Historias de la Historia

Anécdotas y Curiosidades del pasado

La última comida de Hitler y sus gustos alimenticios: publican las memorias de Constanze Manziarly, la cocinera de los nazis

Publicado por El hijo del Ahuizote en diciembre 6th 2020

En un libro publicado recientemente, por primera vez se conoció la historia de una joven dietista austriaca, quien se encargaba de alimentar al dictador

 

BERLÍN (ALEMANIA) 05/12/2020.- Retrato sin fechar de Constanze Manziarly, la cocinera de Hitler prácticamente desconocida hasta ahora que trabajó a la fuerza para el dictador durante el último año del Tercer Reich. La última comida de Adolf Hitler antes de suicidarse fueron unos espaguetis con tomate que cocinó Constanze Manziarly, la joven dietista austriaca que revela, en cartas ahora publicadas, los problemas digestivos del dictador, los hábitos alimenticios de los nazis, y su miedo. EFE/Berlin Story Verlag/Dietrich

 

 

La última comida de Adolf Hitler antes de suicidarse fueron unos espaguetis con tomate que cocinó Constanze Manziarly, la joven dietista austriaca que revela, en cartas ahora publicadas, los problemas digestivos del dictador, los hábitos alimenticios de los nazis, y su miedo.

Manziarly trabajó a la fuerza para el líder nazi y desapareció semanas después del suicidio del dictador. Ahora, un libro recoge 18 cartas que la joven, prácticamente desconocida hasta hoy, escribió a su familia.

“Es interesante observar que hasta ahora sólo se ha podido obtener información limitada y fragmentaria sobre la joven del Tirol (Austria)”, explica en una entrevista con la agencia EFE el investigador y escritor del libro, Stefan Dietrich. “Ha sido un punto ciego en la literatura sobre Hitler”, asegura.

Las cartas que el autor austríaco recoge en “Constanze Manziarly: la última dietista de Hitler”, que acaba de publicar la editorial Berlin Story Verlag, estaban destinadas a su familia. En concreto, a su padre y a su hermana.

Fechadas desde el 3 de abril de 1943 hasta diciembre de 1944, en ellas la joven explica los “muy específicos” hábitos alimenticios de los nazis, los problemas crónicos de digestión del dictador, las situaciones de estrés que vivía a diario y que, sobre todo al principio, sentía mucho miedo.

En la primera de las cartas recuperadas por Dietrich ya se observa que Constanze no se sentía nada cómoda en su trabajo y que lo realizaba por obligación.

“La gente sigue diciéndome que es un privilegio esta misión, uno que miles de personas me envidian. ¡Oh, si supieran lo que hay en todo esto! Con qué gusto le entregaría todo a alguien con experiencia, alguien más apropiado, y recuperaría mi paz mental en su lugar”, escribe la joven austriaca.

En las primeras cartas, además, ya advierte de la censura a la que serán sometidas: “Por favor, tengan cuidado al escribir. Sin críticas, el correo es controlado de manera ordinaria”.

Interesada en la nutrición desde joven

Constanze Manziarly nació el 14 de abril de 1920 en Innsbruck (Austria), en una familia de clase media acomodada, con interés por la cultura y, en especial, por la música. La propia Constanze tocaba el piano y, de hecho, según explica Dietrich, debe su nombre a la que fue esposa de Mozart.

El escritor indica que, según su hermana –gracias a quien consiguió las cartas-, Constanze era tranquila, atenta, concienzuda, interesada en una gran variedad de cosas y bien educada. También que desde muy pequeña había mostrado interés en una vida sana y natural, centrada particularmente en el campo de la nutrición.

BERLÍN (ALEMANIA) 05/12/2020.- Carta escrita por Constanze Manziarly, la cocinera de Hitler que era prácticamente desconocida hasta ahora y trabajó a la fuerza para el dictador durante el último año del Tercer Reich. Ahora, el libro «Constanze Manziarly: la última dietista de Hitler», escrito por Stephan Dietrich y publicado en noviembre de 2020, recoge 18 de ellas. EFE/Berlin Story Verlag/Dietrich

Después de asistir al instituto femenino del convento de las Ursulinas y posteriormente pasar tres años en el Instituto Estatal de Profesiones Económicas de Innsbruck, con el objetivo de especializarse en el área de la cocina dietética, consiguió unas prácticas en el “Biologisches Kurheim” del Profesor Werner Zabel.

Era un hospital privado de Bischofswiesen cerca de Berchtesgaden, una localidad alemana próxima a Austria donde Hitler tenía su residencia de montaña.

Como señala Dietrich, el ingreso de Manziarly en la clínica del profesor Zabel supuso el comienzo de una cadena de acontecimientos que la catapultó, “desprevenida”, al entorno de Hitler.

Reemplazo de la dietista judía

El dictador conoció a Constanze cuando estaba en la clínica de Berchtesgaden. Según explica el investigador, Hitler acababa de despedir a su dietista tras descubrir que la ascendencia de su abuela era “cuestionable” y contenía “sangre judía”.

Esto ocurrió cuando el dictador y su comitiva se estaban trasladando de la “Guarida del Lobo”, su cuartel general cerca de Rastenburg en Prusia Oriental, al Berghof en la zona de Berchtesgaden el 25 de marzo de 1944.

Como Dietrich indica, “lo más obvio” era recurrir al “Kurheim” (centro de reposo) del profesor Zabel. Este fue quien le asignó a Constanze Manziarly la preparación de la dieta y las comidas a Hitler.

Al poco de empezar este trabajo, escribe en una carta del 3 de abril de 1944, que lo que más “le desgasta” es la enorme carga de responsabilidad que tenía que llevar.

