Historias de la Historia

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El Milagro de Dunkerque

Publicado por El hijo del Ahuizote en agosto 5th 2017

La milagrosa evacuación de las tropas aliadas en Dunkerque – una ciudad portuaria francesa cercana a la frontera con Bélgica – llevada a cabo entre el 26 de Mayo y el 4 de Junio de 1940, puede considerarse no sólo la primera victoria moral de los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial, sino también uno de los mayores errores estratégicos por parte del bando alemán durante el conflicto.

Aunque puede parecer un poco aventurado calificar una retirada como una victoria – el propio Churchill, pese a congratularse del éxito obtenido, dijo en un discurso ante la Cámara de los Comunes que “las guerras no se ganan con evacuaciones” -, lo cierto es que la proeza de conseguir evacuar más de 300.000 soldados, la mayoría de ellos británicos, supuso un evidente alivio para los Aliados, levantando la moral de las tropas. No en vano, muchos de los soldados evacuados en Dunkerque, regresarían 4 años más tarde a Francia, iniciando la liberación del país y del resto de Europa Occidental.

Tras el irresistible empuje alemán en Bélgica, y previendo las dificultades de un posible repliegue hacia Francia, el comandante en jefe de la Fuerza Expedicionaria Británica, el mariscal John Gort esbozó un plan para evacuar sus tropas de regreso hacia su patria. Los preparativos de la citada evacuación comenzaron el día 19 de Mayo de 1940, pero los británicos quedaron a la espera del resultado del proyectado contraataque francés contra el flanco norte de las tropas alemanas. El contraataque nunca se produjo, y el día 24 de Mayo se dio desde Londres la autorización para dar comienzo a la Operación Dynamo, que es el nombre que recibiría el plan ideado por Gort.

Un día antes, el 23 de Mayo, los blindados del Grupo de Ejércitos A de la Wehrmacht al mando del general Gerd von Rundstedt, recibieron de Hitler la orden de detenerse a escasos 30 kms. de Dunkerque. Rundstedt protestó formalmente contra dicha orden, por considerarla totalmente inconcebible militar y estratégicamente hablando, pero fue confirmada por telegrama, ordenando el Führer que se cumpliese al pie de la letra. Esta decisión sería crucial para el éxito de la evacuación aliada, ya que concedió un respiro de tres días a las exhaustas tropas aliadas para fortificar las últimas líneas de defensa destinadas a contener a los alemanes mientras se producía la evacuación.

No sólo von Rundstedt expresó su enfado, otros generales como Von Kluge, Von Kleist o Guderian, lamentaron que se les ordenase detenerse cuando estaba tan cerca la posibilidad de aplastar a los Aliados, que se encontraban en una precaria situación. El Führer para justificar su decisión argumentó que el terreno que rodeaba a Dunkerque, al ser húmedo, blando y con numerosos setos en los campos, era desfavorable para el uso de blindados, que además no podían contar con el adecuado apoyo de la infantería que en aquel momento se encontraba algo más retrasada. Por otra parte, afirmaba que el número de unidades panzerhabía disminuido en el curso de la campaña, de manera que continuar el avance podría perjudicar la segunda fase de la operación, hacia el sur de Francia.

Sin embargo, estas razones no convencieron en modo alguno a los generales de las divisiones blindadas, pues aunque coincidían en que los alrededores de Dunkerque no eran los más favorables para los tanques, terrenos mucho más difíciles no habían supuesto ningún obstáculo para los panzerdurante la invasión de Polonia. Y en cuanto a la disminución de efectivos debido al vertiginoso avance, la mayoría de bajas se debían tan sólo a contratiempos de carácter técnico que podían ser reparados en un plazo máximo de 24 horas.

Por eso se barajan otros motivos para que Hitler adoptara esa inexplicable decisión. En primer lugar se especula con que el dictador germano no quiso humillar excesivamente a los británicos, con vistas a obtener un futuro tratado de paz con esta nación, con la que no deseaba la guerra. Esta explicación fue ofrecida por el propio von Rundstedt en los Juicios de Nuremberg. Otros generales alemanes indicaron que la causa final de la decisión de Hitler estuvo en que, Hermann Göring, el comandante en jefe de la Luftwaffe aseguró que podía aniquilar completamente a las fuerzas aliadas que se habían concentrado en la costa a la espera de ser evacuados con el empleo de la aviación. Así, el general Warlimont, jefe de operaciones del Cuartel General de la Wehrmacht comentó: “A mi me comentaron otra razón, según la cual Hermann Göring dio seguridad al Führer de que sus fuerzas aéreas completarían el cerco”. El general Heinz Guderian también coincidiría con esta apreciación al estimar que “fue la vanidad de Göring la causa de la fatal decisión de Hitler.”

Otra opción barajada, aunque nunca confirmada, es el hipotético deseo de Hitler de esperar a su división favorita, la SS Leibstandarte Adolf Hitler, para evitar que la Wehrmacht acaparase todos los honores de la captura. Pero la más reciente investigación histórica sostiene que el avance no prosiguió por razones exclusivamente militares y no políticas.

A las 23:30 horas del 26 de Mayo comenzó oficialmente la Operación Dynamo. Bajo un intenso fuego de artillería de las baterías alemanas y bombardeos de los aviones Luftwaffe – entre los que se encontraban los temibles bombarderos en picado Stuka – miles de soldados ingleses, franceses y belgas aguardaban su turno en la playa de Dunkerque para embarcar, mientras 7 divisiones francesas ofrecían resistencia en los 80 km del frente y un batallón de infantería británico resistía en las paredes de la bolsa.

La Royal Navy había preparado una flota con 40 destructores y 130 barcos mercantes y de pasajeros, que debían embarcar las tropas en condiciones muy precarias: el puerto de Dunkerque había sido devastado por la Luftwaffe y las aguas de la zona son muy bajas, por lo que sólo estaba practicable la zona exterior durante la marea alta. Así que durante la operación se utilizó un gran número de barcos de poco calado – lanchas, pesqueros o barcas de recreo – para transportar a los soldados desde la playa hasta los barcos de la Marina Inglesa, que permanecían en alta mar defendiéndose de los bombardeos de la aviación alemana con sus propias baterías antiaéreas. Las pequeñas embarcaciones atracaban en improvisados muelles y espigones formados por vehículos y chatarra de todo tipo, que era colocada en fila, adentrándose en el mar. En sus viajes desde la playa a los barcos y viceversa, estos little ships debían sortear todo tipo de desperdicios, equipamientos, chatarra y barcos hundidos, así como cadáveres y restos humanos, todo ello bajo el constante hostigamiento de la artillería y aviación nazis (sin olvidar las minas alemanas y los submarinos y lanchas torpedera enemigas).

En las playas se vivieron escenas dramáticas, cundiendo el pánico y la desesperación entre los soldados aliados, produciéndose incluso discusiones entre los mandos británico y francés sobre la preferencia de unas tropas sobre otras a la hora de embarcar. El mariscal Gort, dado que los barcos eran fundamentalmente británicos, consideró que sus soldados debían ser embarcados primero, mientras que los franceses debían luchar para mantener el perímetro defensivo. Ello dio lugar a que se acuñara la célebre frase: “los ingleses resistirán hasta el último francés”.

El 1 de Junio, el intenso castigo al que estaban siendo sometidos los puntos de embarque de las tropas aliadas marcaron el final de la Operación Dynamo, que concluyó oficialmente en la noche del 2 de Junio. No obstante, las labores de evacuación continuarían hasta las 15:00 horas del día 4, cuando el destructor Shikari partió de Dunkerque con los últimos evacuados que habían estado encargados de resistir frente a los alemanes.

