Historias de la Historia

Anécdotas y Curiosidades del pasado

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El falso Juárez de la derecha

Publicado por El hijo del Ahuizote en marzo 22nd 2014

 

Pedro Salmerón

So pretexto del bicentenario del natalicio de Benito Juárez, se publicó un grueso libro titulado Juárez y Maximiliano. La roca y el ensueño, de Armando Fuentes Aguirre, Catón . Según la contraportada y las “ primeras palabras ”, el objetivo del libro es la reconciliación “en el común amor a México”: debemos “aquilatar la grandeza de Juárez sin tildar de traidores a su contemporáneos”. Asegura el autor que busca comprender a los personajes en su contexto y no juzgarlos con los raseros del presente.

Sin embargo, brillan por su ausencia la reconciliación y la comprensión anunciadas. Lo que el lector encontrará es una repetición más –aunque se presenten como novedosísimas ideas muy viejas– de la historia tradicional de la derecha. Tenemos aquí a un Juárez al que conocemos bien: el de las escuelas de monjas, que tienen en común con el Juárez de la era priísta la misma simplificación maniquea de la historia, basada en la deshumanización reduccionista de los personajes y los procesos: para una, Juárez es el héroe de bronce; para la otra, es el traidor que puso a la patria en riesgo de desaparecer y la entregó a la influencia yanqui.

Si el objetivo explícito de Fuentes hubiese sido relanzar esa vieja historia, no faltaría a la verdad, pero el Juárez de su libro está en permanente contradicción con lo que promete: es un politiquillo ambicioso, un pésimo administrador; un gobernante radical, mentiroso, autoritario y vengativo; un personaje sin pizca de grandeza ni generosidad. Y, lo peor de todo, un traidor que entregó la patria a los yanquis, quienes lo sostuvieron en el poder.

Ese es el hilo conductor del libro, “el hilo negro”: cómo fue que los gringos se adueñaron de México gracias a los liberales. Primero, los gringos dieron el triunfo a los liberales en una guerra, la de Reforma, en la que la inmensa mayoría de los mexicanos era contraria al bando liberal. Más de veinte veces se repite esa especie de “la inmensa mayoría”, sin que se aporte ninguna prueba al respecto. Los liberales “dependieron casi absolutamente [de los yanquis] para triunfar”. “No cabe duda que Juárez y su partido pudieron obtener la victoria sobre los conservadores únicamente merced a la ayuda que recibieron de los estadunidenses”, otorgada a cambio de la traición perpetrada por Juárez y Ocampo, con el beneplácito de todo su partido. Porque casi todos los liberales quedan manchados, en una historia cuyas contradicciones internas son discretamente pasadas por alto (por ejemplo, Fuentes dice que en todas las batallas, incluso las anteriores a la intromisión gringa, los liberales contaron con la ventaja del número, olvidando su cantaleta de la “la inmensa mayoría”).

Mayor contradicción hay en culpar a Juárez de la intervención francesa, que causó él por un grave error político, “origen de otros siete años de destrucción y muerte para México”, para decir después que los conservadores trajeron a los franceses para “restablecer la paz entre los mexicanos” y “poner freno de una vez por todas a las ambiciones expansionistas de Estados Unidos”: un grupo de buenos mexicanos que advertían que los yanquis habían entregado el país a una camarilla de traidores, conspiraron para hacer de México una monarquía, aprovechando la pugna de Juárez con Inglaterra, Francia y España y, sobre todo, la Guerra de secesión estadunidense, que impediría por una vez que los yanquis decidieran nuestro destino.

Aquí es donde Fuentes reitera con mayor ahínco que no hay que juzgar a los hombres del pasado con los criterios del presente, argumento que usa para justificar a quienes invitaron al ejército francés y ofrecieron el trono a Maximiliano, pero nunca recuerda ese argumento cuando habla de Juárez, que estaba entregando la patria a los yanquis, que ningún mérito tiene ante la intervención, como tampoco lo tiene casi ninguno de los liberales, que son torpes o traidores o cobardes. Hay párrafos en que Fuentes muestra lo mismo su odio visceral por los liberales que su desconocimiento de nuestra historia, como puede verse en la parte relativa a la defensa de Puebla en 1863.

