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¿EL LLAMADO “PENACHO DE MOCTEZUMA” PERTENECE A AUSTRIA O A MÉXICO?

Publicado por El hijo del Ahuizote en febrero 7th 2020

 

Esta pieza que se encuentra en el Museo Etnológico de Viena, Austria, formada por plumas de aves y adornos de oro, ha creado una situación especial entre México y Austria. Deseo expresar mi posición ante el tema, en virtud de que nuestro país ha iniciado una serie de trámites tendientes al préstamo, por parte de Austria, de la pieza en cuestión. Los términos del préstamo harían que el penacho viniera a México y después regresara a Viena. Sobre el particular manifiesto lo siguiente: la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos, vigente desde 1972, en el capítulo III que trata “De los monumentos arqueológicos, artísticos e históricos”, señala lo siguiente:

Penacho de Moctezuma, actualmente en Austria

Penacho de Moctezuma, actualmente en Austria

Artículo 27. Son propiedad de la Nación, inalienables e imprescriptibles, los monumentos arqueológicos muebles e inmuebles.

Artículo 28. Son monumentos arqueológicos los bienes muebles e inmuebles, producto de culturas anteriores al establecimiento de la hispánica en el territorio nacional, así como los restos humanos, de la flora y de la fauna, relacionados con estas culturas.

Con base en estos artículos no cabe duda que el penacho es de propiedad nacional. Por lo tanto, no importa si fue un regalo de Moctezuma a Cortés en 1519 o si se trata de una pieza robada, vendida o que saliera del país por cualquier otro medio. Lo importante es que al salir al extranjero no pierde su carácter de ser propiedad de la nación, como lo indica la ley vigente.

Actualmente el INAH y la Secretaría de Relaciones Exteriores han promovido una serie de acciones tendientes a que Austria “preste” a México en forma temporal el “penacho de Moctezuma” para regresárselo posteriormente. Se ha presentado a la Cámara de Senadores un documento en el que, según notas en
la prensa, no se contempla la propiedad del bien, sino únicamente
la ida y vuelta del mismo, entre
otras cosas. Lo anterior, de ser aceptado por el Parlamento austriaco y llevarse a cabo la acción de “préstamo”, crearía un precedente negativo, ya que los países que han estado solicitando el regreso de sus bienes arqueológicos extraídos de su territorio se verían expuestos a que los museos europeos y norteamericanos, principales poseedores de esos bienes, ya por la acción colonialista, especialmente durante el siglo XIX, ya por saqueos ilícitos en tiempos más recientes, vean la salida fácil de “prestar” a esos países temporalmente sus bienes con la condición de que sean regresados. México sería el país que abrió esa puerta que en última instancia reconoce implícitamente la propiedad de esos museos sobre los bienes en cuestión. Cabe agregar que la UNESCO ha apoyado la posición de los países que pugnan por que sus bienes arqueológicos sean restituidos a los mismos.

En México tenemos precedentes de bienes arqueológicos que han sido regresados al país. Recordemos que uno de los primeros casos ocurrió, paradójicamente, cuando Maximiliano de Habsburgo llega a México y regresa una pieza prehispánica (un chimalli o escudo) como acto de buena fe. Según me informa el Dr. Aurelio de los Reyes, en el House, Hof und Staatsarchive de Viena, bajo el apartado de “Max von Mexiko”, existe una carta fechada alrededor de 1865 en la que el archiduque Francisco José autoriza la devolución de varios objetos, y entre ellos se encuentra una carta de Cortés y el penacho en cuestión, lo que nunca ocurre en el caso de este último. Ya en el siglo XX tenemos varios actos del mismo tipo: en 1982 un individuo roba de la Biblioteca Nacional de Francia el códice Tonalámatl de Aubin, motivo por el cual surge una tensa situación entre ambos países y México sostiene que el documento es parte del patrimonio mexicano. De otro carácter es la entrega que hace el papa Juan Pablo II del Códice de la Cruz-Badiano, que si bien se trata de un documento de herbolaria colonial depositado en la Biblioteca Apostólica Vaticana, vuelve a su lugar de origen por un acto de buena fe. En los años noventa y más recientemente, se han presentado diversos casos de los que sería interesante conocer el contenido de los acuerdos que hicieron posible el retorno de esos materiales al país.

Finalmente, cabe agregar que los monumentos arqueológicos son parte fundamental de nuestra historia. Por medio de ellos conocemos lo que fueron las sociedades que nos antecedieron en el proceso de desarrollo de lo que hoy es México, de ahí que se les considere como propiedad de la Nación, carácter que no pierden por ser “inalienables e imprescriptibles”, como bien lo señala la ley.

 

 

Eduardo Matos Moctezuma. Maestro en ciencias antropológicas, especializado en arqueología. Fue director del Museo del Templo Mayor, INAH. Miembro de El Colegio Nacional. Profesor emérito del INAH.

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LA MASACRE DE CHINOS EN TORREÓN

Publicado por El hijo del Ahuizote en enero 28th 2020

 

 

 

RACISMO Y XENOFOBIA EN EL MÉXICO DE 1911

Pedro Salmerón

 

Torreón se convirtió en el Porfiriato en una de las ciudades más prósperas del país, en buena parte gracias a la llegada del ferrocarril. Los chinos tenían varios negocios en el norte de México y el sur de Estados Unidos, desde bancos hasta lavanderías. Su presencia era notable e incluso incomodaba a algunos locales que consideraban que eran un obstáculo para su progreso.

FOTOGRAFÍA ANÓNIMA, CHINOS ASESINADOS EN TORREÓN, MAYO/1911. BIBLIOTECA DEGOLYER, UNIVERSIDAD METODISTA DEL SUR, EUA

FOTOGRAFÍA ANÓNIMA, CHINOS ASESINADOS EN TORREÓN, MAYO/1911. BIBLIOTECA DEGOLYER, UNIVERSIDAD METODISTA DEL SUR, EUA

 

 

La Comarca Lagunera de Coahuila y Durango fue un escaparate de la modernización porfirista: ninguna región del país creció a ritmos tan acelerados durante la dictadura, ninguna tampoco mostró de manera tan evidente los desequilibrios del modelo modernizador, y a la vez, en muy pocas (de hecho, solo el occidente de Chihuahua) respondieron con tal entusiasmo al llamado a las armas hecho en 1910 por Francisco I. Madero, quien, no en vano, se formó como empresario y político, y escribió La sucesión presidencial, en esa región.

Torreón, ciudad de migrantes surgida prácticamente de la nada con la llegada del ferrocarril, atrajo no solo a mexicanos procedentes de estados como Zacatecas o Guanajuato, también una relativamente importante población extranjera. Entre esas colonias destacaba la china, una de las más numerosas y prósperas del país. Los chinos constituían quizá el cuatro por ciento de la ciudad lagunera y eran visibles por su vestimenta, su religión y por ser una minoría con éxito en los negocios restauranteros, tiendas, planchadurías y hortalizas.

