Historias de la Historia

Anécdotas y Curiosidades del pasado

Agustín de Iturbide. ¿Cual fue su delito?

Publicado por El hijo del Ahuizote en julio 27th 2019

Dizque lo reconocieron por su manera de ca­balgar. La verdad es que tampoco deseaba pa­sar inadvertido, no al menos mucho tiempo. Desembarcó en Soto la Marina el 15 de julio. Al parecer lo reconoció un comerciante de Durango, quien lo había visto en alguna ocasión en la Ciudad de México. De Durango también era aquel diputado, Santiago Baca Ortiz, que había difundido por cada pueblo la Memoria Político Instructiva de fray Servando Teresa de Mier. Promotores de la República en un pue­blo que durante trescientos años había vivido bajo el cetro de una monarquía. No eran mu­chos, pero ahora estaban en el poder y, para colmo, los grupos poderosos de las provincias terminaron apoyando una forma republicana de gobierno con tal de que se apellidara fede­ral. ¿República, federación? Si el propio fray Servando había gritado en el Congreso que se dejaría cortar el pescuezo si alguien en las galerías podía explicarle qué casta de animal era la República federada. No podía ser que a poco más de un año de la caída del imperio todos fueran republicanos. De seguro había muchos partidarios, no sólo de la monarquía sino del libertador, dispuestos a establecer un orden de cosas más conocido. El problema es que en Soto la Marina, aquel verano de 1824, el comandante se llamaba Felipe de la Garza, un viejo amigo de republicanos y revoltosos, como el propio Mier, como el chato Ramos Arizpe. Eso no era tan grave. Los políticos un día se afilian a una causa y al día siguiente a otra. El problema más grave era que De la Garza se pronunció en dos ocasiones en con­tra del Imperio y en ambas fracasó. Si no fue fusilado como traidor se debió a la gracia del emperador. Algún ingenuo pensaría que, pre­cisamente por eso, debía tener gratitud ante el hombre que lo perdonó; pero la humillación no se perdona.

 

Agustín de Iturbide se entrevistó con Fe­lipe de la Garza el 16 de julio. Le expuso los motivos que tuvo para regresar a México, aun­que quizá no todos. Le dijo que sabía de los planes de la Santa Alianza, de la intención de Fernando VII para armar una expedición con­tra México. Venía dispuesto a ponerse a las órdenes de la Patria. Entonces, fue notificado acerca del decreto de 23 de abril, expedido por el Congreso Constituyente, en el que se le de­claraba traidor si ponía un pie en México y lo condenaba, en ese caso, a la muerte. Iturbide insistió en que su delito era defender al país que él mismo puso en el concierto de las na­ciones civilizadas. De la Garza titubeó. Tenía frente a sí al autor del Plan de Iguala, no a cual­quier político ambicioso. El 18 de julio decidió enviarlo a Padilla, en donde estaba sesionando la Asamblea Constituyente estatal, para dejar en sus manos la difícil decisión de cumplir o no el decreto del Congreso Federal. Lo envió rodeado de tropas, pero no como preso, pues ordenó a sus hombres que obedecieran a tan distinguido mexicano.

Iturbide debió haber supuesto que las co­sas mejoraban. Había demostrado que su pres­tigio era enorme. Incluso, pidió que su mujer y los dos hijos que lo acompañaban bajaran del bergantín en el que habían llegado. Ana Huarte estaba preñada, a la espera de su décimo hijo, quien recibiría el mismo nombre que su padre, Agustín Cosme. Pertenecía a una de las familias más destacadas de Valladolid y su padre, Isidro Huarte, había sido el hombre más poderoso, por su riqueza e influencias, de la vieja intendencia de Michoacán. Agustín la desposó el 27 de fe­brero de 1805. Nacido en septiembre de 1783, pertenecía también a una distinguida familia de Valladolid, propietaria de algunas fincas ur­banas y rurales. Desde joven se inclinó por la carrera de las armas. Ingresó como alférez en el regimiento de infantería de Valladolid, al mando del conde de Rui. Carismático, estable­ció relaciones que después le serían de enorme • utilidad. Por supuesto, aprovechó los vínculos que su suegro tenía en la administración de la intendencia de Michoacán y el ayuntamiento de Valladolid. Si bien había participado en las maniobras militares que se hicieron en Xalapa frente al virrey José de Iturrigaray (y en las que estuvieron otros americanos como Ignacio Allende), Iturbide no mostró oposición a la vio­lenta destitución del virrey en septiembre de 1808, aunque se le vinculaba con las reuniones clandestinas que fueron descubiertas en Valladolid a finales de 1809, favorables a Iturrigaray y al proyecto de establecer una Junta Guberna­tiva en el reino.

El abrazo de Acatempan el 10 de febrero de 1821, selló la alianza entre acérrimos rivales para aprovechar la crisis del Imperio español a favor de la Independencia.
Oleo sobre tela de Román Sagredo 1870.

 

El proyecto más claro a favor de la inde­pendencia se manifestó en 1810 con la in­surrección de Miguel Hidalgo. Pese a que el párroco de Dolores ofreció al joven militar Agustín de Iturbide que se uniera a la insur- gencia o, al menos, no la combatiera, Iturbide no estaba dispuesto a aceptar la feroz violencia que amenazaba con destruir la riqueza de Nueva España. Como bien dijo a finales de 1821 a aquel abogado de Oaxaca, Carlos María de Bustamante, su respaldo a la emancipación no transigía con la insurrección popular: com­batió a los insurgentes y lo volvería a hacer si fuera necesario. El problema en 1824 era que en el poder había muchos hombres, como el propio Bustamante, que habían participado en aquella insurrección. En el ejecutivo se halla­ban los antiguos rebeldes Guadalupe Victoria y Nicolás Bravo, y hasta Vicente Guerrero era suplente. Por cierto, en Tamaulipas pasaba algo parecido: el nuevo gobernador era Bernar­do Gutiérrez de Lara, quien había simpatizado con Hidalgo y Morelos, y encabezó fuerzas in­surgentes en Texas, compuestas en buena me­dida por filibusteros y aventureros.