“Usaré esta pausa para almorzar para desahogar mi corazón. Las cosas han resultado similares a lo que había sospechado todo el tiempo la semana pasada pero no creía que pasaría: debido a las instrucciones de ‘allá arriba’ para el profesor Zabel y para mí, tendré que quedarme y llevar a cabo mis deberes, ya sabes lo que quiero decir, mientras él esté aquí. Esto puede ser 14 días, o algunos meses, o medio año, nadie lo sabe”, escribe Constanze.

Según señala el escritor, fue a principios de julio de 1944 -cuando el cuartel general estaba a punto de volver a trasladarse a la “Guarida del Lobo”- cuando se le preguntó a Constanze si estaba dispuesta a unirse al personal.

Obligada a servir

En esa primera carta ya se habla que Manziarly no tuvo libertad de elección para rechazar el puesto al servicio de Hitler.

Cualquier objeción sería completamente inútil y, en el peor de los casos, podría terminar en un tribunal (…). Por el momento, lo único que hay que hacer es aceptar la situación; esto no es fácil para mí”.

Aunque la joven austriaca tenía la “esperanza” de trabajar solo hasta otoño para Hitler, en la carta del 27 de julio -enviada desde la “Guarida del Lobo”- les confirma que se tendrá que quedar indefinidamente.

Shutterstock (872256cj) Adolf Hitler y Joseph Goebbels, Stuttgart, Alemania

 

 

“¡Mis queridos! Ahora se ha decidido definitivamente que me quedaré aquí. El Führer lo ha querido así y todas las demás consideraciones se han vuelto irrelevantes. No se imaginan lo difícil que es para mí informarles de que no podré ir a verlos en un futuro próximo”, explica Constanze.

Desde esa fecha hasta la muerte del dictador, Dietrich explica que Constanze Manziarly formó parte del exclusivo círculo íntimo de Hitler. Se convirtió en su dietista y se dedicó a prepararle los menús, compartió sus comidas, participó en sus sesiones nocturnas de té, lo felicitó en su último cumpleaños y en su boda y, finalmente, estuvo en el búnker durante su suicidio.

La última comida

Según explica Dietrich, el 30 de abril se le ordenó que, como de costumbre, preparara el almuerzo. Lo que Constanze cocinó fueron unos espaguetis “con una ligera salsa de tomate” que Hitler comió junto a ella y sus dos secretarias.

El escritor explica a EFE que una de ellas, Traudl Junge, escribió en su diario que se le indicó a Constanze que, después del suicidio, preparara una cena como si fuera para Hitler con la intención de ocultar la muerte de este.

“Con los ojos llenos de lágrimas, la joven Fräulein Manziarly está sentada en un rincón. Tuvo que preparar la cena para el Führer este 30 de abril, como de costumbre, para que su muerte se mantuviera en secreto. Pero nadie se comió los huevos fritos y el puré de patatas”, se puede leer en las memorias de Junge.

Sin embargo, Dietrich indica a EFE que, según sus investigaciones, debe tratarse de un error. Explica que, desde fuera, nadie habría notado si Constanze estaba preparando puré de patatas o no.

El final de Constanze

Horas después del suicidio de Adolf Hitler y su mujer, el investigador señala que un sentimiento de incertidumbre y de “no saber qué hacer” se instaló en el búnker. Aunque no hay cartas de esa época, Dietrich afirma que la última vez que se vio a Constanze Manziarly fue el 2 de mayo de 1945 y que en los siguientes años no aparecieron pistas sobre su paradero.

Explica que, según su investigación, las suposiciones sobre su destino se reducen a dos posibilidades: o suicidio, o asesinato al haberse encontrado con soldados rusos. No obstante, señala que hay autores que apuestan que escapó a Latinoamérica.

 

 

FUENTE: https://www.infobae.com/america/mundo/2020/12/05/la-ultima-comida-de-hitler-y-sus-gustos-alimenticios-publican-las-memorias-de-constanze-manziarly-la-cocinera-de-los-nazis/

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Antes de ejecutar a diez polacos, un masaje

Publicado por El hijo del Ahuizote en septiembre 29th 2019

Heinrich Himmler en primer plano y Adolf Hitler en una imagen de archivo.

Ven la luz nuevos fragmentos de los diarios personales del jefe de la SS Heinrich Himmler

 

Unos documentos que revelan nuevos detalles escalofriantes de la barbarie nazi han salido a la luz en Rusia. Los diarios de Heinrich Himmler, jefe de la SS nazi y mano derecha de Adolf Hitler, fueron descubiertos en un archivo de la ciudad de Podolsk. El monstruo del nazismo, que orquestó el Holocausto y comandó el aparato del terror alemán, apuntó en estos cuadernos fechas, lugares, reuniones, así como detalles sobre la decisión de enviar a millones de personas a la muerte.

El líder de las SS nazi resaltó, por ejemplo, la «efectividad» de los motores diésel utilizados para gasear prisioneros en el campo de exterminio de Sobibor, donde fueron asesinadas unas 250.000 personas, la mayoría de ellas pocas horas después de su llegada. En otra anotación, Himmler apremia a sus colegas de las SS a emplear perros «capaces de desgarrar a todo el mundo menos a sus adiestradores» en el campo de concentración de Auschwitz.

Especialmente crueles son las notas de la vida cotidiana que rodeaba la masacre nazi. Por ejemplo, describe cómo su terapeuta Felix Kersten le dio un masaje justo antes de ordenar la ejecución de 10 polacos, o lo sabroso del tentempié que se tomó en el casino de las SS en el campo de concentración de Buchenwald. Otra nota revela que Himmler, que al parecer era muy aprensivo ante la visión de la sangre, casi se desmaya cuando un trozo de sesos de una mujer judía le salpicó la capa. La mujer fue una de las víctimas de las ejecuciones masivas a las afueras de la ciudad de Minsk, en lo que hoy es Bielorrusia.

