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Muere Joachim Ronneberg, jefe del comando que saboteó la bomba atómica nazi

Publicado por El hijo del Ahuizote en octubre 31st 2018

Ya no quedan héroes de Telemark, y el mundo está más vacío de valor y de aventura. El legendario Joachim Ronnenberg, el último de los miembros del famoso grupo de comandos que saboteó las instalaciones de fabricación de agua pesada de Vermok, en Rjukan, en la región de Telemark (Noruega), fundamentales para el proyecto de bomba atómica nazi, ha fallecido el pasado día 21 en su localidad natal noruega de Aalesund a los 99 años. Ronnenberg, entonces con 23 años y teniente, era el jefe de la pequeña fuerza de valientes que asaltó la planta hidroeléctrica de la empresa Norsk Hydro el 27 de febrero de 1943 y voló con explosivos su equipo para fabricar agua pesada, alejando los sueños de Hitler de conseguir un arma nuclear, a Dios gracias.

Eran nueve, llegaron en una helada noche de invierno vistiendo ropa blanca de camuflaje, enterrados en nieve hasta la cintura, armados con metralletas Thompson, pistolas y granadas, cargados con los explosivos y portando cada uno una ampolla con cianuro just in case —como les dijeron los instructores ingleses—, por si acababan en manos de los alemanes, previsiblemente poco comprensivos con los saboteadores aunque llevaran debajo uniforme militar británico.

La osada operación en la Noruega ocupada, una de las más famosas y exitosas de comandos en la Segunda Guerra Mundial y una verdadera lección de supervivencia en condiciones drásticas, fue recreada de manera bastante libre —demasiado, según el propio Ronneberg— en la famosa película Los héroes de Telemark (1965), de Anthony Mann, con Kirk Douglas y Richard Harris. La reciente serie noruega La guerra del agua pesada (2015), explica los hechos de manera mucho más ajustada a la realidad histórica. No hubo disparos y los comandos no sufrieron bajas ni tuvieron que matar a nadie.

Joachim Ronneberg, en la época de la operación contra la fábrica de agua pesada en Telemark.
Joachim Ronneberg, en la época de la operación contra la fábrica de agua pesada en Telemark.

El ataque de Ronnenberg y su grupo, la denominada Operación Gunnerside, montada por las fuerzas especiales británicas del SOE (Special Operations Executive) y la resistencia noruega, era en realidad la culminación de una serie de frenéticos y desesperados intentos para acabar con la amenaza que suponía el agua pesada —óxido de deuterio, moderador de la reacción en cadena para fabricar una bomba de plutonio— que se obtenía, antes de la guerra, al producir fertilizante, en la pequeña localidad del centro de Noruega. En el curso de un intento anterior, la Operación Freshmann, habían muerto, al estrellarse los dos planeadores Horsa que los transportaban para infiltrarlos en la Noruega ocupada o fusilados tras capturarlos los nazis, una treintena de paracaidistas británicos.

La introducción del comando noruego —formado por exiliados en Gran Bretaña— en una de las regiones más salvajes y frías del país escandinavo requirió a sus miembros enormes dosis de coraje y aguante. Un primer grupo de tres (Swallow) se adelantó para preparar una pequeña base en una cabaña aislada. Ronnenberg llegó en paracaídas en el segundo grupo de seis. Tardaron cinco días en encontrarse. Esquiaron (no en balde eran noruegos) hasta el objetivo. A la fábrica (hoy visitable como museo) solo se podía acceder por un vertiginoso puente sobre el río Mana muy vigilado por los alemanes. Los comandos descendieron por uno de los lados de la garganta, cruzaron la corriente por un puente de hielo y treparon esforzadamente por el otro lado. Mientras los demás los cubrían, Ronneberg y Fredrik Kayser, a los que se unieron después otros dos miembros del equipo de demolición, entraron en la factoría, pusieron las cargas y salieron pitando. Una operación limpia. Quien firma estas líneas tuvo el privilegio de revivir la acción durante el rodaje in situ en febrero de 2014 de la serie noruega.Durante unos segundos, en un descanso, en medio de la nieve en el barranco, incluso pude sostenerle la metralleta al actor Tobias Santelmann, que encarnaba a Ronneberg, mientras se comía un bocadillo.

Mientras los demás los cubrían, Ronneberg y Fredrik Kayser, a los que se unieron después otros dos miembros del equipo de demolición, entraron en la factoría, pusieron las cargas y salieron pitando. Una operación limpia.