 

En verdad, Iturbide debía temer a aquellos republicanos. El 18 de julio, el Congreso Cons­tituyente de Tamaulipas ordenó a Gutiérrez de Lara que cumpliera con el decreto federal. Quienes habían sido insurgentes no podían olvidar con facilidad la fama adquirida por el joven comandante realista michoacano, tan comprometido con el orden virreinal, tan te­naz en su persecución de rebeldes. Iturbide pa­gaba con sus propios recursos incentivos para las tropas, construyó una eficiente red de co­rreos y de espías que le permitieron diseñar es­trategias contrainsurgentes. Durante la guerra se acostumbró a la vida difícil de la campaña. Pasó hambres, enfermó. Obligó a sus soldados a marchar largas jornadas. Sus esfuerzos no fueron vanos. Derrotó a Ramón Rayón, muy cerca de Salvatierra. Consiguió engañar al tai­mado Albino García, a quien fusiló y descuar­tizó como escarmiento.

 

La frágil unidad nacional en tomo al Plan de Iguala, estalló en pedazos apenas instalado el Congreso constituyente. Óleo sobre tela, anónimo, «Solemne y pacifica entrada del exercito de las Tres Garantías en la capital de México el día 27 de setiembre de 1821». Museo Nacional de Historia, INAH

Junto con Ciríaco del Llano, Iturbide impi­dió que José María Morelos ocupara Valladolid. Poco después, capturó a Mariano Matamoros, a quien fusiló en febrero de 1814. Por supues­to, la fama de ser un decidido soldado del rey era difícil de olvidar; pero siendo comandante del Bajío llegó a ser reconocido por otras dos características que hubiera preferido evitar: ser sanguinario y corrupto.

Respecto a lo primero, Agustín de Iturbide no era extraordinario. Numerosos jefes rea­listas e insurgentes ordenaban fusilamientos sin contemplaciones. El propio cura Morelos lo hacía, cuando no eran capaces de frenarlo Matamoros y los Bravo. Después de todo, la insurrección iniciada en 1810 se convirtió en una guerra civil, atroz como todas, destructiva y terrible. La novedad en el caso de Iturbide, y lo que parecía más inmoral en aquella época, fue la aplicación de tácticas contrainsurgentes muy adecuadas para quitar apoyo a las guerri­llas del Bajío. En vez de atacar a esos grupos de frente, Iturbide empleó un sistema de espías para emboscarlos. Actuaba de la misma mane­ra que lo hacía la guerrilla, pero iba más lejos. Si los insurgentes ponían su atención en cortar las líneas de abastecimiento del ejército, Itur- bide haría algo parecido: destruir lo que hoy llamaríamos las «bases sociales de la guerrilla». Destruyó pueblos y villas, acusándolas de pro­porcionar víveres a los rebeldes. Hizo prisio­neras a numerosas mujeres que no tenían más delito que apoyar a sus maridos e hijos que se habían ido a campaña a pelear por la libertad.

Respecto a los cargos de corrupción, Iturbide, como otros jefes militares realistas e in­surgentes, encontró que podía «dar protección” a terratenientes, comerciantes y mineros, a cambio de dinero «para la causa”. En el caso de Iturbide, parece que en efecto disponía de ma­nera ilegal de caudales que no le pertenecían y, como otros, vigilaba las conductas de plata a cambio de pago, pero no por ambición vul­gar sino para ocupar ese dinero en sus tropas. Recuérdese que había dispuesto su no escasa fortuna personal para el mismo destino, aun­que eso no lo eximiera de un comportamiento criminal. Cuando en 1816 fue acusado de esos y otros cargos, ni siquiera los poderosos ami­gos que tenía en la Audiencia impidieron que se le quitara el mando de tropas. Si Iturbide se había ganado enemigos y hecho de mala fama entre los que entonces eran defensores del rey, qué podía esperar de quienes habían sido in­surgentes.

En efecto, el 19 de julio de 1824, muy de mañana, Gutiérrez de Lara actuó como era de esperarse: rechazó cualquier argumento de Iturbide, lo hizo prisionero y lo presentó ante el Congreso tamaulipeco. Los constituyentes ordenaron la comparecencia de Felipe de la Garza, para pedir explicaciones acerca de por qué no había ejecutado el decreto federal y para ordenarle que lo cumpliera sin tardan­za. Iturbide expuso de nuevo sus argumentos, acerca del peligro que representaban las mo­narquías de la Santa Alianza y de las intencio­nes españolas de organizar una expedición de reconquista; pero no convenció a nadie. Recu­rrió también a su prestigio. Era su última car­ta. Recordó sus trabajos por la Independencia, algo que nadie podía escatimar, y en especial sus exitosos esfuerzos para unir voluntades, para conciliar extremos.

En 1820, cuando vivía en la Ciudad de México y se codeaba con los principales políticos, pensadores y gente de influencia de la capital virreinal, Iturbide conoció las noticias del restablecimiento de la Constitución de 1812 en todos los dominios que le quedaban a la monarquía española. La primera vez que se aplicó, ese documento constitucional había ocasionado muchos dolores de cabeza a los defensores del orden colonial, pues la libertad de prensa y los procesos elec­torales dieron protagonismo a muchos partidarios de los in­surgentes. En 1814, Fernando VII declaró abolida la Consti­tución, pero la bancarrota de la monarquía y las conjuras liberales consiguieron que fuera restablecida. Las condi­ciones de Nueva España pare­cían diferentes a las que había tenido el virreinato la primera vez que se aplicó. Los insur­gentes estaban reducidos a unos cuantos grupos guerri­lleros que controlaban el sur de la intendencia de México o permanecían atrincherados en fortificaciones en las islas de lagos y ríos o en la cúspide de montañas de difícil acceso. El reino no estaba en paz, como anunciaba el virrey Juan Ruiz de Apodaca, pero el orden establecido no corría peligro por los rebeldes. Las divisiones estaban en otros lados.