La operación, que en un principio estaba ideada para evacuar 50.000 hombres en 5 días, había superado las expectativas. Las cifras de evacuados fueron realmente espectaculares: un total de 338.872 soldados, de los cuales 215.787 eran británicos de la Fuerza Expedicionaria y el resto franceses y belgas. El resto de las tropas británicas que quedaron en Dunkerque decidieron rendirse a los alemanes, mientras que las tropas francesas optaron por abrirse paso hacia el Sur, pero finalmente tuvieron que rendirse. En total, los alemanes capturaron unos 22.000 prisioneros.

No obstante, pese al éxito de la evacuación, las pérdidas materiales de los Aliados fueron cuantiosas: 700 tanques – incluyendo 100 de los nuevos tanques británicos Mathilda Mk I -, 2.400 cañones y 50.000 vehículos de todo tipo, quedaron abandonados o destruidos en Dunkerque. Por lo que respecta a la flota aliada, los británicos perdieron en la Operación Dynamo 5 destructores, 30 buques diversos y 170 embarcaciones menores, mientras que los franceses perdieron otros 5 destructores y 60 barcos de todo tipo.

La operación, bautizada por la prensa británica como “El Bendito Milagro de Dunkerque“, supuso una luz de esperanza en medio del estrepitoso fracaso en la defensa de Francia y permitió a los británicos mantenerse vivos en el conflicto. La decisión alemana de destruir a los Aliadosmediante la aviación fue un grave error de cálculo. Aunque el blanco del ataque parecía fácil (un número ingente de soldados, agrupados o en largas filas aguardando para embarcar en una superficie reducida) lo cierto es que las profundas arenas de las playas, capaces de engullir las bombas y absorber tanto la metralla como la onda expansiva, fueron fundamentales para minimizar los muertos y heridos. Por otra parte los aviones alemanes no disponían de bombas precisas para llevar a cabo un ataque efectivo contra los buques de rescate.

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Descubren detrás de un muro el mayor tesoro de artefactos nazis jamás hallado en Argentina

Publicado por El hijo del Ahuizote en junio 24th 2017

Busto de Adolfo Hitler
                                                                                                      Había varias efigies de Adolfo Hitler, incluyendo este busto en metal plateado.

Un busto de Adolfo Hitler, la escultura de una águila imperial, un macabro instrumento para medir la dimensión de cráneos estampado con una esvástica están entre la mayor colección de artefactos nazi jamás encontrados en Argentina, según las autoridades.

Unos 75 objetos estaban escondidos en la residencia de un coleccionista en Beccar, un suburbio a unos 21 kilómetros al norte de Buenos Aires, y fueron recuperados por la Policía Federal Argentina (PFA).

Águilas, esvásticas y bustos de Hitler: la inquietante colección de objetos nazis que estaba escondida en Buenos Aires

Las autoridades sospechan que se trata de piezas originales que pertenecían a altos funcionarios del régimen nazi en Alemania, durante la Segunda Guerra Mundial.Eso les agregaría mayor interés y valor histórico. “Sería una manera de comercializarlos, demostrando que fueron utilizados… por el Führer. Hay fotos de él con los objetos”, declaró Bullrich.

Objetos nazi incautados
                                                                                Los objetos nazi fueron incautados en una redada a una residencia al norte de Buenos Aires.

 

Además del busto y una escultura en relieve de Hitler, se encontraron varios instrumentos de uso médico dentro de elegantes estuches, incluyendo uno para medir el cráneo.

Entre otros objetos inquietantes había juguetes que Bullrich describió como artículos para adoctrinar niños y una estatua del águila imperial nazi sobre una esvástica.

“Estamos conmovidos, es muy impresionante el hallazgo de estas piezas originales con simbología nazi, emblemas de una trágica época de la historia”, declaró la ministra.

La funcionaria agregó que “ya no estarán más circulando o a la venta”, y precisamente sobre las piezas con simbología nazi, adelantó que “serán llevadas al Museo del Holocausto“.

 

Instrumento médico de la época nazi
                                                                                                 Dentro de la colección hay un instrumento médico para medir cráneos.
Cruz nazi
                                                                                           Se sospecha que son piezas originales que pertenecían a altos funcionarios de la Alemania nazi.

El hallazgo fue el resultado de una larga investigación que terminó con el allanamiento, el viernes 9 de junio, de dos locales de un centro comercial en Vicente López y de una residencia en Beccar.

Los objetos se encontraban guardados en habitaciones ocultas detrás de una pared falsa.

Se está tratando de determinar cómo llegaron esos objetos al país, pero una de las hipótesis es que fueron traídas por oficiales nazis que buscaron refugio en Argentina después de la Segunda Guerra Mundial.

También se incautó una gran cantidad de antigüedades de origen alemán, japonés, chino y egipcio, ingresadas ilegalmente al país y que “están dentro de la lista roja de la Unesco”.

Así lo explicó la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, añadiendo que muchos de los objetos venían acompañados de antiguas fotografías que podían establecer la procedencia de los artefactos.

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Babi Yar, la trastienda del Holocausto

Publicado por El hijo del Ahuizote en mayo 14th 2017

El 26 de septiembre los nazis decidieron exterminar a la población judía de Kiev. Más de 33.000 personas fueron asesinadas en dos días

Eran llevados al borde del barranco desnudados y asesinados. Ucrania y otros territorios soviéticos fueron el ‘laboratorio’ de la Solución Final

Un judío asesinado en Vinittsa, Ucrania, en 1941.

Un judío asesinado en Vinittsa, Ucrania, en 1941.

Babi Yar es una herida ucraniana, una hemorragia de hasta 100.000 almas que ya no pueden ser vengadas. Fue el primer plato del Holocausto judío, cocinado con macabra eficiencia por los comandos de ejecución nazis en sólo dos días a las afueras de Kiev, la capital de la actual Ucrania. Este lugar será siempre un hoyo silencioso, donde entre hierbas salvajes el genocidio se alió con la orografía: todavía se abre el mismo vacío que entonces al borde de este barranco, el justo para que el cuerpo recién ametrallado ruede cuesta abajo con el resto de infelices.

El 22 de junio de 1941 las tropas de la Alemania nazi y sus aliados invadieron la Unión Soviética en la denominada Operación Barbarroja: hay fotos de judíos ucranianos cavando sus propias tumbas en Storow, Ucrania, ya en el mes de julio. El horror a partir de entonces no dejó de ir en aumento.

Babi Yar significa “barranco de la abuela” y cerca de él estaban situados un psiquiátrico y una cárcel. Imposible hallar un lugar mejor no lejos del centro de Kiev: sin testigos, sin interrupciones. El aperitivo llegó el 27 de septiembre, cuando fueron asesinados 752 pacientes de la clínica psiquiátrica: “Basura humana”, fue la etiqueta que se les puso. El general Kurt Eberhard y el comandante de la policía del ejército del Grupo Sur, Friedrich Jeckeln, tomaron la decisión de borrar del mapa a los judíos de los alrededores.