Ronneberg, un hombre alto y en su madurez con aspecto de Clint Eastwood, decía que solo había entendido la importancia de lo que sus comandos y él hicieron después del lanzamiento de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Pensó que, de haber fallado ellos, Londres podía haber quedado como las ciudades japonesas. Sabían que era una misión casi suicida. “A menudo pensábamos que era un viaje solo de ida”. También señalaba que la huida de 320 kilómetros a Suecia tras el sabotaje, con millares de alemanes enfurecidos persiguiéndolos a través de la Noruega cubierta de nieve, había sido “el mejor fin de semana de esquí de mi vida”. Así hablan los valientes. Se salvaron todos, alguno, como Knut Haugland, para luego formar parte de la expedición de la Kon-Tiki, nada menos. Ronneberg, que había escapado a Escocia en un bote tras la invasión alemana en 1940 y se había alistado para regresar a luchar, realizó otras misiones durante la guerra. Recibió numerosa condecoraciones, entre ellas la Cruz de Guerra con espadas noruega y la DSO (Orden de Servicios Distinguidos) británica (sin duda todo el equipo mereció la Cruz Victoria). Tras la guerra trabajó en la radio pública de su país. Siempre se mostró reservado y modesto sobre su papel en la operación en Telemark y advirtió a los jóvenes que hay que estar dispuestos en todo momento a luchar por la paz y la libertad.

La primera ministra de Noruega, Erna Solberg manifestó al conocer la noticia de la muerte de Ronneberg: “Era uno de nuestros grandes héroes. La última de las grandes figuras de la Resistencia”. En 2014 se le había dedicado una estatua (que lo mostraba de manera muy realista y ataviado de comando) en su ciudad.

El esfuerzo de los héroes de Telemark sirvió para detener la producción de agua pesada varios meses, seguramente decisivos para que Hitler no tuviera su bomba. Pero luego, por si acaso, los aliados decidieron bombardear la planta (algo que se había descartado para evitar la muerte de civiles). El ataque masivo de 160 bombarderos estadounidenses en noviembre de 1943 causó la muerte de 22 noruegos. Posteriormente, en febrero de 1944, la resistencia hundió en el vecino lago Tinn el transbordador que partía para llevar a Alemania las últimas existencias de agua pesada. Murieron otros 14 civiles noruegos. Todo lo cual hace más notable la gesta incruenta de Ronneberg y los suyos, esos hombres valientes, inolvidables.

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Boca Ratón, la ciudad de Estados Unidos que desarrolló un arma secreta clave para derrotar a los nazis en la Segunda Guerra Mundial

Publicado por El hijo del Ahuizote en agosto 2nd 2018

El teniente Manuel J. Chávez dividía su tiempo entre bañarse en el mar transparente de Boca Ratón y pilotar aviones con un arma secreta que ayudó a derrotar a los nazis en la Segunda Guerra Mundial.

Era 1942 cuando Chávez llegó, junto a otros cientos de miles de miembros del ejército estadounidense, a la húmeda ciudad del estado de Florida, donde solo había algo más de 700 residentes y dos semáforos.
El gobierno de Estados Unidos había escogido ese aislado lugar en la costa sureste para instalar una base aérea militar cuya operación era secreta. Ni siquiera podía aparecer en el mapa.
Las tropas estacionadas allí no tenían permitido pronunciar la palabra “radar” fuera de la base ni tomar apuntes en las clases técnicas obligatorias.
Décadas después se sabría que la instalación tuvo un papel clave en la destrucción de submarinos alemanes que asediaban y atacaban las costas británicas y estadounidenses.

Mientras estuvo en plena operación, sin embargo, los habitantes de Boca Ratón se acostumbraron al misterio y adaptaron sus oídos al estruendo de los aviones militares despegando y aterrizando constantemente.