Esa colonia, aislada y casi totalmente masculina, se involucraba lo menos posible en la política mexicana y, de una u otra manera, era víctima de discriminación xenofóbica: el país vivió fuertes y recurrentes campañas antichinas entre 1905 y 1931, por lo menos. Pero ninguna de las comunidades chinas sufrió lo que la de Torreón. Porque no obstante su aislamiento, los hombres más prominentes de dicha comunidad en esa ciudad hicieron público su respaldo al gobierno de Porfirio Díaz durante la rebelión maderista y algunas de sus acciones dieron pretexto o justificación a quienes perpetraron el crimen del 15 de mayo de 1911.

 

El jefe revolucionario Benjamín Argumedo, uno de los que encabezaron la toma de Torreón en mayo de 1911, fue llevado a juicio por la matanza de chinos, aunque al final fue exculpado.

El jefe revolucionario Benjamín Argumedo, uno de los que encabezaron la toma de Torreón en mayo de 1911, fue llevado a juicio por la matanza de chinos, aunque al final fue exculpado.

 

 

REVOLUCIÓN EN LA LAGUNA

A principios de mayo de 1911, los rebeldes maderistas de La Laguna: peones de campo, rancheros, mineros, empleados urbanos, obreros, artesanos, habían tomado todas las poblaciones de la región y pusieron cerco a las tres ciudades vecinas que constituían la segunda concentración urbana e industrial del norte del país: Torreón, Lerdo y Gómez Palacio.

Desde el oriente llegaron unos 2,000 jinetes mandados por Benjamín Argumedo y Enrique Adame Macías, que habían tomado y defendido Parras y Matamoros en cruentos combates; de las montañas de Mapimí bajó Jesús Agustín Castro con 1,200 soldados; de la zona de Tlahualilo llegó Orestes Pereyra con un nutrido contingente. Un par de semanas antes había llegado a la región Emilio Madero González, hermano de don Pancho, con el nombramiento de jefe de la revolución en Coahuila y Durango. Castro, Pereyra y Sixto Ugalde –otro de los líderes– reconocieron rápidamente su autoridad. Había que aceptar un mando único y acabar pronto con la revuelta porque se acercaba una fecha fatal para los laguneros: si no empezaba a prepararse la siembra, se perdería la cosecha de algodón.

El 4 de mayo Gómez Palacio cayó en manos de los rebeldes: los federales evacuaron la plaza para concentrarse en Torreón, que quedó sitiada el día 12. Luego de tres días de recios combates, los defensores, menos de mil, evacuaron la plaza silenciosamente en la madrugada del 15 de mayo. Emilio Madero, Jesús Agustín Castro, Orestes Pereyra, Sixto Ugalde y Gregorio García habían pasado la noche en Gómez Palacio; acampados frente a Torreón, con sus hombres, solo estaban algunos jefes secundarios.

 

FOTOGRAFÍA DE CHARLES B. WHITE, ENTRONQUE FERROVIARIO EN TORREÓN, CA. 1910. BIBLIOTECA DEGOLYER, UNIVERSIDAD METODISTA DEL SUR, EUA

FOTOGRAFÍA DE CHARLES B. WHITE, ENTRONQUE FERROVIARIO EN TORREÓN, CA. 1910. BIBLIOTECA DEGOLYER, UNIVERSIDAD METODISTA DEL SUR, EUA

 

LA MATANZA

Tan pronto como los rebeldes notaron la ausencia de los federales, algunos grupos empezaron a entrar a la plaza y, unidos a los habitantes más pobres de Torreón, notoriamente bebidos unos y otros, saquearon los principales comercios y perpetraron una terrible matanza de chinos. El único jefe de cierta significación que estuvo presente fue Benjamín Argumedo, a quien después quiso usarse como chivo expiatorio, pero que terminó exonerado por los jueces de la causa. Aunque tarde para los chinos, Orestes Pereyra y Emilio Madero lograron poner fin a los desmanes.

La más detallada narración de la matanza de chinos, escrita por Juan Puig, resulta extremadamente confusa, porque confusa es la realidad que relata. Los que no son confusos son el horror y la xenofobia: “Al tiempo que saqueaban, buscaban a los chinos y los mataban a tiros en sus escondites –y a algunos también, según parece, a machetazos: entre los cadáveres llegó a verse muchos mutilados– o los sacaban a la calle a empellones para abatirlos allí […] Los cadáveres de los tenderos y empleados chinos eran arrastrados afuera o arrojados por encima de las bardas, y se les dejaba tendidos en la calle. Un testigo de la matanza declaró haber visto incluso cómo unos niños pequeños, mexicanos, venían a patear en la cabeza dos de esos cadáveres”.

Al llegar los desordenados rebeldes al centro de la ciudad, la matanza se volvió ordenada: “Con la orden de matar a los chinos y con el pueblo que clamaba por ello, los soldados de Argumedo irrumpieron en el edificio Wah Yick. Ninguno de sus ocupantes quedó con vida. El crimen se perpetró en las mismas habitaciones donde se habían querido refugiar. Los cadáveres, veinticuatro cadáveres, quedaron amontonados en la calle y la gente corrió a descalzarlos; hubo jinetes de la fuerza revolucionaria que lazaron algunos de ellos –entre los que no faltaban mutilados– por los pies, y se los llevaron arrastrando al galope a muchas cuadras de ahí […] A través de una de las ventanas del edificio, alguien arrojó a la calle una cabeza humana: la cabeza de un chino”. También “vejaron horriblemente” a las que quizá eran las dos únicas mujeres de una inmigración de varones.

Otras escenas, tan dantescas como estas, ocurrieron en diversos puntos de la ciudad. En lugar de abundar vale la pena insertar un contraste: en la mayor lavandería china de la ciudad fueron asesinados a tiros el gerente Wong Nong Jum y cuatro de sus dependientes, pero otros lavanderos y planchadores, así como otros chinos que se habían refugiado ahí, saltaron la barda que dividía ese negocio de la fábrica de muebles La Vizcaína, cuyo dueño, don José Cadena, y un mozo mexicano llamado Clemente escondieron a los chinos, con riesgo de perder su propia vida, durante catorce horas y media. Otros vecinos de Torreón también se opusieron al crimen colectivo, como el ranchero Francisco Almaraz, “un señor Escobar, dependiente del licenciado Joaquín Garza Farías” y “un vecino de mi quinta”, declaró el doctor Lim, que salvó la vida.

 

 

FOTOGRAFÍA ANÓNIMA, CARRETA CON CUERPOS DE CHINOS, MAYO/1911. FONDO HAROLD H. MILLER, ARCHIVO MUNICIPAL DE TORREÓN

 

VÍCTIMAS Y CULPABLES

Cuando Emilio Madero logró restablecer el orden y deslindar responsabilidades (lo que se hizo solo por encima y de cara a la galería), contó 249 chinos asesinados. Tres meses después, la legación china en México presentó los nombres de 303 víctimas.

