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María R. Murillo y el martirio  en el lado “hereje” (relato de un evento de la Cristiada)

Publicado por El hijo del Ahuizote en 28th octubre 2018

María R. Murillo y el martirio en el lado “hereje”

Simitrio Quezada

Fotografía: Samuel Vela

El amanecer se colaba entre nubes constipadas, oscuras, sobre el municipio
zacatecano Villa García de la Cadena, llamado todavía en ese 1935 Santa María de
Mecatabasco, por parte de piadosos hombres y mujeres que se resistían a las
ordenanzas del gobierno federal cardenista. La otra María, la profesora, vio el cielo
de Huiscolco al despertar dentro de ese cuartito de adobe, pegado al otro que
servía como aula. La figura de un gallo se recortaba contra la oscuridad que se
disipaba. Su canto dio un nuevo aliento a la “perdedora de almas”, como ahora
daba por llamarla desde el púlpito el viejo cura Cabral, en la cabecera municipal.
La profesora rezó un Paternoster frente al crucifijo fijado en barro que pendía
de la pared de adobe. Masticó varias veces el “sicut et nos dimitimus debitoribus
nostris”, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. La situación no era
tersa: siete años habían pasado desde el final de la Cristiada, volvió a pensar ella
mientras se aseaba. Siete años y sin embargo en los cerros todavía se escondían
resentimientos vivos, “los de la segunda oleada”, cristeros que buscaban venganza
por las muertes de los suyos. En Jalpa, por no ir más lejos, Jovita Valdovinos había
jurado acabar con quienes mataron a su padre Teófilo. La mujer bajaba a los
ranchos, robaba lo que podía y regresaba a esconderse. Y así otros tantos,
mientras los curas los alentaban en secreto, quizá también por el coraje contra el ex
presidente Calles y ahora contra el general Lázaro Cárdenas. El presidente
Cárdenas y su modificación al artículo tercero constitucional.
María se alisó el cabello y cerró los ojos por un momento. Se sabía parte de
una cruzada difícil. En esa región los sacerdotes seguían monopolizando la tarea
educativa a través de la escuela de párvulos y sus catecismos que debían ser
memorizados a rajatabla. Por otro lado estaban los hacendados. Allá en El
Plateado, cerca de su rancho natal San Antonio, María tuvo que lidiar con el cacique Antonio, quien día tras día encaraba a la profesora para exigirle que dejara
de enseñar a los labriegos. “Esa gente está para trabajarme, no para leer y
escribir”. Casi lo mismo sucedía en las haciendas cercanas: Cosalima, San
Francisco, Santiago, Agua Blanca, San Luis, La Luz, San Andrés, San Pedro…
Ahora, quién lo dijera, el mismo don Antonio le calentaba más la cabeza al cura
Cabral.
―Es insoportable― lamentaba don Antonio desde la sala de su casa grande,
“que esta vieja… ¡una vieja! esté diciéndoles a todos que debe ser bienvenido eso
del reparto agrario. ¡Despojo es lo que se llama eso, señor cura, y usted bien lo
sabe! Los ignorantes hacen una revolución para la rapiña, y ahora vienen por las
tierras que mi padre, mi abuelo y mis demás ancestros han cultivado con tanto
trabajo. Y además olvidan todo lo que los hemos cuidado a esos zarrapastrosos”.
―Hijo, ya repetí en mi sermón que quien acepte tierras del gobierno
automáticamente entrará a las llamas del infierno in aeternum, per saecula
saeculorum. Ya les advertí también sobre esa mujer que en Huiscolco lleva a los
niños por los caminos de Satán.
―Pero hay que hacer algo más, señor cura. ¡Acuérdese que las viejas deben
estar como los rifles: cargadas y en un rincón!
La semana pasada, María había desatado más ira del viejo cura. “Han de
saber que los niños no vienen de ninguna cigüeña, sino de sus madres. Ese
abultamiento que le ven antes es el propio bebé, alimentado por su mamá mediante
un cordón al que llamamos umbilical. Lo que ustedes conocen como ombligo no es
más que la cicatriz que a todos nos queda tras el corte del cordón”.