También se habituaron a ver los dos únicos bares de la población repletos de jóvenes soldados disfrutando de una cerveza o de una hamburguesa.
“Todos los de la base estaban formados para vivir en el secreto”, le dice a BBC Mundo Sally Ling, miembro de la Sociedad Histórica y Museo de Boca Ratón.
Ling publicó en 2005 un libro sobre el tema, tras haber pasado año y medio investigando sobre las actividades de la base aérea. Incluso entrevistó a algunos de los militares que ahí trabajaron, como el veterano Manuel “Manny” Chávez.
La cronista describe cómo la pequeña localidad cambió drásticamente y en tiempo récord: entre junio y octubre de 1942, unos 35.000 obreros levantaron 800 edificios, entre los que había hangares, hospitales y residencias.
Pero para comprender qué hizo único a este aeródromo, hay que retroceder dos años para recordar una cena muy especial.
Un potente radar microondas
En un club privado de Washington DC se reunieron científicos británicos y estadounidenses.
Los primeros traían consigo uno de sus “secretos técnicos más preciados y altamente resguardados”, según cuentan en el archivo en línea del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés).
Se trataba del magnetrón, un radar de 10 centímetros que generaba una potente energía de microondas sin requerir de una red nacional de postes que midieran 15 metros.
Los británicos querían instalar el magnetrón en las narices de los aviones con el objetivo de que detectasen la ubicación precisa de los navíos de los alemanes sin que estos tuviesen forma de advertirlo.
Pero no tenían la capacidad de hacerlo solos, en medio de un ambiente de hostiles enfrentamientos con los nazis, quienes bombardeaban Londres y habían estacionado sus submarinos frente a las islas británicas.
Justamente los submarinos se convirtieron en el problema de Inglaterra, que, pese a haber avanzado en la tecnología de radares, no tenía suficiente desarrollo técnico para enfrentarlos. “Los radares no podían detectarlos.
Los alemanes estaban hundiendo los barcos mercantes que llegaban desde Estados Unidos a las costas de Inglaterra”, señaló el académico emérito del MIT, Charles Counselman III, en el documental “Boca Raton: The Secret Weapon That Won World War II” (Boca Ratón: el arma secreta que ganó la Segunda Guerra Mundial), transmitido esta semana en la televisión pública de Florida.
El “Comité Microondas” de científicos estadounidenses que se reunió con los británicos decidió que era necesario abrir un laboratorio para desarrollar una tecnología de radares con el magnetrón como pieza central.
Con el apoyo del gobierno estadounidense, instalaron en el otoño de 1940 un laboratorio secreto en la sede del MIT en Cambridge, que recibió el nombre en clave de “Radiation Laboratory” (Laboratorio de Radiación).
Durante los siguientes cinco años, “el Laboratorio de Radiación hizo contribuciones sobresalientes a la tecnología de radares de microondas”, dice el archivo del MIT.
Años cruciales, pues en diciembre de 1941 Estados Unidos entró a la Segunda Guerra Mundial tras el ataque de Japón a la base naval de Pearl Harbor en el territorio estadounidense de Hawái.
“Fue una verdadera carrera desarrollar ese sistema de radares, porque querían asegurarse de que los alemanes no se les adelantaran”, dijo a BBC Mundo la investigadora de la base aérea de Boca Ratón, Sally Ling.
En marzo de 1941, el laboratorio probó el primer sistema de radar de microondas dentro de un avión.
Pero a medida que avanzaban los meses y se acercaba el invierno, las condiciones del clima hacían más difícil realizar pruebas desde la escuela de entrenamiento de radares que tenía el ejército en Scott Field, Illinois, según contó Ling.
Fue en ese momento que el alcalde de Boca Ratón, J.C. Mitchell, vio una maravillosa oportunidad ante sus ojos.

Bienvenidos a Boca Ratón 

El alcalde convenció a los funcionarios de la fuerza aérea estadounidense de hacer una visita a Boca Ratón.
En la pequeña localidad había un aeropuerto construido en 1930, un exclusivo club para turistas que viajaban en verano desde el norte y plantaciones de vainas.
La cercanía con el océano y el aislamiento del lugar fueron características que gustaron al ejército para establecer el aeródromo, dijo Ling.
El 17 de mayo de 1942, el diario The Miami Herald reportó que familias habían sido ordenadas a desalojar de inmediato todo el territorio al oeste de la vía férrea de Boca Ratón “para poder establecer una estación de entrenamiento técnico de las Fuerzas Aéreas de Palm Beach”.
“El juez John W. Holland firmó una orden otorgando al gobierno federal la inmediata posesión de casi 2.500 hectáreas de terreno”, decía el informe.
El Herald también reseñó que el gobierno federal no hizo ninguna oferta para comprar las tierras a sus dueños originales.
La instalación de Boca Ratón se convirtió en la única en todo Estados Unidos que probaba radares aerotransportados del ejército durante los años de la guerra.
El veterano Manuel “Manny” Chávez detalló en el documental sobre la base aérea que en su grupo había “entre 25 a 30 pilotos con la misión de entrenarnos en el uso de los radares”.
 “La escuela de radares empezaba a las 4 de la mañana hasta al mediodía, y del mediodía hasta la tarde”, dijo Chávez, quien falleció recientemente.
Los esfuerzos de Chávez y sus compañeros de tropas rápidamente resultaron en derribos de submarinos nazis, detalló Ling.
“En noviembre de 1942, los submarinos U-boot alemanes destrozaron 117 embarcaciones de los aliados. Menos de un año después, en septiembre y octubre de 1943, solo 9 barcos de los aliados fueron hundidos y un total de 25 submarinos alemanes fueron destrozados por aviones equipados con radares”, dijo el investigador Robert Buderi en su libro “The Invention that Changed the World” (“El invento que cambió el mundo”, 1996).
Después del suicidio de Adolfo Hitler el 30 de abril de 1945 vino la rendición del Tercer Reich y el 8 de mayo se celebró el Día de la Victoria, que marcó el fin de la guerra.
Tres meses después, Japón se rindió ante los aliados luego de casi seis años de enfrentamientos.
El aeródromo de Boca Ratón continuó funcionando como una instalación militar hasta septiembre de 1947.
Vía | BBC

