Historias de la Historia

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Muerto y bien muerto: esas leyendas acerca de maximiliano indultado.

Publicado por El hijo del Ahuizote en junio 18th 2017

El fusilamiento de Max y sus compañeros "fieles guerreros", Mejía y Miramón.

El fusilamiento de Max y sus compañeros “fieles guerreros”, Mejía y Miramón.

Se cumplieron ya 12 años desde que una leyenda salvadoreña vino a alborotar el gallinero del  imaginario histórico mexicano, sembrando la #PerraDuda acerca de la mortalidad del buen Fernando Max de Habsburgo, archiduque austriaco del que, hasta 2001, nadie tenía duda de que  murió fusilado un 19 de junio de hace  146  años. Parece mentira que, tanto tiempo transcurrido desde la primavera de 2001, cuando un cable de la agencia española EFE, -que, tratándose de asuntos mexicanos no siempre es lo rigurosa que manda el canon periodístico- pusiera a circular una información que, pese a lo rebatida y desmentida en su momento,  se quedó atorada en las telarañas de nuestra cultura política colectiva, tan dada a imaginerías, escepticismos y profundamente adoradora de conspiraciones y engaños masivos.

No es nada nuevo esa tendencia nuestra a desconfiar de todo, por todo y para todo. Forma parte de nuestros comportamientos con respecto a nuestra vida política y a nuestras interpretaciones de los hechos. Desde que a fines del siglo pasado se efectuaron las primeras mediciones y encuestas dirigidas a entender la barroca, atrabancada y atrabiliaria cultura política mexicana, nos quedó muy claro que, en términos generales,  mientras más oficial parezca una afirmación, más fuerte es la tendencia a no creerla; mientras más  versiones sobre un hecho histórico haya, tanto mejor para esta alborotada conciencia colectiva que, ipso facto, adoptará como propia la que menos se acerque a lo que hemos aprendido en el aparato formal educativo.

Y si se trata de una versión complicada, con toques de inverosimilitud y, a veces, decididamente despegada de la realidad, tanto mejor, porque ganará adeptos que, a lo largo de los años, la repetirán a los no enterados  con el aire de suficiencia de quien comparte el contenido de una conspiración para derrumbar todo el andamiaje del “pasado oficial”.

Entre desmitificadores te veas. El chisme del supuesto y oculto perdón de Juárez a Maximiliano, que habría mandado al austriaco a vivir el resto de sus días a la ciudad centroamericana de San Salvador, goza de cabal salud a pesar de todas las ocasiones en que ha sido desmentido por historiadores profesionales. Leyendo las ENCUP (Encuesta Nacional de Cultura Política), me queda claro por qué una especulación de tal envergadura sigue vivita y coleando una docena de años después de aparecido en tierra mexicana.

No debiera extrañarme, lo admito. Si la especie del presunto robo de los huesos de Morelos flotó en nuestra cultura por espacio de 85 años, llegando hasta la proposición de hipótesis, por decirlo de modo educado, delirantes (como esa idea de que Almonte, por pura gana de joder, arrojó al mar los restos de su santo papacito), no veo por qué la historia de Maximiliano sobreviviente y oculto en Centroamérica no podría persistir una docena de años.

Debo admitir que me choca recibir correos de conocidos -que no saben de mi participación en aquel chisme de 2001- donde me vuelven a contar el asunto del famoso señor Justo Armas que se murió ¡de 104 años! en San Salvador y al que todos daban por Max sobreviviente y perdonado por Juárez.  No sólo me lo vuelven a contar; me lo tallan en el rostro con la prosa de quien ha hecho un descubrimiento de magnitudes desproporcionadas, y del cual yo no me he dignado ocuparme lo suficiente por despistada o por escéptica o por no querer entender que,venga de donde venga, una versión “alternativa”, “oculta” “no oficial” de los hechos, es siempre la buena, debido a la perversa conspiración del Estado Mexicano, empeñado en que los ciudadanos no nos enteremos de lo que “realmente” ocurrió con Max, con Carlota, con don Benito o con los perros del Castillo de Chapultepec.