La Shoah de las balas

En 1939 había 175.000 judíos en Kiev, representaban el 20% de la población, aunque cuando llegaron los alemanes ya habían huido muchos, dejando la cifra en algo más de 50.000. El autor ruso Vasily Grossman escribió que hubo dos Shoah: la perpetrada mediante las balas y la segunda mediante el gas. Babi Yar fue la puesta de largo del genocidio a través del plomo. Ahí fueron claves los 3.000 hombres Einsatzgruppen, los conjuntos de escuadrones de ejecución itinerantes especiales formados por miembros de las SS, y otros integrantes de la policía secreta de la Alemania nazi. Había cuatro en total, el Einsatzgruppe C fue asignado a Ucrania con el Grupo de Ejércitos Sur. Contaba con los Sonderkommandos 4a y 4b, que se encargaban de concentrar a la población que había que ejecutar, y los Einsatzkommandos 5 y 6, que fusilaban a destajo. Las otras formaciones, las de primera línea, no solían tomar parte en las masacres.

Con la guerra en marcha, el objetivo era la limpieza étnica para asegurar la “seguridad política” de los territorios conquistados. Los criterios se fueron ampliando desde la invasión de Polonia, y cuando los ejércitos alemanes cruzaron la frontera el 22 de junio de 1941 comenzó el exterminio de varones judíos. El 16 de julio de 1941 Hitler reunió a sus colaboradores para explicarles que Ucrania sería una joya del imperio nazi, administrada por las SS y otros cuerpos de seguridad.

A finales de agosto de 1941 estaba ya bastante claro que Kiev acabaría en manos de los alemanes. Tras muchas dudas por parte de Stalin, Mijail Kirponov, general a cargo de la zona, recibió la orden de retirarse de Kiev el 17 de septiembre. El 19 los nazis habían llegado a las afueras de la ciudad y algunos barrios cercanos al centro, y el día 21 los ciudadanos escucharon por radio una voz de la Sovinformbureau, la oficina de información, diciendo que las tropas soviéticas dejaban la ciudad. Llevaban semanas diciéndoles que eso jamás ocurriría.

En la capital muchos tenían familiares en el Ejército rojo. Pero también muchas familias habían sido diezmadas por las hambrunas y la colectivización forzada de los años 30, que habían causado más de tres millones de muertos. La situación entre los soldados del Ejército rojo a cargo de la defensa de la ciudad era muchas veces de desamparo, conduciendo a autolesiones que, años después, llaman la atención entre tanta estadística: de casi 500 heridos en varios hospitales de Kiev, nada menos que 460 presentaban un balazo en el brazo izquierdo.

De la concentración a la eliminación

Había un antibolchevismo notable y muchos ciudadanos de la capital dieron la bienvenida a los alemanes. Pensaron que les librarían de la opresión del estalinismo. Otros se alegraron de que por fin alguien pusiese ‘en su sitio’ a sus vecinos judíos, a los que la propaganda soviética había acusado mediante rumores de ser los causantes de las hambrunas que había provocado la colectivización agraria.

También jugaba a favor de los nazis el recuerdo de lo ocurrido durante la Primera Guerra Mundial, cuando los alemanes ocuparon la ciudad y emitieron una orden para intentar evitar el ataque a cualquier minoría, incluida la judía: “Alemania era una ‘nación europea’, y por eso pensaban que una ocupación de los nazis no podía ser peor que la de los bolcheviques“, explica Victoria Khiterer, especialista en historia de los judíos.

La inquietud había subido sin cesar desde el anuncio de la incursión nazi. Pero las víctimas difícilmente podían imaginar el calibre de lo que se avecinaba. “Babi Yar es la mayor masacre en un periodo de tiempo tan corto”, explica el historiador Per Anders Rudling. Los especialistas se han preguntado por qué con el avance sobre Ucrania cambió la política de los nazis respecto a los judíos: se pasó de concentrarlos a asesinarlos a marchas forzadas. Una de las razones que se apuntan es que al alcanzar la guerra una escala global los planes de enviar los judíos lejos de Alemania (Madagascar era una de las opciones) se tornaron muy complicados.

Ucrania, Bielorrusia y otros territorios soviéticos fueron así el ‘laboratorio’ del Holocausto. Se decidió matar a todos: hombres, mujeres y viejos. Y niños también, porque de lo contrario después de haber contemplado aquello podrían volver para vengarse cuando fuesen mayores. En Kaunas (Lituania) se había aniquilado a 3.800 judíos. Después, en Ucrania occidental, les llegaría el turno a 24.000.

Las víctimas eran obligadas a cavar su propia tumba. Si era una fosa común, debían ir acostándose desnudos sobre los cadáveres fusilados anteriormente pero en sentido contrario: la cabeza coincidiendo con los pies de los de abajo. Los nazis lo llamaban “formación lata de sardinas”.

Pero en el caso de Kiev el barranco de Babi Yar el relieve aportaba una solución perfecta. Los guardias les conducirían hasta el punto exacto donde los iban a matar y les ordenarían que se quitasen la ropa. Mucha sería confiscada, aunque también los desnudarían para comprobar que no llevaban consigo dinero o algún objeto valioso.

La orden del exterminio

La impresión generalizada, y errónea, era que se estaba preparando una deportación masiva. Así que a la mañana siguiente, decenas de miles de judíos se presentaron en el lugar indicado. Algunos llegaron con mucha anticipación para asegurarse de que no les quitaban el sitio.

Las dos calles confluyen cerca de un cementerio: allí los niños lloraban y los adultos los intentaban tranquilizar. La gran masa de gente se movía muy despacio, algunos se impacientaban. A la altura de la verja del cementerio judío, unos pocos metros después, había que dejar el equipaje: como si fuese a ir en un vagón especial. Pero desde esa distancia ya se oían las ametralladoras, lo que levantaba las primeras sospechas. Pero en la cara interior de la verja se había colocado un puesto de control donde se pedía la identificación a todo el que intentase volver afuera. Si era judío, debía regresar con el resto.

Cada persona que llegaba a la primera línea era colocada con otros formando grupos de diez. Había que pasar por un pasillo formado por soldados alemanes que llevaban garrotes en las manos. Muchos estaban medio borrachos para poder cumplir así su lúgubre tarea: matar a sangre fría a civiles indefensos.

Desnudados al borde del barranco

“Schnell, schnell!”, [¡rápido, rápido!] gritaban, conduciendo a la gente hasta una zona de hierba. Allí se pedía al cada uno de los miembros de grupo que se desnudase y si alguien se mostraba reticente era apaleado de nuevo. Los guardias estaban borrachos de furia, poseídos por el sadismo.

Ante ellos sólo quedaba el destino final, el barranco de Babi Yar. Los judíos eran colocados en el borde y se les disparaba sin contemplaciones. Sus cuerpos rodaban hacia el fondo del barranco. Anatoly Kuznetsov, en su libro ‘Un documento en forma de novela’, recuerda el testimonio de una mujer judía que logró escapar y pudo describir después la escena: “Miró hacia abajo y sintió un mareo, tenía la sensación de estar muy alto. Bajo ella había un mar de cuerpos cubiertos de sangre”.

Hay un informe de situación, el 101, del Einsatzgruppe destacado en Kiev. Entre el 29 y el 30 de septiembre 33.771 judíos fueron ejecutados. Pero las matanzas fueron mayores, hasta 50.000 judíos por lo menos durante esos días. Y seguirían en los meses siguientes con otras minorías.

A mediados de 1943 los alemanes estaban en retirada. Los soviéticos avanzaban por el oeste, y los nazis pensaron en esconder su culpa. Se escogió a 100 prisioneros del campo de concentración de Syretsk, situado cerca de Babi Yar. Caminando rumbo al barranco, estaban seguros de que los iban a matar. En lugar de eso, les sirvieron la cena.