Y conforme avanza la intervención, Juárez casi desaparece, porque Fuentes habla de sus héroes, Maximiliano, Miramón y sus esposas. Son sus románticas, heroicas y generosas historias de las que se ocupa y, si aparece Juárez, es para reiterar que estaba entregando México a los yanquis, para recordarlo una y otra vez, hasta el cansancio. Nada tuvieron que ver los liberales en el fracaso del imperio; nada hizo Juárez desde julio de 1863, salvo clamar por la ayuda gringa, que finalmente llegó para acabar con la intervención. Sólo se habla de la resistencia nacional para mencionar armas y recursos gringos, otra vez, sin aportar pruebas.

El final del imperio de Maximiliano está lleno de actos cobardes y deshonrosos, cometidos por Juárez y los suyos. Sólo se salvan del “naufragio” y aparecen “con honor en medio de tantas escenas de deshonras” algunos liberales, como Mariano Escobedo y, por supuesto, Porfirio Díaz. A traición fue entregado Maximiliano a la vengativa inquina del inhumano Juárez, que violó sus propias leyes para cumplimentar a los yanquis y fusilar al valeroso príncipe. El triunfo de Juárez sobre Maximiliano no fue un triunfo de México sobre Francia, pues “lo cierto es que el triunfo correspondió a los Estados Unidos” y facilitó su dominio sobre nuestro país.

El final del libro nos permite sumar a la deshonestidad intelectual del autor, una de las mejores muestras, entre muchas, de su calidad como investigador. En el último párrafo afirma que “nadie pudo averiguar a ciencia cierta en qué papel, carta, discurso, proclama o manifiesto había dicho Juárez aquello de: El respeto al derecho ajeno es la paz […] Quién sabe quién leyó la frasecita, le gustó y se la endilgó a Juárez.”

¿Así investiga usted, señor Fuentes? Permítame decírselo entonces: la “frasecita” está en uno de los documentos más significativos de la trayectoria de Juárez: el Manifiesto a la Nación , del 15 de julio de 1867, en que, de regreso a Ciudad de México, informa a los mexicanos que los poderes de la Unión volvían a establecerse en la capital; en que señala –como así fue– que se habían afirmado la independencia y la soberanía de México.

Pues bien, si esa es la reconciliación histórica que nos ofrece la derecha, no la queremos. Es tan falsa y alevosa como la reconciliación política que finge ofrecer esa misma derecha por boca de Felipe Calderón. No queremos su Juárez, no queremos el Juárez de Salvador Abascal y su hijo Carlos, que como secretario de Gobernación saboteó los festejos del bicentenario; el Juárez del Vasconcelos de fines de los treinta, a sueldo de los nazis. No queremos el Juárez del cardenal y del gobernador de Jalisco, como no queríamos tampoco al Juárez del bronce y los discursos huecos de lo peor del priísmo, encarnado en Mario Marín o Ulises Ruiz. Nos quedamos con nuestro Juárez, el de la historia, no el de las fantasías sin sustento de la derecha. Nos quedamos con el Juárez que hizo del nuestro un país soberano, derrotando a las fuerzas de la reacción y al invasor extranjero, y poniendo límites infranqueables al expansionismo estadunidense. Nos quedamos con Juárez.

 

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2008/12/21/sem-pedro.html

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MEMORIAS DEL JARDINERO DE MAXIMILIANO

Publicado por El hijo del Ahuizote en abril 4th 2013

La publicación recoge las impresiones y experiencias personales de Wilhelm Knechtel, quien acompañó al archiduque de Habsburgo en tierras mexicanas.