Por eso, terminado el mes de junio, cuando se cumplieron 146 años de que mandaron al buen Fernando Max a criar malvas -me encanta esta expresión española-, cuento la historia como brotó en el concierto nacional, porque pese a la tinta corrida sobre el tema, pese a la cautela de unos, el disimulo de otros y al intento de no comprometerse de algunos más, ahí sigue, como mosquito incómodo que vuelve a salir a la menor provocación, el chisme de marras que vuelve a don Benito  un masón solidario con su similar austriaco, al que le perdona la vida, mientras ordena fingir un fusilamiento y un embalsamamiento fallido, repetido y tragipatético.

UNO. MI HISTORIA PERSONAL. Ocurrió en el año 2000. Estaba en la reinauguración del Alcázar del Castillo de Chapultepec, recién mejorado, restaurado y embellecido. En el numerito me encontré a un personaje que empezaba a ser mi amigo: José Manuel Villalpando. Hicimos juntos el recorrido de las salas nuevamente abiertas al público. Cuando yo contemplaba el comedor utilizado por donPorfirio, Villalpando me susurró: “¿qué me dices si te digo que Maximiliano no se murió en Querétaro?”

A continuación me contó una breve versión de esta historia, ahora conocida por muchos, pero de la cual, en aquellos días, nadie hablaba: un señor salvadoreño lo había ido a visitar en algún momento, llevando entre las manos este asunto. El señor, de nombre Rolando Deneke, había tocado diferentes puertas de historiadores para narrarles este asunto de Maximiliano perdonado por Juárez y establecido en San Salvador, donde había -y dicen que hay- una casa, la que fue de este Max resucitado, lleno de objetos imperiales: mobiliario, retratos, cuadros, objetos de arte y demás.

El detalle es que, como era previsible, todos esos historiadores a los que según Villalpando había acudido Deneke, lo habían mandado por un tubo. Solamente una persona, el propio Villalpando, se había tomado la molestia de escucharlo. Ignoro las circunstancias, y los referentes de esa expresión tan ambigua: “los historiadores” a los que se remitía, pero Villalpando aseguraba en ese entonces, que había visto la casa, en San Salvador, donde se conservaban los objetos provenientes del Segundo Imperio Mexicano.

Si era o no era algo que pudiera probarse, en esa oportunidad José Manuel Villalpando no fue muy a fondo. Si lo había hecho antes, parece probable, aunque lo cierto es que era solamente eso, una plática en el Castillo de Chapultepec, en un día en que, gracias a los intensos vientos, la vieja Tenochtitlan parecía una vez más la región más transparente del aire.

La historia no fue más allá, una curiosidad apenas para conversarla en casa y guardarla en la caja de esos datos que un día le sirven a cualquier periodista.

DOS: EL MITOTE PERIODÍSTICO.

Tal vez unos ocho o 10 meses después, en los últimos días del invierno del 2001, me llamaban de La Crónica de Hoy, periódico al que me unen lazos fraternales y para el cual, en aquellos días, hacía colaboraciones especiales para la sección Cultura.  Espulgando los materiales de las agencias de noticias para la edición del día siguiente, se habían topado con un cable de la agencia EFE, que “noteaba”, es decir, convertía en nota, un material publicado por el diario español y que ponía, en blanco y negro, por una fuente diferente a la mía, la historia de Maximiliano escapado de la muerte y convertido en el extraño señor Justo Armas.

El diario ABC de Madrid, en su edición del 9 de marzo de 2001 publicaba el reportaje firmado por Rosa Valdelomar, quien no hablaba de la probable revelación histórica, sino que tomaba toda la información de una novelita recién publicada en España, “La Tierra Ligera”, de Ediciones La Discreta, y de la autoría de un señor aparentemente dedicado a la diplomacia, llamado Santiago Miralles, y que habría obtenido el grueso de la información en la que se basaba la novela, de boca de Rolando Deneke.

Sin saber el relajo que se iba a armar a partir de su nota, Rosa Valdelomar abundaba en detalles: quince años le había llevado a Rolando Augusto Deneke reunir los elementos que juzgaba probatorios de que Justo Armas y Maximiliano de México eran una sola persona.