Desde ayer, el diario alemán Bild publica pasajes de los diarios de Himmler, que se componen de cerca de 1.000 páginas correspondientes a los años 1938, 1943 y 1944. Los documentos desaparecieron al final de la Segunda Guerra Mundial y salen ahora a la luz, 71 años después.

El director del Instituto Histórico Alemán en Moscú (DHI), el profesor Nikolaus Katzer, lo describió como «un documento histórico estremecedor y de excepcional importancia», recoge el diario alemán Die Welt. Esta institución prepara para el próximo año la publicación de un libro con los documentos en una edición científica con notas de los historiadores. El diario está además salpicado de referencias a Puppi, apodo con el que se refería a su hija Gudrun, así como a Margarethe Sieghroth, la madre de ésta, con la que se casó en 1928. También menciona a su hijo adoptivo Gerhard. Estas notas revelan además que Heinrich Himmler ocultó a su esposa y a su amante el programa de exterminio judío en masa que él dirigía por temor a que les molestara.

Heinrich Himmler fue capturado por las tropas británicas tras la caída de Alemania cuando caminaba por el norte del país vestido de soldado raso y con documentación falsa. Fue identificado tras ser sometido a un interrogatorio, pero se suicidó con una cápsula de cianuro antes de que pudiera ser juzgado. El capo de la SS fue el responsable de todo el aparato de terror y seguridad nazi, que abarcaba desde el servicio secreto de la Gestapo hasta la administración de las plantas de exterminio y los campos de concentración.

Con la excepción de Joseph Goebbels, jefe del aparato de propaganda nazi que tomó notas durante más de 20 años, no hay ningún general nazi tan prolífico en sus diarios personales como Himmler. El descubrimiento de los diarios se produce dos años después de que se descubrieran en Israel cartas a su esposa e hija, fotos e incluso un libro de recetas. Anteriormente se descubrieron los diarios de los años 1940, 1941 y 1942, por lo que los documentos que salen ahora a luz vienen a completar sus documentos personales en los años clave de la II Guerra Mundial y el Holocausto.

Los historiadores pasaron tres años estudiando los documentos, que estaban en manos de un judío, antes de llegar a la conclusión de que era auténtico.

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El mundo en guerra Capítulo II

Publicado por El hijo del Ahuizote en marzo 3rd 2018

El mundo en guerra (The World at War) es una serie documental para televisión emitida entre 1973 y 1974 sobre la Segunda Guerra Mundial y los acontecimientos que condujeron a ella y los que ocurrieron inmediatamente después. Fue producida por Jeremy Isaacs, escrita y coproducida por Peter Batty y narrada por Lawrence Olivier. Carl Davis compuso su banda sonora. Un libro, El mundo en guerra, fue escrito por Mark Arnold-Forster como suplemento de la misma. Fue galardonada con el Premio Emmy.

La serie ha sido considerada a menudo como el mejor y definitivo documental sobre la historia de la Segunda Guerra Mundial hecho para televisión. También presentó raras imágenes de película en color de algunos de los acontecimientos de la guerra.

En una encuesta realizada en 2000 por el British Film Institute, en la que participaron profesionales de los medios de comunicación, sobre los 100 mejores programas emitidos en la televisión británica, The World at War quedó en la 19.ª posición.

Episodio II

Neville Chamberlain dijo en septiembre de 1938: «Es una lastima que tengamos que prepararnos nuevamente para una guerra por culpa de una disputa suscitada en un país lejano entre personas de las que no sabemos nada» Este seguía siendo el sentir un año después frente a la invasión Alemana sobre Polonia…

 

 

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El mundo en guerra Capítulo I

Publicado por El hijo del Ahuizote en enero 14th 2018

El mundo en guerra (The World at War) es una serie documental para televisión emitida entre 1973 y 1974 sobre la Segunda Guerra Mundial y los acontecimientos que condujeron a ella y los que ocurrieron inmediatamente después. Fue producida por Jeremy Isaacs, escrita y coproducida por Peter Batty y narrada por Lawrence Olivier. Carl Davis compuso su banda sonora. Un libro, El mundo en guerra, fue escrito por Mark Arnold-Forster como suplemento de la misma. Fue galardonada con el Premio Emmy.

La serie ha sido considerada a menudo como el mejor y definitivo documental sobre la historia de la Segunda Guerra Mundial hecho para televisión. También presentó raras imágenes de película en color de algunos de los acontecimientos de la guerra.

En una encuesta realizada en 2000 por el British Film Institute, en la que participaron profesionales de los medios de comunicación, sobre los 100 mejores programas emitidos en la televisión británica, The World at War quedó en la 19.ª posición.

 

Episodio I

 

La nueva Alemania – A New Germany (1933–1939)

Alemania, una nación condenada por la humillante derrota en la Primera Guerra Mundial, saliendo de una abrumadora depresión económica, fija su vista en un hombre para el renacer de la esperanza y la dignidad, resultando ese hombre ser Adolf Hitler. La historia de la Segunda Guerra Mundial empieza en los primeros años de la década de 1930, mostrando como Adolf Hitler subió al poder con el pleno soporte de millones de alemanes. Noticieros de la época y películas caseras hechas por Eva Braun, la amante de Hitler, muestran al Führer tal como debió aparecer ante su pueblo. La retrospectiva histórica y el conocimiento de lo que algunos miembros de la jerarquía nazi estaban haciendo, bajo la tapadera de una inteligente propaganda, da un aspecto muy siniestro a estas tomas. Este episodio nos muestra también imágenes del desfile, que el Museo Imperial de la Guerra ha catalogado con el nombre de «Cómo hacer un desfile». Incluye testimonios de Ewald-Heinrich von Kleist-Schmenzin, Werner Pusch y Christabel Bielenberg.