 

Coronación de Iturbide en la Catedral de México el día 21 de julio de 1822. A pesar de las reticencias y forcejeos, el Congreso aceptó la monarquía constitucional. Museo Nacional de Historia INAH

Durante sus años en la Ciudad de México, Iturbide había convivido con partidarios del orden constitucional, como los que se reunían en casa de Ignacia Rodríguez de Velasco, la Güera, pero también con destacados serviles, como ellos mismos aceptaron llamarse, como los que se reunían en los ejercicios espiritua­les del Oratorio de San Felipe Neri. Sabía que muchas personas repudiarían la Constitución, por considerarla contraria a la religión, mien­tras que otras la apoyarían. Habría quienes creyeran que el régimen constitucional debía ser más radical, hasta eliminar la figura del monarca. Muchos estaban descontentos por­que la igualdad prometida por los españoles a los americanos no se cumplía. Sabía que esas tensiones podían ocasionar en cualquier mo­mento una insurrección tan desastrosa como la que él combatió. Las noticias que su protegi­do José López le enviaba de España, respecto a la existencia de numerosas facciones (comu­neros, exaltados, absolutistas, doceañistas) que se enfrentaban y conspiraban, le hicieron temer que el nuevo orden constitucional no dura­ría y que ocasionaría más con­flictos. Por supuesto, Iturbide no estaba solo. Numerosos mi­litares, propietarios, liberales y serviles, estaban pensando lo mismo: más valía desatar los lazos que unían al virreinato con la metrópoli, como había propuesto el abad Dominique de Pradt. Iturbide había plati­cado ya sobre estos temas con muchos amigos, entre quienes había destacados defensores de los intereses americanos, como su compadre Juan Gó­mez de Navarrete, y militares con quien tenía una enorme confianza, como Manuel Gó­mez Pedraza.

Cuando el viejo coronel Gabriel de Armijo solicitó retirarse del sur, en donde combatía a Vicente Guerrero, apareció la oportunidad para Iturbide. Designado comandante en la región, de inmediato se puso en contacto con su enemigo. Los diputados que salían rumbo a España fueron informados por Gómez de Navarrete y Gómez Pedraza de las intenciones de Iturbide para proclamar un Plan de Inde­pendencia. No pudieron esperarlo, pero en Madrid trabajaron para establecer una monar­quía en México, encabezada por un miembro de la casa reinante española y bajo un orden constitucional. En Iguala, Iturbide se pronun­ció por lo mismo, con el apoyo de Guerrero, en febrero de 1821. Si bien en un principio tuvo más reveses que triunfos, poco a poco fue ga­nando voluntades. Negoció, ofreció, dijo que sí a casi todos. La bandera de religión, inde­pendencia y unión fue enarbolada en todas las plazas. Los más fervorosos serviles quedaron satisfechos con la separación de una metrópoli que estaba tomando medidas en contra de los privilegios de las corporaciones eclesiásticas; los liberales aceptaron la propuesta de man­tener la vigencia de la Constitución de r8i2 en lo que una asamblea representativa redac­tara una propia; los defensores del rey no vie­ron problema alguno en pedir que la corona del imperio mexicano quedara en manos de Fernando VII o alguien de su familia; algunos insurgentes aceptaron la independencia bajo estas condiciones.

¿Qué otros méritos podían exigir a Iturbi- de los señores diputados del Congreso de Tamaulipas? La independencia se consiguió ape­nas siete meses después del pronunciamiento de Iguala. Juan O’Donojú, último capitán ge­neral de Nueva España, firmó con Iturbide el Tratado de Córdoba en agosto. Iturbide cum­plió su promesa: reunió una Junta Gubernati­va que declaró solemnemente el nacimiento de México y convocó elecciones para un Con­greso Constituyente. Los republicanos podían acusarlo de ambicioso, por haberse coronado, pero debía decirse a su favor que cuando Es­paña rechazó el Tratado de Córdoba, había un enorme respaldo para que quien ocupara el trono fuera el autor de la Independencia.

Es muy difícil hacer un balance del pri­mer gobierno que tuvo México como estado independiente. Iturbide encabezó un imperio, primero como regente y luego como empera­dor, en el que no había recursos para pagar tropas ni sueldos de los empleados públicos. Muchos productores lo apoyaron por la promesa de reducir o eliminar impuestos y car­gas tributarias que después le hicieron falta como gobernante. La delincuencia azotaba a la población y no había un sistema de admi­nistración de justicia que le permitiera actuar; de ahí que solicitara al Congreso el estableci­miento de tribunales militares, medida que fue rechazada por los constituyentes. Se debe señalar que los republicanos en la época del Imperio eran muy pocos y que el respaldo a la monarquía constitucional como forma de gobierno era casi unánime, pero Iturbide tuvo problemas con los parti­darios de la República desde un principio. En noviembre de 1821 descubrió una pri­mera conspiración, en la que participaban Josefa Ortiz de Domínguez y Guadalupe Vic­toria. Poco después, Servando Teresa de Mier, Vicente Ro- cafuerte y el enviado colom­biano, aunque veracruzano, Miguel Santa María, promo­vieron la caída del imperio. En agosto de 1822, Iturbide envió a la cárcel a los diputa­dos conspiradores y pidió la salida de Santa María. La medida fue respaldada por numero­sas representaciones de villas, pueblos y ciuda­des. Sólo unos cuantos se opusieron, como el propio Felipe de la Garza.

Pese a todos estos problemas, Iturbide trabajó por el engrandecimiento de su patria. Desde un comienzo puso sus miras en la in­corporación al Imperio de territorios que no formaban parte del núcleo central de Nueva España. Por ello, promovió que las Provincias Internas se adhirieran al Plan de Iguala (el propio Humboldt calculaba que el virreinato llegaba por el norte al paralelo 31), lo mismo que Centroamérica. Incluso, llegó a conside­rar la pertinencia de que el imperio incluyera al Caribe español, para integrar así a toda la América Septentrional. Estas ambiciones segu­ramente fueron vistas por Simón Bolívar, por

lo que trabajó con Santa María en la caída del emperador. Por el contrario, y pese a la opinión de numerosos autores, Joel Poinsett, quien visi­tó México en 1822, no participó en las conjuras contra Iturbide.

