Historias de la Historia

Anécdotas y Curiosidades del pasado

Seres y objetos que sobrevivieron a la bomba de Hiroshima

Publicado por El hijo del Ahuizote en agosto 12th 2018

Hiroshima
                                                                                                       La ciudad quedó completamente destruida.

El 6 de agosto de 1945, la mayor parte de la ciudad de Hiroshima se extinguió.

Estados Unidos lanzaba una bomba atómica para obligar a Japón a rendirse. En el camino, más de 140.000 vidas humanas se perdieron. Hiroshima y luego Nagasaki quedaron prácticamente destruidas.

Sin embargo hubo algunos testigos que sobrevivieron para contar en silencio una parte imborrable de la historia. A 70 años de la bomba atómica, les presentamos tres de ellos.

 

1. El bonsái Yamaki

Bonsai

Tiene 400 años y miles de historias que contar. Sin duda la más importante es cómo sobrevivió a una bomba nuclear.

Este Bonsai, originario de la isla de Miyajima, que se cree fue plantado en 1625, para 1945 se encontraba en la villa de la familia Yamaki, a unos tres kilómetros del epicentro de la bomba.

Milagrosamente, este pino blanco enano, con forma de hongo, salvó ileso, al igual que la familia que lo albergaba.

Hoy, sin embargo, no se encuentra en Japón, sino en EE.UU.

El árbol es parte de la colección del Museo Bonsái y Penjing en Washington DC, luego de que el maestro bonsái Masaru Yamaki lo donara al pueblo estadounidense como parte de las celebraciones del bicentenario de EE.UU.

2. Un tranvía llamado Hiroshima

Tranvía

Algún día, fue el vagón 653. Pero luego de que el desastre nuclear golpeara la ciudad, se convirtió en uno de los tres tranvías que sobrevivieron.

Hoy ha sido completamente restaurado y es uno de los testimonios vivientes de aquella época.

Pintado de azul y gris, sus colores originales, su interior mostrará videos de testimonios de los sobrevivientes, a 70 años del lanzamiento de la bomba.

 

3. Los árboles superpoderosos

A-tree
                                                                                          La conservación de los Hibakujumoku es una tarea prioritaria para los locales.

Si usted visita Hiroshima y a su paso se encuentra con un árbol con un delicado cartel amarillo marcado como “A-tree”, está frente a un monumento vivo.

Los A-trees o Hibakujumoku, en el idioma local, son árboles que sobrevivieron al 6 de agosto de 1945. No sólo sobrevivieron, sino que además volvieron a florecer y hoy son parte importante de la identidad local.

A-tree
                                                                                                                  Muchos de ellos están en medio de las casas.

Emplazados en parques, jardines o incluso en medio de casas, su conservación es una de las prioridades de la ciudad.

Hoy existen varios proyectos de conservación. Uno de ellos, bajo el alero del Instituto de Investigación y Desarrollo de la ONU, disemina sus semillas alrededor del mundo, como una manera de esparcir su legado y recordar lo que vivieron estos árboles ancestrales.

Entre los sobrevivientes hay especies tan diversas como sauces llorones, gingkos e incluso higueras.

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La Batalla Más Grande del Mundo

Publicado por El hijo del Ahuizote en enero 7th 2017

Medio millón de soldados norteamericanos estuvieron presentes en la batalla más grande del mundo, y nunca lo supieron. Muchos de ellos creyeron que era sólo un largo paseo. Algunos pensaron que sólo había sido una serie de escaramuzas. Unos pocos de ellos encontraron la muerte en esta batalla y, demasiado tarde, des­cubrieron que era mortalmente en serio. Unos pocos, muy contados, supieron que era otro cruel combate. Pero para demasiados de ellos no fue más que un largo y confuso recorrido en tanque o camión.

Dentro de varios siglos, los historiadores se inclinarán sobre los comunicados e historias de la Batalla del Ruhr con fascinada aten­ción. Fue la batalla más grande de la historia.

En ella, en el curso del año 1945, ejércitos de millones de hombres chocaron y maniobraron, con uno de ellos envolviendo y destruyendo totalmente al otro, para poner fin a la guerra más titánica que el mundo llegó a ver jamás.

Probablemente ya no sucederá nunca que ejércitos tan vastos se encuentren y se enzarcen en mortal combate. La bomba atómi­ca ha hecho que estas enormes concentraciones sean, con mucho, demasiado peligrosas para que se las vuelva a utilizar otra vez.