El nombre del personaje venía, según la nota, de  “un  comunicado” de Benito Juárez, donde se indicaba que Maximiliano “había sido pasado justo por las armas”. Por otro lado, describía, a partir de la novela de Miralles, cómo este extraño personaje se había establecido en la alta sociedad de la capital salvadoreña, que nunca contaba de dónde venía y quién era su familia, que era responsable del protocolo de la cancillería de aquel país, que dirigía los banquetes diplomáticos y que tenía un negocio de banquetes, o algo parecido.

La nota del ABC continuaba: Justo Armas no contaba de su pasado sino que era sobreviviente de un “gran naufragio”; siempre andaba descalzo,  en cumplimiento de una promesa hecha ” a la Virgen” si conseguía salvarse de un gran peligro de muerte. Según los datos de Deneke, la presencia de Armas en el Salvador podía documentarse desde 1870; el hombre  había sido semiadoptado por la familia del vicepresidente y canciller salvadoreño de entonces, Gregorio Arbizú,que además era masón.

Este es el punto que explica, desde aquella nota de 2001, la historia del salvamento de Max, que estaría basado en la masonería del archiduque y del presidente Juárez; un pacto de no agresión entre “hermanos masones” que propiciaría fingir un fusilamiento, parodiar un embalsamamiento fallido del que ya hemos hablado y realizar otro embalsamamiento de un cadáver cualquiera de tantos que había en Querétaro para tener un cadáver apenas identificable, construir el engaño y dejar a todo mundo contento: a Max lejos del mundo y de las broncas inmensas que debería afrontar en caso de haber vivido, a los liberales republicanos de México satisfechos por haber echado al usurpador  y a Benito Juárez con su honor masónico sin mancha por haber mandado al paredón a un correligionario.

Esto decía el cable de EFE glosando al ABC. Agregaba los datos que desde entonces se han repetido por los aficionados a las conspiraciones y en los que, piensan algunos, se da solidez a esta historia: que para 2001 Deneke ya había conseguido exhumar a Justo Armas y había tomado una muestra destinada a realizar pruebas de ADN, contrastables con muestra de sangre de dos mujeres del siglo XXI, pertenecientes a la casa real austriaca. Sea quien sea el señor enterrado en San Salvador, sí es un Habsburgo.

La nota aseguraba que Deneke había promovido estudios grafológicos que señalaban similitudes entre la caligrafía de Max y Armas. se dijo, en aquel momento, que Deneke también había auspiciado un estudio antropológico cráneofacial, hecho por una antropóloga costarricense, que mostraba las similitudes, parecido familiar, vamos, entre Max, Armas y el emperador Francisco José.

La parte donde la cosa ya comenzaba a volverse volada periodística, especulación y suposiciones afirmaba que en los últimas semanas de vida de Maximiliano había el propósito de alejarlo de la mirada de los republicanos y de los queretanos. Desbarraba ya Rosa Valdelomar y la novelita de Miralles cuando escribió que para fusilar a Max se había reunido a” un grupo de  campesinos que nunca habían visto al emperador”. Como la mayor parte de los mexicanos de la época, por cierto.

TRES: LAS PRIMERAS CONSECUENCIAS.

Eso era lo que decía el cable de EFE, como me lo contaron los compañeros de la Crónica y como lo iban a publicar. Después de aquella llamada, me dediqué a localizar a José Manuel Villalpando para contarle el hecho, con la idea de que él, el único historiador que estaba al corriente de la aventura de Deneke pudiera dar una entrevista. Como suele ocurrir cuando algo no le interesa demasiado, Villalpando me dio educadamente el avión y decidió esperarse hasta el día siguiente para ver publicada la nota.

Al día siguiente, publicada la nota, fue él quien me llamó por teléfono: “me urge que me entrevistes”. Efectivamente, lo entrevisté. Aunque consideró todos los datos recién conocidos por  los mexicanos como “sugerentes”, advirtió que no eran concluyentes. Villalpando se asumió como vocero de Rolando Deneke en México, dando a entender que había hablado con él a raíz de la publicación de la nota del ABC.

En su narración de 2001 Villalpando fue más preciso. Aseguró que sabía de las indagaciones de Deneke desde 1996, y que el salvadoreño llevaba mucho más tiempo metido en sus averiguaciones. Y otro punto importante: cualquier obra que no viniese de la pluma de Deneke no era sino un “pirateo” de todos los trabajos del centroamericano, refiriéndose a la novelita noteada por el ABC.