 

 

 

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El Milagro de Dunkerque

Publicado por El hijo del Ahuizote en agosto 5th 2017

La milagrosa evacuación de las tropas aliadas en Dunkerque – una ciudad portuaria francesa cercana a la frontera con Bélgica – llevada a cabo entre el 26 de Mayo y el 4 de Junio de 1940, puede considerarse no sólo la primera victoria moral de los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial, sino también uno de los mayores errores estratégicos por parte del bando alemán durante el conflicto.

Aunque puede parecer un poco aventurado calificar una retirada como una victoria – el propio Churchill, pese a congratularse del éxito obtenido, dijo en un discurso ante la Cámara de los Comunes que «las guerras no se ganan con evacuaciones» -, lo cierto es que la proeza de conseguir evacuar más de 300.000 soldados, la mayoría de ellos británicos, supuso un evidente alivio para los Aliados, levantando la moral de las tropas. No en vano, muchos de los soldados evacuados en Dunkerque, regresarían 4 años más tarde a Francia, iniciando la liberación del país y del resto de Europa Occidental.

Tras el irresistible empuje alemán en Bélgica, y previendo las dificultades de un posible repliegue hacia Francia, el comandante en jefe de la Fuerza Expedicionaria Británica, el mariscal John Gort esbozó un plan para evacuar sus tropas de regreso hacia su patria. Los preparativos de la citada evacuación comenzaron el día 19 de Mayo de 1940, pero los británicos quedaron a la espera del resultado del proyectado contraataque francés contra el flanco norte de las tropas alemanas. El contraataque nunca se produjo, y el día 24 de Mayo se dio desde Londres la autorización para dar comienzo a la Operación Dynamo, que es el nombre que recibiría el plan ideado por Gort.

Un día antes, el 23 de Mayo, los blindados del Grupo de Ejércitos A de la Wehrmacht al mando del general Gerd von Rundstedt, recibieron de Hitler la orden de detenerse a escasos 30 kms. de Dunkerque. Rundstedt protestó formalmente contra dicha orden, por considerarla totalmente inconcebible militar y estratégicamente hablando, pero fue confirmada por telegrama, ordenando el Führer que se cumpliese al pie de la letra. Esta decisión sería crucial para el éxito de la evacuación aliada, ya que concedió un respiro de tres días a las exhaustas tropas aliadas para fortificar las últimas líneas de defensa destinadas a contener a los alemanes mientras se producía la evacuación.

No sólo von Rundstedt expresó su enfado, otros generales como Von Kluge, Von Kleist o Guderian, lamentaron que se les ordenase detenerse cuando estaba tan cerca la posibilidad de aplastar a los Aliados, que se encontraban en una precaria situación. El Führer para justificar su decisión argumentó que el terreno que rodeaba a Dunkerque, al ser húmedo, blando y con numerosos setos en los campos, era desfavorable para el uso de blindados, que además no podían contar con el adecuado apoyo de la infantería que en aquel momento se encontraba algo más retrasada. Por otra parte, afirmaba que el número de unidades panzerhabía disminuido en el curso de la campaña, de manera que continuar el avance podría perjudicar la segunda fase de la operación, hacia el sur de Francia.

Sin embargo, estas razones no convencieron en modo alguno a los generales de las divisiones blindadas, pues aunque coincidían en que los alrededores de Dunkerque no eran los más favorables para los tanques, terrenos mucho más difíciles no habían supuesto ningún obstáculo para los panzerdurante la invasión de Polonia. Y en cuanto a la disminución de efectivos debido al vertiginoso avance, la mayoría de bajas se debían tan sólo a contratiempos de carácter técnico que podían ser reparados en un plazo máximo de 24 horas.

Por eso se barajan otros motivos para que Hitler adoptara esa inexplicable decisión. En primer lugar se especula con que el dictador germano no quiso humillar excesivamente a los británicos, con vistas a obtener un futuro tratado de paz con esta nación, con la que no deseaba la guerra. Esta explicación fue ofrecida por el propio von Rundstedt en los Juicios de Nuremberg. Otros generales alemanes indicaron que la causa final de la decisión de Hitler estuvo en que, Hermann Göring, el comandante en jefe de la Luftwaffe aseguró que podía aniquilar completamente a las fuerzas aliadas que se habían concentrado en la costa a la espera de ser evacuados con el empleo de la aviación. Así, el general Warlimont, jefe de operaciones del Cuartel General de la Wehrmacht comentó: «A mi me comentaron otra razón, según la cual Hermann Göring dio seguridad al Führer de que sus fuerzas aéreas completarían el cerco». El general Heinz Guderian también coincidiría con esta apreciación al estimar que «fue la vanidad de Göring la causa de la fatal decisión de Hitler.»

Otra opción barajada, aunque nunca confirmada, es el hipotético deseo de Hitler de esperar a su división favorita, la SS Leibstandarte Adolf Hitler, para evitar que la Wehrmacht acaparase todos los honores de la captura. Pero la más reciente investigación histórica sostiene que el avance no prosiguió por razones exclusivamente militares y no políticas.

A las 23:30 horas del 26 de Mayo comenzó oficialmente la Operación Dynamo. Bajo un intenso fuego de artillería de las baterías alemanas y bombardeos de los aviones Luftwaffe – entre los que se encontraban los temibles bombarderos en picado Stuka – miles de soldados ingleses, franceses y belgas aguardaban su turno en la playa de Dunkerque para embarcar, mientras 7 divisiones francesas ofrecían resistencia en los 80 km del frente y un batallón de infantería británico resistía en las paredes de la bolsa.