Rebuscar entre los muertos de la fosa

Les esperaba la labor más desagradable. Primero excavar en la fosa común, en la que se habían alternado varias capas de basura y las de muertos. Después, sacar los cadáveres (la mayoría de los cuales llevaba dos años enterrados), que en algunos casos estaban enredados y eran difíciles de separar: los nazis diseñaron un arpón especial que los enganchaba tirando de la barbilla, pero algunas veces salían tres unidos que había que cortar con hachas. Las capas de gente enterrada abajo del todo tuvieron que ser dinamitadas. Después había que buscar si llevaban algo de oro o si todavía llevaban alguna prenda puesta, pues la norma de desnudar a los que se iba a fusilar se había relajado en los últimos grupos.

Después los quemaron, hasta 2.000 cada vez, con los cuerpos colocados en capas. Los pies de los de arriba coincidiendo con las cabezas de los de abajo. Cada dos capas de cuerpos, una de leña. De todo el proceso todavía quedaron huesos de gran tamaño que fueron machacados con losas del cementerio judío cercano. Había que destruir cualquier evidencia, pero las llamas se veían desde el centro de Kiev. Una generación entera las recordaría para siempre.

Tras seis semanas trabajando, los prisioneros encargados de esta tarea decidieron fugarse. Conservaron algunos objetos que encontraron entre las ropas de los muertos que podían servir para abrir los cierres de los grilletes y para atacar a los guardias. Prepararon la fuga durante un tiempo, hasta que una noche un guardia les dijo que al día siguiente iban a ser ejecutados. En la oscuridad de la noche, corrieron en masa sin que el guardia que estaba a cargo de la ametralladora se atreviese a disparar, puesto que sus propios compañeros estaban entre medias. Según ha detallado Jennifer Rosenberg, historiadora especializada en el siglo XX, sólo 15 lograron escapar.

La matanza de prisioneros de guerra, gitanos, enfermos

Babi Yar fue un sumidero que se fue tragando todo lo que los nazis detestaban. Tras la masacre los nazis siguieron matando en ese barranco hasta casi el día en el que se marcharon: prisioneros de guerra soviéticos, gitanos, enfermos mentales y también integrantes de la ‘resistencia’ ucraniana.

Se calcula que pudieron haber muerto allí entre 70.000 y 120.000 personas, aunque algunos elevan la cifra hasta 200.000. El autor Ilya Ehrenburg describió el dramatismo de aquellos días en su novela ‘La tormenta’ en 1947: una niña suplicando sin éxito que la dejasen vivir, un abuelo ametrallado por no entender bien las explicaciones, familias despidiéndose de rodillas en el suelo, heridos enterrados vivos

En 1959 Viktor Nekrasov se lamentaba en las páginas de ‘Literaturnaya Gazeta’ de que no se hiciese nada por recordar lo ocurrido en Babi Yar. Las autoridades barajaban por aquellas fechas transformar el barranco en un estadio de deportes. “Quisieron edificar, pero Dios protege esto”, explica Vera, una anciana de 70 años que cuida de una iglesia ortodoxa situada en la zona. Al fondo del camino hay una sinagoga que ha sido víctima de actos vandálicos varias veces: “Han dibujado esvásticas y cosas peores”, dice meneando la cabeza.

Moscú siempre esquivó la dimensión antisemita de la matanza. Pero un poema, titulado precisamente ‘Babi Yar’ y escrito por Yevgeny Yevtushenko, denunció en 1961 que las autoridades estaban mirando para otro lado mientras la generación que lo había vivido se hacía vieja rumiando en silencio.

A continuación llegó Dimitri Shostakovich con su 13ª sinfonía, una vibrante pieza musical que, usando esa misma poesía, estaba consagrada a inmortalizar esa tragedia. Se escuchó por primera vez en Moscú en 1962. Tanto Yevtushenko como Shostakovich fueron reprendidos por las autoridades soviéticas por su “cosmopolitismo”. El gobierno de la URSS erigió por fin un monumento en 1976 para recordar a “los ciudadanos soviéticos” que perdieron sus vidas. Hubo que esperar a 1991, con la URSS ya finiquitada, para que se recordase allí, 50 años después de la tragedia, la masacre de judíos.

La ayuda ucraniana

Todavía hoy existe controversia. “Recientemente el presidente ucraniano, Petro Poroshenko, ha rendido homenaje a los judíos y los nacionalistas ucranianos, pero mientras que los primeros murieron por miles los otros murieron por decenas, tal vez centenas, y además jugaron un importante papel ayudando a perpetrar aquellos crímenes”, critica Per Anders Rudling, que ha dedicado parte de su vida a estudiar el nacionalismo ucraniano. Natalia Antonova, que perdió a familias de sus abuelo, opina en un café de Kiev: “Hay una ola de revisionismo imparable”:

Jessica Milstein es nieta de supervivientes del holocausto. Anna Tsesarsky su abuela, logró sobrevivir a las atrocidades de aquel septiembre negro y todavía hoy le resulta muy amargo remover aquellos recuerdos. Su hermano, su padre y su tío se presentaron en el lugar señalado por los nazis, las noticias sobre las brutales matanzas de judíos todavía no habían llegado a Kiev. En Kiev, recuerda, los asesinatos se llevaron a cabo “con la ayuda de ucranianos“. En algunos casos era nacionalistas que creían así poder echar a los soviéticos, aunque Hitler rechazaba de plano una Ucrania independiente. En otros casos era solamente por la promesa de los guardias alemanes de que podrían robar las pertenencias de los fusilados. Y mientras tanto la policía ucraniana ayudaba a vigilar a los judíos que iban de camino a este matadero.

Babi Yar fue un lugar de ejecución durante meses. Hasta el día de la liberación de Kiev por el Ejército rojo, el 6 de noviembre de 1943, unos 200.000 murieron en Babi Yar y sus alrededores. No quedaron más que unos pocos centenares de judíos en la ciudad. Y muchos se marcharon lejos. Anna Tsesarsky acabó en Estados Unidos.

En Denver, cada año se conmemora la matanza junto a un monumento. Jessica Milstein, su nieta, ha heredado una misión en nombre de todos esos cuerpos inertes enredados desnudos bajo la arena: la memoria. “Como adolescente”, explica mientras cuida a la matriarca, “pasé noches enteras hablando de Babi Yar con mi abuela, cómo y por qué sucedió, por qué no hay que olvidar ni dejar que suceda, y creo que la necesidad de contarlo es hoy más fuerte que nunca”. En el fondo de este barranco la tierra todavía parece removida, agitada por todo lo que esconde.

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El gran complot nazi de falsificación

Publicado por El hijo del Ahuizote en febrero 7th 2016

DÍAS DESPUÉS de la rendición de los ejércitos de Adolfo Hitler, un oficial del Servicio de Contraespionaje norteamericano en Austria llamó muy agitado a mi oficina del Cuartel General del Comando Supremo Aliado en Francfort. Informaba que un capitán alemán había hecho entrega de un camión cargado de millones de billetes ingleses. Agregaba que grandes cantidades de billetes aparecían flotando en el Río Enns y que todos los vecinos y las tropas aliadas los estaban pescando.

Alarmado y confuso me trasladé inmediatamente al lugar donde habían capturado al capitán con su camión. Me encontré con 23 grandes cajas del tamaño de ataúdes, llenas de atados de billetes del Banco de Inglaterra. Un rápido inventario de aquel tesoro, hecho con ayuda de nítidos manifiestos pegados en el interior de cada caja, arrojó nada menos que un total de 21 millones de libras esterlinas.