Incluso, en aquella entrevista, Villalpando aseguró que Deneke estaba “muy molesto”, pues nunca había autorizado -ni sabía, pues- cualquier trabajo literario a partir de sus investigaciones. Nunca lo había llamado gente del ABC, y desde luego que desautorizaba  el contenido de “La Tierra Ligera” por una sencilla razón: la investigación aún no era concluyente.

Las reflexiones de Villalpando, en aquella entrevista, se centraron en lo que debería hacerse con las pruebas de ADN: precisó que los análisis promovidos por Deneke debían repetirse, pues, aunque databan del año 2000 y mostraban semejanzas de 80 y 90% entre  las muestras de las nobles austriacas y lo que quedaba de Armas, esta última contaminada porque, al morir el buen señor, en las primeras décadas del siglo XX, lo habían sepultado -simpática paradoja- sin embalsamar.

Y al problema de los análisis del ADN se sumaban dos elementos importantes, en opinión de Villalpando: primero, tenían que tratarse de los “Habsburgo adecuados”,  es decir, de los Habsburgo-Wittelbach, la línea de la madre de Max y tía de Sissi, la archiduquesa Sofía. Segundo, más importante: la necesidad de contrastar la muestra Justo Armas con una muestra obtenida del cadáver depositado en la cripta de los capuchinos en Viena. Villalpando,como era su costumbre hace tantos años, se iba hasta la cocina con sus propuestas que a más de tres, en ese entonces, les parecieron demasiado audaces,porque recurrían hasta a recuperar, de coleccionistas mexicanos o de las bodegas del Museo Nacional de Historia muestras de cabello y barba del pobre Max.

Cabe agregar dos cosas: uno, no puedo dejar de pensar que, si Villalpando tenía tan claro lo que podía hacerse para verificar o no la historia de Deneke, se hubiera embrollado tanto con los restos de los insurgentes cuando le cupo en suerte ser (des)coordinador del desmadre bicentenario. Dos, que Rolando Augusto Deneke jamás concedió una entrevista a raíz del numerote que se armó en México. Nunca contestó a mis numerosos correos y tampoco contestó cuando marqué el número telefónico que conseguí. Hace poco, Villalpando ha dicho que Deneke ha muerto. Y la investigación se quedó donde estaba hace 12 años. Y aún así pegó en nuestro desconfiado imaginario colectivo, que es donde sigue, porque nadie, ni en España, ni en El Salvador, se ha despeinado por ello.

PISTAS HEMEROGRÁFICAS

Para los públicos no especializados, la nota aquella del presunto perdón oculto a Maximiliano, funcionó como aventar una granada en un gallinero. Y vean, ahí sigue el asunto, rodando, ganando adeptos, nomás por ser una “versión alterna” a lo establecido, escrito, abordado una y otra vez. En tierra de desconfiados, lo “oficial” huele a chamusquina.

De aquel cable de EFE publicado por Crónica se derivaron algunas notas cuyas referencias agrego para el interesado en el tema:

*VIERNES 9 DE MARZO DE 2001.- La Crónica de Hoy publica un cable de la agencia EFE donde revela que Maximiliano pudo haber sido perdonado secretamente por Benito Juárez y haber vivido hasta los 104 años de edad, bajo el nombre de Justo Armas.

* SÁBADO 10 DE MARZO DE 2001 .- Entrevista a José Manuel Villalpando, donde se hace vocero del disgusto de Deneke sobre la publicación de “La Tierra Ligera”.

MIÉRCOLES 14 DE MARZO DE 2001: Silvio Zavala, José Luis Martínez y Nicole Giron descalifican las indagaciones de Deneke y le aplican calificativos que van desde “cuento” hasta “linda leyenda”.

JUEVES 15 DE MARZO DE 2001.- Fernando del Paso subraya la incompatibilidad entre la masonería de Maximiliano y la de Juárez ,la imposibilidad de “disfrazar” a Max para sacarlo de Querétaro y califica las ideas de Deneke como “hechos imposibles”. El investigador Orlando Ortiz señala la ausencia de sustentos documentales en la información que se conoce obre Justo Armas que pueda darle solidez.