La Royal Navy había preparado una flota con 40 destructores y 130 barcos mercantes y de pasajeros, que debían embarcar las tropas en condiciones muy precarias: el puerto de Dunkerque había sido devastado por la Luftwaffe y las aguas de la zona son muy bajas, por lo que sólo estaba practicable la zona exterior durante la marea alta. Así que durante la operación se utilizó un gran número de barcos de poco calado – lanchas, pesqueros o barcas de recreo – para transportar a los soldados desde la playa hasta los barcos de la Marina Inglesa, que permanecían en alta mar defendiéndose de los bombardeos de la aviación alemana con sus propias baterías antiaéreas. Las pequeñas embarcaciones atracaban en improvisados muelles y espigones formados por vehículos y chatarra de todo tipo, que era colocada en fila, adentrándose en el mar. En sus viajes desde la playa a los barcos y viceversa, estos little ships debían sortear todo tipo de desperdicios, equipamientos, chatarra y barcos hundidos, así como cadáveres y restos humanos, todo ello bajo el constante hostigamiento de la artillería y aviación nazis (sin olvidar las minas alemanas y los submarinos y lanchas torpedera enemigas).

En las playas se vivieron escenas dramáticas, cundiendo el pánico y la desesperación entre los soldados aliados, produciéndose incluso discusiones entre los mandos británico y francés sobre la preferencia de unas tropas sobre otras a la hora de embarcar. El mariscal Gort, dado que los barcos eran fundamentalmente británicos, consideró que sus soldados debían ser embarcados primero, mientras que los franceses debían luchar para mantener el perímetro defensivo. Ello dio lugar a que se acuñara la célebre frase: «los ingleses resistirán hasta el último francés».

El 1 de Junio, el intenso castigo al que estaban siendo sometidos los puntos de embarque de las tropas aliadas marcaron el final de la Operación Dynamo, que concluyó oficialmente en la noche del 2 de Junio. No obstante, las labores de evacuación continuarían hasta las 15:00 horas del día 4, cuando el destructor Shikari partió de Dunkerque con los últimos evacuados que habían estado encargados de resistir frente a los alemanes.

La operación, que en un principio estaba ideada para evacuar 50.000 hombres en 5 días, había superado las expectativas. Las cifras de evacuados fueron realmente espectaculares: un total de 338.872 soldados, de los cuales 215.787 eran británicos de la Fuerza Expedicionaria y el resto franceses y belgas. El resto de las tropas británicas que quedaron en Dunkerque decidieron rendirse a los alemanes, mientras que las tropas francesas optaron por abrirse paso hacia el Sur, pero finalmente tuvieron que rendirse. En total, los alemanes capturaron unos 22.000 prisioneros.

No obstante, pese al éxito de la evacuación, las pérdidas materiales de los Aliados fueron cuantiosas: 700 tanques – incluyendo 100 de los nuevos tanques británicos Mathilda Mk I -, 2.400 cañones y 50.000 vehículos de todo tipo, quedaron abandonados o destruidos en Dunkerque. Por lo que respecta a la flota aliada, los británicos perdieron en la Operación Dynamo 5 destructores, 30 buques diversos y 170 embarcaciones menores, mientras que los franceses perdieron otros 5 destructores y 60 barcos de todo tipo.

La operación, bautizada por la prensa británica como «El Bendito Milagro de Dunkerque«, supuso una luz de esperanza en medio del estrepitoso fracaso en la defensa de Francia y permitió a los británicos mantenerse vivos en el conflicto. La decisión alemana de destruir a los Aliadosmediante la aviación fue un grave error de cálculo. Aunque el blanco del ataque parecía fácil (un número ingente de soldados, agrupados o en largas filas aguardando para embarcar en una superficie reducida) lo cierto es que las profundas arenas de las playas, capaces de engullir las bombas y absorber tanto la metralla como la onda expansiva, fueron fundamentales para minimizar los muertos y heridos. Por otra parte los aviones alemanes no disponían de bombas precisas para llevar a cabo un ataque efectivo contra los buques de rescate.

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Descubren detrás de un muro el mayor tesoro de artefactos nazis jamás hallado en Argentina

Publicado por El hijo del Ahuizote en junio 24th 2017

Busto de Adolfo Hitler
                                                                                                      Había varias efigies de Adolfo Hitler, incluyendo este busto en metal plateado.

Un busto de Adolfo Hitler, la escultura de una águila imperial, un macabro instrumento para medir la dimensión de cráneos estampado con una esvástica están entre la mayor colección de artefactos nazi jamás encontrados en Argentina, según las autoridades.

Unos 75 objetos estaban escondidos en la residencia de un coleccionista en Beccar, un suburbio a unos 21 kilómetros al norte de Buenos Aires, y fueron recuperados por la Policía Federal Argentina (PFA).

Águilas, esvásticas y bustos de Hitler: la inquietante colección de objetos nazis que estaba escondida en Buenos Aires

Las autoridades sospechan que se trata de piezas originales que pertenecían a altos funcionarios del régimen nazi en Alemania, durante la Segunda Guerra Mundial.Eso les agregaría mayor interés y valor histórico. «Sería una manera de comercializarlos, demostrando que fueron utilizados… por el Führer. Hay fotos de él con los objetos», declaró Bullrich.

Objetos nazi incautados
                                                                                Los objetos nazi fueron incautados en una redada a una residencia al norte de Buenos Aires.

 

Además del busto y una escultura en relieve de Hitler, se encontraron varios instrumentos de uso médico dentro de elegantes estuches, incluyendo uno para medir el cráneo.

Entre otros objetos inquietantes había juguetes que Bullrich describió como artículos para adoctrinar niños y una estatua del águila imperial nazi sobre una esvástica.

«Estamos conmovidos, es muy impresionante el hallazgo de estas piezas originales con simbología nazi, emblemas de una trágica época de la historia», declaró la ministra.

La funcionaria agregó que «ya no estarán más circulando o a la venta», y precisamente sobre las piezas con simbología nazi, adelantó que «serán llevadas al Museo del Holocausto«.

