicos y decorativos». Todas esas capas se están sumando ahora para poder mostrarlas en el resultado final. La verdadera magnitud de los monumentos tanto los que, como el Templo Mayor, conservan vestigios, como los destruidos por el paso de los siglos, queda expuesta de manera formidable.

«Con la intención de imitar la experiencia de recorrido en espacios arqueológicos monumentales, se recurre a los ámbitos computacionales para trasladar los modelos reconstructivos del recinto ceremonial de México – Tenochtitlan a una versión digital que pueda ser consultada desde una aplicación para dispositivo móvil, a través de una correspondencia virtual de posición y visión del modelo tridimensional, según la ubicación y orientación reales del usuario en el Centro Histórico de la Ciudad de México», añade Huitrón.

Todo ello ha sido posible desde una mirada interdisciplinar que agrupa diversas líneas de acción para la «construcción de un mundo virtual representante del Templo Mayor y el Recinto Sagrado, con navegación interna y acorde a la ubicación y orientación visual del usuario. Todo esto presentado en una interfaz que permita establecer en la pantalla, correspondencias visuales entre la actualidad del Centro histórico y la reconstrucción hipotética tridimensional del recinto ceremonial». El resultado es «una visualización que no ha sido contemplada desde hace quinientos años». Un maravilloso viaje en el tiempo bajo la piel de la ciudad moderna de México.

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María R. Murillo y el martirio  en el lado “hereje” (relato de un evento de la Cristiada)

Publicado por El hijo del Ahuizote en octubre 28th 2018

María R. Murillo y el martirio en el lado “hereje”

Simitrio Quezada

Fotografía: Samuel Vela

El amanecer se colaba entre nubes constipadas, oscuras, sobre el municipio
zacatecano Villa García de la Cadena, llamado todavía en ese 1935 Santa María de
Mecatabasco, por parte de piadosos hombres y mujeres que se resistían a las
ordenanzas del gobierno federal cardenista. La otra María, la profesora, vio el cielo
de Huiscolco al despertar dentro de ese cuartito de adobe, pegado al otro que
servía como aula. La figura de un gallo se recortaba contra la oscuridad que se
disipaba. Su canto dio un nuevo aliento a la “perdedora de almas”, como ahora
daba por llamarla desde el púlpito el viejo cura Cabral, en la cabecera municipal.
La profesora rezó un Paternoster frente al crucifijo fijado en barro que pendía
de la pared de adobe. Masticó varias veces el “sicut et nos dimitimus debitoribus
nostris”, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. La situación no era
tersa: siete años habían pasado desde el final de la Cristiada, volvió a pensar ella
mientras se aseaba. Siete años y sin embargo en los cerros todavía se escondían
resentimientos vivos, “los de la segunda oleada”, cristeros que buscaban venganza
por las muertes de los suyos. En Jalpa, por no ir más lejos, Jovita Valdovinos había
jurado acabar con quienes mataron a su padre Teófilo. La mujer bajaba a los
ranchos, robaba lo que podía y regresaba a esconderse. Y así otros tantos,
mientras los curas los alentaban en secreto, quizá también por el coraje contra el ex
presidente Calles y ahora contra el general Lázaro Cárdenas. El presidente
Cárdenas y su modificación al artículo tercero constitucional.
María se alisó el cabello y cerró los ojos por un momento. Se sabía parte de
una cruzada difícil. En esa región los sacerdotes seguían monopolizando la tarea
educativa a través de la escuela de párvulos y sus catecismos que debían ser
memorizados a rajatabla. Por otro lado estaban los hacendados. Allá en El
Plateado, cerca de su rancho natal San Antonio, María tuvo que lidiar con el cacique Antonio, quien día tras día encaraba a la profesora para exigirle que dejara
de enseñar a los labriegos. “Esa gente está para trabajarme, no para leer y
escribir”. Casi lo mismo sucedía en las haciendas cercanas: Cosalima, San
Francisco, Santiago, Agua Blanca, San Luis, La Luz, San Andrés, San Pedro…
Ahora, quién lo dijera, el mismo don Antonio le calentaba más la cabeza al cura
Cabral.
―Es insoportable― lamentaba don Antonio desde la sala de su casa grande,
“que esta vieja… ¡una vieja! esté diciéndoles a todos que debe ser bienvenido eso
del reparto agrario. ¡Despojo es lo que se llama eso, señor cura, y usted bien lo
sabe! Los ignorantes hacen una revolución para la rapiña, y ahora vienen por las
tierras que mi padre, mi abuelo y mis demás ancestros han cultivado con tanto
trabajo. Y además olvidan todo lo que los hemos cuidado a esos zarrapastrosos”.
―Hijo, ya repetí en mi sermón que quien acepte tierras del gobierno
automáticamente entrará a las llamas del infierno in aeternum, per saecula
saeculorum. Ya les advertí también sobre esa mujer que en Huiscolco lleva a los
niños por los caminos de Satán.
―Pero hay que hacer algo más, señor cura. ¡Acuérdese que las viejas deben
estar como los rifles: cargadas y en un rincón!
La semana pasada, María había desatado más ira del viejo cura. “Han de
saber que los niños no vienen de ninguna cigüeña, sino de sus madres. Ese
abultamiento que le ven antes es el propio bebé, alimentado por su mamá mediante
un cordón al que llamamos umbilical. Lo que ustedes conocen como ombligo no es
más que la cicatriz que a todos nos queda tras el corte del cordón”.