La Batalla del Ruhr fue planeada en 1942 y se libró tres años más tarde, en 1945. Las muy anteriores invasiones de Africa del Norte, Italia y Francia por los norteamericanos y británicos no fueron más que los preliminares de esta batalla final por la civilización. La decisión final de la Segunda Guerra Mundial debía producirse en el Ruhr y había que planearla y prepararla con años de anticipación.

Soldado estadounidense custodia prisioneros alemanes en Remagen

Soldado estadounidense custodia prisioneros alemanes en Remagen

El motivo ello fue manifiesto desde el comienzo. El Ruhr era, y sigue siendo, el corazón industrial de Europa, y de Alemania.

Para vencer a Alemania debía conquistarse el Ruhr.

Ya en 1942, mientras la Gran Bretaña se estremecía bajo los aplastantes ataques de la Luftwaffe, comenzaron a trazarse los planes para la derrota final del imperio nazi. Los jefes norteamericanos y británicos estuvieron contestes en que sólo la invasión del continente y la destrucción del corazón industrial de Alemania podían representar la victoria en la guerra.

En la Conferencia de Casablanca, de enero de 1943, comenzó a establecerse el plan detallado. Para que encabezase el estado mayor aliado encargado de estos planes, Roosevelt y Churchill escogieron al teniente general Sir Frederick Morgan, del Ejército Británico. Había de ser el Jefe de Estado Mayor de un Comandante Supremo aliado al que todavía no se había escogido. El título de su cargo decía ya lo que había de ser y lo que tenía que hacer: lo decía la imponente y sugerente palabra COSSAC * (Chief of Staff, Supreme Allied Commander).

En sus amplios salones de trabajo en Londres, COSSAC y sus ayudantes trazaron el gran plan maestro para la invasión de Francia, la Operación Overlord. Una vez establecido el plan Overlord, con todos sus detalles precisos, trazáronse los planes para la invasión en sí (el plan Neptuno), los numerosos planes diversiona-rios (de cobertura) y la propia batalla final, la batalla para aislar y tomar la fortaleza-arsenal de Ruhr.

 

Soldado estadounidense en la estación de tren de Hamm, en el extremo oriental de la Bolsa del Ruhr. 6 de abril de 1945

Soldado estadounidense en la estación de tren de Hamm, en el extremo oriental de la Bolsa del Ruhr. 6 de abril de 1945

Extendiéndose a la orilla oriental del Rin, la gran masa de fábricas y minas a la que se conoce con el nombre del Ruhr, se parece a la zona de Pittsburgh en los Estados Unidos, a la que se hubiesen sumado Detroit y otras ciudades industriales, todo ello reunido en una concentración de noventa y cinco por ciento quince kilómetros. Está limitado, al oeste, por el Rin; por el río Siver, al sur, y por el Lippe al norte. En él se encuentran los grandes centros siderúrgicos y fabriles de: Essen, Dortmund, Duis-burg, Wuppertal, Dusseldorf, Solingen y Hagen. Privada de estas fuentes de armamentos, Alemania no estaría en posibilidad de continuar la guerra. El bombardeo aéreo podía debilitar esta zona, pero nunca llegaría a destruir totalmente su poder.

Desde los desembarcos iniciales en Normandía, el gran plan trazado por el general Morgan apuntaba a un largo empuje hacia el nordeste, en busca del Ruhr. A continuación, reclamaba una gran batalla doble envolvente para copar, rodear y liquidar el Ruhr. Berlín era el objetivo final. Su Supremo Comandante aliado, fuese quien fuere, habría de poner en ejecución este plan trazado por anticipado.

Hace dos mil años, en la batalla de Cannas, el perfecto movimiento envolvente doble y la destrucción de un ejército habían quedado demostrados con toda su terrible efectividad. En aquel entonces, el gran general cartaginés Aníbal había rodeado al ejército romano y había hecho en él una gran carnicería. Ahora, en este plan, habrían de utilizarse las mismas tácticas, pero en una escala que hubiese dejado boquiabierto al propio Aníbal.

Y todo sucedió tal como estaba previsto.

El veinticuatro de marzo de 1945, el ejército norteamericano había llegado a la orilla occidental del Rin, viendo el Ruhr al otro lado. El general Eisenhower, el Supremo Comandante Aliado estaba a punto para dar los pasos decisivos del gran plan del general Morgan: la captura del Ruhr.