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El Ejército Imperial Japonés

Publicado por El hijo del Ahuizote en junio 23rd 2018

El Ejército Imperial Japonés del período de 1931 a 1945 era una combinación extraña: una fuerza moderna, bien entrenada y armada, pero imbuida de las tradiciones antiguas y cerradas de un pueblo que acababa de salir de siglos de un autoimpuesto aislamiento del mundo moderno. Las contradicciones de la sociedad japonesa se reflejaban en sus fuerzas armadas, que abrazaban cualquier avance tecnológico militar pero seguían ancladas en las costumbres de una sociedad medieval, esencialmente feudal. Estas contradicciones crearon un ejército que era un enigma para la mayoría de los observadores extranjeros, un ejército que fue fatalmente malinterpretado y menospreciado por sus enemigos en los primeros compases de la guerra, pero que al mismo tiempo fue terriblemente vulnerable a ellos en cuanto mostró sus peculiares debilidades.

La adaptabilidad, las tácticas agresivas, el valor fanático y la obediencia ciega del soldado japonés iban a dar a ese ejército una victoria tras otra durante la guerra contra China en la década de 1930 y en las ofensivas relámpago contra las fuerzas estadounidenses, holandesas, británicas y de la Commonwealth en Asia y el Pacífico en 1941-1942. Sin embargo, estas cualidades humanas no bastaron cuando se enfrentaron al poderío económico, militar e industrial y a la cultura bélica verdaderamente moderna de EE.UU. Desde la perspectiva de hoy, puede decirse que elEjército Imperial Japonés iba ya camino de la derrota cuando empezó a conseguir sus primeras y espectaculares victorias en diciembre de 1941.

A mediados de 1942, las fuerzas armadas imperiales japonesas habían expandido enormemente el Imperio en una espectacular campaña de conquista de 6 meses. Pero casi desde el mismo momento en que cesó su avance por el Pacífico se vieron obligadas a defender sus ganancias frente a las contraofensivas aliadas, que al principio fueron lentas y débiles pero fueron ganando en potencia y confianza. Fue una defensa para la que  Japón estaba preparado en el plano táctico, no así en el estratégico. Tras unos reveses iniciales se estableció una Esfera de Defensa Nacional Absoluta que incluía Birmania, Malasia, las Indias Orientales, Nueva Guinea occidental y las islas Carolinas, Marianas y Kuriles. Durante los 3 años siguientes, los japoneses iban a defenderla con una determinación feroz que sorprendió a sus enemigos, pero con un resultado final incuestionable.

Tanto había conquistado el ejército nipón que ahora se hallaba desplegado en el extremo de unas líneas de suministro extraordinariamente largas. El sistema logístico japonés era inadecuado – e incluso primitivo – a todos los niveles, pero los planes del alto mando para defender un perímetro tan inmenso no parecieron tener esto en cuenta. Con sus fuerzas dispersas en el extremo de unas largas líneas de suministro, amenazadas cada vez más por la supremacía aérea y naval aliada, Japón careció de los medios y el material para abastecer y reforzar sus guarniciones, y los efectos de las escaseces estratégicas de todo tipo empezarían a dejarse sentir entre la población japonesa ya en 1942. El Imperio quedó abrumado por la capacidad de EE.UU. de producir cañones, carros de combate, buques y aviones, y de tripularlos. Japón por su parte carecía de la base industrial necesaria para mantener a sus desperdigadas fuerzas armadas y reemplazar las enormes pérdidas sufridas. En el último año de la guerra, la producción japonesa se vio reducida drásticamente por los bombardeos aéreos aliados. Por ejemplo, en 1940 se fabricaron 1.023 carros de combate, por sólo 94 en 1945, y de modelos totalmente obsoletos.