 

Instrumento médico de la época nazi
                                                                                                 Dentro de la colección hay un instrumento médico para medir cráneos.
Cruz nazi
                                                                                           Se sospecha que son piezas originales que pertenecían a altos funcionarios de la Alemania nazi.

El hallazgo fue el resultado de una larga investigación que terminó con el allanamiento, el viernes 9 de junio, de dos locales de un centro comercial en Vicente López y de una residencia en Beccar.

Los objetos se encontraban guardados en habitaciones ocultas detrás de una pared falsa.

Se está tratando de determinar cómo llegaron esos objetos al país, pero una de las hipótesis es que fueron traídas por oficiales nazis que buscaron refugio en Argentina después de la Segunda Guerra Mundial.

También se incautó una gran cantidad de antigüedades de origen alemán, japonés, chino y egipcio, ingresadas ilegalmente al país y que «están dentro de la lista roja de la Unesco».

Así lo explicó la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, añadiendo que muchos de los objetos venían acompañados de antiguas fotografías que podían establecer la procedencia de los artefactos.

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Babi Yar, la trastienda del Holocausto

Publicado por El hijo del Ahuizote en mayo 14th 2017

El 26 de septiembre los nazis decidieron exterminar a la población judía de Kiev. Más de 33.000 personas fueron asesinadas en dos días

Eran llevados al borde del barranco desnudados y asesinados. Ucrania y otros territorios soviéticos fueron el ‘laboratorio’ de la Solución Final

Un judío asesinado en Vinittsa, Ucrania, en 1941.

Un judío asesinado en Vinittsa, Ucrania, en 1941.

Babi Yar es una herida ucraniana, una hemorragia de hasta 100.000 almas que ya no pueden ser vengadas. Fue el primer plato del Holocausto judío, cocinado con macabra eficiencia por los comandos de ejecución nazis en sólo dos días a las afueras de Kiev, la capital de la actual Ucrania. Este lugar será siempre un hoyo silencioso, donde entre hierbas salvajes el genocidio se alió con la orografía: todavía se abre el mismo vacío que entonces al borde de este barranco, el justo para que el cuerpo recién ametrallado ruede cuesta abajo con el resto de infelices.

El 22 de junio de 1941 las tropas de la Alemania nazi y sus aliados invadieron la Unión Soviética en la denominada Operación Barbarroja: hay fotos de judíos ucranianos cavando sus propias tumbas en Storow, Ucrania, ya en el mes de julio. El horror a partir de entonces no dejó de ir en aumento.

Babi Yar significa «barranco de la abuela» y cerca de él estaban situados un psiquiátrico y una cárcel. Imposible hallar un lugar mejor no lejos del centro de Kiev: sin testigos, sin interrupciones. El aperitivo llegó el 27 de septiembre, cuando fueron asesinados 752 pacientes de la clínica psiquiátrica: «Basura humana», fue la etiqueta que se les puso. El general Kurt Eberhard y el comandante de la policía del ejército del Grupo Sur, Friedrich Jeckeln, tomaron la decisión de borrar del mapa a los judíos de los alrededores.

La Shoah de las balas

En 1939 había 175.000 judíos en Kiev, representaban el 20% de la población, aunque cuando llegaron los alemanes ya habían huido muchos, dejando la cifra en algo más de 50.000. El autor ruso Vasily Grossman escribió que hubo dos Shoah: la perpetrada mediante las balas y la segunda mediante el gas. Babi Yar fue la puesta de largo del genocidio a través del plomo. Ahí fueron claves los 3.000 hombres Einsatzgruppen, los conjuntos de escuadrones de ejecución itinerantes especiales formados por miembros de las SS, y otros integrantes de la policía secreta de la Alemania nazi. Había cuatro en total, el Einsatzgruppe C fue asignado a Ucrania con el Grupo de Ejércitos Sur. Contaba con los Sonderkommandos 4a y 4b, que se encargaban de concentrar a la población que había que ejecutar, y los Einsatzkommandos 5 y 6, que fusilaban a destajo. Las otras formaciones, las de primera línea, no solían tomar parte en las masacres.

Con la guerra en marcha, el objetivo era la limpieza étnica para asegurar la «seguridad política» de los territorios conquistados. Los criterios se fueron ampliando desde la invasión de Polonia, y cuando los ejércitos alemanes cruzaron la frontera el 22 de junio de 1941 comenzó el exterminio de varones judíos. El 16 de julio de 1941 Hitler reunió a sus colaboradores para explicarles que Ucrania sería una joya del imperio nazi, administrada por las SS y otros cuerpos de seguridad.

A finales de agosto de 1941 estaba ya bastante claro que Kiev acabaría en manos de los alemanes. Tras muchas dudas por parte de Stalin, Mijail Kirponov, general a cargo de la zona, recibió la orden de retirarse de Kiev el 17 de septiembre. El 19 los nazis habían llegado a las afueras de la ciudad y algunos barrios cercanos al centro, y el día 21 los ciudadanos escucharon por radio una voz de la Sovinformbureau, la oficina de información, diciendo que las tropas soviéticas dejaban la ciudad. Llevaban semanas diciéndoles que eso jamás ocurriría.

En la capital muchos tenían familiares en el Ejército rojo. Pero también muchas familias habían sido diezmadas por las hambrunas y la colectivización forzada de los años 30, que habían causado más de tres millones de muertos. La situación entre los soldados del Ejército rojo a cargo de la defensa de la ciudad era muchas veces de desamparo, conduciendo a autolesiones que, años después, llaman la atención entre tanta estadística: de casi 500 heridos en varios hospitales de Kiev, nada menos que 460 presentaban un balazo en el brazo izquierdo.

De la concentración a la eliminación

Había un antibolchevismo notable y muchos ciudadanos de la capital dieron la bienvenida a los alemanes. Pensaron que les librarían de la opresión del estalinismo. Otros se alegraron de que por fin alguien pusiese ‘en su sitio’ a sus vecinos judíos, a los que la propaganda soviética había acusado mediante rumores de ser los causantes de las hambrunas que había provocado la colectivización agraria.