Eisenhower

Eisenhower

Con los norteamericanos, al norte del Ruhr y más arriba de Wesel estaban los ejércitos británico y canadiense, al mando de Montgomery. Al sur, más abajo de Remagen, otros ejércitos norteamericanos, a las órdenes de Patton, estaban prestos para el avance. Ahí, la captura del intacto puente Ludendorff había permitido que los norteamericanos estableciesen una cabeza de puente en la orilla oriental del Rin.

 

puente Ludendorff

puente Ludendorff

En la zona del Ruhr, la flor y nata del ejército alemán aguardaba, ya acorralada. Bajo el mando del Mariscal de campo Model, veintiuna divisiones alemanas y 325,000 veteranos del ejército se aprestaban a la batalla decisiva.

Contra estas fuerzas, Eisenhower lanzó, no simples divisiones, sino ejércitos enteros. Por el norte, cerca de Wesel, el Noveno Ejército, bajo el mando del general Simpson, recibió la orden de cruzar el Rin y avanzar en línea recta hacia el Este, hasta Lipp-stadt y Paderborn. Al Sur, el Primer Ejército, mandado por el general Hodges, había de avanzar hacia el este, desde Remagen y Linz, dando un gran rodeo, para girar hacia el norte y reunirse con la otra punta de lanza en Lippstadt y Paderborn. Entre ellos habían de dejar atrapadas a las fuerzas alemanas en un enorme círculo de hierro.

El nuevo Decimoquinto Ejército Norteamericano, a las órdenes del general Gerow, había de retener la orilla occidental del Rin, amenazando todo el límite oeste del Ruhr e impedir cualquier contraataque.

En la fría y gris mañana del 25 de marzo comenzó el ataque. La tierra temblaba mientras toda la artillería reunida de los Cuerpos de Ejército y Ejércitos lanzaba una lluvia de explosivos de alto poder al otro lado del Rin. Divisiones enteras de tanques e infantería lanzáronse adelante, en una marea de poderío armado que cubría la tierra.

En las líneas de defensa, Model, el alto jefe alemán, incurrió en un grave error, a pesar de la ventaja que le conferían sus poderosas posiciones defensivas y el pisar terreno que le era bien conocido. Esperando un ataque hacia el norte por parte de las unidades norteamericanas que habían ya cruzado el Rin y estaban en la cabeza de puente de Remagen, desplazó sus fuerzas para hacer frente a este esperado acontecimiento. No dejó casi nada para contener el ataque del Primer Ejército que estaba directamente al este. Y el ataque lanzado desde Remagen avanzó hacia el este y no al norte.

En el norte, la infernal “intuición” del Fuehrer, impuso un error aun más fatal. Viendo que su “Reich para Mil Años” se derrumbaba ante sus ojos, prohibió que ninguna unidad retrocediese, bajo pena de muerte. Estándole prohibido concentrar su inmenso ejército, el mariscal de campo Model hubo de dejar las desparramadas unidades alemanas del norte en los lugares donde se encontraban.

Brincando, literalmente, al otro lado del Rin con un ataque aereotransportado, el Noveno Ejército cayó aplastantemente sobre los alemanes situados al norte. En un día, una considerable fuerza de infantería yanqui cruzó el Rin en botes de asalto, construyó un puente de barcazas en Wesel y lanzó puntas de lanza de tropas blindadas hacia el este. El doble movimiento envolvente más grande de la historia estaba ya en marcha.

Mariscal de Campo Walter Model (al centro)

Mariscal de Campo Walter Model (al centro)

La rama meridional de la pinza avanzaba hacia el este casi sin encontrar oposición. La rama septentrional tropezó con una desesperada defensiva tras otra. Todas eran en vano.

Aterradoramente potentes y efectivos, los norteamericanos eran ya en estos días lentamente eficientes en el oficio de la guerra. Las unidades blindadas entraban rápidamente en combate con los defensores, los dejaban clavados para que la infantería acabase de liquidarlos, y avanzaba barriendo en rápidos rodeos, aislándolos y copándolos rápidamente para su inevitable destrucción.

A medida que cada punta de lanza avanzaba rápidamente hacia el este, día tras día, dejaba una división destacada aquí y allá. Estas eran las divisiones rematadoras, todas ellas destinadas a atacar el corazón del Ruhr. Su función era atacar separadamente las esparcidas unidades enemigas, rodearlas e irlas eliminando una tras otra.

