Historias de la Historia

Anécdotas y Curiosidades del pasado

Kohima, la agónica batalla que impidió a los japoneses invadir la India

Publicado por El hijo del Ahuizote en octubre 12th 2019

«Caminante, ve y dile a Esparta que sus hijos yacen aquí por cumplir sus leyes». Esa espléndida frase de Simónides que, en sus múltiples traducciones, constituye el epígrafe del monumento a Leónidas en las Termópilas, es demasiado jugosa como para no aprovecharla en otros memoriales bélicos con los cambios correspondientes. Es lo que pasa, por ejemplo, con el que figura como epitafio en honor de los 1.420 caídos de la 2ª División Británica cuyos restos descansan en un cementerio de guerra de la India y que reza así: «Cuando regreses a casa, cuenta de nuestra parte que por su mañana dimos nuestro hoy». Recuerda la dura Batalla de Kohima.

En la primavera de 1944 Japón, al igual que Alemania, estaba perdiendo terreno continuamente ante el implacable avance Aliado. Desde las contundentes derrotas en el Mar del Coral y Midway, auténtico punto de inflexión, perdió el control del mar y del aire. En tierra, la infantería aún era capaz de batirse por su extraordinario espíritu combativo y por eso mantendría su presencia en el sudeste asiático hasta septiembre de 1945.

Memorial de Kohima en Nagaland/Imagen: Isaxar en Wikimedia Commons

Sin embargo, los británicos estaban empeñados en recuperar Birmania y lanzaron una ofensiva desde dos puntos: el norte, con ayuda de la X-Force china, y el sur. Los japoneses se resistieron denodadamente y contaron con la ayuda del monzón pero era cuestión de tiempo que terminaran perdiendo lo ganado, así que diseñaron un ambicioso plan que no sólo debería frenar al enemigo sino desviarlo de su objetivo. Se llamó Operación U-Go y consistía en invadir la India para mantener ocupado al IV Cuerpo Británico y, paralelamente, animar al Azad Hind Fauj (Ejército Nacional Indio) a iniciar una insurrección independentista.

El INA, como también se lo conocía, se había fundado durante la invasión nipona de Birmania y se consideraba el brazo armado del Arzi Hukumat-e-Azad Hind, es decir, el Gobierno Provisional de la India Libre. Lo lideraba el nacionalista Subhas Chandra Bose, de quien ya hablamos aquí en el artículo dedicado a Saraswathi Rajamani, la espía más joven de la Historia, y estaba formado por unos 12.000 prisioneros de guerra indios caídos en manos de los japoneses y equipados por éstos; no muy bien y por eso nunca pasaron de practicar acciones guerrilleras menores.

Subhas Chandra Bose con Gandhi en los años 30/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La Operación U-Go se basaba en atacar Imfal y Kohima, capitales de los estados de Manipur y Nagaland respectivamente. La captura de esas dos urbes, puntos estratégicos clave en las comunicaciones entre la India y Birmania, interrumpiría de paso el abastecimiento estadounidense a Chiang Kai Sek. El encargado de ponerla en práctica fue el teniente general Renya Mutaguchi, comandante del 15º Ejército y veterano de la guerra contra el Ejército Rojo en Siberia que además había sido agregado militar en Francia y gobernador militar de Pekín, antes de tomar parte en la invasión de Malasia, Filipinas y Birmania.

Pero Mutaguchi amplió el plan a una posible invasión de la India que animase a los nacionalistas locales a levantarse en armas. Aunque la idea no gustó a todo el Estado Mayor, finalmente fue aprobada a principios de 1944, destinándose a ella la 31ª División (formada por los regimientos 58º, 124º, 38º y 31º de Artillería de Montaña) que mandaba el teniente general Kotoku Sato. Este militar, que también había combatido a los soviéticos, no sólo no estaba contento con el papel que había tenido hasta entonces en la guerra sino que se hallaba enfrentado a su superior y consideraba que la Operación U-Go tenía todos los números para acabar en fracaso.

Renya Mutaguchi (segundo por la izquierda) con varios oficiales/Imagen: Amazon

De todas formas, obedeció las órdenes. Su misión era tomar Kohima, empujando a los británicos hacia el norte, a Dimapur. Así, el 15 de marzo la 31ª División cruzó el río Chindwin y avanzó a través de la selva durante casi un centenar de kilómetros para luego desplegarse en tres alas. La izquierda, que estaba a cargo del general Shigesaburo Miyazaki, se encontró con la 50ª Brigada Paracaidista india del brigadier Maxwell Hope-Thompson, entablando batalla durante seis días y forzando su retirada con cientos de bajas por ambas partes. Pese a la victoria, aquello supuso un retraso de una semana hacia su objetivo, que era Kohima.

 

Los británicos estaban enterados de los planes japoneses por unos documentos capturados pero pensaban que, dada la frondosidad selvática, el enemigo sólo enviaría un regimiento, cuando, como hemos visto, se trataba de toda una división. Ése fue el desagradable descubrimiento que hizo sobre el terreno el teniente general William Slim, que apenas contaba con un batallón, un regimiento y varios pelotones sueltos de paramilitares. Apresuradamente, pidió refuerzos para proteger Imfal; únicamente recibió parte de la 5ª División de Infantería India, pues la 161ª Brigada y el 24ª de Artillería de Montaña se atrincheraron en Dimapur, ciudad considerada más importante.