Juan Puig comenta que estos terribles hechos resultaron de trasladar y concentrar los agravios de los sectores más humildes de La Laguna en un sector fácilmente identificable y muy vulnerable. Concluye certeramente: “A los chinos de Torreón los mató el pueblo. El pueblo menesteroso: ese fue su verdugo, lo mismo si cayeron bajo las balas de los guerrilleros maderistas que bajo los machetes y cuchillos de obreros y campesinos de La Laguna”. Los asesinos fueron los humildes, los olvidados. Sus iras se volcaron contra los chinos, tan distintos de ellos en apariencia, pero tan iguales a la mayoría que trabajaban doce o catorce horas diarias para apenas vivir.

En 1912 la colonia china de Torreón era un recuerdo: los sobrevivientes habían huido. No quedaba Banco Chino, ni Club Chino, ni lavanderías, almacenes o restaurantes chinos. La gente interrogada por el juez Antonio Ramos Pedrueza señaló a los culpables. Los jefes subalternos, a quienes tan fácilmente se podía acusar, como Benjamín Argumedo y Sabino Flores, culparon a su vez al pueblo de Torreón. Como dice Juan Puig: “Nadie castigó a unos ni a otros: fue una Fuenteovejuna que mató al igual y perdonó al tirano”.

FOTOGRAFÍA DE ANÓNIMA, MADERISTAS, 1911. © (INV. 373823) SECRETARÍADE CULTURA.INAH.SINAFO.FN.MX

FOTOGRAFÍA DE ANÓNIMA, MADERISTAS, 1911. © (INV. 373823) SECRETARÍADE CULTURA.INAH.SINAFO.FN.MX

 

 

 

RACISMO QUE PERSISTE

Este genocidio, porque sin importar su dimensión o el número de muertos fue un genocidio (de acuerdo con la definición de la Real Academia Española: “Exterminio o eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad”), ha sido usado para descalificar la revolución popular. Algunos lo personalizan y culpan a Francisco Villa, que en ese momento estaba a 835 kilómetros de ahí y aún no tenía mando ni presencia en La Laguna.

Sin embargo, esta “Fuenteovejuna” es el momento simbólico y culminante de una enfermedad nacional de la época, una enfermedad que persiste: el racismo. Un racismo y una xenofobia comunes a muchos mexicanos de aquel tiempo, incluidos personajes como Pancho Villa y Plutarco Elías Calles. No encuentro mayor testimonio de la generalización de ese racismo, que su presencia en el Manifiesto del Partido Liberal Mexicano del 1º de julio de 1906, en el que se presenta el magonismo como corriente ideológica y política autónoma. Dice ahí, a la letra:

“La prohibición de la inmigración china es, ante todo, una medida de protección a los trabajadores de otras nacionalidades, principalmente a los mexicanos. El chino, dispuesto por lo general a trabajar por el más bajo salario, sumiso, mezquino en aspiraciones, es un gran obstáculo para la prosperidad de otros trabajadores. Su competencia es funesta y hay que evitarla en México. En general, la inmigración china no produce a México el menor beneficio.

FOTOGRAFÍA ANÓNIMA, CHINOS PROPIETARIOS DE LAVANDERÍA, 1911. BIBLIOTECA DEGOLYER, UNIVERSIDAD METODISTA DEL SUR, EUA

FOTOGRAFÍA ANÓNIMA, CHINOS PROPIETARIOS DE LAVANDERÍA, 1911. BIBLIOTECA DEGOLYER, UNIVERSIDAD METODISTA DEL SUR, EUA

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Maquizcohuatl, la serpiente de turquesa

Publicado por El hijo del Ahuizote en enero 11th 2020


Las serpientes de dos cabezas, una donde suele estar, la segunda en la cola, no existieron únicamente en Europa. Existen multitud de indicios que prueban que hace muchos siglos habitaron en distintos puntos del planeta. La variedad más famosa de todas ellas, la anfisbena, fue vista en Europa: su figura desconcertante inspiró diversos relatos e interpretaciones. En el continente que hoy llamamos América, la serpiente bicéfala vivió amparada por climas semitropicales. El muy grande emperador Moctezuma tuvo en su zoológico personal un magnífico ejemplar de esta víbora. Solía impresionar a cortesanos y los visitantes, a quienes les mostraba, orgulloso, sus tesoros. Una hermosa escultura de ese reptil es conservada en el British Museum. Permanece en la sala destinada a la cultura azteca y es considerada una de las obras maestras del célebre recinto.
Según la ficha, la pieza, cubierta por pequeñas placas de turquesa, data de 1500 luego de Cristo. Era parte del complejo y poco estudiado rito religioso destinado a Quetzalcóatl. Su origen, precisa el catálogo, es azteca/mixteca. No hay más información, la obra prehispánica se defiende sólo con su notable belleza y aparece tanto en el inventario como en un disco compacto, en cuya portada luce espléndido el extraño reptante.
Está prácticamente intacta: bien conservada; sus cuatro inquietos y luminosos ojos miran la eternidad. Existen múltiples máscaras, vasijas, esculturas y collares de varias culturas prehispánicas en diversos países del mundo. El museo británico de Londres, conserva la escultura de una serpiente de dos cabezas, que ha llegado a convertirse en el emblema del museo, figura muy representativa de los mexicanos. Siendo este un símbolo fundacional: La serpiente, como esta de dos cabezas en turquesa, era un animal mítico para los aztecas. Junto con el mito fundacional de Tenochtitlán, el águila sobre un nopal, el carácter simbólico del reptil resistió los siglos de colonización y pasó a integrar el escudo nacio
nal de México. Sin lugar a dudas una excelsa pieza que muestra la conjunción de tranquilidad y concepción estética de un artesano mixteco que laboro en la corte de Moctezuma II.

 

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HALLAZGO DE UNA LÁPIDA DEL SIGLO XVI EN LA CATEDRAL DE MÉXICO

Publicado por El hijo del Ahuizote en enero 7th 2020

El gobierno de la ciudad de México, a través del Fideicomiso del Centro Histórico, realiza trabajos desde el pasado 22 de febrero para la colocación de luminarias en los costados sur y este de la Catedral Metropolitana.

Fuera del atrio y frente a la fachada principal de la catedral, la empresa Taller de Restauración, S.A de C.V., lleva a cabo la excavación de ocho pozos de 1.60 m por lado y 1.20 m de profundidad, así como algunas zanjas para la colocación de cableado eléctrico.

 

Estos trabajos se hacen a solicitud que hizo el Fideicomiso del Centro Histórico de la Ciudad de México a la Dirección de Salvamento Arqueológico del INAH, petición que fue canalizada al Programa de Arqueología Urbana del Museo del Templo Mayor, por quedar dentro de su ámbito de estudio.

Así, durante los trabajos de rescate arqueológico se han identificado diversos restos arquitectónicos correspondientes a la iglesia mayor, también conocida como primera catedral, construida por encargo del conquistador Hernán Cortés hacia 1524. Además del hallazgo de los restos de una cimentación de piedra unida con argamasa de cal y arena, con una orientación de oriente a poniente –que puede tener relación con el muro almenado construido hacia la segunda mitad del siglo XVII y que servía de límite del atrio de la actual Catedral Metropolitana frente a su fachada principal–, también se recuperaron dos entierros del periodo virreinal, excavados por la P.A. Mariel de Lourdes Mera Cázares en el pozo 2, ubicado a la altura de la esquina exterior suroeste del atrio de la Catedral Metropolitana.