―Por eso no vemos a la cigüeña, maestra…
―¿Cuándo has visto cigüeñas en Huiscolco, Juvenal?
―Oiga, maestra. Mis tatas no me hablan de cigüeñas. A mí y a mis hermanos
nos dicen que el niño Dios nos deja a los hermanitos afuera de la puerta, en una
canasta.
―A ver, Lauro: en primer lugar se dice “a mis hermanos y a mí”. En segundo
lugar, tampoco es cierto eso de la canasta. Los hombres y las mujeres tienen
distintos órganos reproductores y con ellos puede darse la vida… Niñas y niños seguían mirando a la profesora María Rodríguez con bastante
extrañeza.
―Sé que es difícil que lo entiendan, y hasta peligroso para mí. Pero quizá
alguno de ustedes podrá explicarlo mejor cuando tengan alumnos… A ver,
¿quiénes de ustedes quisieran ser maestros?
Varios de los chiquillos levantaron sus manos.
―Qué bien… De ti ya lo imaginaba, Rafael: lo compruebo en tu empeño
diario.
El aludido levantaba el mentón, como si intentara ocultar su sonrisa. La
profesora continuó hablándoles.
―Les aconsejo que difundan el conocimiento. Enséñenlo a todos sus
conocidos. Enséñenles por lo menos a escribir el nombre de ellos. Juntos podemos
acabar con la ignorancia en nuestros pueblos.

* * *

Fotografía: Paul Duran Avila

Ese amanecer de noviembre se extendía en Huiscolco, pequeña comunidad de
Tabasco a la que María había llegado hace tiempo, tras su pleito con el cacique de
El Plateado.
Al abrir la puerta encontró un escrito con letra malhecha: “Maistrita comunista
ballase de la escuela y del pueblo o sufrira la justicia de Nuestro Señor. Los
Cristeros”. Las siluetas oscuras continuaban intactas. Debitoribus nostris, nuestros
deudores, los que nos ofenden, volvió a pensar la maestra en un suspiro que sabía
a resignación.
Durante toda la jornada, María lidió con la inquietud. Ni siquiera la mirada de
Medina, su alumno más destacado, logró confortarla. La tormenta podía estallar en
cualquier momento, pero ella no podía estar en otro lugar que no fuera el aula, con
sus niños, mostrándoles la verdadera luz del conocimiento, la que brota de la
ciencia y no del fanatismo.

* * *
―¡Abra la puerta!
Los golpes se estrellaron como relámpagos contra los montes. María
despertó sobresaltada, como nunca en sus cuarenta y cinco años. De pronto un
impacto más fuerte que los otros rompió el travesaño que aseguraba la integridad
de su cuartito y descubrió en torno a ella a varios hombres, casi todos con una
estampa de la Guadalupana sobre el frente de sendos sombreros.
―Ya nos colmó la paciencia, maestrita. Ora venimos para llevárnola de aquí,
porque diun modo o de otro usted va a dejar de prevertir a nuestros hijos.
―Ya le habíanos avisado…
―¡Protestante!
―¡Comunista!
―¡Sólo Cristo reina en este país!
―Como dice el señor cura Cabral: más vale que nuestros hijos sean burros
en el cielo que sabios en el infierno.
Los gritos y reclamos seguían agolpándose mientras uno de ellos trajo del
otro cuartito varios de los libros utilizados en clase.
―¡Aquí están! ¡A ver, lele, Marcial! ¡Lele, pa’ que nos digas si sí son
comunistas estos libros!
―Este… yo batallo un poco para ler, pero pos ya todos sabemos que sí son
libros que alejan de la religión que nos dejaron nuestros padres y que nosotros
queremos dejar a nuestros hijos.
―Querías hablarles a nuestros hijos sobre cómo se hacen los niños… ¡‘Ora
verás cómo se hacen, hija del demonio!
El más fuerte de todos empujó a la profesora hasta derribarla sobre la cama.
María intentó zafarse pero otras manos, muchas, la buscaron para arrancarle el
vestido. Los gritos de Viva Cristo Rey quedaron olvidados durante los siguientes
minutos, en medio del fragor y los turnos para penetrar el sexo de la hereje.