―Por eso no vemos a la cigüeña, maestra…
―¿Cuándo has visto cigüeñas en Huiscolco, Juvenal?
―Oiga, maestra. Mis tatas no me hablan de cigüeñas. A mí y a mis hermanos
nos dicen que el niño Dios nos deja a los hermanitos afuera de la puerta, en una
canasta.
―A ver, Lauro: en primer lugar se dice “a mis hermanos y a mí”. En segundo
lugar, tampoco es cierto eso de la canasta. Los hombres y las mujeres tienen
distintos órganos reproductores y con ellos puede darse la vida… Niñas y niños seguían mirando a la profesora María Rodríguez con bastante
extrañeza.
―Sé que es difícil que lo entiendan, y hasta peligroso para mí. Pero quizá
alguno de ustedes podrá explicarlo mejor cuando tengan alumnos… A ver,
¿quiénes de ustedes quisieran ser maestros?
Varios de los chiquillos levantaron sus manos.
―Qué bien… De ti ya lo imaginaba, Rafael: lo compruebo en tu empeño
diario.
El aludido levantaba el mentón, como si intentara ocultar su sonrisa. La
profesora continuó hablándoles.
―Les aconsejo que difundan el conocimiento. Enséñenlo a todos sus
conocidos. Enséñenles por lo menos a escribir el nombre de ellos. Juntos podemos
acabar con la ignorancia en nuestros pueblos.

* * *

Fotografía: Paul Duran Avila

Ese amanecer de noviembre se extendía en Huiscolco, pequeña comunidad de
Tabasco a la que María había llegado hace tiempo, tras su pleito con el cacique de
El Plateado.
Al abrir la puerta encontró un escrito con letra malhecha: “Maistrita comunista
ballase de la escuela y del pueblo o sufrira la justicia de Nuestro Señor. Los
Cristeros”. Las siluetas oscuras continuaban intactas. Debitoribus nostris, nuestros
deudores, los que nos ofenden, volvió a pensar la maestra en un suspiro que sabía
a resignación.
Durante toda la jornada, María lidió con la inquietud. Ni siquiera la mirada de
Medina, su alumno más destacado, logró confortarla. La tormenta podía estallar en
cualquier momento, pero ella no podía estar en otro lugar que no fuera el aula, con
sus niños, mostrándoles la verdadera luz del conocimiento, la que brota de la
ciencia y no del fanatismo.

* * *
―¡Abra la puerta!
Los golpes se estrellaron como relámpagos contra los montes. María
despertó sobresaltada, como nunca en sus cuarenta y cinco años. De pronto un
impacto más fuerte que los otros rompió el travesaño que aseguraba la integridad
de su cuartito y descubrió en torno a ella a varios hombres, casi todos con una
estampa de la Guadalupana sobre el frente de sendos sombreros.
―Ya nos colmó la paciencia, maestrita. Ora venimos para llevárnola de aquí,
porque diun modo o de otro usted va a dejar de prevertir a nuestros hijos.
―Ya le habíanos avisado…
―¡Protestante!
―¡Comunista!
―¡Sólo Cristo reina en este país!
―Como dice el señor cura Cabral: más vale que nuestros hijos sean burros
en el cielo que sabios en el infierno.
Los gritos y reclamos seguían agolpándose mientras uno de ellos trajo del
otro cuartito varios de los libros utilizados en clase.
―¡Aquí están! ¡A ver, lele, Marcial! ¡Lele, pa’ que nos digas si sí son
comunistas estos libros!
―Este… yo batallo un poco para ler, pero pos ya todos sabemos que sí son
libros que alejan de la religión que nos dejaron nuestros padres y que nosotros
queremos dejar a nuestros hijos.
―Querías hablarles a nuestros hijos sobre cómo se hacen los niños… ¡‘Ora
verás cómo se hacen, hija del demonio!
El más fuerte de todos empujó a la profesora hasta derribarla sobre la cama.
María intentó zafarse pero otras manos, muchas, la buscaron para arrancarle el
vestido. Los gritos de Viva Cristo Rey quedaron olvidados durante los siguientes
minutos, en medio del fragor y los turnos para penetrar el sexo de la hereje.