El hallazgo de mayor relevancia ocurrió en el pozo identificado con el núm. 3, donde se localizó –a una profundidad de 1.25 m desde la superficie del nivel de piso actual– una impresionante lápida de toba volcánica comúnmente conocida como piedra chiluca, de color verde, de 1.87 m de longitud, 90 cm de ancho y cerca de 30 cm de espesor, con una orientación de oriente a poniente.

La lápida, localizada el 15 de marzo pasado, presenta en sus márgenes superiores (en sus cuatro lados) un epitafio en castellano antiguo que, hasta donde ha sido posible descifrar dice: “Aquí yace el canónigo Miguel de Palomares, canónigo que + fue de los primeros en esta santa iglesia”. Después se ve el signo alfa, la frase “Natalicio año de…” (fecha en griego), y cierra la leyenda el símbolo omega. El grabado de la lápida está acompañado por un escudo al centro, que enmarca tres flores de lis, similar al que usaba el prelado promotor Alonso de Burgos, obispo de Cuenca (1482-1485). El avance de la lectura es preliminar. Nos encontramos en la etapa de trabajo de campo y proseguiremos con la investigación de gabinete y en su oportunidad acudiremos a especialistas en distintas disciplinas, a quienes solicitaremos su colaboración para profundizar en la vida del canónigo Miguel de Palomares.

 

 

Cabe señalar que la lápida se encontró fragmentada en dos partes. Esto seguramente fue provocado por un orificio de aproximadamente 20 cm de diámetro, que debió haber sido realizado algunos años después para introducir un poste de madera, posiblemente de una cruz. El orificio atravesó también la huella del primer peldaño de toba volcánica (chiluca) de lo que al parecer eran unos escalones tal vez de un altar con vista hacia el poniente.

Dada la importancia del personaje, los posibles restos óseos y la lápida debieron encontrarse en el interior de la nave de la antigua catedral, la cual fue destruida hacia 1552 por órdenes del rey Felipe II de España. Después fue reconstruida de manera provisional y finalmente fue demolida hacia 1626. Durante la excavación nos percatamos que para la colocación de la lápida se hizo una fosa rompiendo un piso del periodo virreinal temprano, que presenta un núcleo de adobes. Después sigue un firme de argamasa al parecer de una superficie de una plataforma mexica, por lo que consideramos que esta antigua catedral fue construida aprovechando como cimiento el límite sur del recinto sagrado de Tenochtitlan.

En días recientes, los dos fragmentos que integran la lápida fueron trasladados al Museo del Templo Mayor, donde la restauradora Diana Medellín y su equipo de colaboradores han iniciado su limpieza y conservación.

Por ahora continuamos con los trabajos de excavación sistemática, con el apoyo de la maestra Ximena Chávez Balderas, con el propósito de identificar los restos óseos del canónigo Miguel de Palomares. Éste ocupó una canonjía en el primer cabildo eclesiástico de la incipiente Diócesis de México, entre 1536 y 1542, fecha en la que ocurre su deceso. Fue el primero de dicho cuerpo capitular en morir en la iglesia mayor o primitiva catedral de México. Al parecer, nuestro personaje arribó a la Nueva España proveniente de la región de Cuenca, y se sabe que estuvo en Veracruz y que oficiaba misa en ese curato hacia 1530. En 1532 se trasladó a la ciudad de México con la instrucción del emperador Carlos I e Isabel de Portugal para que se le nombrase canónigo de la iglesia catedral de México.

De encontrarse los restos de Miguel de Palomares, se tendrá una oportunidad única para la arqueología mexicana de profundizar en la historia de su vida, desde su nacimiento hasta su muerte. De esa manera, con el apoyo de especialistas de la UNAM y de otras instituciones de México y del extranjero, aunado a la investigación que desarrollaremos en archivos históricos, se realizarán a los restos óseos estudios de paleodieta, de isótopos de estroncio para conocer la migración del personaje, aspectos de genética poblacional, además de conocer la edad, la estatura, enfermedades y actividades ocupacionales que desempeñó a lo largo de su vida, primero en Europa y finalmente en la Nueva España.

 

 

Raúl Barrera Rodríguez, José María García Guerrero

Noticia aparecida en Arqueología Mexicana núm. 140 pp. 8-10

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Agustín de Iturbide. ¿Cual fue su delito?

Publicado por El hijo del Ahuizote en julio 27th 2019

Dizque lo reconocieron por su manera de ca­balgar. La verdad es que tampoco deseaba pa­sar inadvertido, no al menos mucho tiempo. Desembarcó en Soto la Marina el 15 de julio. Al parecer lo reconoció un comerciante de Durango, quien lo había visto en alguna ocasión en la Ciudad de México. De Durango también era aquel diputado, Santiago Baca Ortiz, que había difundido por cada pueblo la Memoria Político Instructiva de fray Servando Teresa de Mier. Promotores de la República en un pue­blo que durante trescientos años había vivido bajo el cetro de una monarquía. No eran mu­chos, pero ahora estaban en el poder y, para colmo, los grupos poderosos de las provincias terminaron apoyando una forma republicana de gobierno con tal de que se apellidara fede­ral. ¿República, federación? Si el propio fray Servando había gritado en el Congreso que se dejaría cortar el pescuezo si alguien en las galerías podía explicarle qué casta de animal era la República federada. No podía ser que a poco más de un año de la caída del imperio todos fueran republicanos. De seguro había muchos partidarios, no sólo de la monarquía sino del libertador, dispuestos a establecer un orden de cosas más conocido. El problema es que en Soto la Marina, aquel verano de 1824, el comandante se llamaba Felipe de la Garza, un viejo amigo de republicanos y revoltosos, como el propio Mier, como el chato Ramos Arizpe. Eso no era tan grave. Los políticos un día se afilian a una causa y al día siguiente a otra. El problema más grave era que De la Garza se pronunció en dos ocasiones en con­tra del Imperio y en ambas fracasó. Si no fue fusilado como traidor se debió a la gracia del emperador. Algún ingenuo pensaría que, pre­cisamente por eso, debía tener gratitud ante el hombre que lo perdonó; pero la humillación no se perdona.

 

Agustín de Iturbide se entrevistó con Fe­lipe de la Garza el 16 de julio. Le expuso los motivos que tuvo para regresar a México, aun­que quizá no todos. Le dijo que sabía de los planes de la Santa Alianza, de la intención de Fernando VII para armar una expedición con­tra México. Venía dispuesto a ponerse a las órdenes de la Patria. Entonces, fue notificado acerca del decreto de 23 de abril, expedido por el Congreso Constituyente, en el que se le de­claraba traidor si ponía un pie en México y lo condenaba, en ese caso, a la muerte. Iturbide insistió en que su delito era defender al país que él mismo puso en el concierto de las na­ciones civilizadas. De la Garza titubeó. Tenía frente a sí al autor del Plan de Iguala, no a cual­quier político ambicioso. El 18 de julio decidió enviarlo a Padilla, en donde estaba sesionando la Asamblea Constituyente estatal, para dejar en sus manos la difícil decisión de cumplir o no el decreto del Congreso Federal. Lo envió rodeado de tropas, pero no como preso, pues ordenó a sus hombres que obedecieran a tan distinguido mexicano.