Por supuesto, el emperador también actuó de manera autoritaria. Arbitrariamente, disol­vió el Congreso en octubre de 1822 y reunió una Junta más pequeña. En di­ciembre, otro joven ambicioso, vinculado con conspiradores republicanos, Antonio López de Santa Anna, se pronunció en contra de la monarquía. No consiguió su objetivo, pero al menos fue el responsable de que el emperador enviara tropas a Veracruz y gastara los pocos recursos que le que­daban. Cuando Antonio de Echávarri se percató de que no podría derrotar a los rebel­des y de que podía ser desti­tuido en cualquier momento, se pronunció por una salida que parecía aceptable para todos, mantener el imperio y convocar un nuevo congreso. No hay evidencia de que fuera la masonería del rito escocés la que promovió el Plan de Casa Mata para derrocar a Iturbi- de; pero el resultado fue ése. Un artículo del Plan otorgaba a la diputación de Veracruz fa­cultades de gobierno en tanto se restablecía el orden. Las demás provincias apoyaron el Plan para tener esas mismas facultades. Era el prin­cipio del federalismo. Iturbide, que tan bien apreció las condiciones del país, no pudo ver las demandas de las regiones. El 19 de marzo de 1823, abdicó y aceptó salir del país. Estu­vo en Italia, en donde escribió sus memorias, y luego en Gran Bretaña. En Europa se percató de las intenciones españolas para recuperar su más preciada colonia y el respaldo que varias monarquías le daban. Entonces regresó a Méxi­co. ¿Cuál era su delito?

Iturbide fue fusilado en Padilla, Tamaulipas, el 19 de julio de 1824. Se dice que sus últimas palabras «Mexicanos, ¡Mexicanos, muero con honor por haber venido a ayudaros y gustoso porque muero entre vosotros!». Museo Nacional de Historia INAH.

 

Los constituyentes de Tamaulipas no ce­dieron. A las tres de la tarde, le comunicaron a Iturbide que sería ejecutado. Iturbide pidió un día más, que le fue negado. Confesó y escribió unas notas. Parecía inconcebible que el autor de la Independencia muriera fusilado sin su­mario, sin atender argumentos. Por supuesto, Iturbide no quiso recordar aquella tarde la co­rrespondencia que en los meses recientes ha­bía mantenido con Antonio de Narváez, admi­nistrador de su Hacienda de la Compañía. Nar­váez y Manuel Reyes Veramendi encabezaban un grupo de conspiradores que promovía el regreso de Iturbide, descubierto por el gobier­no en abril. La lista de implicados incluía a nu­merosos militares. Incluso, se asoció al rebelde Vicente Gómez, el capador de gachupines, con el regreso de Iturbide. Luis Quintanar y Anas­tasio Bustamante, defensores de la soberanía de Jalisco, también se hallaban implicados. No es que pretendieran coronar al depuesto emperador, pero sí favorecían que regresara a “ocupar el lugar que la patria quisiera otorgar­le». El problema es que la Patria o, mejor dicho, quienes la representaban en el Congreso, deci­dieron que su lugar era frente al pelotón de fu­silamiento. Cuando los constituyentes fueron enterados por los secretarios de Relaciones y de Guerra, Lucas Alamán y Manuel de Mier y Terán de la existencia de numerosas conspi­raciones en contra del gobierno y a favor de Iturbide, decretaron que si regresaba al país estaría fuera de la ley y sería ejecutado.

El decreto se cumplió el 19 de julio de 1824. Muchos pensaron que la República se había salvado. Para otros, para muchas generaciones más, se trató de un parricidio. “En el acto mis­mo de mi muerte -fueron sus postreras pala­bras- os recomiendo el amor a la patria”, una patria impensable sin Agustín de Iturbide.

 

Autor: Alfredo Avila. UNAM

 

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Coyolxauhqui

Publicado por El hijo del Ahuizote en junio 1st 2019

Relieve de Coyolxauhqui descuartizada por su hermano, encontrado en el Templo Mayor.

 

Coyolxauhqui (en náhuatl: coyolxauhqui, ‘la adornada de cascabeles’‘coyolli, cascabel; xauhqui, que adorna’)?​ es una deidad mexica, quien se considera es la representación de la luna, sin embargo, dado que no presenta ningún signo o glifo lunar, se ha propuesto que representa otro tipo de cuerpo celeste.

En la mitología nahua, Coyolxauhqui era hija de la diosa madre Coatlicue y hermana y líder de los dioses de estrellas Centzon Huitznáhuac. Cuando Coatlicue quedó embarazada de Huitzilopochtli, Coyolxaihqui y sus hermanos planeaban matar a su madre al considerarlo deshonroso, por lo que Huitzilopochtli la descuartizó y arrojó su cabeza al cielo.

El mito sobre el nacimiento de Huitzilopochtli, narra que Coyolxauhqui, furiosa al enterarse de que su madre, Coatlicue, estaba embarazada de un hombre desconocido, guió a sus hermanos (los cuatrocientos surianos) hacia Coatepec, donde se encontraba su progenitora, para matarla, y así redimir la ofensa.

Al llegar los hijos a Coatepec, Coatlicue dio a luz a Huitzilopochtli, quien vestido de guerrero y armado, nació listo para defender a su madre. El dios venció a sus hermanos, decapitó a su hermana, mandó su cabeza al cielo para que su madre pudiera verla cada noche y arrojó su cuerpo montaña abajo, por lo que éste quedó desmembrado.

Así fue como Coyolxauhqui se convirtió en la representación de la Luna y sus hermanos en la de las estrellas.

Fotografía del lugar donde se encontró el relieve. En la imagen, relieve de una escultura más antigua

 

Monolito de Coyolxauhqui

Se trata de un monolito de cantera, de 320 cm de diámetro, con forma de escudo, y se piensa que por la forma redonda de la piedra, similar a la luna llena, ésta encarna a la diosa lunar.