Kotoku Sato y Shigesaburo Miyazaki/Imagen: 1-Nippon News – 2-Forum Valka

De hecho, consideraban que el ataque a Kohima sólo se trataba de una diversión y que el principal objetivo era Dimapur, por lo que Slim sólo tendría que enfrentarse a un destacamento menor. Sin embargo, Sato puso sitio a Kohima el 6 de abril desoyendo la orden de Mutaguchi de continuar hacia Dimapur y Slim, que había enviado a buena parte de sus hombres de refuerzo a Imfal y se encontró en manifiesta inferioridad numérica. Los intentos de enviar ayuda fracasaron al dominar los nipones las alturas del entorno y Slim tuvo que afrontar la situación con apenas 2.500 efectivos, de los que un millar ni siquiera eran soldados.

William Slim en Birmania, 1945/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La artillería japonesa machacó con dureza la posición y la infantería capturó los depósitos de agua, por lo que los defensores sólo podían aprovisionarse por la noche, en un manantial cercano. Los combates fueron brutales, con las trincheras tan cerca unas de otras que se podían arrojar bombas de mano directamente en ellas, obligando a los nipones a ganar cada metro a un alto coste, a veces en lucha cuerpo a cuerpo; por ejemplo, la Batalla de Tennis Court se llamó así porque ambos bandos estaban separados sólo por una cancha de tenis. No extraña que a Kohima se la conociera luego como el Stalingrado de Oriente.

También se comparó la batalla con la de Rorke’s Drift de 1879 ante los zulúes, por la feroz y tenaz defensa entre cadáveres en descomposición, de la que buena muestra podría ser la actuación heroica del cabo John Harman: pese a tener sólo diecinueve años, liberó sin ayuda los hornos -punto estratégico vital para evitar la caída de la posición- y acabó con 44 atacantes antes de ser también alcanzado y perder la vida, recibiendo la Cruz Victoria póstumamente. Todos cumplieron abnegadamente la orden de su comandante en jefe de no rendirse, conscientes de que la derrota significaba una puerta abierta a la invasión de la India.

 

Tennis Court arrasado por los combates/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Estuvo cerca. Por suerte, el 11 de abril llegaron refuerzos para Slim que igualaron las fuerzas y permitieron no sólo aliviar la presión enemiga y relevar a los defensores sino también lanzar un contraataque. La noche del 26 de abril se recuperó la importante posición de Garrison Hill y a continuación la ayuda de la RAF fue determinante, tanto para bombardear al enemigo como para avituallar a los suyos y meter efectivos (hasta 12.000 hombres). Miyazaki construyó búnkeres y tuvo a su favor que la selva y el barro (había empezado el monzón) obligaban a los tanques del adversario a moverse con lentitud, pero ya había perdido la iniciativa.

Los papeles se invirtieron y ahora fueron los británicos los que tuvieron que recuperar terreno a precio de sangre. No obstante, a lo largo de una semana fueron cayendo una tras otra las crestas que ocupaban los japoneses. De nuevo la cancha de tenis se convirtió en la tierra de nadie que, ante el fracaso de su conquista al asalto, tuvo que ser arrasada a cañonazos por un tanque, desalojando a sus defensores el 13 de mayo. Los testigos contaron que el espectáculo era dantesco, con cadáveres destrozados, pasto de ratas y moscas, más un suelo quemado y lleno de socavones que recordaba a un paisaje de la Primera Guerra Mundial.

La Batalla de Koshima (Terence Tenison Cuneo)/Imagen: Art UK

Y siguieron llegando refuerzos para apuntalar la contraofensiva mientras los japoneses se atrincheraban en Naga Village y Aradura Spur. Allí resistieron hasta finales de mayo, cuando la carencia de provisiones resultó decisiva: se suponía que debía ser una campaña relámpago, por lo que a Sato únicamente se le entregaron víveres para tres semanas, debiendo completarlos con lo arrebatado a los británicos; pero éstos, percatándose de la jugada, bombardearon sus propios almacenes cuando cayeron en manos niponas.

Los convoyes de abastecimiento enviados por Mutaguchi sólo llevaron municiones y Sato consideró que sus superiores no eran conscientes de la dramática situación por la que pasaban, así que considerando que les habían dejado abandonados a su suerte, desobedeció la orden -para él absurda- de incorporarse a las fuerzas que atacaban Imfal y optó por la retirada el 1 de junio. Eso dejaba al descubierto a Miyazaki, que también tuvo que retroceder penosamente, volando puentes tras de sí.

Las defensas británicas en Kohima/Imagen: Warfare History Network

A medida que, perseguidos por los indo-británicos, volvían sobre sus pasos esperando encontrar las líneas de suministros organizadas previamente, se toparon con una terrible realidad: las unidades habían consumido todo lo disponible, tanto en comida como en medicinas. Así, las bajas japonesas ascendieron a 5.764 hombres sólo en combate, sin contar los heridos muchos de ellos rematados por sus compañeros ante la imposibilidad de darles tratamiento médico, en cumplimiento del bushido– y enfermos que murieron después de malaria y beriberi. El enemigo registró una cantidad importante también: un total de 4.064 soldados. La toma de Kohima había fracasado y el cerco de Imfal se rompió el 22 de junio; el resultado de la Operación U-Go fue un desastre, tal como había pronosticado Sato.

Éste fue depuesto por Mutaguchi, que le acusó de traición premeditada y le entregó inequívocamente un revólver y una banda blanca. Sato, indignado, se negó a suicidarse, aduciendo que había salvado a sus hombres de «una aniquilación sin sentido» y exigiendo un consejo de guerra en el que esperaba justificarse y denunciar la torpeza de los mandos. No pudo porque el teniente general de la 31ª División, Masakazu Kawabe, ordenó que le declarasen incapacitado por colapso mental a principios de julio. Le devolvieron al servicio activo meses después y, al acabar la guerra, se dedicó a ayudar a los hombres que tuvo a sus órdenes. Miyazaki, en cambio, fue ascendido y puesto al frente de la 54º División.