Me resultaba imposible determinar, aun con auxilio de un poderoso lente de aumento, si los billetes eran falsos o auténticos. Llamé a mis colegas ingleses a Francfort, y poco después recibí una llamada telefónica directa del Banco de Inglaterra. Cuando hice la descripción del hallazgo, percibí que quien estaba en el otro extremo del hilo casi perdió el aliento. Poco después llegó de Londres un representante del Banco: un gentleman alto, anguloso y reservado, de nombre Reeves.

Lo llevamos al cuarto donde, fuertemente custodiado, teníamos depositado el tesoro, y él comenzó a examinarlo caja por caja, palpando y manoseando los billetes. Al fin se detuvo, y por unos segundos maldijo lenta y deliberadamente, con su culta voz británica, pero con vehemencia.

—Perdón —dijo al fin—, pero los autores de esta diablura nos han hecho tanto daño…

Desde ese instante Reeves, tres detectives de Scotland Yard y yo trabajamos juntos en la tarea de rastrear y unir la historia completa y fantástica de la Operación Bernhard, la burla más grande que un gobierno le haya hecho jamás a otro.

Para comenzar se me informó que en 1943 una alarmante cantidad de billetes ingleses falsificados se había abierto camino a Londres a través de Zurich, Lisboa, Estocolmo y otras zonas neutrales. Empezaron a llegar en lotes de 100.000 libras esterlinas o más, y la calidad de la falsificación mejoraba siempre. Pronto se hizo evidente para los expertos del Banco que los monederos falsos eran artífices de gran pericia, y que los billetes los ponían en circulación una pandilla muy bien organizada.

Un espía alemán fue arrestado luego en Edimburgo. Lo habían llevado cerca de la costa de Escocia en un hidroavión y había ganado la costa en un bote de caucho. Portaba una maleta atestada de billetes, que eran la más fina falsificación que el Banco de Inglaterra hubiese visto jamás.

El Banco comprendió entonces que el autor de la fechoría era el propio gobierno alemán, y que el crédito mismo de la Gran Bretaña podía correr grave riesgo. Durante muchos años los Bancos del mundo entero han usado los billetes del Banco de Inglaterra casi como oro; y en Europa y Asia gentes miedosas solían atesorarlos para los tiempos malos. Ahora estaban en circulación fuera de Inglaterra centenas de millares de libras en billetes falsificados. Si surgían dudas respecto a la autenticidad de esos billetes, en plena guerra, las consecuencias podían ser sumamente graves, no sólo para Inglaterra sino también para la causa aliada. El Banco tuvo que rendirse, finalmente, ante lo inevitable.

El mundo financiero internacional sufrió una sacudida cuando el Banco anunció que retiraba de la circulación sus billetes de todas las denominaciones y que los cambiaría por billetes de cinco libras de un nuevo diseño. Transcurrido determinado plazo, los antiguos billetes dejarían de tener curso legal.

Ante un Parlamento perfecto, el ministro de Hacienda explicó con cautela que una de las razones que justificaban la medida era la existencia de una extensa falsificación. No dio más detalles, y la prensa británica respetó la consigna de no indagar más.

El hecho es que durante tres años los nazis habían impreso un número incalculable de billetes ingleses falsos que estaban desbaratando fortunas, complicando y enmarañando Bancos e industrias y sangrando a la Tesorería británica millones de libras.

Con estos antecedentes e informaciones iniciamos la cacería de los hombres y de la maquinaria que dirigían y componían la gran empresa de falsificación.

Encontrar la maquinaria no resultó, por suerte, difícil. El capitán que había entregado las cajas de billetes nos dijo que las había recibido de un oficial de las tropas de asalto cuyo camión había sufrido un accidente cerca de la población de Redi Zipf. Había recibido instrucciones de volcarlas en un lago cercano. El capitán no sabía más. Fuimos a Redi Zipf y descubrimos una de las muchas redes subterráneas de corredores de almacenaje y talleres qué formaban parte de la colmena del reducto alpino donde los nazis se proponían hacer la última resistencia. Allí, en la Galería 16 —un túnel de 60 metros que arranca de un gran pozo horadado en el flanco de una montaña— encontramos prensas para imprimir billetes, y otras máquinas. Pero nada de clisés, ni papel, ni archivos.

—Lo único que tenemos que hacer ahora, amigo mío —dijo Reeves— es encontrar a los chicos que hacían funcionar esto.

Investigaciones hechas en Redi Zipf nos revelaron que los hombres que habían trabajado en la fábrica subterránea habían sido conducidos al campo de exterminio de Ebensee, distante 65 kilómetros, pocos días antes de la rendición de Alemania. Nos trasladamos rápidamente a Ebensee. Pero ios falsificadores ya no estaban en el lugar. El comandante del campo, sabedor de que las tropas norteamericanas se hallaban próximas, simuló acatar la orden de matar en las cámaras de gas a los 140 hombres, pero no la cumplió. Cuando el campo fue ocupado los monederos falsos sencillamente salieron de allí y tomaron cada uno por su lado.

Afortunadamente los archivos del campo habían sido conservados y llevados con precisión típicamente alemana, aun durante los últimos días de la trágica derrota del Reich. Los nombres y los lugares de nacimiento de los que componían aquella extraña banda estaban allí registrados. Iniciamos una intensa pesquisa que duró varios meses y nos llevó a los más remotos rincones del antiguo imperio nazi.

Uno por uno, más de 40 de los más importantes falsificadores fueron cayendo en nuestras manos. Poco a poco fuimos verificando y uniendo el conjunto de sus declaraciones, que algunas veces resultaban casi increíbles. Y de pronto, la gran revelación. Por varios de nuestros testigos supimos que un checo de nombre Oscar Skala, prisionero político de los nazis, había sido el jefe contador de la operación. Con ayuda de la policía checoslovaca lo encontramos vendiendo cerveza pacíficamente en una pequeña población cerca de Pilsen. Skala se mostró inclinado a cooperar decididamente. Hombre metódico, había llevado en una libreta la diaria descripción del trabajo de los falsificadores. El trozo final de la historia fantástica de la Operación Bernhard encajaba ahora perfectamente en el hueco vacío del rompecabezas.

A comienzos de la guerra el führer de las tropas de asalto, Heinrich Himmler, había creado en su cuartel general secreto la Oficina 6-F-4, un organismo que se proponía desquiciar la economía de la Gran Bretaña mediante la falsificación en grande escala de sus billetes de banco. El proyecto comenzó en realidad a cristalizar cuando se designó director ejecutivo al comandante Bernhard Krüger en 1942.

Krüger era un joven nazi muy listo que veía en los problemas que retardaban el cabal desarrollo de la 6-F-4 algo así como un resto fascinante. Uno de esos problemas consistía en la dificultad de reclutar el personal que tuviese la pericia y la especialización requeridas para una gran fábrica de falsificación, ya que los peritos del Reischsbank y de la Imprenta Oficial del Reichprobos y viejos funcionarios del servicio civil de Prusia en su mayoría, se rebelaron ante la idea de imprimir billetes de otro país, aun en tiempo de guerra. Krüger tenía una solución: por razones de origen racial se hallaban en los campos de concentración algunos de los mejores técnicos impresores de Alemania; la tarea podría encomendárseles a esos hombres, que al mismo tiempo garantizaban la reserva necesaria.