Iturbide debió haber supuesto que las co­sas mejoraban. Había demostrado que su pres­tigio era enorme. Incluso, pidió que su mujer y los dos hijos que lo acompañaban bajaran del bergantín en el que habían llegado. Ana Huarte estaba preñada, a la espera de su décimo hijo, quien recibiría el mismo nombre que su padre, Agustín Cosme. Pertenecía a una de las familias más destacadas de Valladolid y su padre, Isidro Huarte, había sido el hombre más poderoso, por su riqueza e influencias, de la vieja intendencia de Michoacán. Agustín la desposó el 27 de fe­brero de 1805. Nacido en septiembre de 1783, pertenecía también a una distinguida familia de Valladolid, propietaria de algunas fincas ur­banas y rurales. Desde joven se inclinó por la carrera de las armas. Ingresó como alférez en el regimiento de infantería de Valladolid, al mando del conde de Rui. Carismático, estable­ció relaciones que después le serían de enorme • utilidad. Por supuesto, aprovechó los vínculos que su suegro tenía en la administración de la intendencia de Michoacán y el ayuntamiento de Valladolid. Si bien había participado en las maniobras militares que se hicieron en Xalapa frente al virrey José de Iturrigaray (y en las que estuvieron otros americanos como Ignacio Allende), Iturbide no mostró oposición a la vio­lenta destitución del virrey en septiembre de 1808, aunque se le vinculaba con las reuniones clandestinas que fueron descubiertas en Valladolid a finales de 1809, favorables a Iturrigaray y al proyecto de establecer una Junta Guberna­tiva en el reino.

El abrazo de Acatempan el 10 de febrero de 1821, selló la alianza entre acérrimos rivales para aprovechar la crisis del Imperio español a favor de la Independencia.
Oleo sobre tela de Román Sagredo 1870.

 

El proyecto más claro a favor de la inde­pendencia se manifestó en 1810 con la in­surrección de Miguel Hidalgo. Pese a que el párroco de Dolores ofreció al joven militar Agustín de Iturbide que se uniera a la insur- gencia o, al menos, no la combatiera, Iturbide no estaba dispuesto a aceptar la feroz violencia que amenazaba con destruir la riqueza de Nueva España. Como bien dijo a finales de 1821 a aquel abogado de Oaxaca, Carlos María de Bustamante, su respaldo a la emancipación no transigía con la insurrección popular: com­batió a los insurgentes y lo volvería a hacer si fuera necesario. El problema en 1824 era que en el poder había muchos hombres, como el propio Bustamante, que habían participado en aquella insurrección. En el ejecutivo se halla­ban los antiguos rebeldes Guadalupe Victoria y Nicolás Bravo, y hasta Vicente Guerrero era suplente. Por cierto, en Tamaulipas pasaba algo parecido: el nuevo gobernador era Bernar­do Gutiérrez de Lara, quien había simpatizado con Hidalgo y Morelos, y encabezó fuerzas in­surgentes en Texas, compuestas en buena me­dida por filibusteros y aventureros.

 

En verdad, Iturbide debía temer a aquellos republicanos. El 18 de julio, el Congreso Cons­tituyente de Tamaulipas ordenó a Gutiérrez de Lara que cumpliera con el decreto federal. Quienes habían sido insurgentes no podían olvidar con facilidad la fama adquirida por el joven comandante realista michoacano, tan comprometido con el orden virreinal, tan te­naz en su persecución de rebeldes. Iturbide pa­gaba con sus propios recursos incentivos para las tropas, construyó una eficiente red de co­rreos y de espías que le permitieron diseñar es­trategias contrainsurgentes. Durante la guerra se acostumbró a la vida difícil de la campaña. Pasó hambres, enfermó. Obligó a sus soldados a marchar largas jornadas. Sus esfuerzos no fueron vanos. Derrotó a Ramón Rayón, muy cerca de Salvatierra. Consiguió engañar al tai­mado Albino García, a quien fusiló y descuar­tizó como escarmiento.

 

La frágil unidad nacional en tomo al Plan de Iguala, estalló en pedazos apenas instalado el Congreso constituyente. Óleo sobre tela, anónimo, «Solemne y pacifica entrada del exercito de las Tres Garantías en la capital de México el día 27 de setiembre de 1821». Museo Nacional de Historia, INAH

Junto con Ciríaco del Llano, Iturbide impi­dió que José María Morelos ocupara Valladolid. Poco después, capturó a Mariano Matamoros, a quien fusiló en febrero de 1814. Por supues­to, la fama de ser un decidido soldado del rey era difícil de olvidar; pero siendo comandante del Bajío llegó a ser reconocido por otras dos características que hubiera preferido evitar: ser sanguinario y corrupto.

Respecto a lo primero, Agustín de Iturbide no era extraordinario. Numerosos jefes rea­listas e insurgentes ordenaban fusilamientos sin contemplaciones. El propio cura Morelos lo hacía, cuando no eran capaces de frenarlo Matamoros y los Bravo. Después de todo, la insurrección iniciada en 1810 se convirtió en una guerra civil, atroz como todas, destructiva y terrible. La novedad en el caso de Iturbide, y lo que parecía más inmoral en aquella época, fue la aplicación de tácticas contrainsurgentes muy adecuadas para quitar apoyo a las guerri­llas del Bajío. En vez de atacar a esos grupos de frente, Iturbide empleó un sistema de espías para emboscarlos. Actuaba de la misma mane­ra que lo hacía la guerrilla, pero iba más lejos. Si los insurgentes ponían su atención en cortar las líneas de abastecimiento del ejército, Itur- bide haría algo parecido: destruir lo que hoy llamaríamos las «bases sociales de la guerrilla». Destruyó pueblos y villas, acusándolas de pro­porcionar víveres a los rebeldes. Hizo prisio­neras a numerosas mujeres que no tenían más delito que apoyar a sus maridos e hijos que se habían ido a campaña a pelear por la libertad.

Respecto a los cargos de corrupción, Iturbide, como otros jefes militares realistas e in­surgentes, encontró que podía «dar protección” a terratenientes, comerciantes y mineros, a cambio de dinero «para la causa”. En el caso de Iturbide, parece que en efecto disponía de ma­nera ilegal de caudales que no le pertenecían y, como otros, vigilaba las conductas de plata a cambio de pago, pero no por ambición vul­gar sino para ocupar ese dinero en sus tropas. Recuérdese que había dispuesto su no escasa fortuna personal para el mismo destino, aun­que eso no lo eximiera de un comportamiento criminal. Cuando en 1816 fue acusado de esos y otros cargos, ni siquiera los poderosos ami­gos que tenía en la Audiencia impidieron que se le quitara el mando de tropas. Si Iturbide se había ganado enemigos y hecho de mala fama entre los que entonces eran defensores del rey, qué podía esperar de quienes habían sido in­surgentes.