La disparidad entre la producción de guerra de EE.UU. y Japón queda de manifiesto en una estadística extraordinaria: por cada soldado japonés en el Pacífico había 1 kg. de material, mientras que por cada estadounidense había 4 toneladas. Otro dato: ya en 1941, la producción de aviones estadounidense era 4 veces mayor que la japonesa, una brecha que se iría ampliando de forma imparable. Sin embargo, el carácter único de la milicia japonesa le permitió desafiar esas condiciones tan negativas. Aunque sus fieras batallas defensivas no lograron otra cosa que enormes pérdidas humanas, todavía había 2 millones de soldados dispuestos a defender las islas metropolitanas de la invasión aliada cuando el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, convencieron finalmente al gobierno imperial de la futilidad de seguir resistiendo. Aún así, un grupo de oficiales planeó, sin éxito, sabotear la alocución de rendición del emperador Hirohito.

Para mediados de 1942, el Ejército Imperial Japonés se había ganado la reputación de invencible entre las conmocionadas tropas aliadas, pero en cuanto éstas empezaron a contraatacar – en Guadalcanal y Nueva Guinea – salieron a la luz las deficiencias de dicho ejército y se aprendió a explotarlas. La mayoría de los comandantes japoneses carecían de imaginación más allá de la doctrina de atacar a toda costa: cuando el ataque fallaba, tendían a repetir el intento hasta que sus tropas quedaban diezmadas. En una sociedad fuertemente jerarquizada, el cuerpo de oficiales temía quedar desacreditado si reconocía dificultades, por lo que sus informes tendían a ser optimistas en exceso. Los mandos daban órdenes, pero se tomaban pocas molestias en supervisar su ejecución.

A diferencia de los ejércitos occidentales, el japonés apenas progresó en cuanto a mecanización. Sus unidades siguieron siendo esencialmente fuerzas de infantería apoyadas por artillería media y cuyo transporte seguía dependiendo de caballos y mulas. El ejército nipón andaba escaso de artillería pesada y era incompetente en su uso, pues se ponía todo el énfasis en el apoyo inmediato a la infantería. En esto, como en el uso de los carros de combate, los Aliados le ganaron rápida y decisivamente la partida. Pese al éxito de las unidades blindadas en Malasia a principios de 1942, los tanques fueron dispersados para dar apoyo a la infantería, un poco como si fuesen fortínes móviles (cada división de infantería Tipo A – es decir, la “reforzada” –, solía tener una unidad de carros de combate). Existía poco interés en el uso independiente de masas de carros como medios medios de maniobra (de hecho la primera división acorazada no se formó hasta 1942, y durante la guerra sólo habría un total de 4). Sin embargo, se potenció un tipo de carros de combate que sacrificaban el blindaje y la potencia del armamento en aras de la liviandad y la velocidad, por lo que resultaron extremadamente vulnerables. La calidad de la mayoría del material bélico aliado mejoró sin pausa, mientras que la del japonés se mantuvo mayormente en sus niveles de la década de 1930; en el orden cuantitativo, las diferencias se hicieron enormes.

La planificación y ejecución logística fue mala desde el principio: en el invierno de 1942-43, en Nueva Guinea, decenas de miles de soldados fueron más o menos abandonados a su suerte, y no sería la última vez. Existía una fuerte rivalidad entre el Ejército y la Marina Imperial, lo que tenía unas consecuencias nefastas en unas campañas en las que la cooperación interarmas era vital. La superioridad aérea japonesa de 1941-1942 empezó a ser disputada enseguida, y luego doblegada. Frente al avance estadounidense por el Pacífico, el Alto Mando Japonés fue incapaz de formular una estrategia más prometedora que la de atrincherarse, conservar el territorio hasta el último hombre e infligir al enemigo el mayor número de bajas posibles. Para la mentalidad occidental, ello era fruto de la desesperación, pero para la japonesa, la muerte honorable por el emperador era un premio.