Bernhard Krüger reunió a esos técnicos, les prometió un trato de excepción para el resto de sus días y los hizo trasladar al campo de concentración de Sachsenhausen en Oranienburgo, cerca de Berlín. Allí, en un compartimiento aislado conocido con el nombre de Bloque 19, rodeado de alambre de púas con carga eléctrica y guardias escogidos de la conocida Brigada de las Calaveras, que juraban absoluto secreto, la Operación Bernhard entró en plena actividad.

Se instaló una maquinaria que era la última palabra en la materia. Con cuidado meticuloso se prepararon las planchas. Un fabricante de prensas interrumpió la producción de guerra para suministrar la maquinaria de precisión requerida. Una famosa empresa manufacturera de papel logró, después de muchas pruebas, reproducir el papel fino y ligero del Banco de Inglaterra, con sus complicadas marcas de agua.

Bernhard Krüger

Bernhard Krüger

La oficina 6-F-4 envió atados del producto Bernhard a los representantes de la Gestapo en las embajadas y consulados de Alemania en Turquía, España, Suiza y Suecia con instrucciones de pasarlo en los Bancos locales. Casi todos los billetes fueron aceptados sin dificultad. Himmler rebosaba de júbilo.

Ahora bien, al salir de las prensas, los billetes eran meticulosamente inspeccionados y clasificados. Los mejores, la primera clase, eran destinados por la 6-F-4 a compras en países neutrales y al fondo de operaciones de los espías y saboteadores de Himmler en el exterior. Los billetes de segunda clase, que tenían leves imperfecciones aunque siempre constituían una imitación excelente, se repartían entre las unidades de la Gestapo en los países ocupados, para pagar información y subsidios a los colaboracionistas, que preferían la salvaguardia de los billetes del Banco de Inglaterra para el caso de que las cosas no marcharan bien.

Los billetes de tercera clase, todavía una excelente falsificación, se acumulaban y guardaban para un fantástico proyecto especial de Himmler : ¡ lanzarlos desde aeroplanos sobre las Islas Británicas! Himmler esperaba que la gente los recogiese y tratase de pasarlos, creándoles al gobierno y a los Bancos el serio problema de separar los buenos de los malos sin causar una bancarrota económica. Afortunadamente, para la época en que estuvieron listos los billetes necesarios, la Luftwaffe había sido expulsada del cielo británico y el proyecto fue abandonado.

Una de las principales víctimas de los billetes de primera clase de Krüger fue el ahora famoso “Cicerón”, el espía profesional albanés Eliaza Bazna, que fue criado del embajador británico en Angora durante la guerra y que, según él creía, se convirtió en el espía mejor pagado de la historia al recibir 300.000 libras esterlinas dei Servicio Secreto alemán, por secretos robados de la caja de seguridad del embajador. Otra víctima, más típica, fue un comerciante suizo que aceptó de buena fe 60.000 libras esterlinas de un Banco turco irreprochable. Las libras fueron aceptadas a su vez por un Banco suizo y finalmente se abrieron camino a través de varios países neutrales hasta la oficina principal del Banco de Inglaterra en la calle Threadneedle, en Londres. El producto del comandante Krüger fue descubierto allí por un empleado listo. En algunos casos, sin embargo, los billetes de primera clase salieron de Alemania para un país neutral, de allí para Inglaterra, de nuevo para otro país neutral y finalmente para Alemania una vez más, sin que se descubriera la falsificación en ningún punto del recorrido.

Aun en pleno éxito de la Operación Bernhard, sin embargo, el comandante Krüger no las tenía todas consigo. Su fábrica producía 400.000 billetes por mes y ya pronto se llegaría al total estipulado por Himmler. Por lo que el comandante se puso de acuerdo con sus subalternos para reducir la velocidad de las prensas y desechar grandes cantidades de billetes de primera clase como defectuosos.

 

—Si no rebajamos la producción —le dijo un día a su contador y teniente principal— a mí me mandarán al frente a pelear y a todos ustedes los fusilarán. Sería muy triste.

Fue una fortuna para el Banco de Inglaterra que él llegara a esa conclusión. Varias centenas de millares de billetes de primera clase que hubieran podido circular fueron empacadas y guardadas secretamente en grandes cajas de madera por orden de Krüger.

Un buzo saca billetes del lago Toplitz.

Un buzo saca billetes del lago Toplitz.

Para mantener funcionando a plena capacidad la Operación Bernhard, Krüger se embarcó en otro proyecto que había figurado en su lista por algún tiempo: la falsificación de dólares norteamericanos. Pero él y su equipo advirtieron que este trabajo era más difícil. El papel que se usa en los billetes de las Estados Unidos no ha podido ser imitado con éxito hasta ahora, y las mejores fábricas de papel de Alemania sólo llegaron a producir, después de ensayos agotadores, una mala imitación. Además, los más hábiles peritos de Krüger llegaron a la conclusión de que no podían producir las complicadísimas planchas de grabar y tintas de colores que la obra requería.

En algún lugar de Alemania o en alguno de los países ocupados, razonaba Krüger, debe de haber por lo menos un falsificador profesional con experiencia en billetes norteamericanos, capaz de allanar la dificultad. La Gestapo y los otros servicios secretos de Himmler comenzaron a buscarlo. En una prisión alemana encontraron a Solly Smolia-noff, gitano de nacimiento y falsificador de primera clase. Solly no había estado nunca en los Estados Unidos, pero se había especializado en la producción de billetes “norteamericanos” de tan buena calidad que ya más de una vez habían llamado la atención del Servicio Secreto de los Estados Unidos. Solly había estado preso en varios países europeos por haberlos fabricado.

Solly se encontró como el pez en el agua en el Bloque 19.

—¡Imagínense! —decía a sus colegas—. ¡Una fábrica de falsificación protegida por la policía!

Hacia fines de 1944 Solly tenía listos billetes de 50 y 100 dólares que los expertos de la Imprenta Oficial del Reich y la 6-F-4 reputaban como enteramente satisfactorios. La Operación Bernhard empezó a prepararse para imprimir esos billetes.

 

 

Pero ya la marea de la guerra se estaba volviendo contra el Reich. El bombardeo de Berlín era cada día más intenso, y Sachsenhausen estaba en la zona de ataque. Himmler quiso cerrar la Operación Bernhard, pero Krüger persuadió a su jefe de que lo dejara trasladar la maquinaria y los hombres a una de las nuevas fábricas subterráneas del reducto de los Alpes Austríacos. El comandante sostenía que en caso de un colapso la Oficina 6-F-4 podía ser muy útil a los nazis leales, proveyéndolos de moneda extranjera y credenciales falsificadas de todo género.

El traslado desde Sachsenhausen duró varios meses. La Operación Bernhard quedó lista para poner en movimiento sus prensas en la Galería 16, detrás de Redi Zipf, en abril de 1945. Para entonces, las tropas norteamericanas convergían sobre el reducto. Solly Smolianofí no llegaría a usar las planchas que había fabricado tan diligentemente.

Al final de cierto día, Krüger, manejando un rápido convertible Alfa Romeo, y acompañado de una hermosa rubia, arribó al campo de concentración en la boca de la cueva de Redi Zipf. Transmitió apresuradamente órdenes del propio Himmler: había que hacer desaparecer toda huella de la Operación Bernhard. Los archivos serían destruidos; los billetes y el papel no impreso, quemados; las planchas y troqueles serían arrojados en la parte más honda del cercano Lago Toplitz. Los 140 miembros de la Operación Bernhard serían trasladados al campo de concentración de Ebensee y exterminados.