También jugaba a favor de los nazis el recuerdo de lo ocurrido durante la Primera Guerra Mundial, cuando los alemanes ocuparon la ciudad y emitieron una orden para intentar evitar el ataque a cualquier minoría, incluida la judía: «Alemania era una ‘nación europea’, y por eso pensaban que una ocupación de los nazis no podía ser peor que la de los bolcheviques«, explica Victoria Khiterer, especialista en historia de los judíos.

La inquietud había subido sin cesar desde el anuncio de la incursión nazi. Pero las víctimas difícilmente podían imaginar el calibre de lo que se avecinaba. «Babi Yar es la mayor masacre en un periodo de tiempo tan corto», explica el historiador Per Anders Rudling. Los especialistas se han preguntado por qué con el avance sobre Ucrania cambió la política de los nazis respecto a los judíos: se pasó de concentrarlos a asesinarlos a marchas forzadas. Una de las razones que se apuntan es que al alcanzar la guerra una escala global los planes de enviar los judíos lejos de Alemania (Madagascar era una de las opciones) se tornaron muy complicados.

Ucrania, Bielorrusia y otros territorios soviéticos fueron así el ‘laboratorio’ del Holocausto. Se decidió matar a todos: hombres, mujeres y viejos. Y niños también, porque de lo contrario después de haber contemplado aquello podrían volver para vengarse cuando fuesen mayores. En Kaunas (Lituania) se había aniquilado a 3.800 judíos. Después, en Ucrania occidental, les llegaría el turno a 24.000.

Las víctimas eran obligadas a cavar su propia tumba. Si era una fosa común, debían ir acostándose desnudos sobre los cadáveres fusilados anteriormente pero en sentido contrario: la cabeza coincidiendo con los pies de los de abajo. Los nazis lo llamaban «formación lata de sardinas».

Pero en el caso de Kiev el barranco de Babi Yar el relieve aportaba una solución perfecta. Los guardias les conducirían hasta el punto exacto donde los iban a matar y les ordenarían que se quitasen la ropa. Mucha sería confiscada, aunque también los desnudarían para comprobar que no llevaban consigo dinero o algún objeto valioso.

La orden del exterminio

La impresión generalizada, y errónea, era que se estaba preparando una deportación masiva. Así que a la mañana siguiente, decenas de miles de judíos se presentaron en el lugar indicado. Algunos llegaron con mucha anticipación para asegurarse de que no les quitaban el sitio.

Las dos calles confluyen cerca de un cementerio: allí los niños lloraban y los adultos los intentaban tranquilizar. La gran masa de gente se movía muy despacio, algunos se impacientaban. A la altura de la verja del cementerio judío, unos pocos metros después, había que dejar el equipaje: como si fuese a ir en un vagón especial. Pero desde esa distancia ya se oían las ametralladoras, lo que levantaba las primeras sospechas. Pero en la cara interior de la verja se había colocado un puesto de control donde se pedía la identificación a todo el que intentase volver afuera. Si era judío, debía regresar con el resto.

Cada persona que llegaba a la primera línea era colocada con otros formando grupos de diez. Había que pasar por un pasillo formado por soldados alemanes que llevaban garrotes en las manos. Muchos estaban medio borrachos para poder cumplir así su lúgubre tarea: matar a sangre fría a civiles indefensos.

Desnudados al borde del barranco

«Schnell, schnell!», [¡rápido, rápido!] gritaban, conduciendo a la gente hasta una zona de hierba. Allí se pedía al cada uno de los miembros de grupo que se desnudase y si alguien se mostraba reticente era apaleado de nuevo. Los guardias estaban borrachos de furia, poseídos por el sadismo.

Ante ellos sólo quedaba el destino final, el barranco de Babi Yar. Los judíos eran colocados en el borde y se les disparaba sin contemplaciones. Sus cuerpos rodaban hacia el fondo del barranco. Anatoly Kuznetsov, en su libro ‘Un documento en forma de novela’, recuerda el testimonio de una mujer judía que logró escapar y pudo describir después la escena: «Miró hacia abajo y sintió un mareo, tenía la sensación de estar muy alto. Bajo ella había un mar de cuerpos cubiertos de sangre».

Hay un informe de situación, el 101, del Einsatzgruppe destacado en Kiev. Entre el 29 y el 30 de septiembre 33.771 judíos fueron ejecutados. Pero las matanzas fueron mayores, hasta 50.000 judíos por lo menos durante esos días. Y seguirían en los meses siguientes con otras minorías.

A mediados de 1943 los alemanes estaban en retirada. Los soviéticos avanzaban por el oeste, y los nazis pensaron en esconder su culpa. Se escogió a 100 prisioneros del campo de concentración de Syretsk, situado cerca de Babi Yar. Caminando rumbo al barranco, estaban seguros de que los iban a matar. En lugar de eso, les sirvieron la cena.

Rebuscar entre los muertos de la fosa

Les esperaba la labor más desagradable. Primero excavar en la fosa común, en la que se habían alternado varias capas de basura y las de muertos. Después, sacar los cadáveres (la mayoría de los cuales llevaba dos años enterrados), que en algunos casos estaban enredados y eran difíciles de separar: los nazis diseñaron un arpón especial que los enganchaba tirando de la barbilla, pero algunas veces salían tres unidos que había que cortar con hachas. Las capas de gente enterrada abajo del todo tuvieron que ser dinamitadas. Después había que buscar si llevaban algo de oro o si todavía llevaban alguna prenda puesta, pues la norma de desnudar a los que se iba a fusilar se había relajado en los últimos grupos.