En la gran piedra se observa a la diosa descuartizada, con la cabeza, brazos y piernas separadas alrededor de su cuerpo. En ella se distinguen pequeñas bolas de plumas de águila en el cabello, un símbolo en forma de campana sobre su mejilla, y una pestaña, con el símbolo mexica para año, en su oreja. Como en las imágenes de su madre, se le muestra con unos cráneos atados a su cinturón.

Los estudiosos también opinan que la decapitación y el desmembramiento de Coyolxauhqui se reflejan en el patrón de los sacrificios rituales de los guerreros. Éstos constaban, en primer lugar, en extraer los corazones de los cautivos del pecho. En segunda, en ser decapitados y desmembrados. Finalmente, en que sus cuerpos eran arrojados desde el templo, por las escalinatas de la pirámide, quizás sobre la gran piedra de Coyolxauhqui.

Su ubicación original recrea el mito, pues se situaba en la parte frontal del Templo Mayor, en el edificio dedicado a Huitzilopochtli, de la antigua Tenochtitlan, igual que en el cerro de Coatepec.

 

Coloración del monolito original, determinada a partir de rastros químicos de pigmentos.

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Recrean en 3D la ciudad de Tenochtitlan, a la que llegó Hernán Cortés hace 500 años

Publicado por El hijo del Ahuizote en abril 22nd 2019

Los datos que la arqueología ha logrado arrancar al pasado de la capital mexicana están siendo por primera vez utilizados para crear un modelo tridimensional de Tenochtitlan, la grandiosa capital azteca a la que llegó hace ahora 500 años Hernán Cortés. El proyecto pondrá a disposición de usuarios de todo el mundo -a través de una app para dispositivos móviles- las dimensiones exactas del recinto de los templos aztecas, en la ciudad construida sobre el lago Texcoco. La mayor parte de los templos y vestigios están hoy a varios metros por debajo de la capital mexicana.

En la primera versión divulgada, ya se puede uno hacer idea de las dimensiones de aquellas grandes estructuras, del tzompantzi o altar donde se exponían las cabezas de las víctimas sacrificadas, así como un primer atisbo de los canales y accesos a la urbe. El proyecto se titula «Aplicación de Realidad Aumentada para la visualización del Recinto Sagrado de México-Tenochtitlan» y está a cargo del equipo científico dirigido por Erick Huitrón Ramírez, en la Unidad Profesional Interdisciplinaria en Ingeniería y Tecnologías Avanzadas (UPIITA) del Instituto Politécnico Nacional de México (IPN).

Los restos de la ciudad de México – Tenochtitlan, primer antecedente de la actual Ciudad de México, se encuentran ocultos como cimientos de las construcciones modernas. Después de 1978, se lograron intervenciones y exploraciones en el primer cuadro del Centro Histórico, que tuvieron como resultado la exhibición permanente de vestigios en la zona arqueológica del Templo Mayor y las ventanas arqueológicas que la rodean.

Es muy distinto excavar en una zona rural que tratar de levantar la piel de una gran urbe como México. La tecnología disponible permite reunir datos hasta ahora parciales de observaciones a traves de los distintos edificios de la zona en la que ahora se levanta el centro de México, con construcciones centenarias bajo las cuales siguen los vestigios de aquel tiempo que acabó con la llegada de Henán Cortes y sus huestes, hace ahora 500 años.

Para superar la dispersión de visualizaciones parciales medidas hasta ahora y la multiplicidad de contextos que obstaculizan la observación de relaciones espaciales y arquitectónicas se ha sumado en este proyecto todo el conocimiento recabado durante décadas para realizar una recreación virtual de todo el conjunto, con la exactitud de las mediciones arqueológicas y el fabuloso poder de la realidad virtual para recrear entornos completos y navegables.

Como explica Erik Huitrón esta reconstrucción hipotética «servirá como un apoyo visual para la arqueología». Y sin duda tiene capacidades divulgativas casi infinitas. «Estas técnicas permiten de forma virtual, la restitución dimensional de los vestigios arqueológicos y en muchos casos sus detalles arquitectónicos y decorativos». Todas esas capas se están sumando ahora para poder mostrarlas en el resultado final. La verdadera magnitud de los monumentos tanto los que, como el Templo Mayor, conservan vestigios, como los destruidos por el paso de los siglos, queda expuesta de manera formidable.

«Con la intención de imitar la experiencia de recorrido en espacios arqueológicos monumentales, se recurre a los ámbitos computacionales para trasladar los modelos reconstructivos del recinto ceremonial de México – Tenochtitlan a una versión digital que pueda ser consultada desde una aplicación para dispositivo móvil, a través de una correspondencia virtual de posición y visión del modelo tridimensional, según la ubicación y orientación reales del usuario en el Centro Histórico de la Ciudad de México», añade Huitrón.

Todo ello ha sido posible desde una mirada interdisciplinar que agrupa diversas líneas de acción para la «construcción de un mundo virtual representante del Templo Mayor y el Recinto Sagrado, con navegación interna y acorde a la ubicación y orientación visual del usuario. Todo esto presentado en una interfaz que permita establecer en la pantalla, correspondencias visuales entre la actualidad del Centro histórico y la reconstrucción hipotética tridimensional del recinto ceremonial». El resultado es «una visualización que no ha sido contemplada desde hace quinientos años». Un maravilloso viaje en el tiempo bajo la piel de la ciudad moderna de México.