SÁBADO 17 DE MARZO DE 2001.- Al grito de “Investigar asuntos históricos no lo puede hacer cualquiera así, nada más”, la actual directora del INEHRM, Patricia Galeana, tacha de “inverosímil” y “fantasía” las hipótesis de Deneke.

LUNES 19 DE MARZO DE 2001.- El investigador austriaco Konrad Ratz señala la abundancia de testimonios de la muerte de Maximiliano y la imposibilidad de una fuga del emperador. La frase que me dijo en aquella ocasión es el título de esta entrada: “El 19 de junio de 1867, después de las 7 de la mañana, Maximiliano de Habsburgo estaba muerto y bien muerto”.

MARTES 20 DE MARZO DE 2001.- La nota salta a otros periódicos. José Manuel Villalpando, en Cronoscopio, la sección de divulgación histórica que mantenía con Alejandro Rosas en el periódico Reforma, sintetiza todo lo dicho en la entrevista que me dio el 10 de marzo, y aún cuando insiste en la ruta que debieran tener los análisis de ADN, no oculta su entusiasmo por las hipótesis de Deneke. Sugiere que elsalvadoreño dé a conocer los estudios grafológicos que dice tener. “No hay nada más emocionante que la historia, la que se supone ya escrita, de vez en cuando dé sorpresas como esta”, escribe. Me imagino que esta frase debe haberle restado más puntos en su ranking de popularidad entre los historiadores adscritos al mundo académico, donde, es preciso decirlo, nunca le han querido demasiado.

MIÉRCOLES 21 DE MARZO DE 2001.- Katia D´Artigues, en Milenio, recoge el tema y lo consigna. Frivolona y superficial como siempre ha sido la mayor parte de su columna, D´Artigues no se complica la existencia y concluye “a esta columna, verdad o no [y que se pudran los historiadores. Nota de la R.] le encanta la leyenda. Y propone creer que  es en El Salvador donde viven o vivieron Max, Pedro Infante, Elvis Presley y de paso, Mario Villanueva”. Profundísimo.

EPÍLOGO

Casi un mes después de este relajo, Excelsior puso la cereza del pastel. Su corresponsal en Madrid encontró al tal Santiago Miralles y lo entrevistó. El resultado fue una plana entera en letra de 10 puntos, cabeceada así. “Justo Armas sí era Maximiliano: Miralles”. Según el autor de la novela que desató el mitote, Deneke -que seguía sin hacer acto de presencia- se disponía a presentar, como un ensayo histórico, su trabajo de investigación. Eso nunca ocurrió.

Miralles, que como diplomático vivió en el Salvador, tuvo tiempo de enterarse de todo el asunto. Luego, habló de una abundante correspondencia sostenida con Deneke, donde el salvadoreño le acabó de soltar toda la historia. Agregó que Deneke tenía en su poder el diario de Justo Armas y que le había mostrado a él parte del análisis grafológico.

Las declaraciones de Miralles  parecen perseguir el fin de suavizar el hecho, completamente gandalla, por donde se quiera ver, de que tomó todo lo que le había contado Deneke para hacer su novela, donde, insistió, hay muchas cosas de ficción y faltaban los logros recientes de Deneke, como los resultados de las pruebas de ADN.

Con ese afán, Miralles reclamaba que “la historia de Rolando Deneke merece una oportunidad” y agregó que ” a mí me gustaría que antes de enjuiciar su tesis, o que se apresuraran a descalificarlo, los académicos y especialistas mexicanos trataran de informarse mejor acerca de lo que tiene Rolando Deneke entre sus manos”.

Como puede verse, eso no ocurrió. La historia de Deneke fue apaleada en los círculos académicos y el que fue más generoso con ella, José Manuel Villalpando, todavía le sigue jugando a reconocer el atractivo del tema, pero a no acabar de comprometerse o descomprometerse con la historia.

En este fandango doméstico, Rolando Augusto Deneke no asomó la cabeza ni por casualidad.Nunca dio entrevistas para bien ni para mal, nunca concretó aquel ensayo que dijo Miralles, y nunca se conocieron en México los estudios que había promovido y costeado. Sin haber movido un dedo, su historia cayó en la tierra fértil del proverbial sospechosismo  mexicano, que es donde permanece. Porque a estas alturas, doce años después, solamente Konrad Ratz se ha concentrado en aportar más elementos para probar que, en Querétaro, Fernando Max se quedó muerto y bien muerto.