Krüger, sereno y afable como de costumbre, presentó excusas por no estar en condiciones de intervenir personalmente en los detalles. Dijo que tenía asuntos urgentes a que atender en otra parte. El Alfa Romeo estaba cargado de billetes ingleses y suizos auténticos, adquiridos, según lo supimos después por sus subalternos, mediante operaciones de mercado negro en las capitales ocupadas. En la gaveta del automóvil llevaba pasaportes excelentemente falsificados. El auto arrancó en dirección a Suiza. El gran maestro falsificador Krüger desapareció sin dejar huellas y no se ha vuelto a saber de él desde entonces.

Durante los tres días que siguieron a la partida de Krüger, oficiales de las tropas de asalto y los prisioneros de la Operación Bernhard estuvieron metiendo los archivos y las falsificaciones de inferior calidad en un gran incinerador. Un pelotón arrojó las planchas de imprimir en lo más hondo del Lago Toplitz; pero al final aquellos hombres no pudieron resignarse a la destrucción de los mejores billetes, el tesoro que Krüger había puesto aparte para evitar que hubiera exceso de producción. Colocados en cajas grandes que parecían ataúdes, los billetes fueron trasladados a unos camiones cuyos conductores recibieron la orden de enterrarlos en lugares donde podrían recobrarlos en el futuro.

Fue una de esas camionadas la que nos entregó el capitán alemán. Otras desaparecieron, sencillamente. Otras fueron arrojadas al Río Enns por soldados aterrorizados de las tropas de asalto. En las aguas del turbulento río alpino, henchido por las crecientes primaverales, las cajas que contenían billetes de primera clase fueron rotas por las rocas, y los vecinos de la región comenzaron a pescarlos con entusiasmo.

Terminada nuestra investigación, nos dimos a sacar la cuenta de la producción total de la Operación Bernhard. Era algo espantoso. Según la libreta de Oscar Skala y las declaraciones concurrentes de otros trabajadores de Kriiger, la fábrica de éste produjo casi nueve millones de billetes del Banco de Inglaterra, con un valor par de 140 millones de libras esterlinas, aproximadamente. De esta suma, 1.500.000 libras fueron enviadas a Turquía y al Cercano Oriente; 3.000.000 fueron distribuidas por la 6-F-4 en Francia y los Países Bajos; 7.500.000 pagaron facturas alemanas en España, Portugal, Suiza y los países escandinavos. Otros 62.000.000 de libras escaparon de ser quemados en Redi Zipf y fueron pescadas en el Río Enns por austríacos, rusos, norteamericanos e ingleses, o escondidas por los soldados de las tropas de asalto.

Durante un largo tiempo las obras maestras de Krüger que fueron rescatadas de su tumba acuática y que no fueron entregadas, solían aparecer en los hipódromos ingleses, en los mercados negros de Europa y aun en las casas de cambio extranjero de Nueva York. Pero restaurado ya el prestigio del Banco de Inglaterra, la historia de la Operación Bernhard puede contarse.

Billetes nuevos de cinco libras que llevan a través de ellos un fino hilo metálico, incrustado por un proceso secreto, y que son lo más completamente a prueba de falsificación que una moneda puede ser, han reemplazado los viejos billetes. Con este heroico esfuerzo el Banco de Inglaterra rescató el crédito de la Gran Bretaña. Pero la Operación Bernhard casi llegó a realizar su propósito. Y podría repetirse.

 

 

Por el comandante George J. McNally y Frederic Sondern, hijo

 

George J. McNally and Anthony S. Suglia in Promotion Ceremony for White House Army Signal Agency

George J. McNally and Anthony S. Suglia in Promotion Ceremony for White House Army Signal Agency

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Caricatura de Hitler 1930

Publicado por El hijo del Ahuizote en enero 20th 2016

“Búsqueda no concluyente en la casa de Hitler. Es notable cuánto desastre ha crecido de una semilla tan pequeña”

Caricatura hecha por Th. Th. Heine, tal y como firmaba, 1930. El artista huyó de Alemania hacia Praga en 1933.

Caricatura de Hitler

Caricatura de Hitler

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La Carga de la Caballería Polaca en Krojanty

Publicado por El hijo del Ahuizote en agosto 30th 2015

Probablemente la imagen más famosa y persistentemente recordada en el tiempo de la invasión de Polonia por la Alemania nazi (1 de  septiembrede 1939) es la de un escuadrón de osados jinetes polacos cargando a caballo con sus lanzas y sables contra los panzer alemanes. Todo un símbolo de la desesperación de unas gentes valientes, pero abandonadas a su suerte por las potencias aliadas e impotentes ante una tecnología infinitamente superior. En mi caso, uno de los primeros y más vívidos recuerdos de mi infancia en relación con la Segunda Guerra Mundial, es la lectura de un viejo tebeo de “Hazañas Bélicas” en una de cuyas historias se mostraba este episodio. Si no recuerdo mal, uno de aquellos lanceros polacos, se abalanzaba contra un tanque y antes de caer abatido, liquidaba con su lanza a un tripulante del blindado – creo que uno de los ametralladores (o el conductor, quizás) – tras introducir, en una increíble demostración de puntería su lanza por una de las troneras del carro de combate.

Pues bien, la cuestión es que ese osado y suicida ataque nunca se produjo. Ese heroico episodio es uno de los tantos mitos y leyendas existentes en torno a la Segunda Guerra Mundial. No obstante, ello no parece haber menguado la popularidad de la leyenda, incluso entre algunos historiadores e investigadores supuestamente serios. Según el historiador Steven J. Zaloga, la historia parece tener su origen en los primeros días de la campaña, de la mano de corresponsales de guerra italianos destacados en elfrente de Pomerania. Luego fue debidamente engrandecido, embellecido y transformado a su antojo por la poderosa propaganda nazi, siendo más atractivo en cada nueva versión de los hechos. También se ha dicho, de manera bastante insistente, que esa fue la última carga de caballería de la historia en un conflicto armado, a fin de pretender dejar sin argumentos a los defensores de la caballería, para dejar claro que la época del jinete había tocado a su fin, pero eso tampoco es cierto. Así a bote pronto, recuerdo un par de cargas de caballería más durante la Segunda Guerra Mundial – la delRegimiento “Savoia” italiano en Isbuschensky (Rusia) en agosto de 1942 y la del 26th Cavalry Regiment estadounidense en Morong (Filipinas) enfebrero de 1942 – y lo cierto es que las unidades de caballería continuaron teniendo un papel importante durante la guerra (precisamente los alemanes las utilizaron a menudo en la lucha antipartisana).

La fuente original está en una escaramuza cerca de la aldea de Krojantyen la tarde del 1 de septiembre de 1939 (es decir, el mismo día de la invasión). El Corredor de Pomerania, (también llamado “corredor polaco”)  uno de los principales objetivos de Hitler, ya que garantizaba el acceso almar Báltico, estaba guardado por varias divisiones polacas de infantería y por la Brigada de Caballería “Pomorska”. El área era indefendible, pero esas fuerzas estaban estacionadas ahí para impedir al menos que laWehrmacht la tomase sin oposición, como había ocurrido en los Sudetes. Al estallar la guerra, esas tropas debían retirarse inmediatamente hacia el sur. Cubriendo el repliegue estaría el coronel Kazimierz Mastalerz (en la fotografía bajo estas líneas) con su 18º Regimiento de Lanceros Ulanos “Pomorskich” y unos regimientos de infantería.