Después los quemaron, hasta 2.000 cada vez, con los cuerpos colocados en capas. Los pies de los de arriba coincidiendo con las cabezas de los de abajo. Cada dos capas de cuerpos, una de leña. De todo el proceso todavía quedaron huesos de gran tamaño que fueron machacados con losas del cementerio judío cercano. Había que destruir cualquier evidencia, pero las llamas se veían desde el centro de Kiev. Una generación entera las recordaría para siempre.

Tras seis semanas trabajando, los prisioneros encargados de esta tarea decidieron fugarse. Conservaron algunos objetos que encontraron entre las ropas de los muertos que podían servir para abrir los cierres de los grilletes y para atacar a los guardias. Prepararon la fuga durante un tiempo, hasta que una noche un guardia les dijo que al día siguiente iban a ser ejecutados. En la oscuridad de la noche, corrieron en masa sin que el guardia que estaba a cargo de la ametralladora se atreviese a disparar, puesto que sus propios compañeros estaban entre medias. Según ha detallado Jennifer Rosenberg, historiadora especializada en el siglo XX, sólo 15 lograron escapar.

La matanza de prisioneros de guerra, gitanos, enfermos

Babi Yar fue un sumidero que se fue tragando todo lo que los nazis detestaban. Tras la masacre los nazis siguieron matando en ese barranco hasta casi el día en el que se marcharon: prisioneros de guerra soviéticos, gitanos, enfermos mentales y también integrantes de la ‘resistencia’ ucraniana.

Se calcula que pudieron haber muerto allí entre 70.000 y 120.000 personas, aunque algunos elevan la cifra hasta 200.000. El autor Ilya Ehrenburg describió el dramatismo de aquellos días en su novela ‘La tormenta’ en 1947: una niña suplicando sin éxito que la dejasen vivir, un abuelo ametrallado por no entender bien las explicaciones, familias despidiéndose de rodillas en el suelo, heridos enterrados vivos

En 1959 Viktor Nekrasov se lamentaba en las páginas de ‘Literaturnaya Gazeta’ de que no se hiciese nada por recordar lo ocurrido en Babi Yar. Las autoridades barajaban por aquellas fechas transformar el barranco en un estadio de deportes. «Quisieron edificar, pero Dios protege esto», explica Vera, una anciana de 70 años que cuida de una iglesia ortodoxa situada en la zona. Al fondo del camino hay una sinagoga que ha sido víctima de actos vandálicos varias veces: «Han dibujado esvásticas y cosas peores», dice meneando la cabeza.

Moscú siempre esquivó la dimensión antisemita de la matanza. Pero un poema, titulado precisamente ‘Babi Yar’ y escrito por Yevgeny Yevtushenko, denunció en 1961 que las autoridades estaban mirando para otro lado mientras la generación que lo había vivido se hacía vieja rumiando en silencio.

A continuación llegó Dimitri Shostakovich con su 13ª sinfonía, una vibrante pieza musical que, usando esa misma poesía, estaba consagrada a inmortalizar esa tragedia. Se escuchó por primera vez en Moscú en 1962. Tanto Yevtushenko como Shostakovich fueron reprendidos por las autoridades soviéticas por su «cosmopolitismo». El gobierno de la URSS erigió por fin un monumento en 1976 para recordar a «los ciudadanos soviéticos» que perdieron sus vidas. Hubo que esperar a 1991, con la URSS ya finiquitada, para que se recordase allí, 50 años después de la tragedia, la masacre de judíos.

La ayuda ucraniana

Todavía hoy existe controversia. «Recientemente el presidente ucraniano, Petro Poroshenko, ha rendido homenaje a los judíos y los nacionalistas ucranianos, pero mientras que los primeros murieron por miles los otros murieron por decenas, tal vez centenas, y además jugaron un importante papel ayudando a perpetrar aquellos crímenes», critica Per Anders Rudling, que ha dedicado parte de su vida a estudiar el nacionalismo ucraniano. Natalia Antonova, que perdió a familias de sus abuelo, opina en un café de Kiev: «Hay una ola de revisionismo imparable»:

Jessica Milstein es nieta de supervivientes del holocausto. Anna Tsesarsky su abuela, logró sobrevivir a las atrocidades de aquel septiembre negro y todavía hoy le resulta muy amargo remover aquellos recuerdos. Su hermano, su padre y su tío se presentaron en el lugar señalado por los nazis, las noticias sobre las brutales matanzas de judíos todavía no habían llegado a Kiev. En Kiev, recuerda, los asesinatos se llevaron a cabo «con la ayuda de ucranianos«. En algunos casos era nacionalistas que creían así poder echar a los soviéticos, aunque Hitler rechazaba de plano una Ucrania independiente. En otros casos era solamente por la promesa de los guardias alemanes de que podrían robar las pertenencias de los fusilados. Y mientras tanto la policía ucraniana ayudaba a vigilar a los judíos que iban de camino a este matadero.

Babi Yar fue un lugar de ejecución durante meses. Hasta el día de la liberación de Kiev por el Ejército rojo, el 6 de noviembre de 1943, unos 200.000 murieron en Babi Yar y sus alrededores. No quedaron más que unos pocos centenares de judíos en la ciudad. Y muchos se marcharon lejos. Anna Tsesarsky acabó en Estados Unidos.

En Denver, cada año se conmemora la matanza junto a un monumento. Jessica Milstein, su nieta, ha heredado una misión en nombre de todos esos cuerpos inertes enredados desnudos bajo la arena: la memoria. «Como adolescente», explica mientras cuida a la matriarca, «pasé noches enteras hablando de Babi Yar con mi abuela, cómo y por qué sucedió, por qué no hay que olvidar ni dejar que suceda, y creo que la necesidad de contarlo es hoy más fuerte que nunca». En el fondo de este barranco la tierra todavía parece removida, agitada por todo lo que esconde.

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