En efecto, el 19 de julio de 1824, muy de mañana, Gutiérrez de Lara actuó como era de esperarse: rechazó cualquier argumento de Iturbide, lo hizo prisionero y lo presentó ante el Congreso tamaulipeco. Los constituyentes ordenaron la comparecencia de Felipe de la Garza, para pedir explicaciones acerca de por qué no había ejecutado el decreto federal y para ordenarle que lo cumpliera sin tardan­za. Iturbide expuso de nuevo sus argumentos, acerca del peligro que representaban las mo­narquías de la Santa Alianza y de las intencio­nes españolas de organizar una expedición de reconquista; pero no convenció a nadie. Recu­rrió también a su prestigio. Era su última car­ta. Recordó sus trabajos por la Independencia, algo que nadie podía escatimar, y en especial sus exitosos esfuerzos para unir voluntades, para conciliar extremos.

En 1820, cuando vivía en la Ciudad de México y se codeaba con los principales políticos, pensadores y gente de influencia de la capital virreinal, Iturbide conoció las noticias del restablecimiento de la Constitución de 1812 en todos los dominios que le quedaban a la monarquía española. La primera vez que se aplicó, ese documento constitucional había ocasionado muchos dolores de cabeza a los defensores del orden colonial, pues la libertad de prensa y los procesos elec­torales dieron protagonismo a muchos partidarios de los in­surgentes. En 1814, Fernando VII declaró abolida la Consti­tución, pero la bancarrota de la monarquía y las conjuras liberales consiguieron que fuera restablecida. Las condi­ciones de Nueva España pare­cían diferentes a las que había tenido el virreinato la primera vez que se aplicó. Los insur­gentes estaban reducidos a unos cuantos grupos guerri­lleros que controlaban el sur de la intendencia de México o permanecían atrincherados en fortificaciones en las islas de lagos y ríos o en la cúspide de montañas de difícil acceso. El reino no estaba en paz, como anunciaba el virrey Juan Ruiz de Apodaca, pero el orden establecido no corría peligro por los rebeldes. Las divisiones estaban en otros lados.

 

Coronación de Iturbide en la Catedral de México el día 21 de julio de 1822. A pesar de las reticencias y forcejeos, el Congreso aceptó la monarquía constitucional. Museo Nacional de Historia INAH

Durante sus años en la Ciudad de México, Iturbide había convivido con partidarios del orden constitucional, como los que se reunían en casa de Ignacia Rodríguez de Velasco, la Güera, pero también con destacados serviles, como ellos mismos aceptaron llamarse, como los que se reunían en los ejercicios espiritua­les del Oratorio de San Felipe Neri. Sabía que muchas personas repudiarían la Constitución, por considerarla contraria a la religión, mien­tras que otras la apoyarían. Habría quienes creyeran que el régimen constitucional debía ser más radical, hasta eliminar la figura del monarca. Muchos estaban descontentos por­que la igualdad prometida por los españoles a los americanos no se cumplía. Sabía que esas tensiones podían ocasionar en cualquier mo­mento una insurrección tan desastrosa como la que él combatió. Las noticias que su protegi­do José López le enviaba de España, respecto a la existencia de numerosas facciones (comu­neros, exaltados, absolutistas, doceañistas) que se enfrentaban y conspiraban, le hicieron temer que el nuevo orden constitucional no dura­ría y que ocasionaría más con­flictos. Por supuesto, Iturbide no estaba solo. Numerosos mi­litares, propietarios, liberales y serviles, estaban pensando lo mismo: más valía desatar los lazos que unían al virreinato con la metrópoli, como había propuesto el abad Dominique de Pradt. Iturbide había plati­cado ya sobre estos temas con muchos amigos, entre quienes había destacados defensores de los intereses americanos, como su compadre Juan Gó­mez de Navarrete, y militares con quien tenía una enorme confianza, como Manuel Gó­mez Pedraza.

Cuando el viejo coronel Gabriel de Armijo solicitó retirarse del sur, en donde combatía a Vicente Guerrero, apareció la oportunidad para Iturbide. Designado comandante en la región, de inmediato se puso en contacto con su enemigo. Los diputados que salían rumbo a España fueron informados por Gómez de Navarrete y Gómez Pedraza de las intenciones de Iturbide para proclamar un Plan de Inde­pendencia. No pudieron esperarlo, pero en Madrid trabajaron para establecer una monar­quía en México, encabezada por un miembro de la casa reinante española y bajo un orden constitucional. En Iguala, Iturbide se pronun­ció por lo mismo, con el apoyo de Guerrero, en febrero de 1821. Si bien en un principio tuvo más reveses que triunfos, poco a poco fue ga­nando voluntades. Negoció, ofreció, dijo que sí a casi todos. La bandera de religión, inde­pendencia y unión fue enarbolada en todas las plazas. Los más fervorosos serviles quedaron satisfechos con la separación de una metrópoli que estaba tomando medidas en contra de los privilegios de las corporaciones eclesiásticas; los liberales aceptaron la propuesta de man­tener la vigencia de la Constitución de r8i2 en lo que una asamblea representativa redac­tara una propia; los defensores del rey no vie­ron problema alguno en pedir que la corona del imperio mexicano quedara en manos de Fernando VII o alguien de su familia; algunos insurgentes aceptaron la independencia bajo estas condiciones.

¿Qué otros méritos podían exigir a Iturbi- de los señores diputados del Congreso de Tamaulipas? La independencia se consiguió ape­nas siete meses después del pronunciamiento de Iguala. Juan O’Donojú, último capitán ge­neral de Nueva España, firmó con Iturbide el Tratado de Córdoba en agosto. Iturbide cum­plió su promesa: reunió una Junta Gubernati­va que declaró solemnemente el nacimiento de México y convocó elecciones para un Con­greso Constituyente. Los republicanos podían acusarlo de ambicioso, por haberse coronado, pero debía decirse a su favor que cuando Es­paña rechazó el Tratado de Córdoba, había un enorme respaldo para que quien ocupara el trono fuera el autor de la Independencia.