El Ejército Imperial Japonés poseía importantes cualidades tácticas que puso en práctica casi hasta el final. El enemigo más temible es el soldado al que no le importa morir o seguir vivo, y esta cultura permeó en todas las fuerzas imperiales. Los Aliados descubrieron que era casi imposible tomar prisioneros japoneses: “la muerte antes que la rendición”era un principio genuino y no sólo un eslogan. Cuando se quedaban sin posibilidad de seguir resistiendo, se mataban en sus pozos de tirador, sus cuevas, fortines o búnkeres, o se inmolaban en suicidas cargas banzai o arrojándose bajo los tanques con una granada. Antes de 1945, el escaso número de prisioneros hecho entre fuerzas japonesas derrotadas – sobre todo heridos, de entre los miles de muertos en el campo de batalla – no incluía ningún oficial de graduación superior a la de comandante. En consecuencia, en todos los campos de batalla, cada posición japonesa tenía que tomarse individualmente, con fuego de artillería seguido de carros, ametralladoras, cargas explosivas, lanzallamas y granadas de mano. Ello era muy costoso en vidas estadounidenses y no sorprende que, después de haber experimentado este tipo de combate, pocos infantes aliados se tomasen demasiadas molestias en hacer prisioneros japoneses.

Las posiciones de campaña que los japoneses defendían hasta la muerte solían ser numerosas, bien emplazadas y de sólida construcción. Su talento para el camuflaje era de primer orden, y su disciplina de fuego, excelente. Habían aprendido de sus errores. En Tarawa fortificaron todo el perímetro de la isla, por lo que cuando los norteamericanos desembarcaron en el lado opuesto al más esperado, una gran parte del plan defensivo se vino abajo, pues no existía un reducto central desde el que lanzar contraataques en todas direcciones. En Peleliu y en adelante se aplicó esa lección: la mayor parte de guarniciones estaban desplegadas en amplios y complejos sistemas tierra adentro formados por emplazamientos de armas, búnkeres profundos, túneles interconectados y cuevas naturales optimizadas. Aunque básicamente defensivas, las tácticas japonesas implicaban siempre contraataques inmediatos y desesperados para retomar el terreno perdido. Los soldados japoneses eran valientes, disciplinados y tenaces, y muy hábiles en la lucha nocturna, la infiltración, el engaño, las trampas y las emboscadas.

Dado el escaso valor que se daba a la vida del soldado japonés, no es extraño que éste tuviese en una estima aún menor la de los extranjeros. Entrevistas a veteranos han confirmado que era habitual que, al llegar a una unidad en el frente chino, el soldado fuese obligado a demostrar su obediencia y su espíritu matando a bayonetazos a un prisionero o campesino chino (o, si el recién llegado era un oficial, decapitándolo con su espada). Espoleados por sus mandos, estos soldados embrutecidos – producto de una sociedad que se vanagloriaba de su superioridad racial – trataron a los civiles de los territorios conquistados con una crueldad medieval. En China, la pesadilla de los ataques guerrilleros desembocó en la aplicación de la política oficial de los “tres todos”: “quemadlo todo, cogedlo todo, matadlo todo”. Tampoco sorprende que veteranos de China siguiesen comportándose de la misma forma cuando fueron transferidos al sur para “liberar” a otras razas asiáticas, en especial cuando las deficiencias de su sistema logístico los dejó a expensas de lo que pudiesen requisar.

Fuentes:
Osprey: Soldados de la II Guerra Mundial: “El Ejército de Kwantugn y la expansión japonesa” de Philip Jowett
Osprey: Soldados de la II Guerra Mundial: “Los Comandos Suicidas y otras unidades japonesas” de Philip Jowett

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El mundo en guerra Capítulo III

Publicado por El hijo del Ahuizote en junio 10th 2018

El mundo en guerra (The World at War) es una serie documental para televisión emitida entre 1973 y 1974 sobre la Segunda Guerra Mundial y los acontecimientos que condujeron a ella y los que ocurrieron inmediatamente después. Fue producida por Jeremy Isaacs, escrita y coproducida por Peter Batty y narrada por Lawrence Olivier. Carl Davis compuso su banda sonora. Un libro, El mundo en guerra, fue escrito por Mark Arnold-Forster como suplemento de la misma. Fue galardonada con el Premio Emmy.

La serie ha sido considerada a menudo como el mejor y definitivo documental sobre la historia de la Segunda Guerra Mundial hecho para televisión. También presentó raras imágenes de película en color de algunos de los acontecimientos de la guerra.

En una encuesta realizada en 2000 por el British Film Institute, en la que participaron profesionales de los medios de comunicación, sobre los 100 mejores programas emitidos en la televisión británica, The World at War quedó en la 19.ª posición.