El Cerro de las Campanas después del fusilamiento, como lo dibujaron y fotografiaron en ese junio de hace 146 años.

El Cerro de las Campanas después del fusilamiento, como lo dibujaron y fotografiaron en ese junio de hace 146 años.

Artículo originalmente publicado por Bertha Hernández en: https://reinodetodoslosdias.wordpress.com/2013/07/07/muerto-y-bien-muerto-esas-leyendas-acerca-de-maximiliano-indultado/

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MEMORIAS DEL JARDINERO DE MAXIMILIANO

Publicado por El hijo del Ahuizote en abril 4th 2013

La publicación recoge las impresiones y experiencias personales de Wilhelm Knechtel, quien acompañó al archiduque de Habsburgo en tierras mexicanas.

 

Portada del libro: Memorias del Jardinero de Maximiliano

 
Tras los pasos del emperador

EDITA INAH MEMORIAS DEL JARDINERO DE MAXIMILIANO

*** La publicación recoge las impresiones y experiencias personales de Wilhelm Knechtel, quien acompañó al archiduque de Habsburgo en tierras mexicanas

*** El joven botánico da cuenta de la pasión de Maximiliano por la arquitectura y la jardinería, que conjuntó en la rehabilitación del emblemático Castillo de Chapultepec

Publicadas en alemán en 1906, ahora son dadas a conocer en español Las memorias del jardinero de Maximiliano, en una edición que recoge las “impresiones y experiencias personales” de Wilhelm Knechtel, quien acompañó al archiduque de Habsburgo y la emperatriz Carlota de Bélgica en su aventura imperial en tierras mexicanas entre 1864 y 1867.

Editado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), la publicación permite seguir, a través de la mirada del joven botánico Knechtel, los pasos del emperador Maximiliano y su corte, desde el viaje en la fragata Novara y su llegada a Veracruz, Puebla y la Ciudad de México, hasta el diseño y construcción del castillo y los jardines de Chapultepec.

Para la maestra Amparo Gómez Tepexicuapan, investigadora del Museo Nacional de Historia “Castillo de Chapultepec”, las memorias de Knechtel son relevantes porque “se trata del testimonio directo de un hombre que presenció uno de los episodios más emblemáticos de la historia mexicana del siglo XIX”.

Además, la cercanía del jardinero con el archiduque “le permitió reparar en sucesos que para otros pasaron inadvertidos”, como la verdadera pasión que Maximiliano sentía por la naturaleza, a más de su exquisito gusto por la arquitectura y su afición por la jardinería: “Ello fue resultado de sus vivencias juveniles, sobre todo de los numerosos viajes que realizó, a partir de 1850, a Grecia, Italia, España, Portugal, Tánger y Argelia”.

También Maximiliano viajó por Francia, Inglaterra, las Islas Canarias e incluso Brasil, apuntó la investigadora. Sin embargo, “su interés en estas disciplinas se generó en 1856, cuando planeó y supervisó la construcción del castillo y parque de Miramar”, en la costa adyacente a Trieste.

En México, la primera tarea de Wilhelm Knechtel (1837-1924) fue rehabilitar los jardines del semiderruido Castillo de Chapultepec, pero también contribuyó a acondicionar el Jardín Borda, en Cuernavaca, rentado como casa de campo de los emperadores, y participó en la construcción, inconclusa, de la casa y jardín del Olindo, en Acapatzingo, poblado cercano a Cuernavaca.

Amparo Gómez señaló que “una vez que Maximiliano y Carlota entraron en la capital, el 12 de junio de 1864, al otro día enviaron a Knechtel a Chapultepec, donde lo recibió el mariscal Aquiles Bazaine”, jefe de las fuerzas de ocupación. Inmediatamente, el arquitecto Julius Hoffmann y el jardinero pusieron manos a la obra para acondicionar los aposentos de la pareja imperial.