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La Guerra de los pasteles resumen causas y consecuencias

Publicado por El hijo del Ahuizote en diciembre 17th 2017

La guerra de los pasteles fue un conflicto diplomático y militar entre México y Francia que inicio el 16 de abril de 1838 por reclamaciones de indemnización que el gobierno de Francia respaldaba de parte de comerciantes franceses hacia el gobierno de México por daños y saqueos ocasionados a negocios de estos durante revueltas armadas y que finalizo con la firma de paz entre ambas naciones el 9 de marzo de 1839. Este conflicto entre Francia y México es también conocido como la primera intervención francesa en México

 

Causas

Como ya se mencionó, la principal causa del conflicto fue el reclamo del gobierno francés de indemnización por parte de México a los comerciantes franceses radicados en México que sufrieron afectaciones en sus negocios durante rebeliones, fue la reclamación de un pastelero avecindado en Tacubaya de nombre Remontel que dio nombre al conflicto de guerra de los pasteles de forma popular, el pastelero exigía el pago de 60 mil pesos como compensación a las afectaciones de su negocio que oficiales de Antonio López de Santa Anna causaron.

El fusilamiento de un ciudadano galo acusado de piratería también tenso la relación México-Francia, otra de las causas del conflicto tiene que ver con el interés de los franceses de hace sentir el peso de esa nación sobre América, especialmente en la américa latina, tratando de esta forma obtener beneficios comérciales ventajosos para esa nación y sus ciudadanos. Con México, hacia 1827 Francia firmo un acuerdo de amistad y comercio que por nombre llevo el de Declaraciones Provisionales que no fue ratificado.

bombardeo san juan de ulua guerra de los pasteles

consecuencias

en París fueron conocidas las reclamaciones de los comerciantes franceses a través del barón Deffaudis que abandono México para regresar el 21 marzo de 1838 con 10 barcos de guerra franceses y un ultimátum dirigido al gobierno de Anastasio Bustamante de liquidar la deuda de 600 mil pesos que Francia consideraba justa para sus connacionales, cifra exagera además de inflada en sus cifras monetarias a las originalmente reclamadas, el 15 de abril de 1838 vencía el ultimátum del pago de 600 mil pesos más 200 mil por gastos de guerra.

El gobierno de Anastasio Bustamante se negó a negociar mientras los barcos franceses amenazaran los puertos comerciales mexicanos, finalmente México solo acepto pagar los 600 mil pesos originalmente reclamados; del 17 al 20 de noviembre de 1838 se negocia el pago sin llegar a un acuerdo entre ambas naciones estallando lo que es considerado la mayor consecuencia de la guerra de los pasteles que fue el bombardeo de San Juan de Ulúa y la toma del puerto de Veracruz por los franceses y cuya defensa estuvo a cargo de los generales Antonio López de Santa Anna y Mariano Arista, el 5 de diciembre de 1838 tropas francesas se apostaron en el citado puerto.

Conclusión

La finalización de la primera intervención francesa o guerra de los pasteles en México se dio gracias a la mediación de Inglaterra en el conflicto entre México y Francia, el conflicto afectaba sus intereses comerciales en América propiamente en México, así también movilizo efectivos navales dando como resultado que Francia comenzara a abandonar la agresión hacia México, el mediador en la firma de paz entre ambos países fue el representante del gobierno inglés en México Richard Pakenham, en la firma de paz México solo pagaría los 600 mil pesos que originalmente el gobierno francés reclamaba, Francia olvida los 200 mil pesos que exigía como compensación por los gastos que el conflicto le genero durante el bloqueo naval, finalmente el 9 de marzo de 1839 se firma la paz entre ambas naciones.

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Hallan cámara funeraria con mural casi intacto de los albores de Palenque

Publicado por El hijo del Ahuizote en septiembre 10th 2012

Palenque, Chis., 9 de septiembre.Arqueólogos e investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) hallaron en la zona arqueológica de Palenque, Chiapas, una cámara funeraria maya con pintura mural, la primera que se descubre casi intacta, asociada muy probablemente a la tumba de un importante personaje.

Vista de la entrada a la cámara, la más antigua que se ha descubierto en la zona. Se observan las paredes con restos del mural y vasijas en el piso

Se trata de la más antigua, de alrededor del año 450 de nuestra era, de los albores de esa majestuosa metrópoli del México prehispánico, hoy considerada patrimonio de la humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

El nuevo descubrimiento cambiará el rumbo de los estudios acerca de la historia y la religión de los antiguos mayas, aseguran los especialistas, quienes sostienen la hipótesis de estar tras la pista de un gran sepulcro de la realeza que gobernó la región hace más de mil 500 años.

La línea de investigación que cobra fuerza es que quizá se trate del enterramiento de alguno de los ajaw(reyes) que iniciaron la dinastía de la que forma parte K’inich Janaab’ Pakal (603-683 dC), conocido también como Pakal II o Pakal El Grande, cuya elaborada y rica tumba es hoy uno de los tesoros arqueológicos más importantes de Mesoamérica.

La cámara funeraria se ubica en el templo XX y fue abierta el pasado martes, después de 13 años de arduos trabajos de investigación y excavaciones realizadas por un equipo encabezado por el arqueólogo Arnoldo Martínez Cruz, el mismo que sacó a la luz el sepulcro de la llamada Reina Roja, en 1994, también en Palenque.

Al retirar la última losa que cubría el vano de la habitación mortuoria, y después de varios minutos de contemplación, los arqueólogos identificaron en el piso una especie de anillo, un colgante y cerca de 50 o 60 cuentas de jade, así como 11 vasijas de cerámica

La recién hallada habitación abovedada fue localizada en 1999 durante las exploraciones que llevaron a cabo los arqueólogos Merle Greene Robertson (fallecida el 22 de abril de 2011) y Alfonso Morales Cleveland, como parte de los trabajos del Instituto de Investigación de Arte Precolombino (organización sin fines de lucro, fundada por Green, que ha financiado importantes investigaciones sobre el arte, la iconografía y la epigrafía mesoamericanas).

A través de un orificio de 10 centímetros, los expertos mayistas lograron entonces tomar una fotografía de una de las figuras del mural, pero, debido a la inestabilidad del sitio y lo intrincado de su ubicación, entre otros motivos, durante casi una década la investigación se interrumpió y no se tenía idea clara de lo que se encontraba en su interior.