Eaquema de la operación U-Go/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En cuanto a Mutaguchi, las enormes pérdidas de la Operación U-Go, tanto humanas como materiales (no pudo salvar un solo tanque ni un cañón) provocaron el efecto contrario al esperado y precipitaron la caída de Birmania en 1945. La derrota, considerada la mayor de la historia de Japón (incluso provocó la dimisión del primer ministro Tojo), llevó a su destitución, siendo obligado a un retiro forzoso en diciembre de 1944, si bien luego se le puso al frente de una academia militar. Al término de la contienda le extraditaron a Singapur para ser juzgado por crímenes de guerra; cumplió tres años de prisión, saliendo libre en 1948. Falleció en 1966.

Finalmente, cabe reseñar que Slim, muy apreciado por sus soldados, logró que los indios se mantuvieran leales y obtuvo una victoria brillante que él atribuía en parte a la falta de entusiasmo de Sato (incluso contaba con sorna que prohibió bombardear su puesto de mando para que siguiera vivo). Participó en la reconquista de Birmania, fue ascendido a general y luego nombrado Jefe de Estado Mayor, colmándosele de honores, entre ellos el ser Caballero de la Gran Cruz del Imperio Británico y Caballero de la Orden del Baño. Se retiró de la vida militar en 1952 pero aún sería gobernador de Australia (con una oscura denuncia de abusos sexuales a niños) hasta su jubilación definitiva. Murió en 1970.

 

Fuentes: La tormenta de la guerra (Andrew Roberts)/Kohima (Arthur Swinson)/The Burma Campaign. Disaster into triumph, 1942-45 (Frank McLynn)/Burma victory. Imphal, Kohima and the Chindits March 1944 to May 1945 (David Rooney)/Fighting through to Kohima. A memoir of war in India and Burma (Michael Lowry)/The trees are all young on Garrison Hill (Gordon Graham)/Not ordinary men. The story of the Battle of Kohima (John Colvin)/Wikipedia

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Así se vivía a bordo de un submarino alemán en la II Guerra Mundial

Publicado por El hijo del Ahuizote en octubre 6th 2019

 

La propaganda nazi ensalzó al U-Boot (abreviatura de Unterseeboot, «submarino») como ejemplo de arma invencible, los tripulantes de los submarinos alemanes estaban rodeados de un halo de prestigio y romanticismo. Se les consideraba héroes; una mezcla de soldados y aventureros, que vivían peligros combatiendo en alta mar dentro de un sofisticado buque, y eran recibidos con honores a su llegada a puerto. Es cierto que dormían y comían caliente todos los días, recibían buenas pagas y disponían de bastante tiempo libre, sobre todo en comparación con sus camaradas de infantería. Sin embargo, todos esos privilegios tenían un precio.
Las condiciones en las que vivían los tripulantes de un U-Boot distaban mucho de ser bucólicas. El medio centenar de hombres que servían en un submarino, la mayoría jóvenes voluntarios con un cierto nivel de preparación (de marineros a especialistas como maquinistas, torpedistas o radiofonistas), convivían apiñados en un espacio angosto y atestado de maquinaria, provisiones y armamento. Las primeras semanas, hasta que entraban en combate, los buques iban tan llenos de torpedos que ni siquiera había espacio para desplegar todas las hamacas y literas que llevaban, obligando a algunos marineros a dormir encima de los proyectiles. Normalmente, en los submarinos solo había una cama para cada dos hombres, por lo que se turnaban para ocuparla.
La sensación de claustrofobia provocada por la falta de espacio se incrementaba por el ambiente enrarecido que se formaba en el interior. Una mezcla de hedor a humedad, gasolina, comida, sudor (los hombres apenas podían lavarse ni cambiarse de ropa durante las travesías), letrina (había únicamente dos, aunque la de cubierta apenas se usaba) y una colonia de limón llamada Kolibri que se utilizaba para eliminar el salitre del cuerpo y disimular el olor corporal. A todo ello hay que añadir la falta de luz natural, la ausencia de privacidad, el ruido constante de la maquinaria y el asfixiante calor que desprendían los motores, que podía llegar hasta casi los cincuenta grados.

 

 

Para amenizar las largas jornadas de monotonía y relajar las tensiones provocadas por los combates y la estrecha convivencia, se organizaban competiciones (de ajedrez, damas, cartas), se ponía a determinadas horas música en un tocadiscos o se cantaban canciones acompañadas de instrumentos, normalmente un acordeón. En fechas señaladas o cuando se hundía algún barco, se organizaban pequeñas celebraciones en las que toda la tripulación se vestía para la ocasión, se repartían exquisiteces como fruta fresca o chocolate y se permitían las bebidas alcohólicas.
Los tripulantes de un submarino estaban expuestos a una enorme tensión psicológica. Cuando un buque enemigo los encontraba, se sumergían a muchos metros para evitar ser alcanzados por las cargas de profundidad de aquél. El problema es que esos ataques podían durar días. Los marineros pasaban largas horas en silencio para no ser detectados por los sonares, atentos a su característico sonido y al ruido de las explosiones de las cargas, y muchas veces a oscuras por efecto de la onda expansiva. Algunos no lo soportaban. La tensión continuada, la falta de oxígeno y el miedo a ser hundidos y quedar atrapados en el buque les provocaba lo que llamaban Blechkoller, o «síndrome de lata de conservas», un tipo de neurosis caracterizada por violentos ataques de histeria.
Al final de la guerra, el mito se resquebrajó y la realidad se impuso: los submarinos alemanes fueron, proporcionalmente, los que más bajas sufrieron de toda la Wehrmacht. Tres de cada cuatro hombres que sirvieron en los aproximadamente novecientos submarinos que se botaron durante la contienda no vieron el final de la guerra. A menudo morían de forma lenta. Cuando los submarinos se hundían, si la presión rompía el casco, los marinos morían ahogados. Si no, si la profundidad no era suficiente, permanecían atrapados en el buque hasta quedarse sin aire.