En sus memorias “Knechtel describe la impresión que causó en Maximiliano la maravillosa vista del Valle de Anáhuac que se aprecia desde Chapultepec, inmediatamente quiso cambiarle el nombre por el de Miravalle, como su castillo de Miramar, sin embargo la tradición se impuso y siguieron llamándole Chapultepec”, aseguró la investigadora.

La especialista agregó que el emperador quería construir en Chapultepec un parque como los que se estilaban en las residencias de Europa: “Aunque ya no le dio tiempo, Maximiliano planeaba transformar el bosque salvaje en un parque con avenidas, glorietas y esculturas; pensaba poner a los grandes músicos, pintores y filósofos”.

Añadió que el archiduque era admirador de la cultura prehispánica (en el libro se describe su visita a caballo a las ruinas de Teotihuacan), por lo tanto pensó en “construir una pirámide en Chapultepec, además comisionó a una persona para que fuera a Egipto a traer varios ejemplos de la escultura y arquitectura antiguas”.

Reconstrucción de un jardín
El Museo Nacional de Historia “Castillo de Chapultepec” fue restaurado en su totalidad en el año 2000. Para tal efecto, en 1997, la maestra Amparo Gómez hizo una visita a Viena, Austria, con la finalidad de consultar una parte del archivo del Segundo Imperio y los papeles del archiduque de Habsburgo.

Explicó que para construir el jardín privado que está en el alcázar de Chapultepec fue necesario subir “a lomo de mulas” cientos de costales con tierra, además “se trajeron plantas, flores y árboles exóticos” que se habían coleccionado durante el viaje de arribo.

“Hoy en día, este jardín ha sido rescatado gracias al plano que encontramos en Viena, y no fue difícil transformarlo siguiendo los lineamientos proyectados por Maximiliano y Knechtel”, aseguró la investigadora, responsable de la colección de banderas históricas de MNH.

“Carlota escribía constantemente a sus familiares en Europa, a su padre Leopoldo y sus hermanos, a la emperatriz de Francia, diciendo que los jardines están transformados, que había muchas flores e incluso que llegaban muchos colibríes a su ventana. Estaba maravillada”, agregó Gómez.

También en 1997, durante sus investigaciones en los archivos de Viena, la especialista recibió una copia de la versión hectográfica (de sólo cien ejemplares) de las Memorias manuscritas de Knechtel, que le fue entregada por el doctor Konrad Ratz, especialista en el Segundo Imperio mexicano.

El libro de Knechtel contribuye para seguir dilucidando la “historia chica” de mediados del siglo XIX, a decir de la traductora Susanne Igler, pues se suma a los textos que arrojan luz sobre la vida cotidiana y los sucesos de la corte de Maximiliano, como los apuntes del médico, el secretario particular y algunos aristócratas como Paula Kolonitz, dama de compañía de Carlota, la princesa Agnes Salm-Salm o el príncipe Karl Khevenhüller, que formó parte del Cuerpo de Voluntarios Austriacos.

Además de acompañar a Maximiliano en sus viajes a Puebla, Tlaxcala y Orizaba de eminente corte político, donde se presentaba con las élites y gobernantes locales, Knechtel presenció la visita que hizo un grupo de indígenas kikapoos a Chapultepec, para entrevistarse con Maximiliano. También, ya en 1866, fue testigo de la intempestiva salida de los bienes del emperador de Cuernavaca y la interrupción de los trabajos en la casa del Olindo por falta de recursos.

Para 1867, atrapado en la ciudad de México, Wilhelm Knechtel no pudo seguir al gobernante austriaco: “Mi propósito era salir por lo menos de la cintura del sitio de la capital; luego ya vería cómo llegar a Querétaro”. El 21 de junio consigna: “Hoy en la mañana los liberales entraron en la capital y el Imperio dejó de existir”. Todo se había derrumbado. Al otro día anotó: “Así cayó otra vez el telón después de un acto tan doloroso y sangriento de la historia mundial, cuyo fin no se auguraba de esta manera”.

Con muchos trabajos, en julio de 1867, Knechtel logró huir de México a bordo del Elizabeth, el barco que supuestamente debería conducir a Maximiliano al exilio. El jardinero se rehizo y terminó sus días como director botánico del rey de Rumania y profesor en la Escuela Agraria Ferestreu en Bucarest.

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