Por fin, el martes 4 de septiembre de 2012, al mediodía, en medio de una atmósfera de esperanzada concentración, entusiasmo y un cúmulo de emociones alrededor del profesionalismo y desempeño científico, el equipo de Martínez Cruz, con apoyo del arqueólogo Rogelio Rivero Chong, pudo retirar la última de las losas que cubría el vano de la cámara funeraria.

Al retirar la última losa que cubría el vano de la habitación mortuoria, y después de varios minutos de contemplación, los arqueólogos identificaron en el piso una especie de anillo, un colgante y cerca de 50 o 60 cuentas de jade, así como 11 vasijas de cerámica

Varios minutos se detuvieron a contemplar el esplendor de su interior: paredes y techo en diversas tonalidades de rojo (el color fúnebre de los mayas), y plasmados en los muros figuras humanas ricamente ataviadas; en el piso, esparcidos, una especie de anillo, un colgante y alrededor de 50 o 60 cuentas de jade redondas, grandes, así como 11 vasijas de cerámica.

Las figuras de las pinturas son muy similares a los personajes de estuco que aparecen en relieve en las paredes del aposento de Pakal, en el templo de la Inscripciones. Serían los señores del inframundo, llamados Bolon Tiku, los cuales se mencionan en el libro sagrado de los mayas quichés, el Chilam Balamde Chumayel. Están parados, con tocados de plumas, escudos redondos y cetros con pie de serpiente. Las mejor conservadas son las cuatro figuras que se ubican en la pared del lado poniente y las cuatro del lado oriente; en la pared al norte sólo hay una pequeña porción del mural.

Durante el laborioso proceso de apertura, que en diversas ocasiones tuvo que ser suspendido ante el riesgo de un derrumbe, un detalle casi imperceptible para ojos inexpertos llamó la atención a los arqueólogos: restos de material textil en los alrededores de la entrada, como si hubiera sido forrada con una finísima manta de cielo antes de ser sellada, una suerte de envoltorio-capullo para resguardar el sueño eterno del importante personaje que probablemente ahí reposa. Este es un dato nunca antes apreciado en una tumba maya.

La cámara funeraria es un espacio rectangular de cerca de 3.40 metros de largo, 1.43 de ancho y aproximadamente 2.50 de alto. Está a una profundidad de siete metros desde la parte superior del templo, el cual tiene una altura total de 18 metros

La cámara funeraria es un espacio rectangular de aproximadamente 3.40 metros de largo, 1.43 de ancho y aproximadamente 2.50 de alto. Está a una profundidad de siete metros desde la parte superior del templo, el cual tiene una altura total de 18 metros. Es decir, se ubica casi al centro de la estructura, por lo cual fue muy difícil construir el pozo para llegar a ella.

Se baja por dos escaleras verticales atadas a los muros, una de metal y otra de madera. Abajo, el calor y humedad hacen que se empañen los cristales de quienes usamos anteojos. Un ventilador es encendido cuando los medidores de temperatura se elevan, por ello, en el umbral de la cámara no pueden permanecer más de tres personas durante mucho tiempo.

Arqueólogos, arquitectos, fotógrafos, topógrafos, restauradores, dibujantes y ayudantes que sacan cubetas de arena y pedazos de roca, tienen el privilegio de subir y bajar por turnos a la tumba, pero ninguno con la gran sonrisa de Eugenio Álvaro Jiménez, un trabajador sordomudo, el primero en ingresar al sepulcro de la Reina Roja en 1994 y el primero ahora en ayudar a retirar las lajas que cubrían la entrada de este recinto.

Es tal la experiencia y el contagioso entusiasmo de Eugenio, que con gran rapidez y destreza, sin asomo de cansancio, criba el material que sale de la entrada de la cámara: pedazos minúsculos de mural, estuco aplanado, pequeñas cuentas de piedra verde, restos de lo que parecen huesos de animales y hasta pupas secas de insectos.

Dentro de la cámara

Es en el reducido espacio frente a la recién abierta cámara funeraria del templo XX –en la cual no hay que tocar los muros con la mano desnuda para no contaminar posibles materiales de carbono–, donde los arqueólogos reciben a La Jornada para hablar de la tumba que nos ha costado mucho esfuerzo. La pintura está impresionante, es una pena que no se haya conservado en su totalidad, pero aun así aporta mucha información, explica Arnoldo Martínez.

Por el momento, nadie ha ingresado de lleno a la habitación. Acaso uno o dos pasos, eso sí, con calcetines y mucho cuidado, para colocar los aparatos que miden la humedad y la temperatura.

Lo urgente ahora, añade, es construir una plataforma con tubos de metal y tablones para poder entrar sin dañar el material que se encuentra en el piso y proceder al rescate urgente del mural, el cual se ha desprendido en diversos puntos.

Una vez consolidada y fijada la pintura de muros y bóveda, se procederá a analizar, registrar y remover las piezas de jade y vasijas.

¿Qué hay abajo? ¿Una escalinata? ¿Un sarcófago? ¿Una cripta? ¿Otra cámara? ¿Un esqueleto?

Arnoldo Martínez es prudente al responder: Todavía no lo sabemos. Hasta que empecemos a remover el piso sabremos si hay otro nivel, o si encontramos restos óseos. Lo primero es la conservación de la pintura. En otros templos, como en el XVIII-A, encontramos restos de mural, pero muy pequeños, sólo tres pedacitos en la bóveda. Aquí hay mucho y muy bien (conservado). Es un color rojo probablemente elaborado con hematita, las diferentes gradaciones se lograron al agregarle más o menos cal.

–¿Estamos ante un sepulcro de un alto dignatario maya?

–Es muy probable. La cámara posee atributos que pueden identificarse como un enterramiento de la realeza, aunque no ha sido posible determinar restos óseos por el momento. Si nos apoyamos en la epigrafía conocida y si las fechas de las vasijas son las que pensamos, aquí podría estar el primer gobernante en tiempo histórico real que se conoce de Palenque: K’uk B’alam (que significa quetzal jaguar), el primer ajaw de la casa real palencana, pero hasta que no se excave y explore no podemos afirmar nada, porque no tenemos nada; sería muy arriesgado decir de quién se trata. Hay quienes opinan que esta tumba, por parecerse a la de Pakal, a lo mejor es de la abuela (la señora Olnal, quien gobernó Palenque durante 20 años, desde 583 hasta su muerte en 604 dC), o la mamá, pero son especulaciones. Hasta que no tengamos esto bien trabajado no lo sabremos.