Fuente:
* Carlos Joric, «Vivir bajo el agua». Revista Historia y Vida Nº 611, pág. 12-13

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Muere Joachim Ronneberg, jefe del comando que saboteó la bomba atómica nazi

Publicado por El hijo del Ahuizote en octubre 31st 2018

Ya no quedan héroes de Telemark, y el mundo está más vacío de valor y de aventura. El legendario Joachim Ronnenberg, el último de los miembros del famoso grupo de comandos que saboteó las instalaciones de fabricación de agua pesada de Vermok, en Rjukan, en la región de Telemark (Noruega), fundamentales para el proyecto de bomba atómica nazi, ha fallecido el pasado día 21 en su localidad natal noruega de Aalesund a los 99 años. Ronnenberg, entonces con 23 años y teniente, era el jefe de la pequeña fuerza de valientes que asaltó la planta hidroeléctrica de la empresa Norsk Hydro el 27 de febrero de 1943 y voló con explosivos su equipo para fabricar agua pesada, alejando los sueños de Hitler de conseguir un arma nuclear, a Dios gracias.

Eran nueve, llegaron en una helada noche de invierno vistiendo ropa blanca de camuflaje, enterrados en nieve hasta la cintura, armados con metralletas Thompson, pistolas y granadas, cargados con los explosivos y portando cada uno una ampolla con cianuro just in case —como les dijeron los instructores ingleses—, por si acababan en manos de los alemanes, previsiblemente poco comprensivos con los saboteadores aunque llevaran debajo uniforme militar británico.

La osada operación en la Noruega ocupada, una de las más famosas y exitosas de comandos en la Segunda Guerra Mundial y una verdadera lección de supervivencia en condiciones drásticas, fue recreada de manera bastante libre —demasiado, según el propio Ronneberg— en la famosa película Los héroes de Telemark (1965), de Anthony Mann, con Kirk Douglas y Richard Harris. La reciente serie noruega La guerra del agua pesada (2015), explica los hechos de manera mucho más ajustada a la realidad histórica. No hubo disparos y los comandos no sufrieron bajas ni tuvieron que matar a nadie.

Joachim Ronneberg, en la época de la operación contra la fábrica de agua pesada en Telemark.
Joachim Ronneberg, en la época de la operación contra la fábrica de agua pesada en Telemark.

El ataque de Ronnenberg y su grupo, la denominada Operación Gunnerside, montada por las fuerzas especiales británicas del SOE (Special Operations Executive) y la resistencia noruega, era en realidad la culminación de una serie de frenéticos y desesperados intentos para acabar con la amenaza que suponía el agua pesada —óxido de deuterio, moderador de la reacción en cadena para fabricar una bomba de plutonio— que se obtenía, antes de la guerra, al producir fertilizante, en la pequeña localidad del centro de Noruega. En el curso de un intento anterior, la Operación Freshmann, habían muerto, al estrellarse los dos planeadores Horsa que los transportaban para infiltrarlos en la Noruega ocupada o fusilados tras capturarlos los nazis, una treintena de paracaidistas británicos.

La introducción del comando noruego —formado por exiliados en Gran Bretaña— en una de las regiones más salvajes y frías del país escandinavo requirió a sus miembros enormes dosis de coraje y aguante. Un primer grupo de tres (Swallow) se adelantó para preparar una pequeña base en una cabaña aislada. Ronnenberg llegó en paracaídas en el segundo grupo de seis. Tardaron cinco días en encontrarse. Esquiaron (no en balde eran noruegos) hasta el objetivo. A la fábrica (hoy visitable como museo) solo se podía acceder por un vertiginoso puente sobre el río Mana muy vigilado por los alemanes. Los comandos descendieron por uno de los lados de la garganta, cruzaron la corriente por un puente de hielo y treparon esforzadamente por el otro lado. Mientras los demás los cubrían, Ronneberg y Fredrik Kayser, a los que se unieron después otros dos miembros del equipo de demolición, entraron en la factoría, pusieron las cargas y salieron pitando. Una operación limpia. Quien firma estas líneas tuvo el privilegio de revivir la acción durante el rodaje in situ en febrero de 2014 de la serie noruega.Durante unos segundos, en un descanso, en medio de la nieve en el barranco, incluso pude sostenerle la metralleta al actor Tobias Santelmann, que encarnaba a Ronneberg, mientras se comía un bocadillo.

Mientras los demás los cubrían, Ronneberg y Fredrik Kayser, a los que se unieron después otros dos miembros del equipo de demolición, entraron en la factoría, pusieron las cargas y salieron pitando. Una operación limpia.

Ronneberg, un hombre alto y en su madurez con aspecto de Clint Eastwood, decía que solo había entendido la importancia de lo que sus comandos y él hicieron después del lanzamiento de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Pensó que, de haber fallado ellos, Londres podía haber quedado como las ciudades japonesas. Sabían que era una misión casi suicida. “A menudo pensábamos que era un viaje solo de ida”. También señalaba que la huida de 320 kilómetros a Suecia tras el sabotaje, con millares de alemanes enfurecidos persiguiéndolos a través de la Noruega cubierta de nieve, había sido “el mejor fin de semana de esquí de mi vida”. Así hablan los valientes. Se salvaron todos, alguno, como Knut Haugland, para luego formar parte de la expedición de la Kon-Tiki, nada menos. Ronneberg, que había escapado a Escocia en un bote tras la invasión alemana en 1940 y se había alistado para regresar a luchar, realizó otras misiones durante la guerra. Recibió numerosa condecoraciones, entre ellas la Cruz de Guerra con espadas noruega y la DSO (Orden de Servicios Distinguidos) británica (sin duda todo el equipo mereció la Cruz Victoria). Tras la guerra trabajó en la radio pública de su país. Siempre se mostró reservado y modesto sobre su papel en la operación en Telemark y advirtió a los jóvenes que hay que estar dispuestos en todo momento a luchar por la paz y la libertad.