* * *

Fotografía: Samuel Vela
Sacaron a la mujer a empujones y la acercaron al potro zaino. María pensó que
desmayaría pero las maldiciones de las buenas señoras de Dios le impedían un
momento de paz. La violación y tanto dolor parecían haberle quitado media vida.
Rodearon sus pies con una soga sucia. Por un momento ella puso los ojos
en blanco y en silencio, con la boca semiabierta, pidió ayuda al dios por el que la
erosionaban, como tierra a la que todos quieren mancillar. El jinete sostuvo con
fuerza el otro extremo de la soga amarrada a sus tobillos. El zaino comenzó a
galopar y, dejando atrás a la mayoría de los católicos que comenzaban a
congregarse, hombres y mujeres de Huiscolco, el cuerpo de ella se hizo más
guiñapo voluble, viruta humana, cuerda pálida que se deshilachaba y ponía a punto
de reventar. Su cadera se fracturó con la primera piedra saliente que la astilló. Su
cabeza vibró entre las rugosidades del suelo. Sus rodillas se convirtieron en un
calor ígneo, además levantaban mucho polvo.
Otra vez la alcanzaron ellos para sujetarla. La arteria carótida se le marcaba
notablemente, el alarido de María se confundía con los gritos de sus atacantes. Dos
hombres seguían presionando esas piernas cansadas, marcadas por el suplicio,
sometidas ahora a un hormigueo constante, mientras el barbado sostenía los
hombros de la profesora y el cuatro hombre seguía bajando la rozadera afilada a lo
largo del seno izquierdo de su enemiga.
Cayó desmayada. El hombre más fuerte la rebasó, llevando en cada mano
áspera sendos senos de ella, masas tan aguadas como sanguinolentas.

* * *

La despertaron varios gritos de Viva Cristo Rey. Sentía terribles escalofríos por todo
el cuerpo. Se miró el par de hemorragias oscuras, una a cada lado de su torso. En
medio de una luz que terminaba de estallar sobre el camino, divisó uno de sus
senos colgado en un huizache, derramando sangre a cuentagotas. Buscando
contener el horror, se volvió hacia el otro lado. Entonces, sobre un arbusto más
grande, vio su otro seno, y unos metros a la izquierda reconoció al hombre que le hincó la rozadera, quien se restregaba las manos contra unas matas de salvia, para
limpiarse.

* * *

Los disparos sonaron secos. Nadie gritó, nadie se persignó. Los otros cristeros,
mano armada de Dios, ni siquiera voltearon a la salida de Huiscolco, donde
quedaban exhibidos los senos de la profesora como escarmiento para cualquier
otro docente que quisiera amenazar a los niños con sus clases; donde quedaba el
cuerpo violado, golpeado, quebrado y mutilado de María R. Murillo. Que por gloria
de Cristo arda bien en el infierno, pensaron con santidad los defensores de la fe a
quien todo se debe, quien reina por los siglos de los siglos.
No pudieron impedir que pasaran frente a su víctima los niños que venían de
comunidades cercanas para asistir a clases. Con profunda inquietud, paralizados,
contemplaron esa piltrafa que un día antes era todavía profesora majestuosa, guía
y fuente de conocimiento. Días después comentarían con susurros entre ellos cómo
gemía ella, cómo temblaban sus pupilas, cómo la agonía la embellecía y al tiempo
le quitaba brillo… hasta que horas después terminó de desangrarse y se apagó.
Por la tarde llegó su sobrino desde San Antonio por el cuerpo de ella. Lo
envolvió en una sábana, tres personas le aconsejaron que se fuera rápido. Luego
fue a la cabecera municipal a dar fe de los hechos. En el acta, el funcionario asentó
que la profesora fue “sacrificada”, no asesinada.
Al día siguiente, el cura Cabral llegó a Huiscolco acompañado por los
mismos cristeros y otros más. Pasaron por en medio de los arbustos que sostenían
los senos sanguinolentos. Mosquitos zancudos y otros más diminutos se
congregaban en torno a ambos órganos. Parecía que los improvisados
combatientes de Dios miraban orgullosos lo cercenado.
In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti, levantó su voz el sacerdote al
iniciar la celebración. Después Cabral cantó Ego confiteor, todos se pusieron de
rodillas, llevaron sus diestras a sendos pechos. Al terminar gritó con más fuerza a
todos: Ego absolvo pecatis tuis… La misa prosiguió entre rostros santificados por el perdón. Al final todos se persignaron de nuevo y cantaron con alivio y voz
falsamente plañidera el Te Deum laudamus. El vientecillo de finales de octubre
arrastraba barañas amarillas y naranjas.

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