Episodio II

El 6 de octubre de 1939 Hitler dio un discurso ante el Reichstag en el que declaro cumplidas la reivindicaciones alemanas respecto a las opresoras imposiciones del Tratado de Versalles, ademas de ofrecer la paz a los aliados y advirtió:: “SERA LA PAZ O LA GUERRA SIN CUARTEL”

 

 

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El mundo en guerra Capítulo II

Publicado por El hijo del Ahuizote en marzo 3rd 2018

El mundo en guerra (The World at War) es una serie documental para televisión emitida entre 1973 y 1974 sobre la Segunda Guerra Mundial y los acontecimientos que condujeron a ella y los que ocurrieron inmediatamente después. Fue producida por Jeremy Isaacs, escrita y coproducida por Peter Batty y narrada por Lawrence Olivier. Carl Davis compuso su banda sonora. Un libro, El mundo en guerra, fue escrito por Mark Arnold-Forster como suplemento de la misma. Fue galardonada con el Premio Emmy.

La serie ha sido considerada a menudo como el mejor y definitivo documental sobre la historia de la Segunda Guerra Mundial hecho para televisión. También presentó raras imágenes de película en color de algunos de los acontecimientos de la guerra.

En una encuesta realizada en 2000 por el British Film Institute, en la que participaron profesionales de los medios de comunicación, sobre los 100 mejores programas emitidos en la televisión británica, The World at War quedó en la 19.ª posición.

Episodio II

Neville Chamberlain dijo en septiembre de 1938: “Es una lastima que tengamos que prepararnos nuevamente para una guerra por culpa de una disputa suscitada en un país lejano entre personas de las que no sabemos nada” Este seguía siendo el sentir un año después frente a la invasión Alemana sobre Polonia…

 

 

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El mundo en guerra Capítulo I

Publicado por El hijo del Ahuizote en enero 14th 2018

El mundo en guerra (The World at War) es una serie documental para televisión emitida entre 1973 y 1974 sobre la Segunda Guerra Mundial y los acontecimientos que condujeron a ella y los que ocurrieron inmediatamente después. Fue producida por Jeremy Isaacs, escrita y coproducida por Peter Batty y narrada por Lawrence Olivier. Carl Davis compuso su banda sonora. Un libro, El mundo en guerra, fue escrito por Mark Arnold-Forster como suplemento de la misma. Fue galardonada con el Premio Emmy.

La serie ha sido considerada a menudo como el mejor y definitivo documental sobre la historia de la Segunda Guerra Mundial hecho para televisión. También presentó raras imágenes de película en color de algunos de los acontecimientos de la guerra.

En una encuesta realizada en 2000 por el British Film Institute, en la que participaron profesionales de los medios de comunicación, sobre los 100 mejores programas emitidos en la televisión británica, The World at War quedó en la 19.ª posición.

 

Episodio I

 

La nueva Alemania – A New Germany (1933–1939)

Alemania, una nación condenada por la humillante derrota en la Primera Guerra Mundial, saliendo de una abrumadora depresión económica, fija su vista en un hombre para el renacer de la esperanza y la dignidad, resultando ese hombre ser Adolf Hitler. La historia de la Segunda Guerra Mundial empieza en los primeros años de la década de 1930, mostrando como Adolf Hitler subió al poder con el pleno soporte de millones de alemanes. Noticieros de la época y películas caseras hechas por Eva Braun, la amante de Hitler, muestran al Führer tal como debió aparecer ante su pueblo. La retrospectiva histórica y el conocimiento de lo que algunos miembros de la jerarquía nazi estaban haciendo, bajo la tapadera de una inteligente propaganda, da un aspecto muy siniestro a estas tomas. Este episodio nos muestra también imágenes del desfile, que el Museo Imperial de la Guerra ha catalogado con el nombre de “Cómo hacer un desfile”. Incluye testimonios de Ewald-Heinrich von Kleist-Schmenzin, Werner Pusch y Christabel Bielenberg.