La primera ministra de Noruega, Erna Solberg manifestó al conocer la noticia de la muerte de Ronneberg: “Era uno de nuestros grandes héroes. La última de las grandes figuras de la Resistencia”. En 2014 se le había dedicado una estatua (que lo mostraba de manera muy realista y ataviado de comando) en su ciudad.

El esfuerzo de los héroes de Telemark sirvió para detener la producción de agua pesada varios meses, seguramente decisivos para que Hitler no tuviera su bomba. Pero luego, por si acaso, los aliados decidieron bombardear la planta (algo que se había descartado para evitar la muerte de civiles). El ataque masivo de 160 bombarderos estadounidenses en noviembre de 1943 causó la muerte de 22 noruegos. Posteriormente, en febrero de 1944, la resistencia hundió en el vecino lago Tinn el transbordador que partía para llevar a Alemania las últimas existencias de agua pesada. Murieron otros 14 civiles noruegos. Todo lo cual hace más notable la gesta incruenta de Ronneberg y los suyos, esos hombres valientes, inolvidables.

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Boca Ratón, la ciudad de Estados Unidos que desarrolló un arma secreta clave para derrotar a los nazis en la Segunda Guerra Mundial

Publicado por El hijo del Ahuizote en agosto 2nd 2018

El teniente Manuel J. Chávez dividía su tiempo entre bañarse en el mar transparente de Boca Ratón y pilotar aviones con un arma secreta que ayudó a derrotar a los nazis en la Segunda Guerra Mundial.

Era 1942 cuando Chávez llegó, junto a otros cientos de miles de miembros del ejército estadounidense, a la húmeda ciudad del estado de Florida, donde solo había algo más de 700 residentes y dos semáforos.
El gobierno de Estados Unidos había escogido ese aislado lugar en la costa sureste para instalar una base aérea militar cuya operación era secreta. Ni siquiera podía aparecer en el mapa.
Las tropas estacionadas allí no tenían permitido pronunciar la palabra «radar» fuera de la base ni tomar apuntes en las clases técnicas obligatorias.
Décadas después se sabría que la instalación tuvo un papel clave en la destrucción de submarinos alemanes que asediaban y atacaban las costas británicas y estadounidenses.

Mientras estuvo en plena operación, sin embargo, los habitantes de Boca Ratón se acostumbraron al misterio y adaptaron sus oídos al estruendo de los aviones militares despegando y aterrizando constantemente.

También se habituaron a ver los dos únicos bares de la población repletos de jóvenes soldados disfrutando de una cerveza o de una hamburguesa.
«Todos los de la base estaban formados para vivir en el secreto», le dice a BBC Mundo Sally Ling, miembro de la Sociedad Histórica y Museo de Boca Ratón.
Ling publicó en 2005 un libro sobre el tema, tras haber pasado año y medio investigando sobre las actividades de la base aérea. Incluso entrevistó a algunos de los militares que ahí trabajaron, como el veterano Manuel «Manny» Chávez.
La cronista describe cómo la pequeña localidad cambió drásticamente y en tiempo récord: entre junio y octubre de 1942, unos 35.000 obreros levantaron 800 edificios, entre los que había hangares, hospitales y residencias.
Pero para comprender qué hizo único a este aeródromo, hay que retroceder dos años para recordar una cena muy especial.
Un potente radar microondas
En un club privado de Washington DC se reunieron científicos británicos y estadounidenses.
Los primeros traían consigo uno de sus «secretos técnicos más preciados y altamente resguardados», según cuentan en el archivo en línea del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés).
Se trataba del magnetrón, un radar de 10 centímetros que generaba una potente energía de microondas sin requerir de una red nacional de postes que midieran 15 metros.
Los británicos querían instalar el magnetrón en las narices de los aviones con el objetivo de que detectasen la ubicación precisa de los navíos de los alemanes sin que estos tuviesen forma de advertirlo.
Pero no tenían la capacidad de hacerlo solos, en medio de un ambiente de hostiles enfrentamientos con los nazis, quienes bombardeaban Londres y habían estacionado sus submarinos frente a las islas británicas.
Justamente los submarinos se convirtieron en el problema de Inglaterra, que, pese a haber avanzado en la tecnología de radares, no tenía suficiente desarrollo técnico para enfrentarlos. «Los radares no podían detectarlos.
Los alemanes estaban hundiendo los barcos mercantes que llegaban desde Estados Unidos a las costas de Inglaterra», señaló el académico emérito del MIT, Charles Counselman III, en el documental «Boca Raton: The Secret Weapon That Won World War II» (Boca Ratón: el arma secreta que ganó la Segunda Guerra Mundial), transmitido esta semana en la televisión pública de Florida.
El «Comité Microondas» de científicos estadounidenses que se reunió con los británicos decidió que era necesario abrir un laboratorio para desarrollar una tecnología de radares con el magnetrón como pieza central.
Con el apoyo del gobierno estadounidense, instalaron en el otoño de 1940 un laboratorio secreto en la sede del MIT en Cambridge, que recibió el nombre en clave de «Radiation Laboratory» (Laboratorio de Radiación).
Durante los siguientes cinco años, «el Laboratorio de Radiación hizo contribuciones sobresalientes a la tecnología de radares de microondas», dice el archivo del MIT.
Años cruciales, pues en diciembre de 1941 Estados Unidos entró a la Segunda Guerra Mundial tras el ataque de Japón a la base naval de Pearl Harbor en el territorio estadounidense de Hawái.
«Fue una verdadera carrera desarrollar ese sistema de radares, porque querían asegurarse de que los alemanes no se les adelantaran», dijo a BBC Mundo la investigadora de la base aérea de Boca Ratón, Sally Ling.
En marzo de 1941, el laboratorio probó el primer sistema de radar de microondas dentro de un avión.
Pero a medida que avanzaban los meses y se acercaba el invierno, las condiciones del clima hacían más difícil realizar pruebas desde la escuela de entrenamiento de radares que tenía el ejército en Scott Field, Illinois, según contó Ling.
Fue en ese momento que el alcalde de Boca Ratón, J.C. Mitchell, vio una maravillosa oportunidad ante sus ojos.