Después de los dos primeros días de rápido avance, detenerse a combatir y avanzar otra vez, la marcha de los dos ejércitos atacantes se hizo más rápida. Para el tercer día sus puntas de lanza encabezadas por tanques marchaban directamente hacia su objetivo. La marcha del brazo meridional del movimiento de pinzas era en especial acelerada, dando un giro hacia el norte para unirse con el otro brazo.

El día primero de abril, una semana después de haber salvado el Rin, los dos brazos se unieron en Lippstadt. La trampa se había cerrado.

Dentro de la trampa quedaba encerrada una enorme fuerza, totalmente rodeada y copada. El Grupo B del Ejército Alemán mandado por Model comprendía: el Quinto Ejército Panzer, el Décimoquinto Ejército Alemán y elementos del Grupo H de Ejércitos, así como el Primer Ejército de Paracaidistas. En la fuerza enemiga atrapada figuraban: siete cuerpos de ejército, diecinueve divisiones y más de 100,000 individuos de tropa, pertenecientes a la artillería antiaérea, con un total de casi un tercio de millón de soldados. Se encontraban también allí veinticuatro generales y un almirante.

 

Desconcertados y desamparados, los alemanes combatían ineficazmente y llenos de incertidumbre a medida que las metódicas divisiones rematadoras norteamericanas iban penetrando en sus posiciones. Los alimentos y municiones iban disminuyendo. El catorce de abril, los alemanes habían quedado hacinados en dos bolsones principales de resistencia.

Dada por el megalomaníaco Hitler llegó la orden de romper el cerco de tales bolsones. En el sitiado Ruhr, los jefes nazis se limitaron a hacerle caso omiso. La orden era inútil y sin sentido. Lo único real y verdadero en esos momentos era el estallido de las granadas americanas, los rugientes tanques y las caras de lú-grube expresión de los soldados norteamericanos.

Entre los vengadores norteamericanos, la excitación y la ira habituales en el combate subía de tono hasta convertirse en furor homicida. Su rápido avance les había llevado hasta las fábricas alemanas de horrores, a los campos de concentración y los crematorios de seres humanos. Casi sin poder dar crédito a sus ojos, iban viendo un horror tras otro. La horrenda Kultur del arrogante superhombre alemán quedaba expuesta a los ojos del mundo para que se la viese por primera vez.

Asqueados y semienloquecidos por la repugnancia y el hastío, los soldados norteamericanos lanzábanse furiosos contra las tropas alemanas. Los yanquis luchaban ahora como espectros vengadores, con el rostro lívido por un furor frío y con la rapidez y la astucia adquiridas después de meses y años de experiencia en combate. Delante de estos hombres, poseídos de la furia del tigre, los veteranos alemanes retrocedían con sobresaltado temor.

Por los caminos y en pos de las rápidas columnas norteamericanas de asalto, iban saliendo de fábricas y campos de concentración millones de esclavos libertados. Franceses, holandeses, belgas, italianos, checos, polacos y, más que de ningunos otros, rusos que, al ser libertados, echaban a andar, como por instinto, hacia el oeste. Era algo que parecía salido de la noche de la Edad Media, el derrumbe de un estado esclavo medieval. Y aquí y allá, la columna atacante descubría y suprimía campamentos rodeados de estacadas que estaban llenos de pálidos prisioneros de guerra.

Mansamente, los prisioneros de guerra y los civiles alemanes negaban*saber nada de los campos de esclavos y de tortura que les rodeaban por todas partes. Llevados hasta las fosas en masa y los crematorios humanos, al ser interrogados, se encogían de hombros como si aquéllo no les afectara. Como explicación decían que todo aquéllo había sido cuestión de órdenes, y con ello quedaba todo explicado. No sentían culpa alguna.

Con rostro granítico, los norteamericanos clavaban la mirada en los alemanes sintiendo ira y desprecio casi rayanos con el instinto homicida. Luego los soldados se alejaban, dejando detrás de sí las lamentables pilas de descarnados cadáveres y a los rollizos y muy dignos alemanes. En la nación de los asesinos por mandamiento no existían ni la vergüenza ni el remordimiento.

Al fin los americanos pudieron descargar algo de su ira sobre las tropas armadas y uniforme gris que todavía quedaban en los bolsones del Ruhr. Los libertadores atacaron salvajemente a las copadas unidades nazis.