“No hemos tocado nada, porque existe el riesgo de que se colapse la pintura. Es tan delicada que debemos tener un control muy preciso. Nuestro principal problema es lo inestable del relleno, por eso nos llevó bastante tiempo consolidar la estructura para llegar aquí; si no, todo se nos venía abajo.

“Pero estamos ante el único ejemplo de una cámara funeraria con pintura mural que conserva casi todas sus características; por ello será posible hacer comparaciones con otras tumbas mayas de Palenque, como la de la Reina Roja, la del Templo de la Calavera o la tumba III del templo XVIII-A, y también con otras de importantes ciudades mayas como Calakmul, Copán, Tikal y Piedras Negras, lo cual nos permitirá hacer algunas inferencias sobre los antiguos rituales y creencias funerarias de los mayas”.

Detalle de la pintura mural, en la cual prevalece el rojo, color funerario de los mayas

 

En total son aproximadamente 60 las personas que trabajan exclusivamente en la exploración de la tumba del templo XX, en jornadas que se inician a las siete de la mañana y concluyen a las 11 de la noche, porque muchos se quedan picados con la chamba, no por obligación.

No somos cazadores de tumbas

Hacen sólo dos recesos, para ir a desayunar y comer al campamento construido en los años 50 por el arqueólogo Alberto Ruz Lhuillier (1906-1979), descubridor de la tumba de Pakal. En un breve descanso, algunos jóvenes restauradores miran por televisión en el canal National Geographic un documental que muestra la pulcra parafernalia de los hallazgos del egiptólogo Zahi Hawass, sin gota de sudor, en excavaciones de sethollywodense.

¡Qué falso!, dicen y se retiran para seguir trabajando, hombro con hombro, cubiertos de polvo, ayudando a transportar tubos o a retirar lajas, en medio del calor húmedo de una exuberante selva que aún tiene cubierta 70 por ciento de la antigua B’aakal, hoy llamada Palenque.

Si no hubiera esa pasión, puntualiza Rogelio Rivero, nadie aguantaría estar lejos de su familia durante varios meses (esta temporada de trabajos se inició en mayo y debe concluir en diciembre); la tumba se ha hecho del rogar, pero está dando mucha información inédita acerca de Palenque, para entender no sólo el sitio, sino todo el mundo maya… Y lo que nos falta.

El trabajo en el templo XX, ubicado en el área sur de la zona arqueológica, es meticuloso y lento, no obstante la ansiedad que delatan quienes se acercan a preguntar: ¿ya desenterraron al muerto? Los alrededores están cerrados al público. La estructura, orientada al este, se encuentra techada ahora con láminas para permitir que continúen las excavaciones aun bajo las lluvias veraniegas. La cerámica encontrada hasta el momento, da como fecha de edificación del templo los años 500 o 600 dC.

No somos cazadores de tumbas, enfatiza el arqueólogo Arnoldo Martínez, “no tenemos esa escuela. A nosotros nos interesa el rescate integral de Palenque; es decir, también nos preocupamos por su arquitectura (Pakal era un entusiasta de ella); por eso, aquí en el templo XX, no sólo trabajamos en la exploración de la cámara funeraria, nos hace falta consolidar todo el edificio.

Eso es en lo que deben pensar las nuevas generaciones dedicadas a investigar la zona: se trata de una ciudad en la cual sólo está descubierto al público y explorado 20 o 30 por ciento. Por ejemplo, no conocemos sus inicios, nos falta salirnos un poquito del área nuclear de la ciudad; no sabemos dónde se elaboraba la cerámica, dónde se tallaba la escultura (muy abundante en la zona), cómo era la vida cotidiana fuera de donde vivían los gobernantes. En este sentido, podrían encontrarse en el futuro tumbas, edificaciones y piezas más bellas, ricas e interesantes que las que hemos localizado hasta ahora. Hay arqueología para rato. La tumba de Pakal es lo más espectacular que hemos encontrado, y es muy posible que aquí, en la tumba del templo XX, tengamos características similares.

–¿Para verlo ya en los próximos días?

–En las próximas semanas, quizá hasta diciembre. Falta mucho por investigar –concluye el arqueólogo, contento, pero reservando la euforia para lo que aún falta por hallar.

 

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2012/09/10/cultura/a10n1cul

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La nacionalización de los bienes eclesiásticos: una labor de gigantes

Publicado por El hijo del Ahuizote en junio 8th 2012

El 12 de julio de 1859, el gobierno que encabezaba Benito Juárez decretó la Ley de nacionalización de bienes eclesiásticos y de separación de la Iglesia y el Estado. Esta ley fue la respuesta del legítimo mandato emanado de la Carta Magna al extremismo mostrado por las autoridades eclesiásticas desde que, tres años antes, el 26 de junio de 1856, siendo presidente sustituto Ignacio Comonfort, se había expedido el decreto que contenía la Ley de desamortización de bienes de la Iglesia y de corporaciones, conocida como Ley Lerdo.

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Zona arqueológica de Teotenango en México

Publicado por El hijo del Ahuizote en marzo 12th 2012

Teotenango fue una importante ciudad prehispánica localizada al sur del Valle de Toluca. Fue fundada durante los últimos periodos de la civilización Teotihuacana por un grupo conocido como los “Teotenancas”. Tiempo después, los Matlatzincas conquistaron la ciudad y la expandieron. La ciudad existió por más de 1.000 años, siendo abandonada después de la conquista del imperio Azteca.

 

Sitio de Teotenango al fondo el Nevado de Toluca

Sitio de Teotenango al fondo el Nevado de Toluca

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