Es muy difícil hacer un balance del pri­mer gobierno que tuvo México como estado independiente. Iturbide encabezó un imperio, primero como regente y luego como empera­dor, en el que no había recursos para pagar tropas ni sueldos de los empleados públicos. Muchos productores lo apoyaron por la promesa de reducir o eliminar impuestos y car­gas tributarias que después le hicieron falta como gobernante. La delincuencia azotaba a la población y no había un sistema de admi­nistración de justicia que le permitiera actuar; de ahí que solicitara al Congreso el estableci­miento de tribunales militares, medida que fue rechazada por los constituyentes. Se debe señalar que los republicanos en la época del Imperio eran muy pocos y que el respaldo a la monarquía constitucional como forma de gobierno era casi unánime, pero Iturbide tuvo problemas con los parti­darios de la República desde un principio. En noviembre de 1821 descubrió una pri­mera conspiración, en la que participaban Josefa Ortiz de Domínguez y Guadalupe Vic­toria. Poco después, Servando Teresa de Mier, Vicente Ro- cafuerte y el enviado colom­biano, aunque veracruzano, Miguel Santa María, promo­vieron la caída del imperio. En agosto de 1822, Iturbide envió a la cárcel a los diputa­dos conspiradores y pidió la salida de Santa María. La medida fue respaldada por numero­sas representaciones de villas, pueblos y ciuda­des. Sólo unos cuantos se opusieron, como el propio Felipe de la Garza.

Pese a todos estos problemas, Iturbide trabajó por el engrandecimiento de su patria. Desde un comienzo puso sus miras en la in­corporación al Imperio de territorios que no formaban parte del núcleo central de Nueva España. Por ello, promovió que las Provincias Internas se adhirieran al Plan de Iguala (el propio Humboldt calculaba que el virreinato llegaba por el norte al paralelo 31), lo mismo que Centroamérica. Incluso, llegó a conside­rar la pertinencia de que el imperio incluyera al Caribe español, para integrar así a toda la América Septentrional. Estas ambiciones segu­ramente fueron vistas por Simón Bolívar, por

lo que trabajó con Santa María en la caída del emperador. Por el contrario, y pese a la opinión de numerosos autores, Joel Poinsett, quien visi­tó México en 1822, no participó en las conjuras contra Iturbide.

Por supuesto, el emperador también actuó de manera autoritaria. Arbitrariamente, disol­vió el Congreso en octubre de 1822 y reunió una Junta más pequeña. En di­ciembre, otro joven ambicioso, vinculado con conspiradores republicanos, Antonio López de Santa Anna, se pronunció en contra de la monarquía. No consiguió su objetivo, pero al menos fue el responsable de que el emperador enviara tropas a Veracruz y gastara los pocos recursos que le que­daban. Cuando Antonio de Echávarri se percató de que no podría derrotar a los rebel­des y de que podía ser desti­tuido en cualquier momento, se pronunció por una salida que parecía aceptable para todos, mantener el imperio y convocar un nuevo congreso. No hay evidencia de que fuera la masonería del rito escocés la que promovió el Plan de Casa Mata para derrocar a Iturbi- de; pero el resultado fue ése. Un artículo del Plan otorgaba a la diputación de Veracruz fa­cultades de gobierno en tanto se restablecía el orden. Las demás provincias apoyaron el Plan para tener esas mismas facultades. Era el prin­cipio del federalismo. Iturbide, que tan bien apreció las condiciones del país, no pudo ver las demandas de las regiones. El 19 de marzo de 1823, abdicó y aceptó salir del país. Estu­vo en Italia, en donde escribió sus memorias, y luego en Gran Bretaña. En Europa se percató de las intenciones españolas para recuperar su más preciada colonia y el respaldo que varias monarquías le daban. Entonces regresó a Méxi­co. ¿Cuál era su delito?

Iturbide fue fusilado en Padilla, Tamaulipas, el 19 de julio de 1824. Se dice que sus últimas palabras «Mexicanos, ¡Mexicanos, muero con honor por haber venido a ayudaros y gustoso porque muero entre vosotros!». Museo Nacional de Historia INAH.

 

Los constituyentes de Tamaulipas no ce­dieron. A las tres de la tarde, le comunicaron a Iturbide que sería ejecutado. Iturbide pidió un día más, que le fue negado. Confesó y escribió unas notas. Parecía inconcebible que el autor de la Independencia muriera fusilado sin su­mario, sin atender argumentos. Por supuesto, Iturbide no quiso recordar aquella tarde la co­rrespondencia que en los meses recientes ha­bía mantenido con Antonio de Narváez, admi­nistrador de su Hacienda de la Compañía. Nar­váez y Manuel Reyes Veramendi encabezaban un grupo de conspiradores que promovía el regreso de Iturbide, descubierto por el gobier­no en abril. La lista de implicados incluía a nu­merosos militares. Incluso, se asoció al rebelde Vicente Gómez, el capador de gachupines, con el regreso de Iturbide. Luis Quintanar y Anas­tasio Bustamante, defensores de la soberanía de Jalisco, también se hallaban implicados. No es que pretendieran coronar al depuesto emperador, pero sí favorecían que regresara a “ocupar el lugar que la patria quisiera otorgar­le». El problema es que la Patria o, mejor dicho, quienes la representaban en el Congreso, deci­dieron que su lugar era frente al pelotón de fu­silamiento. Cuando los constituyentes fueron enterados por los secretarios de Relaciones y de Guerra, Lucas Alamán y Manuel de Mier y Terán de la existencia de numerosas conspi­raciones en contra del gobierno y a favor de Iturbide, decretaron que si regresaba al país estaría fuera de la ley y sería ejecutado.

El decreto se cumplió el 19 de julio de 1824. Muchos pensaron que la República se había salvado. Para otros, para muchas generaciones más, se trató de un parricidio. “En el acto mis­mo de mi muerte -fueron sus postreras pala­bras- os recomiendo el amor a la patria”, una patria impensable sin Agustín de Iturbide.

 

Autor: Alfredo Avila. UNAM

 

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Coyolxauhqui

Publicado por El hijo del Ahuizote en junio 1st 2019

Relieve de Coyolxauhqui descuartizada por su hermano, encontrado en el Templo Mayor.

 

Coyolxauhqui (en náhuatl: coyolxauhqui, ‘la adornada de cascabeles’‘coyolli, cascabel; xauhqui, que adorna’)?​ es una deidad mexica, quien se considera es la representación de la luna, sin embargo, dado que no presenta ningún signo o glifo lunar, se ha propuesto que representa otro tipo de cuerpo celeste.

En la mitología nahua, Coyolxauhqui era hija de la diosa madre Coatlicue y hermana y líder de los dioses de estrellas Centzon Huitznáhuac. Cuando Coatlicue quedó embarazada de Huitzilopochtli, Coyolxaihqui y sus hermanos planeaban matar a su madre al considerarlo deshonroso, por lo que Huitzilopochtli la descuartizó y arrojó su cabeza al cielo.

El mito sobre el nacimiento de Huitzilopochtli, narra que Coyolxauhqui, furiosa al enterarse de que su madre, Coatlicue, estaba embarazada de un hombre desconocido, guió a sus hermanos (los cuatrocientos surianos) hacia Coatepec, donde se encontraba su progenitora, para matarla, y así redimir la ofensa.

Al llegar los hijos a Coatepec, Coatlicue dio a luz a Huitzilopochtli, quien vestido de guerrero y armado, nació listo para defender a su madre. El dios venció a sus hermanos, decapitó a su hermana, mandó su cabeza al cielo para que su madre pudiera verla cada noche y arrojó su cuerpo montaña abajo, por lo que éste quedó desmembrado.