En el seno del asediado ejército alemán, las unidades se desintegraban cada vez con mayor rapidez. Teniendo frente a sí el espectro de la derrota total, los alemanes hacían tanteos en busca de un modo que les evitase la rendición formal. El Mariscal de campo Model tenía una solución. El 17 de abril anunció que el Grupo B del Ejército Alemán quedaba disuelto. Se licenciaba a los soldados y se les decía que cada uno de ellos procurase encontrar la manera de salir del asedio valiéndose de cualesquiera medios que pudieran encontrar.

De esta manera, Model esquivaba la responsabilidad de la rendición. Luego se suicidó.

La resistencia organizada del Ruhr llegó a su fin en la mañana del 18 de abril. Los norteamericanos avanzaron calladamente y encerraron sus grandes masas de prisioneros en campamentos provisionales, procediendo a ocupar toda la zona.

El inmenso ataque habia comenzado tres semanas antes; ahora los ejércitos aliados estaban ya desatados sobre toda Alemania. En dos semanas más la guerra habría terminado.

En medio de la alegría por la victoria final, el mundo libre prestó muy poca atención a la gran Batalla del Ruhr. El contacto con los rusos en el río Elba, el suicidio de Hitler y el final de la pesadilla mundial bastaron para acaparar toda la atención. ¿Qué era una batalla más o menos, aunque resultara ser la más grande -de todos los tiempos? El mundo estaba ya harto y hastiado de batallas y muertes.

Infantes NorteAmericanos cruzando el puente

Infantes NorteAmericanos cruzando el puente

Aun siendo tan enorme, la batalla por la posesión del Ruhr no fue más que un episodio de la derrota de Alemania. Fue una victoria táctica sin paralelo en la historia. Pero tuvo un significado aún mucho más importante para el mundo, aunque en un aspecto muy diferente.

Por una ironía del destino, el significado militar de esta victoria táctica habría de cegar al mundo libre por lo que respectaba a su significado político, mucho más vital. El plan táctico del general Morgan, y la operación táctica del general Eisenhower, enmascararon totalmente los efectos políticos de este colosal hecho de armas.

Ensimismados en la victoria bélica, los norteamericanos se olvidaron totalmente de que la batalla no es la última finalidad de la guerra, y que sólo es un medio para un fin. Los jefes del Estado Mayor norteamericano lo dejaron todo a cargo de Eisenhower.

NorteAmericanos inspeccionando el puente hundido

NorteAmericanos inspeccionando el puente hundido

Con su mayor experiencia política, los británicos pedían a los norteamericanos que rebasasen el Ruhr y se lanzaran sobre Berlín y los países fronterizos. Este había sido el plan maestro previamente establecido. Pero Eisenhower estaba más interesado por una rápida victoria militar y por ahorrar vidas de norteamericanos. Había cambiado el objetivo del plan maestro y así se lo había comunicado a los rusos. Después de esto, los americanos estaban ya comprometidos y no había otra alternativa.

Si hubiese seguido el consejo inglés, los ejércitos norteamericanos hubiesen podido tomar Berlín, dominar Checoslovaquia y muchas otras zonas que ahora están en manos comunistas. Quizá todo el período de la “guerra fría” posterior a las hostilidades hubiese sido muy diferente. Pero es casi seguro que habrian muerto muchos más norteamericanos en la continuación de la lucha que ello hubiese significado.

Al llevar a cabo “el más grande doble movimiento envolvente de la historia”, Eisenhower el general triunfó sobre Eisenhower el estadista. Prefirió la victoria bélica y ahorrar vidas norteamericanas a la ventaja política que hubiesen podido lograr los Estados Unidos. Sólo Dios y el futuro saben si estuvo o no acertado.

Pero, sea como fuere, la Batalla del Ruhr dejó escrito un elevado mensaje en las páginas de la historia que decía que en los Estados Unidos radica el poderío bélico más grande de todos los tiempos. Que los que sueñan en conquistas lean este mensaje y se abstengan de entrar en guerra con este guardián de la libertad. Que todos los que busquen tiranizar y esclavizar recuerden el quemado y ennegrecido cascarón en que hubo de convertirse el antaño poderoso Ruhr, y sepan que los Estados Unidos estará siempre presto a unir su poderío al de los hombres amantes de la libertad.

 

 

 

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