Bienvenidos a Boca Ratón 

El alcalde convenció a los funcionarios de la fuerza aérea estadounidense de hacer una visita a Boca Ratón.
En la pequeña localidad había un aeropuerto construido en 1930, un exclusivo club para turistas que viajaban en verano desde el norte y plantaciones de vainas.
La cercanía con el océano y el aislamiento del lugar fueron características que gustaron al ejército para establecer el aeródromo, dijo Ling.
El 17 de mayo de 1942, el diario The Miami Herald reportó que familias habían sido ordenadas a desalojar de inmediato todo el territorio al oeste de la vía férrea de Boca Ratón «para poder establecer una estación de entrenamiento técnico de las Fuerzas Aéreas de Palm Beach».
«El juez John W. Holland firmó una orden otorgando al gobierno federal la inmediata posesión de casi 2.500 hectáreas de terreno», decía el informe.
El Herald también reseñó que el gobierno federal no hizo ninguna oferta para comprar las tierras a sus dueños originales.
La instalación de Boca Ratón se convirtió en la única en todo Estados Unidos que probaba radares aerotransportados del ejército durante los años de la guerra.
El veterano Manuel «Manny» Chávez detalló en el documental sobre la base aérea que en su grupo había «entre 25 a 30 pilotos con la misión de entrenarnos en el uso de los radares».
 «La escuela de radares empezaba a las 4 de la mañana hasta al mediodía, y del mediodía hasta la tarde», dijo Chávez, quien falleció recientemente.
Los esfuerzos de Chávez y sus compañeros de tropas rápidamente resultaron en derribos de submarinos nazis, detalló Ling.
«En noviembre de 1942, los submarinos U-boot alemanes destrozaron 117 embarcaciones de los aliados. Menos de un año después, en septiembre y octubre de 1943, solo 9 barcos de los aliados fueron hundidos y un total de 25 submarinos alemanes fueron destrozados por aviones equipados con radares», dijo el investigador Robert Buderi en su libro «The Invention that Changed the World» («El invento que cambió el mundo», 1996).
Después del suicidio de Adolfo Hitler el 30 de abril de 1945 vino la rendición del Tercer Reich y el 8 de mayo se celebró el Día de la Victoria, que marcó el fin de la guerra.
Tres meses después, Japón se rindió ante los aliados luego de casi seis años de enfrentamientos.
El aeródromo de Boca Ratón continuó funcionando como una instalación militar hasta septiembre de 1947.
Vía | BBC

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El Ejército Imperial Japonés

Publicado por El hijo del Ahuizote en junio 23rd 2018

El Ejército Imperial Japonés del período de 1931 a 1945 era una combinación extraña: una fuerza moderna, bien entrenada y armada, pero imbuida de las tradiciones antiguas y cerradas de un pueblo que acababa de salir de siglos de un autoimpuesto aislamiento del mundo moderno. Las contradicciones de la sociedad japonesa se reflejaban en sus fuerzas armadas, que abrazaban cualquier avance tecnológico militar pero seguían ancladas en las costumbres de una sociedad medieval, esencialmente feudal. Estas contradicciones crearon un ejército que era un enigma para la mayoría de los observadores extranjeros, un ejército que fue fatalmente malinterpretado y menospreciado por sus enemigos en los primeros compases de la guerra, pero que al mismo tiempo fue terriblemente vulnerable a ellos en cuanto mostró sus peculiares debilidades.

La adaptabilidad, las tácticas agresivas, el valor fanático y la obediencia ciega del soldado japonés iban a dar a ese ejército una victoria tras otra durante la guerra contra China en la década de 1930 y en las ofensivas relámpago contra las fuerzas estadounidenses, holandesas, británicas y de la Commonwealth en Asia y el Pacífico en 1941-1942. Sin embargo, estas cualidades humanas no bastaron cuando se enfrentaron al poderío económico, militar e industrial y a la cultura bélica verdaderamente moderna de EE.UU. Desde la perspectiva de hoy, puede decirse que elEjército Imperial Japonés iba ya camino de la derrota cuando empezó a conseguir sus primeras y espectaculares victorias en diciembre de 1941.

A mediados de 1942, las fuerzas armadas imperiales japonesas habían expandido enormemente el Imperio en una espectacular campaña de conquista de 6 meses. Pero casi desde el mismo momento en que cesó su avance por el Pacífico se vieron obligadas a defender sus ganancias frente a las contraofensivas aliadas, que al principio fueron lentas y débiles pero fueron ganando en potencia y confianza. Fue una defensa para la que  Japón estaba preparado en el plano táctico, no así en el estratégico. Tras unos reveses iniciales se estableció una Esfera de Defensa Nacional Absoluta que incluía Birmania, Malasia, las Indias Orientales, Nueva Guinea occidental y las islas Carolinas, Marianas y Kuriles. Durante los 3 años siguientes, los japoneses iban a defenderla con una determinación feroz que sorprendió a sus enemigos, pero con un resultado final incuestionable.