 

Portada del libro: Memorias del Jardinero de Maximiliano

 
Tras los pasos del emperador

EDITA INAH MEMORIAS DEL JARDINERO DE MAXIMILIANO

*** La publicación recoge las impresiones y experiencias personales de Wilhelm Knechtel, quien acompañó al archiduque de Habsburgo en tierras mexicanas

*** El joven botánico da cuenta de la pasión de Maximiliano por la arquitectura y la jardinería, que conjuntó en la rehabilitación del emblemático Castillo de Chapultepec

Publicadas en alemán en 1906, ahora son dadas a conocer en español Las memorias del jardinero de Maximiliano, en una edición que recoge las “impresiones y experiencias personales” de Wilhelm Knechtel, quien acompañó al archiduque de Habsburgo y la emperatriz Carlota de Bélgica en su aventura imperial en tierras mexicanas entre 1864 y 1867.

Editado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), la publicación permite seguir, a través de la mirada del joven botánico Knechtel, los pasos del emperador Maximiliano y su corte, desde el viaje en la fragata Novara y su llegada a Veracruz, Puebla y la Ciudad de México, hasta el diseño y construcción del castillo y los jardines de Chapultepec.

Para la maestra Amparo Gómez Tepexicuapan, investigadora del Museo Nacional de Historia “Castillo de Chapultepec”, las memorias de Knechtel son relevantes porque “se trata del testimonio directo de un hombre que presenció uno de los episodios más emblemáticos de la historia mexicana del siglo XIX”.

Además, la cercanía del jardinero con el archiduque “le permitió reparar en sucesos que para otros pasaron inadvertidos”, como la verdadera pasión que Maximiliano sentía por la naturaleza, a más de su exquisito gusto por la arquitectura y su afición por la jardinería: “Ello fue resultado de sus vivencias juveniles, sobre todo de los numerosos viajes que realizó, a partir de 1850, a Grecia, Italia, España, Portugal, Tánger y Argelia”.

También Maximiliano viajó por Francia, Inglaterra, las Islas Canarias e incluso Brasil, apuntó la investigadora. Sin embargo, “su interés en estas disciplinas se generó en 1856, cuando planeó y supervisó la construcción del castillo y parque de Miramar”, en la costa adyacente a Trieste.

En México, la primera tarea de Wilhelm Knechtel (1837-1924) fue rehabilitar los jardines del semiderruido Castillo de Chapultepec, pero también contribuyó a acondicionar el Jardín Borda, en Cuernavaca, rentado como casa de campo de los emperadores, y participó en la construcción, inconclusa, de la casa y jardín del Olindo, en Acapatzingo, poblado cercano a Cuernavaca.

Amparo Gómez señaló que “una vez que Maximiliano y Carlota entraron en la capital, el 12 de junio de 1864, al otro día enviaron a Knechtel a Chapultepec, donde lo recibió el mariscal Aquiles Bazaine”, jefe de las fuerzas de ocupación. Inmediatamente, el arquitecto Julius Hoffmann y el jardinero pusieron manos a la obra para acondicionar los aposentos de la pareja imperial.

En sus memorias “Knechtel describe la impresión que causó en Maximiliano la maravillosa vista del Valle de Anáhuac que se aprecia desde Chapultepec, inmediatamente quiso cambiarle el nombre por el de Miravalle, como su castillo de Miramar, sin embargo la tradición se impuso y siguieron llamándole Chapultepec”, aseguró la investigadora.

La especialista agregó que el emperador quería construir en Chapultepec un parque como los que se estilaban en las residencias de Europa: “Aunque ya no le dio tiempo, Maximiliano planeaba transformar el bosque salvaje en un parque con avenidas, glorietas y esculturas; pensaba poner a los grandes músicos, pintores y filósofos”.

Añadió que el archiduque era admirador de la cultura prehispánica (en el libro se describe su visita a caballo a las ruinas de Teotihuacan), por lo tanto pensó en “construir una pirámide en Chapultepec, además comisionó a una persona para que fuera a Egipto a traer varios ejemplos de la escultura y arquitectura antiguas”.

Reconstrucción de un jardín
El Museo Nacional de Historia “Castillo de Chapultepec” fue restaurado en su totalidad en el año 2000. Para tal efecto, en 1997, la maestra Amparo Gómez hizo una visita a Viena, Austria, con la finalidad de consultar una parte del archivo del Segundo Imperio y los papeles del archiduque de Habsburgo.