* * *

Fotografía: Samuel Vela
Sacaron a la mujer a empujones y la acercaron al potro zaino. María pensó que
desmayaría pero las maldiciones de las buenas señoras de Dios le impedían un
momento de paz. La violación y tanto dolor parecían haberle quitado media vida.
Rodearon sus pies con una soga sucia. Por un momento ella puso los ojos
en blanco y en silencio, con la boca semiabierta, pidió ayuda al dios por el que la
erosionaban, como tierra a la que todos quieren mancillar. El jinete sostuvo con
fuerza el otro extremo de la soga amarrada a sus tobillos. El zaino comenzó a
galopar y, dejando atrás a la mayoría de los católicos que comenzaban a
congregarse, hombres y mujeres de Huiscolco, el cuerpo de ella se hizo más
guiñapo voluble, viruta humana, cuerda pálida que se deshilachaba y ponía a punto
de reventar. Su cadera se fracturó con la primera piedra saliente que la astilló. Su
cabeza vibró entre las rugosidades del suelo. Sus rodillas se convirtieron en un
calor ígneo, además levantaban mucho polvo.
Otra vez la alcanzaron ellos para sujetarla. La arteria carótida se le marcaba
notablemente, el alarido de María se confundía con los gritos de sus atacantes. Dos
hombres seguían presionando esas piernas cansadas, marcadas por el suplicio,
sometidas ahora a un hormigueo constante, mientras el barbado sostenía los
hombros de la profesora y el cuatro hombre seguía bajando la rozadera afilada a lo
largo del seno izquierdo de su enemiga.
Cayó desmayada. El hombre más fuerte la rebasó, llevando en cada mano
áspera sendos senos de ella, masas tan aguadas como sanguinolentas.

* * *

La despertaron varios gritos de Viva Cristo Rey. Sentía terribles escalofríos por todo
el cuerpo. Se miró el par de hemorragias oscuras, una a cada lado de su torso. En
medio de una luz que terminaba de estallar sobre el camino, divisó uno de sus
senos colgado en un huizache, derramando sangre a cuentagotas. Buscando
contener el horror, se volvió hacia el otro lado. Entonces, sobre un arbusto más
grande, vio su otro seno, y unos metros a la izquierda reconoció al hombre que le hincó la rozadera, quien se restregaba las manos contra unas matas de salvia, para
limpiarse.

* * *

Los disparos sonaron secos. Nadie gritó, nadie se persignó. Los otros cristeros,
mano armada de Dios, ni siquiera voltearon a la salida de Huiscolco, donde
quedaban exhibidos los senos de la profesora como escarmiento para cualquier
otro docente que quisiera amenazar a los niños con sus clases; donde quedaba el
cuerpo violado, golpeado, quebrado y mutilado de María R. Murillo. Que por gloria
de Cristo arda bien en el infierno, pensaron con santidad los defensores de la fe a
quien todo se debe, quien reina por los siglos de los siglos.
No pudieron impedir que pasaran frente a su víctima los niños que venían de
comunidades cercanas para asistir a clases. Con profunda inquietud, paralizados,
contemplaron esa piltrafa que un día antes era todavía profesora majestuosa, guía
y fuente de conocimiento. Días después comentarían con susurros entre ellos cómo
gemía ella, cómo temblaban sus pupilas, cómo la agonía la embellecía y al tiempo
le quitaba brillo… hasta que horas después terminó de desangrarse y se apagó.
Por la tarde llegó su sobrino desde San Antonio por el cuerpo de ella. Lo
envolvió en una sábana, tres personas le aconsejaron que se fuera rápido. Luego
fue a la cabecera municipal a dar fe de los hechos. En el acta, el funcionario asentó
que la profesora fue “sacrificada”, no asesinada.
Al día siguiente, el cura Cabral llegó a Huiscolco acompañado por los
mismos cristeros y otros más. Pasaron por en medio de los arbustos que sostenían
los senos sanguinolentos. Mosquitos zancudos y otros más diminutos se
congregaban en torno a ambos órganos. Parecía que los improvisados
combatientes de Dios miraban orgullosos lo cercenado.
In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti, levantó su voz el sacerdote al
iniciar la celebración. Después Cabral cantó Ego confiteor, todos se pusieron de
rodillas, llevaron sus diestras a sendos pechos. Al terminar gritó con más fuerza a
todos: Ego absolvo pecatis tuis… La misa prosiguió entre rostros santificados por el perdón. Al final todos se persignaron de nuevo y cantaron con alivio y voz
falsamente plañidera el Te Deum laudamus. El vientecillo de finales de octubre
arrastraba barañas amarillas y naranjas.