Así fue como Coyolxauhqui se convirtió en la representación de la Luna y sus hermanos en la de las estrellas.

Fotografía del lugar donde se encontró el relieve. En la imagen, relieve de una escultura más antigua

 

Monolito de Coyolxauhqui

Se trata de un monolito de cantera, de 320 cm de diámetro, con forma de escudo, y se piensa que por la forma redonda de la piedra, similar a la luna llena, ésta encarna a la diosa lunar.

En la gran piedra se observa a la diosa descuartizada, con la cabeza, brazos y piernas separadas alrededor de su cuerpo. En ella se distinguen pequeñas bolas de plumas de águila en el cabello, un símbolo en forma de campana sobre su mejilla, y una pestaña, con el símbolo mexica para año, en su oreja. Como en las imágenes de su madre, se le muestra con unos cráneos atados a su cinturón.

Los estudiosos también opinan que la decapitación y el desmembramiento de Coyolxauhqui se reflejan en el patrón de los sacrificios rituales de los guerreros. Éstos constaban, en primer lugar, en extraer los corazones de los cautivos del pecho. En segunda, en ser decapitados y desmembrados. Finalmente, en que sus cuerpos eran arrojados desde el templo, por las escalinatas de la pirámide, quizás sobre la gran piedra de Coyolxauhqui.

Su ubicación original recrea el mito, pues se situaba en la parte frontal del Templo Mayor, en el edificio dedicado a Huitzilopochtli, de la antigua Tenochtitlan, igual que en el cerro de Coatepec.

 

Coloración del monolito original, determinada a partir de rastros químicos de pigmentos.

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Descentralizar ¿la Conquista?

Publicado por El hijo del Ahuizote en mayo 29th 2019

 

Autor: Pedro Salmerón Sanginés

Las versiones tradicionales de la irrupción española nos cuentan la epopeya de 400 valientes poseedores de una incontestable superioridad tecnológica y de su esforzado capitán, que conquistaron y sometieron a un gran imperio. O la resistencia heroica de los mexicas contra unos invasores genocidas. Desde entonces, se nos cuenta, los mexicas o aztecas y sus descendientes, nosotros los mexicanos, somos conquistados. Hijos de la chingada.

Mientras el cuento que nos cuentan se siga centrando en el enfrentamiento del esforzado (o genocida) capitán y en la tragedia de Tenochtitlán y el heroísmo de Cuauhtémoc, mientras sigamos insertos en la concepción de Estado-nación racista y excluyente centrada en el mestizaje (de español y azteca), seguiremos siendo los hijos de la chingada que el régimen priísta quiso enseñarnos a ser: el mexicano que los sedicentes herederos de Octavio Paz pintan como niño/borrego buscador de mesías.

Urge, pues, rescatar todos los re­latos convertidos en historias secundarias. Tengo en mi mesa de trabajo numerosos documentos que debo ordenar y priorizar. Hablaré de algunos: empiezo con el proyecto museográfico indios conquistadores, de Raquel Güereca y Michel R. Oudjik, con museografía y gestión de Salvador Mirabete y Víctor Iván Gutiérrez, que tiene como objetivo principal mostrar una nueva narrativa de la Conquista, basada en fuentes elaboradas por indígenas que se reivindicaban a sí mismos como indios conquistadores, al tiempo que se cuestiona la visión tradicional de la Conquista construida por la historiografía dominante.

Los documentos y narraciones que mostrarán Güereca y Oudjik, revelan a pueblos nahuas, zapotecos y otomíes, entre otros, que en sus propios escritos de los siglos XVI y XVII se presentan como conquistadores, como vencedores. En esas y otras fuentes encontraremos desde xochimilcas que en la década de 1560 alegan ante el virrey, en defensa de sus tierras, que cuando los tlaxcaltecas se cansaron nosotros llevamos 900 canoas y 10 mil guerreros; hasta los nahuas defensores de la frontera de la Nueva Vizcaya en el siglo XVIII; pasando por zapotecas que conquistan y pueblan Guatemala… y otras historias que no adelanto. Mientras, digamos que es evidente la continuidad de patrones de comportamiento mesoamericanos en la sociedad y el discurso coloniales.

Sigo con los avances de investigación de Edna Sáenz, Aideé Hernández y Andrés Centeno, que inquieren sobre tres antihéroes de los relatos tradicionales: Xicomecóatl, el cacique gordo de Cempoala, primer aliado de Hernán Cortés… o quizá, quien metió a Cortés en la dinámica de la guerra mesoamericana. Xicoténcatl el viejo, el senador de la República de Tlaxcala a quien su propio hijo habría confrontado por su entreguismo… o quizá el catalizador de la conversión de Tlaxacala en una república que se autogobernó hasta 1821, semillero de sedicentes conquistadores del septentrión. Y Acolhua Ixtlilxóchitl, el traidor que convertido en señor de Texcoco que en una fuente que le es proclive, el Códice Ramírez, queda probado que no fueron [los tlaxcaltecas] los que ganaron a México sino don Fernando Ixtlilxuchitl con 200 mil vasallos suyos.

Y si además de llevar el relato más allá del esforzado capitán y del joven abuelo de López Velarde (para hablar de las demás naciones, pueblos y comunidades) lo sacamos de la gran Tenochtitlán y el centro de México (como propone Armando Bartra: https://bit.ly/30MpRjK) quizá, sin oscurecer la catástrofe civilizatoriaque provocó la irrupción española, ni a sus instigadores visibles y no tanto, como la insaciable codicia del gran dinero, quizá podríamos construir otro relato, atendiendo el sur maya y el norte aridoamericano.

Recordemos, pues, que los actuales estados de Guanajuato, Zacatecas, Aguascalientes, San Luis Potosí y regiones aledañas, son México tanto como la capital. Recordemos que su conquista se produjo de 1550 a 1600, de manera apenas epidérmica; que muchos de sus conquistadoreseran indios mesoamericanos (como Conín o Santiago de Tapia, que en gigantesca estatua nos recibe al llegar a Querétaro); y que en realidad, se sometieron más mediante la paz por compra que por la fuerza de las armas (es decir: que los ancestros de los indios que acompañaron al cura Hidalgo no perdieron la guerra en campos de batalla).

Y más al norte de la Gran Chichimeca, los tlaxcaltecas y los mexicas eran señores de a caballo igual que los españoles, lo que hizo decir al obispo Pedro Tamarón y Romeral algo así como ahora resulta que todos los indios son tlaxcaltecas.

Pregunto: ¿por qué los herederos de los nahuas-xochimilcas se presentan hoy como descendientes de los conquistados, los vencidos, cuando en 1560 sus abuelos se llamaban conquistadores? ¿Por qué necesariamente nos identificamos con Cuauhtémoc y no con Xicomecóatl, Ixtlilxóchitl o Conín? ¿O con la Malinche, pero no la de Octavio Paz, sino –por ejemplo– la de Yásnaya Elena?

Sin conquista no hay conquistados, ni conquistadores.

tomado de: https://www.jornada.com.mx/2019/05/28/opinion/014a2pol#

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