Tanto había conquistado el ejército nipón que ahora se hallaba desplegado en el extremo de unas líneas de suministro extraordinariamente largas. El sistema logístico japonés era inadecuado – e incluso primitivo – a todos los niveles, pero los planes del alto mando para defender un perímetro tan inmenso no parecieron tener esto en cuenta. Con sus fuerzas dispersas en el extremo de unas largas líneas de suministro, amenazadas cada vez más por la supremacía aérea y naval aliada, Japón careció de los medios y el material para abastecer y reforzar sus guarniciones, y los efectos de las escaseces estratégicas de todo tipo empezarían a dejarse sentir entre la población japonesa ya en 1942. El Imperio quedó abrumado por la capacidad de EE.UU. de producir cañones, carros de combate, buques y aviones, y de tripularlos. Japón por su parte carecía de la base industrial necesaria para mantener a sus desperdigadas fuerzas armadas y reemplazar las enormes pérdidas sufridas. En el último año de la guerra, la producción japonesa se vio reducida drásticamente por los bombardeos aéreos aliados. Por ejemplo, en 1940 se fabricaron 1.023 carros de combate, por sólo 94 en 1945, y de modelos totalmente obsoletos.

La disparidad entre la producción de guerra de EE.UU. y Japón queda de manifiesto en una estadística extraordinaria: por cada soldado japonés en el Pacífico había 1 kg. de material, mientras que por cada estadounidense había 4 toneladas. Otro dato: ya en 1941, la producción de aviones estadounidense era 4 veces mayor que la japonesa, una brecha que se iría ampliando de forma imparable. Sin embargo, el carácter único de la milicia japonesa le permitió desafiar esas condiciones tan negativas. Aunque sus fieras batallas defensivas no lograron otra cosa que enormes pérdidas humanas, todavía había 2 millones de soldados dispuestos a defender las islas metropolitanas de la invasión aliada cuando el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, convencieron finalmente al gobierno imperial de la futilidad de seguir resistiendo. Aún así, un grupo de oficiales planeó, sin éxito, sabotear la alocución de rendición del emperador Hirohito.

Para mediados de 1942, el Ejército Imperial Japonés se había ganado la reputación de invencible entre las conmocionadas tropas aliadas, pero en cuanto éstas empezaron a contraatacar – en Guadalcanal y Nueva Guinea – salieron a la luz las deficiencias de dicho ejército y se aprendió a explotarlas. La mayoría de los comandantes japoneses carecían de imaginación más allá de la doctrina de atacar a toda costa: cuando el ataque fallaba, tendían a repetir el intento hasta que sus tropas quedaban diezmadas. En una sociedad fuertemente jerarquizada, el cuerpo de oficiales temía quedar desacreditado si reconocía dificultades, por lo que sus informes tendían a ser optimistas en exceso. Los mandos daban órdenes, pero se tomaban pocas molestias en supervisar su ejecución.

A diferencia de los ejércitos occidentales, el japonés apenas progresó en cuanto a mecanización. Sus unidades siguieron siendo esencialmente fuerzas de infantería apoyadas por artillería media y cuyo transporte seguía dependiendo de caballos y mulas. El ejército nipón andaba escaso de artillería pesada y era incompetente en su uso, pues se ponía todo el énfasis en el apoyo inmediato a la infantería. En esto, como en el uso de los carros de combate, los Aliados le ganaron rápida y decisivamente la partida. Pese al éxito de las unidades blindadas en Malasia a principios de 1942, los tanques fueron dispersados para dar apoyo a la infantería, un poco como si fuesen fortínes móviles (cada división de infantería Tipo A – es decir, la «reforzada» –, solía tener una unidad de carros de combate). Existía poco interés en el uso independiente de masas de carros como medios medios de maniobra (de hecho la primera división acorazada no se formó hasta 1942, y durante la guerra sólo habría un total de 4). Sin embargo, se potenció un tipo de carros de combate que sacrificaban el blindaje y la potencia del armamento en aras de la liviandad y la velocidad, por lo que resultaron extremadamente vulnerables. La calidad de la mayoría del material bélico aliado mejoró sin pausa, mientras que la del japonés se mantuvo mayormente en sus niveles de la década de 1930; en el orden cuantitativo, las diferencias se hicieron enormes.

La planificación y ejecución logística fue mala desde el principio: en el invierno de 1942-43, en Nueva Guinea, decenas de miles de soldados fueron más o menos abandonados a su suerte, y no sería la última vez. Existía una fuerte rivalidad entre el Ejército y la Marina Imperial, lo que tenía unas consecuencias nefastas en unas campañas en las que la cooperación interarmas era vital. La superioridad aérea japonesa de 1941-1942 empezó a ser disputada enseguida, y luego doblegada. Frente al avance estadounidense por el Pacífico, el Alto Mando Japonés fue incapaz de formular una estrategia más prometedora que la de atrincherarse, conservar el territorio hasta el último hombre e infligir al enemigo el mayor número de bajas posibles. Para la mentalidad occidental, ello era fruto de la desesperación, pero para la japonesa, la muerte honorable por el emperador era un premio.

El Ejército Imperial Japonés poseía importantes cualidades tácticas que puso en práctica casi hasta el final. El enemigo más temible es el soldado al que no le importa morir o seguir vivo, y esta cultura permeó en todas las fuerzas imperiales. Los Aliados descubrieron que era casi imposible tomar prisioneros japoneses: «la muerte antes que la rendición»era un principio genuino y no sólo un eslogan. Cuando se quedaban sin posibilidad de seguir resistiendo, se mataban en sus pozos de tirador, sus cuevas, fortines o búnkeres, o se inmolaban en suicidas cargas banzai o arrojándose bajo los tanques con una granada. Antes de 1945, el escaso número de prisioneros hecho entre fuerzas japonesas derrotadas – sobre todo heridos, de entre los miles de muertos en el campo de batalla – no incluía ningún oficial de graduación superior a la de comandante. En consecuencia, en todos los campos de batalla, cada posición japonesa tenía que tomarse individualmente, con fuego de artillería seguido de carros, ametralladoras, cargas explosivas, lanzallamas y granadas de mano. Ello era muy costoso en vidas estadounidenses y no sorprende que, después de haber experimentado este tipo de combate, pocos infantes aliados se tomasen demasiadas molestias en hacer prisioneros japoneses.