A primera hora del 1 de septiembre, la y 20ª División de Infantería Motorizada del XIX Cuerpo de Ejército alemán al mando del generalHeinz Guderian empezaron a presionar a las fuerzas polacas del bosque de Tuchola. La caballería y la infantería consiguieron  contenerlas hasta primera hora de la tarde, pero finalmente se vieron obligadas a retroceder. Al atardecer, estaba amenazado el empalme ferroviario y viario clave que había al otro lado del bosque, así que Mastarlerz ordenó que se rechazara a los alemanes a toda costa. El coronel polaco contaba con su propio regimiento, alguna infantería y las tanquetas de la brigada. Las tanquetas TK eran viejas y estaban muy gastadas, así que fueron dejadas con una parte del regimiento para que sostuvieran las posiciones. Dos escuadrones de lanceros, unos 250 hombres, montaron en sus caballos y empezaron a rodear el flanco germano para atacar por detrás.

A primera hora de la tarde habían localizado un batallón de infantería alemán expuesto en un claro del bosque de Tuchola. Los escuadrones de caballería polacos estaban a unos cientos de metros, por lo que era factible lanzar una carga a sable. En unos instantes, los dos escuadrones habían salido del bosque y caído sobre la atónita infantería enemiga, a la que lograron dispersar causandole unas 20 bajas, sin que los polacos tuvieran apenas pérdidas. Cuando los jinetes se estaban reagrupando, aparecieron en el lugar unos cuantos vehículos blindados ligeros alemanes – probablemente del tipo Schewerer Panzerspähwagen y Leichter Panzerspähwagen – armados con cañones automáticos de 20 mm y ametralladoras, y abrieron fuego de inmediato sobre los jinetes polacos, que totalmente expuestos, empezaron a galopar intentando llegar al abrigo de una colina cercana. El propio coronel Mastarlerz y su estado mayor cayeron muertos, y las bajas fueron terribles (se habla de unos 20 muertos y otros 60 heridos o prisioneros, es decir, los dos escuadrones de la caballería polaca intervinientes en la escaramuza perdieron un tercio de sus jinetes). Sin embargo, gracias a su decidida acción los lanceros consiguieron ganar tiempo para la retirada de dos batallones polacos que estaban siendo atacados en la cercana batalla de Chojnice.

La evidencia de esta matanza fue descubierta al día siguiente por unos corresponsales de guerra italianos, a quienes unos soldados alemanes dijeron que aquello era consecuencia de que los jinetes polacos habían cargado contra los carros de combate. Los alemanes, impresionados por el fuerte y osado ataque, se las arreglaron para transformar una derrota táctica en una victoria propagandística, presentando así el ejército polaco como obsoleto y caduco. Y así nació la leyenda. Lo que ya no interesó tanto resaltar a los nazis fue que esa misma tarde Guderian tuviese que intervenir personalmente para impedir que el comandante de la 20ª División de Infantería Motorizada alemana retirase dicha unidad “frente a una intensa presión de caballería”. Semejante presión procedía de ese mismo 18º Regimiento de Lanceros Ulanos, una unidad que había perdido el 60% de sus efectivos en los combates de ese día y cuyo tamaño no era ni el 10% de la unidad alemana a la que estaban empujando.

Los polacos también aceptaron la mentira pues ensalzaba el valor de su caballería, que dicho sea de paso, fueron las unidades del ejército polaco que más problemas dieron a los alemanes en su avance (incluso, llegaron a derrotarles en la batalla de Mokra). Eso sí, los enfrentamientos entre la caballería polaca y las unidades blindadas germanas se produjeron con los jinetes polacos luchando a pie, o atrincherados en posiciones fijas (más el apoyo de tanquetas, blindados y artillería), es decir, como infantería, y utilizando sólo la caballería para desplazarse rápidamente a otros lugares del frente. Pero todos sabemos el gran valor que tienen los símbolos y lo de las lanzas contra los tanques es una imagen muy poderosa sobre un pueblo que fue abandonado a su suerte cuando se vieron atacados por la tiranía y la sinrazón.


Fuentes:

Osprey: Soldados de la II Guerra Mundial: “El Ejército Polaco” de Stephen J. Zaloga

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La catadora de alimentos de Adolf Hitler

Publicado por El hijo del Ahuizote en junio 7th 2015

Margot Wölk era una de las 15 jóvenes que debían probar la comida del tercer reich para asegurarse que ésta no estuviera envenenada. Con 96 años, Margot cuenta el terror psicológico al que tanto ella como sus compañeras fueron sometidas constantemente.

Catadora a la fuerza

Margot Wölk nació en 1917 en Wilmersdorf, Alemania. Ella se define como anti Nazi y afirma que fue forzada a unirse a la League of German Girls y a trabajar como catadora de la comida de Hitler. En el año 1941 mientras el esposo de Margot estaba en la guerra, ésta tuvo que abandonar su hogar en Berlín para evitar ser una víctima más de la guerra, ya que los continuos bombardeos estaban destruyendo la ciudad por completo.

Fue así como decidió trasladarse hasta la casa de su suegra en Partsch (actualmente Parcz, Polonia), una pequeña ciudad ubicada a 400 kilómetros de Berlín. Allí, el alcalde de la ciudad, quien se distinguía por ser un fiel miembro del partido Nazi, la obligó a formar parte del grupo de catadoras de comida del Führer.

Hitler temía por su vida y sus miedos no eran injustificados, sus enemigos se multiplicaban e inclusive un grupo de soldados alemanes intentaron asesinarlo colocando una bomba en la Guarida del Lobo, hay registros de que más de 5.000 alemanes fueron ejecutados por este hecho. Por esta razón Hitler sospechaba hasta de su sombra, por lo cual tenía a este grupo de jóvenes mujeres cuyo único trabajo era probar la comida y así descubrir si había algún veneno en la misma.

La seguridad alrededor de Hitler era tan extrema que Margot asegura que nunca llegó a verlo en persona, solamente conoció a su famoso perro, un pastor alemán llamado “Blondi”.

Miedo a morir

Las 15 jóvenes catadoras lloraban y temblaban de miedo cada vez que les tocaba probar los alimentos del Dictador, sabían que quizás esa comida podía ser la última de sus vidas, ya que había constantes rumores que indicaban que los británicos querían envenenar al Führer.

En este sentido, Margot relata:

“Teníamos que terminar la comida. Después, nos tocaba esperar una hora, y siempre teníamos miedo de ponernos enfermas. Llorábamos por la alegría de haber sobrevivido”

Entre algunas curiosidades, Margot recuerda que Hitler debió ser vegetariano, ya que nunca les dieron de probar ningún tipo de carne, siempre era arroz, fideos, coliflor, guisantes, pimientos, entre otros.

A finales del año 1944 cuando el ejército de los aliados avanzaba firmemente sobre un debilitado ejército Nazi, un oficial de la SS ayudó a Margot a escapar, salvándola de una muerte segura. El resto de sus compañeras fueron fusiladas en 1945, por lo cual Margot se convirtió en la única catadora sobreviviente de aquellos oscuros años de guerra.

Una época marcada por el horror y la muerte, en la que ocurrieron todo tipo de abusos y vejaciones. Lahistoria de Margot deja una vez más en evidencia lo terrible de un régimen que llevó a la muerte a millones de personas y utilizó su poder para pisar a todo aquel que estuviera por debajo.

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