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Un niño entre los plagiarios de Ahuixotla (Año 1872)

Publicado por El hijo del Ahuizote en agosto 25th 2018

Un francés, de nombre Luis Bassot, regresaba del pue­blo de Santa Fe la tarde del 23 de junio, como a las ocho y media de la noche. Salía de la casa de su socio, Vicente Vázquez, junto con su mozo y se aprestaba a caminar con rumbo del molino del mismo pueblo, donde habi­taba cuando fueron sorprendidos por algunos hombres disfrazados y armados hasta los dientes, los cuales lo su­jetaron de los brazos y le cubrieron la boca, mientras golpeaban a Vázquez y lo sujetaban también.

 

Iglesia de la Virgen de la Asunción en el Pueblo de Santa Fe

Fueron arrastrados hasta el camino donde habían de­jado sus caballos y lo obligaron a montar uno de ellos, al tiempo que el mozo era amarrado en un árbol.

Luego de caminar durante más de dos horas en la total oscuridad, los bandidos hicieron bajar del caballo a su víctima y comenzaron a caminar a pie, haciéndolo subir algunas cercas de piedra, hasta llegar a una casa, donde fue colocado debajo de un cuero de toro tendido entre dos palos, lugar donde se pone el pulque.

En ese lugar se acercó un niño que le señaló, mientras pasaba la mano por el cuero, que estaba gordo porque comía bien, que había de ser rico y que si les daba cien mil pesos lo pondrían en libertad.
Encerrado debajo del cuero de pulque, a través de un agujero que tenía la piel, Bassot logró mirar el rostro de uno de sus plagiarios. Durante dos días estuvo sin comer ni beber agua. Su desesperación llegó a tal extremo que bebió sus orines.
Lo sacaron una noche, le hicieron montar a caballo dando muchas vueltas, haciéndole creer que estaban cerca de Toluca.
En ese sitio fue enterrado en una fosa hecha en el suelo donde había agua y humedad en exceso. Fue acostado bajo unos tejamaniles donde sufrió diversas picaduras de hormigas y otros insectos. Allí comenzaron a darle un poco de comida, una vez al día y en pequeñas cantidades.
La fosa se hallaba cubierta por dos tablas, una fija y otra movible y, sobre estas, había pencas secas de maguey. Enmedio del silencio del lugar, pudo comprender que se encontraba en un pueblo pues escuchaba el tañer de campanas, el pito del ferrocarril, el canto de los gallos y las voces de la gente.
Logró escuchar el estampido del cañón que tronó el día que murió Benito Juárez, así como las salvas del 16 de septiembre, pues estuvo encerrado durante más de noventa días.
Cuando sintió que ya no tenía nada que perder, devorado por los insectos, extenuado de hambre y sufriendo constantes martirios y humillaciones, decidió huir una madrugada tras observar que era vigilado solo por las noches.

Zócalo de la ciudad de México 1872

                                                Zócalo de la ciudad de México 1872

Salió de su sepultura y con enorme dificultad escaló la pared, rompió el techo de tejamanil y se dejó caer al suelo fuera de la casa; se arrastró por los sembradíos, con gran debilidad y aterido de frío caminó durante un largo trecho, con temor de ser descubierto por sus plagiarios.
En la madrugada encontró a tres viajeros de a pie con quienes, tras vencer la desconfianza mutua, caminó rumbo a México.
Al llegar a la capital la policía intervino y, después de interrogarlo, se dirigió al pueblo de Santiago Ahuixotla, donde encontró la casa en que estuvo secuestrado. Fueron aprehendidos Domingo Calzada, Nazario Romero y el niño Cleofas Jácome; los demás cómplices, huyeron.
Al concluir el juicio, Calzada, Rodríguez y Romero fueron sentenciados a muerte, mientras el niño Cleofas debió pagar una pena de diez años, debido a su corta edad.
Más tarde, el presidente de la república resolvió conmutar la pena de muerte a Rodríguez y a Romero, condenándolos a ocho años de prisión; el niño fue castigado a dos años de presidio. Sólo se ratificó la sentencia a Calzada, quien fue ejecutado junto al lugar donde había estado plagiado Bassot, exponiendo su cadáver en un paraje inmediato.

 

NOTA: Basado en: Salvador Novo, «Memoria del Gobernador del Distrito Federal», en Un año, hace ciento. La ciudad de México en 1873, México, Porrúa, 1973.

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