Explicó que para construir el jardín privado que está en el alcázar de Chapultepec fue necesario subir “a lomo de mulas” cientos de costales con tierra, además “se trajeron plantas, flores y árboles exóticos” que se habían coleccionado durante el viaje de arribo.

“Hoy en día, este jardín ha sido rescatado gracias al plano que encontramos en Viena, y no fue difícil transformarlo siguiendo los lineamientos proyectados por Maximiliano y Knechtel”, aseguró la investigadora, responsable de la colección de banderas históricas de MNH.

“Carlota escribía constantemente a sus familiares en Europa, a su padre Leopoldo y sus hermanos, a la emperatriz de Francia, diciendo que los jardines están transformados, que había muchas flores e incluso que llegaban muchos colibríes a su ventana. Estaba maravillada”, agregó Gómez.

También en 1997, durante sus investigaciones en los archivos de Viena, la especialista recibió una copia de la versión hectográfica (de sólo cien ejemplares) de las Memorias manuscritas de Knechtel, que le fue entregada por el doctor Konrad Ratz, especialista en el Segundo Imperio mexicano.

El libro de Knechtel contribuye para seguir dilucidando la “historia chica” de mediados del siglo XIX, a decir de la traductora Susanne Igler, pues se suma a los textos que arrojan luz sobre la vida cotidiana y los sucesos de la corte de Maximiliano, como los apuntes del médico, el secretario particular y algunos aristócratas como Paula Kolonitz, dama de compañía de Carlota, la princesa Agnes Salm-Salm o el príncipe Karl Khevenhüller, que formó parte del Cuerpo de Voluntarios Austriacos.

Además de acompañar a Maximiliano en sus viajes a Puebla, Tlaxcala y Orizaba de eminente corte político, donde se presentaba con las élites y gobernantes locales, Knechtel presenció la visita que hizo un grupo de indígenas kikapoos a Chapultepec, para entrevistarse con Maximiliano. También, ya en 1866, fue testigo de la intempestiva salida de los bienes del emperador de Cuernavaca y la interrupción de los trabajos en la casa del Olindo por falta de recursos.

Para 1867, atrapado en la ciudad de México, Wilhelm Knechtel no pudo seguir al gobernante austriaco: “Mi propósito era salir por lo menos de la cintura del sitio de la capital; luego ya vería cómo llegar a Querétaro”. El 21 de junio consigna: “Hoy en la mañana los liberales entraron en la capital y el Imperio dejó de existir”. Todo se había derrumbado. Al otro día anotó: “Así cayó otra vez el telón después de un acto tan doloroso y sangriento de la historia mundial, cuyo fin no se auguraba de esta manera”.

Con muchos trabajos, en julio de 1867, Knechtel logró huir de México a bordo del Elizabeth, el barco que supuestamente debería conducir a Maximiliano al exilio. El jardinero se rehizo y terminó sus días como director botánico del rey de Rumania y profesor en la Escuela Agraria Ferestreu en Bucarest.

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Benito Juárez

Publicado por El hijo del Ahuizote en enero 2nd 2012

Nació en San Pablo Guelatao, Oaxaca, en 1806. De extracción indígena, habló solamente zapoteco durante gran parte de su niñez. En la ciudad de Oaxaca vivió con su hermana Josefa, quien servía en la casa de don Antonio Maza. Estudió en el Seminario de Santa Cruz, único plantel de secundaria que existía en Oaxaca. Posteriormente, Juárez estudió Derecho en el Instituto de Ciencias y Artes. Fue regidor del Ayuntamiento de Oaxaca en 1831 y diputado local en 1833. Durante algún tiempo vivió de su profesión defendiendo comunidades indígenas. Al ser derrocado de la presidencia el general Paredes Arrillaga, Juárez resultó electo diputado federal, y le correspondió aprobar el préstamo que Gómez Farías había solicitado a la Iglesia (1847) para financiar la guerra contra Estados Unidos de América.

Batalla de Chapultepec

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