 

 

 

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Fauld: El día que Inglaterra tembló

Publicado por El hijo del Ahuizote en noviembre 26th 2017

Además de las explosiones de las dos bombas atómicas en Hirosima y Nagasaki, durante la Segunda Guerra Mundial, se produjeron otras enormes deflagraciones, llamémosles convencionales, que incluso podrían rivalizar en potencia e intensidad con aquéllas. Una de las mayores explosiones no nucleares de todos los tiempos, y la mayor ocurrida en suelo británico en toda la historia, fue la ocurrida en Fauld (Inglaterra), que aunque fue de gigantescas proporciones, al ocurrir en tierra firme y en una región relativamente aislada (con lo que la tragedia fue menor de lo que hubiera podido ser), permitió a las autoridades británicas mantener el hecho durante varios años en secreto.
La gran explosión ocurrió en un gran depósito subterráneo de municiones que se extendía en un sector de unos 17.000 metros cuadrados y que la RAF (Royal Air Force) había construído en una mina de yeso abandonada al sur de la pequeña localidad de Fauld, en una zona rural del condado de Staffordshire, en el centro de Inglaterra (en la fotografías que ilustran este post, podéis observar, el interior del depósito de municiones donde se pueden ver las galerías subterráneas repletas de bombas apiladas).

El lunes 27 de noviembre de 1944, exactamente a las 11h11′ de la mañana, se produjo una gigantesca explosión que destruyó el depósito subterráneo de municiones, que en ese momento almacenaba 3.700 toneladas de bombas, municiones y explosivos. El cráter que se formó a consecuencia de la enorme detonación tenía más de 30 metros de profundidad y abarcaba una extensión de 5 hectáreas. Todo quedó completamente arrasado en un área de 1.200 metros (incluida una granja vecina y viviendas de varios pueblos cercanos), formándose dos gigantescas columnas de humo que ascendieron cientos de metros, además de producirse una gran inundación en la zona, al romperse un depósito de agua que contenía cerca de 500.000 metros cúbicos de agua.

La explosión, que pudo escucharse a 30 kms de distancia, acabó con la vida de 78 personas, entre miembros de la RAF, prisioneros italianos y empleados civiles que trabajaban en el almacén y vecinos de los alrededores. Hubo además decenas de heridos y afectados por la inhalación de humo. Sin duda, este trágico balance pudo calificarse de afortunado para el enorme daño que hubiera podido ocasionar la deflagración, de no contar con unas instalaciones tan fortificadas y profundas, y estar en una zona, más o menos aislada y deshabitada.

El accidente se mantuvo en secreto hasta después de la guerra, y no fue hasta el año 1974, es decir, 30 años después, cuando se hizo público, mediante un informe según el cual, la explosión fue causada por unas bombas que fueron sacadas de su almacén sin serles extraídos los detonadores antes de ser manipuladas. En un primer momento, se creyó que se trataba de ataque de bombas volantes V-2 o de un sabotaje a cargo de agentes enemigos, pero pronto se averiguó que se había tratado de un fatal accidente. Aún así, se decidió no hacer público el suceso para no dar una imagen de incompetencia e inseguridad en plena guerra, no afectar a la moral de victoria en un momento en el que esta parecía inminente y para que los alemanes no pudieran atribuirse la autoría de la explosión.

Si hubiese sido en los primeros meses de la guerra, en plena paranoia quintacolumnista, el gobierno británico lo habría tenido más fácil. Como ocurrió en enero de 1940, cuando hubo una serie de explosiones en una fábrica de explosivos en Waltham Abbey y el gobierno echó la culpa a saboteadores enemigos en lugar de reconocer que había sido un accidente. Eso le costó el puesto al jefe del MI-5, por su supuesta incapacidad de evitar las acciones de los agentes alemanes en suelo británico. En cambio, en el caso de Fauld, en su deseo de tapar discretamente el asunto, las autoridades militares no depuraron responsabilidades por ese gravísimo error en el cumplimiento de las medidas de seguridad que debían tomarse. Es más, el responsable del depósito no sólo no fue reprobado sino que incluso sumaría después un ascenso en su carrera.

Pese a los daños causados en las instalaciones, la RAF seguiría utilizando el depósito de munición hasta el año 1966. Entre 1967 y 1973, el recinto fue cedido al Ejército norteamericano para almacenar explosivos, trasladados desde Francia después de que el gobierno galo decidiese abandonar la estructura militar de la OTAN. Después la zona fue abandonada.

Actualmente, el área es de acceso público. Un monolito, en el que están grabados los nombres de las víctimas de la explosión, recuerda al visitante lo ocurrido el 27 de noviembre de 1944. Han crecido árboles en el interior del enorme cráter y éste casi llega a confundirse con el paisaje del condado de Stafforshire, pero todavía hay artefactos explosivos enterrados en el lugar de la explosión, lo que es advertido con las señales de peligro correspondientes. A pesar del incuestionable riesgo que entraña la presencia de esa munición sin estallar, las autoridades han renunciado a extraerla y desactivarla debido al enorme coste económico que ello supondría.

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