Las posiciones de campaña que los japoneses defendían hasta la muerte solían ser numerosas, bien emplazadas y de sólida construcción. Su talento para el camuflaje era de primer orden, y su disciplina de fuego, excelente. Habían aprendido de sus errores. En Tarawa fortificaron todo el perímetro de la isla, por lo que cuando los norteamericanos desembarcaron en el lado opuesto al más esperado, una gran parte del plan defensivo se vino abajo, pues no existía un reducto central desde el que lanzar contraataques en todas direcciones. En Peleliu y en adelante se aplicó esa lección: la mayor parte de guarniciones estaban desplegadas en amplios y complejos sistemas tierra adentro formados por emplazamientos de armas, búnkeres profundos, túneles interconectados y cuevas naturales optimizadas. Aunque básicamente defensivas, las tácticas japonesas implicaban siempre contraataques inmediatos y desesperados para retomar el terreno perdido. Los soldados japoneses eran valientes, disciplinados y tenaces, y muy hábiles en la lucha nocturna, la infiltración, el engaño, las trampas y las emboscadas.

Dado el escaso valor que se daba a la vida del soldado japonés, no es extraño que éste tuviese en una estima aún menor la de los extranjeros. Entrevistas a veteranos han confirmado que era habitual que, al llegar a una unidad en el frente chino, el soldado fuese obligado a demostrar su obediencia y su espíritu matando a bayonetazos a un prisionero o campesino chino (o, si el recién llegado era un oficial, decapitándolo con su espada). Espoleados por sus mandos, estos soldados embrutecidos – producto de una sociedad que se vanagloriaba de su superioridad racial – trataron a los civiles de los territorios conquistados con una crueldad medieval. En China, la pesadilla de los ataques guerrilleros desembocó en la aplicación de la política oficial de los «tres todos»: «quemadlo todo, cogedlo todo, matadlo todo». Tampoco sorprende que veteranos de China siguiesen comportándose de la misma forma cuando fueron transferidos al sur para «liberar» a otras razas asiáticas, en especial cuando las deficiencias de su sistema logístico los dejó a expensas de lo que pudiesen requisar.

Fuentes:
Osprey: Soldados de la II Guerra Mundial: «El Ejército de Kwantugn y la expansión japonesa» de Philip Jowett
Osprey: Soldados de la II Guerra Mundial: «Los Comandos Suicidas y otras unidades japonesas» de Philip Jowett

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El mundo en guerra Capítulo III

Publicado por El hijo del Ahuizote en junio 10th 2018

El mundo en guerra (The World at War) es una serie documental para televisión emitida entre 1973 y 1974 sobre la Segunda Guerra Mundial y los acontecimientos que condujeron a ella y los que ocurrieron inmediatamente después. Fue producida por Jeremy Isaacs, escrita y coproducida por Peter Batty y narrada por Lawrence Olivier. Carl Davis compuso su banda sonora. Un libro, El mundo en guerra, fue escrito por Mark Arnold-Forster como suplemento de la misma. Fue galardonada con el Premio Emmy.

La serie ha sido considerada a menudo como el mejor y definitivo documental sobre la historia de la Segunda Guerra Mundial hecho para televisión. También presentó raras imágenes de película en color de algunos de los acontecimientos de la guerra.

En una encuesta realizada en 2000 por el British Film Institute, en la que participaron profesionales de los medios de comunicación, sobre los 100 mejores programas emitidos en la televisión británica, The World at War quedó en la 19.ª posición.

Episodio II

El 6 de octubre de 1939 Hitler dio un discurso ante el Reichstag en el que declaro cumplidas la reivindicaciones alemanas respecto a las opresoras imposiciones del Tratado de Versalles, ademas de ofrecer la paz a los aliados y advirtió:: «SERA LA PAZ O LA GUERRA SIN CUARTEL»

 

 

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El mundo en guerra Capítulo II

Publicado por El hijo del Ahuizote en marzo 3rd 2018

El mundo en guerra (The World at War) es una serie documental para televisión emitida entre 1973 y 1974 sobre la Segunda Guerra Mundial y los acontecimientos que condujeron a ella y los que ocurrieron inmediatamente después. Fue producida por Jeremy Isaacs, escrita y coproducida por Peter Batty y narrada por Lawrence Olivier. Carl Davis compuso su banda sonora. Un libro, El mundo en guerra, fue escrito por Mark Arnold-Forster como suplemento de la misma. Fue galardonada con el Premio Emmy.

La serie ha sido considerada a menudo como el mejor y definitivo documental sobre la historia de la Segunda Guerra Mundial hecho para televisión. También presentó raras imágenes de película en color de algunos de los acontecimientos de la guerra.

En una encuesta realizada en 2000 por el British Film Institute, en la que participaron profesionales de los medios de comunicación, sobre los 100 mejores programas emitidos en la televisión británica, The World at War quedó en la 19.ª posición.

Episodio II

Neville Chamberlain dijo en septiembre de 1938: «Es una lastima que tengamos que prepararnos nuevamente para una guerra por culpa de una disputa suscitada en un país lejano entre personas de las que no sabemos nada» Este seguía siendo el sentir un año después frente a la invasión Alemana sobre Polonia…

 

 

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